miércoles, 25 de febrero de 2009


NOTA IMPORTANTE:


Estimado lector:

Si estás leyendo esto, eres un auténtico sobreviviente del texto anterior. Sin embargo, debo decirte que seguramente no llegaste al fondo porque de ser así tus neuronas hubieran colapsado, así que si salieron a flote y siguen ahí, también superaron la narcosis del nitroléxico (terrible mal que afecta a quienes tienen la osadía de tomar en serio todo lo que leen) causada por la criminal vocablomaquia maniacocompresiva que algunos autores como yo padecemos de vez en cuando al intentar poner en texto...cosas que ni qué. Un momento por favor... mi teléfono suena... - ¿Si?...¿Deveras?... Tomo nota... Voy para allá de inmediato. - Perdón, los dejo, debo ir a visitar a un lector que dice haber comprendido todo el texto anterior, le ha hecho correcciones y descifrado su contenido... A ver... Piso tres, cama siete, Centro Psiquiátrico de San Bartolo.

martes, 24 de febrero de 2009





CUESTIÓN DE PRINCIPIOS



El final del principio se conoce como la síntesis del algo y el inicio de la nada, en los límites indefinidos donde el todo se encuentra en proceso de iniciación final. Cualquier ajuste o variación irreflexiva de este límite perfectamente difuso, donde la irrealidad y la ficción caminan de la mano de lo tangible y verdadero sobre la cuerda floja de un criterio mal tensado, puede ocasionar, y de hecho ocasiona, trastornos indescriptibles en el devenir histórico, alterando la irrealidad auténtica de los acontecimientos y deformando la imagen característica de ecuanimidad, equilibrio y ponderación de las ideas vigentes en un momento dado.

Tal imperfección, sin embargo, es perfectamente dable puesto que el origen de su falacia está de tal manera estructurado, que las apariencias tienen todo el aspecto de lo que no son para poder pasar por verdaderas y aprobar así un examen de conciencia no necesariamente estricto aunque sí bastante puntilloso.

El final del principio es, en todo caso, un fenómeno simple de ubicación en cierto plano de la irrealidad donde a riesgo de perecer por anulación automática, convive eternamente con el principio del fin donde juega el espeluznante papel del villano del filme, quien no basa su efecto en su actuación sino en su sola presencia. De hecho, nadie les concede valor a sus dudosos créditos, pero nadie también dejará de considerar su ausencia como la clave para poder juzgar con equidad cualquier fenómeno a la obscuridad de su inexistencia, esclareciendo con su negrura (por efecto de contraste) el transparente pensamiento que estuvo a punto de aceptar su incólume permanencia.

lunes, 23 de febrero de 2009




EL HERRERO






¡Clang! ¡Clang! ¡Clang! Sonaba el martillo al golpear con violencia un brillante lingote de metal. A cada impacto, las chispas salpicaban por doquier iluminando intermitentemente el sudoroso perfil del herrero. Me acerqué para observar mejor y el hombre pareció no darle importancia a mi presencia, de modo que esperé una pausa en su golpear y cuando la hubo le pregunté directamente.
- ¿Qué es lo que fabrica, maestro?
El hombre irguió su corpulencia sin soltar sus herramientas, me miró con un gesto de forzada condescendencia y me dijo: - ¿Acaso no sabes en dónde te encuentras? ¿Cómo es que has llegado hasta aquí y no sabes lo que hago? - mi confundido silencio debe haberle parecido una buena respuesta porque continuó - ¡Estoy forjando almas! ¡Almas! Con el mejor acero, por supuesto. ¡Ah! Pero no son almas comunes y corrientes de ésas fabricadas en serie ¡No señor! Por mi fragua y mi yunque sólo pueden pasar almas llamadas a alcanzar grandes objetivos. ¡A sublimes misiones!
- ¿Héroes acaso? - me atreví a interrumpir - debe tomarle mucho tiempo ¿No es así?
- ¡Tiempo! Pobre mortal. ¡Tiempo es lo que me sobra! Sin embargo, hay algo que me falta - continuó más tranquilo y con un tono de voz más grave y apesadumbrado - sí, me falta buen acero. Buen acero. Pero la verdad es que así ha sido siempre. ¡Siempre!
- No sabía yo eso - respondí - créame que lo lamento mucho. Con una dotación de acero de excelente calidad, usted podría forjar muchas almas ilustres: científicos, poetas, dirigentes de pueblos, líderes religiosos, ¡Qué sé yo!
- ¿Cómo dices? ¡Creo que me confundes! Te has equivocado de fragua y de herrero. ¡Debes saber que yo soy un especialista! No me ocupo de científicos y poetas, no, ellos se forjan solos allá abajo. Mi labor es más profunda y trascendente. ¿Ves éste? - dijo señalando con la cabeza el refulgente lingote sobre el yunque - me está quedando excelente; una pieza rara, casi perfecta.
¿Será algún héroe? - insistí.
- Más que eso - contestó con orgullo - ¡Es un buen padre de familia!

