
Con preocupante sincronía, no hacía más que ponerme a escribir y empezaba a escuchar en el corredor, con frecuencia de metrónomo, los botes y rebotes de una pelota. - ¡Caramba con este niño!- dije para mí - Parece adivinar cuándo necesito silencio; si he sabido que este mocoso vivía aquí, no hubiera rentado el departamento.
La antigua casona (siglo XIX) prometía paz y quietud y acá, en la planta alta, el departamento era una garantía. El día en que me mudé no hubo testigos ni mirones. Al parecer todos trabajaban fuera y pasaron meses antes de conocer a algunos inquilinos, gente mayor, educada y circunspecta. Entonces, ¿De quién era ese niño? Mis averiguaciones empezaron discretamente con la portera, señora malencarada que cumplía a la perfección su gendarmesca función y cuya respuesta fue un encogimiento de hombros muy elocuente. Mientras tanto, el niño continuaba botando su pelota.
La antigua casona (siglo XIX) prometía paz y quietud y acá, en la planta alta, el departamento era una garantía. El día en que me mudé no hubo testigos ni mirones. Al parecer todos trabajaban fuera y pasaron meses antes de conocer a algunos inquilinos, gente mayor, educada y circunspecta. Entonces, ¿De quién era ese niño? Mis averiguaciones empezaron discretamente con la portera, señora malencarada que cumplía a la perfección su gendarmesca función y cuya respuesta fue un encogimiento de hombros muy elocuente. Mientras tanto, el niño continuaba botando su pelota.
Un día me animé a entablar conversación con el anciano, muy anciano, del departamento ocho. Ya entrados en confianza le pregunté si conocía a los papás del niño que jugaba arriba con la pelota. El viejito me miró como a un bicho raro y con una luz que iluminaba sus pupilas húmedas me dijo: - ¡Claro que los conozco! El niño es mi bisnieto. Todos murieron en la epidemia de 1919.