Con frecuencia me sorprendo pensando en las causas y sus héroes. En aquellos que sacrifican hasta su vida por algún ideal. Tal vez algunas de esas causas valgan ese sacrificio. La libertad es una de ellas, o al menos eso parece. Desgraciadamente, en la práctica he visto que esa lucha por liberarse de un yugo opresor, si tiene éxito, termina sólo en un cambio de verdugo. Es sustituir un dominador por otro. Ese nuevo poder puede ser que traiga cambios. Éstos no siempre serán del agrado de todos, pero bueno, así es el sube y baja del poder. En las grandes revoluciones y gestas libertarias han muerto demasiados seres humanos. Individuos que han dado sus vidas por conseguir los objetivos de otros que pusieron las ideas. Al final de todo, los sobrevivientes de los combates son los menos indicados para gobernar. Fueron el brazo armado de un ideario político, en el mejor de los casos, que una vez alcanzado su objetivo los declara innecesarios. Pero no es eso lo que me ocupa. Lo que me resulta inaceptable es que muera tanta gente luchando por conseguir algo que beneficie a muchos que no han participado en el campo de batalla o en el de las ideas. Si los héroes resucitaran, volverían a morir de tristeza al contemplar los resultados de su sacrificio. No debiera haber más héroes. La humanidad actual no los merece. De hecho, creo que nunca los ha merecido.