jueves, 19 de febrero de 2009




LA IGNORANTE CERTIDUMBRE DE UNA INEXISTENCIA




A manera de ensayo (de alguna manera he de llamarlo), me declaro en el centro preciso del círculo de la ineptitud. Desde este punto de vista euclidiano, puedo erigirme en gran observador de mi propia circunstancia desde dentro hacia afuera. La verdad, me resulta muy difícil imaginarme en la circunferencia, ya que como punto puedo encontrarme nada más en un solo lugar y no en toda ella. Pero, esperen. En este momento me declaro omnipresente y me ubico simultáneamente en la circunferencia toda, mirando a la completa magnitud del círculo y ¿Qué veo? Todo y nada al mismo tiempo. De hecho, éste se detiene y toda relación desaparece; ni se va ni se viene, sólo se esta ahí. El movimiento (si es que lo hay) es tan rápido que permanece inmóvil a los ojos del expectador y no se ve principio ni final. Ahora, ¡Lo pinto de rojo! y toda la superficie se mira de ese color... Ahora deseo que el círculo sea infinito y éste se expande como una membrana inconmensurable que parte en dos al Ser con un diafragma rojo tan grande como él mismo. No obstante, tan impactante magnificencia no me proporciona ningún placer y decido volver todo a su situación original y así se hace. El círculo de la ineptitud, que aún conserva el color rojo, es captado perfectamente por mis ojos; luego regreso al centro abandonando la circunferencia y me encuentro exactamente como al principio. Satisfecho, empiezo a girar observando la accesible finitud de mi entorno y me siento a gusto. Todo bajo control. Ahora me retiro pues es hora de cenar; si todo lo ven rojo, no se preocupen, antes de acostarme dejaré todo como estaba. ¡Buenas noches!

miércoles, 18 de febrero de 2009




MATARILE-RILE-RON





"Fundamentos psicológicos del principio del anhelo y la decepción". - No, no es muy exacto que digamos y además suena un tanto petulante... A ver ésta - "Fundamentación psíquica del deseo y la decepción". - No, tampoco me parece adecuado. No me gusta... Además, ¿Cuál fundamentación?... "La decepción como motivadora del anhelo". - No. Es poco... motivante. A ver este otro: "Los deseos insatisfechos como motor fundamental de ..." No. Despide un tufo pavoroso a naftalina freudiana. Y qué les parece éste: "La relación inversamente proporcional entre el anhelo y la satisfacción del mismo". - ¡No, no, no ,no, no! No me pasan ni tantito así las expresiones matemáticas... Mmh. A ver... "El autodesarrollo como resultado de los deseos inalcanzables". "Bueno, ya casi... Pero todavía no está muy claro... "El triunfo en la vida como resultado del mexicano, tú puedes". ¡No, por favor! ... Veamos... ¡Ah! "Empléate tu mismo pero no te metas en aquello de lo que no tienes ni la más remota idea", ¿Eh? Creo que como que ya va cuajando, pero aún no logro redondear el concepto... A ver... "Estamos unidos mexicanos" - ¿Quiénes? ¡Qué barbaridad! Mi mente divaga ya en lugares comunes. ¡Basta! Ahora me veré obligado a firmar un pacto con mi sinrazón para poder moverme en la ilógica dialéctica de las metáforas carentes de todo fundamento... ¡Qué bruto! Qué difícil resulta ponerle título a un artículo de contenido inenarrable.

