martes, 29 de noviembre de 2011

A LA LUZ DE LAS ANTORCHAS

Se acercaba, ocultándose en el bosque ralo,  lo más posible hasta donde pastaba la manada y observaba, observaba. En su diestra llevaba un arma mortal, pero él no iba de caza. Sólo observaba. Miraba fijamente cada detalle de los animales que, tranquilos, aún no percibían el olor de los cazadores. Así le gustaba verlos. Vivos y llenos de energía. Las siluetas se mezclaban entre sí dificultando la definición de sus contornos, pero sus ojos avezados sabían lo que buscaban y en su mente tomaba forma cada paso, cada salto, cada movimiento de cabeza y le embelesaba la grácil curvatura de los mortales cuernos. Los cazadores del clan se habían desplegado a contraviento pero éste, arremolinándose de pronto, delató sus posiciones y la manada inició una estampida. Los alaridos de los hombres se mezclaron con los mugidos de las bestias que, en su carrera, desfilaron de costado frente a los cazadores. Las lanzas y flechas volaron y varias veces se escuchó el seco impacto de sus puntas de pedernal. Varios animales cayeron heridos y fueron de inmediato rematados. Gritos de júbilo coreaban la escena de muerte mientras él cerraba los ojos tratando de recordar los rasgos de aquellas bestias en huida. Los animales sacrificados fueron despojados de sus pieles y destazados en el lugar para facilitar su transporte.
    El clan recibió a los cazadores con grandes muestras de alegría y empezaron a preparar las fogatas cuando llegaba el crepúsculo. Una vez más se dirigió solo a la gran cueva. Llegó a lo más profundo. Era un lugar sagrado. A la luz de unas antorchas, con diligencia febril, trazó las últimas siluetas que había memorizado. Líneas puras con una fuerza expresiva extraordinaria. Formas con los volúmenes sugeridos por el esfumado del color, que dejan a la mente la terminación de las figuras. Líneas aún más simples dejaban ver a varios cazadores armados con arcos, flechas y venablos, correr desaforados entre las bestias en una mezcla de cuernos, patas, brazos y piernas. Una sinfonía de vida y muerte.
    En la oscuridad de la caverna, había perdido la noción del tiempo. Apoyó la palma de su mano derecha contra el muro y esparció la tinta sobre ella dejando su firma estampada en la pared de roca. En esta última ocasión habían pasado dos días. Un grupo de hombres llegó en ese momento y se desplegó a lo largo del muro. Sus ojos incrédulos contemplaban las figuras que llenaban los muros y la bóveda y que a la inquieta luz de las antorchas parecían moverse. De sus gargantas surgieron expresiones de asombro que poco a poco se convirtieron en gritos de júbilo.
    Hoy estuve ahí una vez más y como siempre, sigo admirando al extraordinario artista que con su sensibilidad y talento les dio vida a las antes inertes cuevas de Altamira.