miércoles, 30 de diciembre de 2009








AÑO NUEVO


Cada trescientos sesenta y cinco días aproximadamente, la Tierra completa una vuelta alrededor del Sol. Un concepto viejo, pero a veces me pregunto por qué los años no terminan y comienzan los días quince de mayo. Imaginen una rosca partida en doce rebanadas. Si de todos modos nos la vamos a comer, no importa cuál de éstas sea la primera y cuál la última. Julio César hizo su intentona y mandó hacer, en el 46 a. C., un calendario muy bonito que colgó en un muro de su despacho. Funcionó durante muchos años hasta que un sucesor de Petrus conocido en el mundillo eclesiástico como Gregorio XIII (en aquel tiempo la superstición no estaba de moda) dijo que aquello no estaba bien y en 1582 desarrolló un nuevo calendario más acorde con la cosa litúrgica y creo que hasta con la cuestión astronómica. Lo colgó también en su oficina y como vio que funcionaba bien para controlar el acelerado mundo de las celebraciones y el santoral, lo "recomendó" en forma obligatoria para regir el mundo secular y a la voz de "nihil obstat" le puso el "imprimatur" "AMDG" y hasta la fecha nos ceñimos a sus dictados. En sí no resultó muy exitoso hasta que a un discípulo de Juan (el de Gutenberg) se le ocurrió hacerlo más atractivo decorándolo con imágenes alusivas a los santos. Luego no faltó el creativo humanista que le puso el toque sensual y provocativo colocándole policromías de Salomé, Jezabel, las hijas de Lot, Betsabé y otras no tan connotadas pero igual de buenas (las imágenes), que incrementaron la clientela de posadas, hosterías y lupanares al solazar la pupila de los clientes mientras disfrutaban o esperaban un servicio. El calendario pues, nos dice el día en que estamos y se erige como el controlador de nuestro diario vivir. En fin, tengo frente a mí uno de escritorio ilustrado con una litografía donde se ven, del lado izquierdo del mes de diciembre, las bellas curvas de una callejuela de cierto pueblo en la Sierra Norte de Puebla. Sólo será útil hasta mañana y pasará después al cesto del olvido, pero ahora me sirve de pretexto para desearles a mis heroicos lectores un año 2010 lleno de superación personal, alegrías y bienestar donde quiera que se encuentren. ¡Un abrazo!



lunes, 28 de diciembre de 2009





COMUNICACIÓN



Hace tiempo lo instalé en una rama baja del guayabo y durante muchos días lo vigilé con frecuencia hasta que perdí el interés debido a los nulos resultados. Luego empezaron a llegar, primero uno, luego dos, y hasta tres al mismo tiempo. Son seres fantásticos, bellos y nada tímidos; parecen provenir de otra dimensión, se hacen presentes cuando se les da la gana y me daban la impresión de que podrían comunicarse conmigo. Lo intenté un par de veces pero desaparecieron de repente. Hoy decidí sentarme a esperarlos a la sombra del guayabo y tuve suerte. Llegó uno y yo permanecí inmóvil; se me acercó intrigado y quedó suspendido en el aire a no más de treinta centímetros de mi cara mirándome fijamente. Entonces le dije ¡Hola! ¿Estás contento? Para mi sorpresa ¡Movió la cabeza afirmativamente! Voló hasta el bebedero y se puso a libar el néctar. Regresó conmigo, me miró nuevamente y desapareció llevándose con él su armonioso zumbido.

