miércoles, 1 de mayo de 2013

MONTARAZ

Conocía ese bosque pues lo había recorrido desde que era pequeño. Cada árbol le decía algo. Los matorrales le confiaban sus secretos. Sabía de memoria todos los senderos que lo cruzaban, hasta la llanura. Sólo había un lugar en el que nunca había estado: la cima de la montaña. Ese promontorio rocoso que de seguro le permitiría contemplar todo el valle. 
    Esa noche, algo en su interior le impelía a trepar hasta aquellos peñascos que muchas veces había observado cubiertos de nubes. La luna llena elevaba su disco reluciente sobre el horizonte. Sin dudarlo, se puso en marcha. Los abetos y las secuoyas lo miraban pasar calladamente. El viento también guardó silencio en las frondas. Como una sombra, caminó con la seguridad del que sabe a dónde va. Avanzó por el monte hasta que empezó a notar que los árboles escaseaban y su respiración se hacía más difícil. La temperatura había bajado y su aliento formaba vapor. Se encontró de pronto con terreno desconocido. Ya no había árboles. Sólo matorrales bajos y escasos. Había llegado a la base de la cima rocosa y ahora debería encontrar la manera de trepar hasta la cumbre. La luna había subido e iluminaba el lugar con su luz difusa y fantasmagórica. No se arredró. Él mismo era considerado como un fantasma que rara vez se dejaba ver. Con gran esfuerzo fue encontrando los resquicios que le permitían pasar entre las peñas. Trepó por lugares que apenas le dejaban apoyarse en el borde del acantilado y sintió el vértigo de la altura al mirar el fondo del abismo que le esperaba allá abajo. Sentía que el corazón se le salía del pecho y le faltaba el aliento. Con un salto más, llegó a la cumbre brillante de humedad. La luna recortó su silueta triunfante. Se sentó, contempló el horizonte nocturno y llenando de aire sus pulmones, emitió el rugido más largo y victorioso que un león de montaña hubiera lanzado jamás. Ahora, los demás animales del bosque sabrían que ese territorio era todo suyo.