sábado, 14 de febrero de 2009







DESAYUNO



El sol todavía no salía cuando desperté. Me desperecé con un gran bostezo e incorporándome estiré mis miembros para desentumecerlos pues la noche había sido algo fría; salí al patio y comprobé que no había nadie, pero no sería por mucho tiempo, pues cuando saliera el sol aparecería aquella buena anciana a lavar a cubetadas el piso. En el cubo del zaguán me detuve a observar la calle que despertaba. Ahí viene el señor aquel del carrito con su anafre a bordo y el bote vaporizante repleto de tamales. Tiene, como todos los días, una cita con la señora de la mesa, los banquitos y por supuesto también el anafre de carbón y la olla del atole. Esta rutina se ha venido repitiendo desde que tengo memoria. En un santiamén y con la precisión de un ritual, la señora pone sobre la mesa el mantel de plástico y acomoda en un huacal los jarros para servir el atole, luego pone la olla sobre los tizones, atiza con el soplador y corre a llenar una cubeta con agua de la llave de la vecindad de junto, para lavar los jarros utilizados por los clientes. El señor de los tamales tiene un ritual más simple; llega, estaciona el carrito junto a la mesa y coloca un cajón de madera donde pone una pila de papel para envolver la mercancía o servirla en la mesa. La clientela, cual si hubiera un acuerdo, aparece en cuanto el tinglado esta listo. Aquí llega uno caminando encogido y con las manos en los bolsillos, temblando de frío. Por acá, como una exhalación aparece un jovenazo en bicicleta haciendo un pedido urgente. Desde la esquina se aproxima una pareja de ancianos a una velocidad tal que si no se apresuran se quedarán sin tamales. Cruzando el arroyo, el señor que pone el puesto de ropa se acerca frotándose las manos, no sé si de frío o de antojo o de ambas cosas. Y aquí llega mi cliente favorito, crudo como casi todos los días, con los ojos tan enrojecidos como su nariz boluda y el pulso tan tembloroso que cuando saca el paliacate para sonarse parece que esta despidiendo a alguien. Todo mundo le saca la vuelta a este buen señor pues se le puede detectar a dos cuadras de distancia por su aromático bouquet de alcohol y orines. En fin, la clientela es muy variada y llena de matices. Los hay neutrales ante mi presencia como si yo no existiera; también los hay tan generosos y simpáticos que hasta me invitan a desayunar y desde luego no falta el que con odio gratuito me dice que me vaya. Sin embargo, el promedio resulta favorable y yo la paso realmente bien. A fin de cuentas, siempre según las circunstancias, me queda el irrenunciable y ancestral derecho a decidir si muevo o no la cola.

jueves, 12 de febrero de 2009




VA DE NUEZ





"EL LOGRO COMO EXTINTOR DE LA MOTIVACIÓN", reza el título de un volumen cuyo discrepante autor se tomó la molestia de escribir de atrás para adelante para no entorpecer su propio devenir ideológico. Obviamente, dicho título se encuentra estampado en forma espartana en la contraportada del libro y el lector intrigado puede leer el colofón en la primera de forros. De esta guisa, podríamos decir que la única parte congruente con la tradición tipográfica sería la página central por estar ubicada en el justo medio. Empero el autor, con saña inaudita, ubica en esa página el índice del ejemplar, echando por tierra las expectativas de quienes desean saber qué capítulos van a leer en el final del libro.
La lectura de dicho volumen a la manera tradicional, proporciona el sádico placer de ir desintegrando el desenlace, poco a poco, suceso por suceso, descripción por descripción, hasta llegar a entrañar completamente el complejo misterio que le sirve de punto de partida, punto en el cual el lector queda en un estado de absoluta perplejidad y anonadamiento tan agudo, que le impele inevitablemente a retomar la lectura en el sentido inverso para llegar, al principio de la obra, a la conclusión indiscutible de no haber leído nada. Por lo tanto, reiniciará la lectura y así sucesivamente "ad infinitum". Si el lector está interesado podrá adquirir tan singular volumen en las tiendas naturistas, restaurantes vegetarianos, librerías esotéricas y tiendas departamentales. Para ser exactos, la edición número "0" está saliendo ahora de la imprenta. Un magnífico pasatiempo.