lunes, 21 de diciembre de 2009





EL TAV


Ha sido mucho tiempo de búsqueda, investigación, desvelos y privaciones y aún no lo puedo encontrar. Hace algunos años, cuando leí "El Aleph" de Borges, estuve a punto de viajar a Argentina para verlo porque estoy seguro de que él sabía algo y tengo la fuerte sospecha de que conocía los complejos intríngulis de la Cabalah y por supuesto que el cuento de marras ha sido una forma velada para comunicar, a los adeptos, verdades ocultas que sólo algunos espíritus privilegiados soportarían conocer. Yo sé lo que busco. Creo que Borges también lo sabía y que Daneri fue un pretexto para darle, al inefable encuentro con el Aleph, una especie de rebuscada sofisticación con el objeto de despistar al lector; como una cortina de humo en donde Beatriz Viterbo y todo lo demás forma parte de las volutas para provocar la confusión y el despiste. Yo no haré lo mismo. Seré claro y transparente y les digo que estoy buscando "El Tav". Ahora estoy tratando de encontrarlo en las ruinas de una vieja casona en Tel Aviv, en el sótano para ser preciso y con el pretexto de investigar las técnicas constructivas de la época. El Tav es un punto extraordinario donde se encuentran al mismo tiempo todas las nadas del Universo. La Nada absoluta y terrible vista desde todos los ángulos. Se dice que quienes lo han tan sólo vislumbrado han perdido la razón, si acaso la tenían. En este momento me encuentro recostado bajo la escalera y contando hasta el decimonono escalón. Apago la linterna y espero descubrirlo.


miércoles, 16 de diciembre de 2009







PERFECTO


¿Desde cuándo podemos llamar a la intolerancia una virtud? Bueno, me dirán ustedes que quizá haga falta una buena referencia de tiempo y lugar; tal vez, pero la intransigencia en cuestiones de fe, ha sido tradicional e históricamente aplaudida y ensalzada. Una persona religiosa, con profunda convicción en sus creencias, se convierte ipso facto en un contenedor cerrado. Ahí no puede entrar nada que no sea lo mismo que ya existe dentro y no puede salir nada que no sea su mismo contenido. Es una fórmula exitosa por lo fácil pues desaparece cualquier conflicto mental; cualquier valoración ética sale sobrando; es un tapujos ideal para marchar siempre hacia adelante. La coexistencia, por lo tanto, resulta muy difícil en tiempos de intolerancia.
Al-Andalus, año 850. Abderramán II se sentía inquieto por la forzada convivencia con cristianos y como buen musulmán decidió hacer una depuración en su califato para que pintara de colores más islámicos. Se planteó algunas ecuaciones y la primera incógnita que despejó dió como resultado, tras algunos cuestionamientos bastante cuestionables pero muy eficaces, que había que eliminar algunos miembros de esa ecuación de convivencia para que las cosas fueran como deben ser por aquello de que "Dios es Alá y Mahoma su profeta". En la iglesia de San Asiscio había un cura claridoso que no estaba de acuerdo con Abderramán y mucho menos con Mahoma. Paladín del cristianismo a rajatabla, dijo su verdad y lo que pensaba acerca del profeta de Alá, ante los oídos menos adecuados y más musulmanes que pudo encontrar.

A orillas del Guadalquivir, abril 18 de 850; "Campo de la Verdad". Mansamente se dejó llevar y lleno de santo fervor entregó su cuello a la cimitarra del verdugo.

Yo en lo personal, no estoy muy convencido del martirio como camino a la salvación, pero ha de ser porque no soy cristiano ni musulmán y porque no me llamo Perfecto.

martes, 8 de diciembre de 2009








OCULTO


Ésta es una época maravillosa en el sentido más amplio de la expresión. Nunca antes se habían visto cosas tan extraordinarias creadas por el hombre y nunca el conocimiento se había divulgado tanto y a la vista de todos. Bueno, déjenme decirles algo. La mejor manera de ocultar algo es precisamente ésa, ponerlo a la vista de todos, porque no es lo mismo que todo el mundo vea los sorprendentes resultados de un complejo proceso, que averiguar cómo se llegó hasta ahí. Eso es el conocimiento hermético del siglo XXI, pero créanme que no difiere del conocimiento oculto del siglo XIV más que en profundidad y precisión; podría extenderme de siglo en siglo desde entonces. He visto todo lo que ojos humanos no han podido ver, desde la infinitud del Universo hasta las más pequeñas partículas del átomo y puedo presumir de haber manipulado sabiamente la energía hasta convertirla en materia y les aseguro que es fácil si se sabe cómo. Me llamo Erasmus y nadie me conoce. Soy heredero de Flamel, Dee, Kelly y Fulcanelli y conté a Newton entre mis amigos. Poseo y administro "La Gran Obra" y eso explica mi presencia en este siglo. ¿Mi misión? Buscar un sucesor, y no me iré de este nivel hasta encontrar al Percival de corazón puro que sea digno receptor del gran misterio; tal vez pronto lo encuentre, tal vez él me encuentre a mí, tal vez nos encontremos. Mientras tanto, trata siempre bien a tu vecino. Podría ser yo.