miércoles, 11 de febrero de 2009




ALCANCÍA



- Está bien, me llevo una, la amarilla por favor. - Respondí con poco convencimiento después de escuchar con paciencia todos los argumentos que el vendedor de alcancías esgrimió para convencerme del gran valor que su mercancía multicolor representaba. Lo cierto es que desde hacía tiempo tenía deseos de sentir aquella emoción infantil de romper el cochinito después de un larguísimo año de engordarlo. Era una sensación fenomenal así que en parte por mi oculto deseo y en parte por las razones que con tanto énfasis adujo el vendedor - "no son alcancías comunes y corrientes; en ninguna parte las encontrará iguales; no sabe usted la ganga que le estoy ofreciendo", etc., el hecho es que ese vendedor a la salida del cine me había vendido la dichosa alcancía y, cosa curiosa, resultaba atractiva por estar agradablemente envuelta para regalo con su moño y toda la cosa.
Una vez en casa, la puse por ahí encima de algún mueble. Pasaron los días y cerca del fin de mes recordé que ni siquiera había desenvuelto la alcancía, de modo que una noche le eché mano y la saqué de su envoltura. Aquel cochinito refulgente a las luces de la marquesina del cine, se volvió opaco en cuanto lo saqué de su bolsa transparente enseñando la pobreza de su acabado, pero decidí perdonar ese aspecto que, a mi juicio no era de gran importancia. Lo que yo más quería era empezar a alimentarlo con monedas de cinco pesos o más, que fue lo que me costó, para que valiera la pena la cantidad final cuando lo rompiera. De este modo, busqué en mis bolsillos y encontré una de a diez para estrenarlo. Tomo la moneda, tomo el cochinito y ¡Quihubo! Ora por dónde... Pues nada, que el dichoso cochinito no tenía por ninguna parte la clásica ranura. Incrédulo, le dí más de diez vueltas con el mismo infructuoso resultado hasta que me convencí de que en efecto, no la tenía. - ¡Pues no va a haber más remedio que hacérsela! - exclamé. Pero de inmediato pensé - ¿Y si se rompe en el intento? Mejor no me arriesgo. - así que la puse de "adorno" en mi escritorio, cogí la moneda y me fui al cine. La película resultó estupenda y a la salida me detuve en seco cuando me pareció escuchar el pregón del vendedor de alcancías allá, gradas abajo. - ¡Le voy a reclamar! - fue mi primera reacción y me dirigí hacia él abriéndome paso entre la gente...
- ¡Lleve su alcancía! ¡Llévela por sólo cinco pesitos, es decorada, es diferente, es exclusiva! ¡La única alcancía que puede hacer realidad sus ilusiones...
- ¡Oiga! - le interrumpí - ¿Cómo es...
- ¡Ah! El caballero es conocedor - dijo y se acercó a mí en actitud confidencial. - ¿Sabe cuál es el secreto? Estas alcancías sí pueden hacer realidad sus ilusiones. De hecho, estan llenas de ellas. Le digo esto porque se ve que usted es una persona bien nacida y sólo por eso se la dejo en cuatro. Cuatro pesitos.
Encima de mi escritorio tengo dos cochinitos sin ranura, mirándose de hito en hito. Los conservo por puro espíritu previsor, no sea que algún mal día se vayan a acabar mis ilusiones.