miércoles, 2 de diciembre de 2009







HACERSE DE PALABRAS


Cada vez con más frecuencia me encuentro con que en mi "caja de herramientas" tengo una cantidad de recursos ya muy, muy gastados. Trataré de explicarme. Cuando escribo, tengo la sensación de estar diciendo lo mismo cada vez aunque no sea así; quizá los conceptos y las nociones sean diferentes, tal vez las situaciones y los personajes también difieran pero hay algunas cosas que permanecen invariables, permanentes, impertérritas diría yo, tozudas hasta el extremo, con pequeñas variantes evolutivas para bien o para mal de vez en cuando. Me refiero a las palabras. Ésas que unas veces se comportan como potros cerriles sobre cuyos lomos no puedes soportar mucho tiempo, y otras que se desplazan con suave contoneo por las veredas del papel como educados caballos de paso. Debería haber alguien dedicado a la creación permanente de nuevas palabras; vocablos novedosos con o sin raíces etimológicas pero frescos, actuales y de buen nivel, eufónicos y sencillos, útiles y funcionales.
Creí estar soñando cuando me encontré en una Feria del Libro, un volumen bellamente presentado con pastas modernas de buen gusto cuyo título rezaba: "Neologismos Castellanos para el Siglo XXI". El tomo era el único y estaba envuelto en película plástica transparente. Tuve que ocultar mi emoción al verlo, y fingiendo indiferencia pregunté su precio que me pareció barato. Lo compré y en llegando a casa, con manos temblorosas por la emoción, le quité la envoltura y con gran expectación corrí las páginas... Salvo unas tenues líneas que rayaban sus hojas, todo el volumen estaba en blanco. Bueno, no todo. En la primera de forros y con tipografía Courier de doce puntos decía:

GRACIAS POR SU COOPERACIÓN.
CUANDO LO LLENE, HAGA EL FAVOR
DE PRESENTARLO EN LA
ACADEMIA POBLANA DE LA LENGUA
DONDE LE ESPERA UN PEQUEÑO OBSEQUIO
POR SU APORTACIÓN AL DESARROLLO DE
NUESTRO BELLO IDIOMA.

lunes, 23 de noviembre de 2009





CAMBIO



Pues créanmelo o no, yo tenía una percepción equivocada acerca de lo instantáneo del Cambio. Sí, ese Cambio que supones que viene como resultado de un evento trascendente, como un parteaguas, como un punto de flexión, como una puerta a otro mundo.
Pues ese evento ya sucedió, mas sus efectos no fueron instantáneos. La vida sigue corriendo con el mismo caudal pero ahora se ha ensanchado y fluye lentamente en un gran remanso que se prolonga hasta el horizonte. El cambio se ha dado sólo en la forma. El río es el mismo pero ha dejado de ser un torrente impetuoso para convertirse en una suave inundación que avanza humedeciendo lentamente el suelo para poder fluir mejor. En su suave andar, tiene tiempo de observar todo aquello que va a mojar en su camino. No derriba nada pero lo cubre todo.
Intentaré explicarlo como algo que empezó poco a poco y fue creciendo hasta llegar a un punto en que fui consciente de ello. Ese instante de clara visión, de caer en la cuenta, quizá sea lo único instantáneo, mas no el proceso en sí que siento que ha sido acumulativo, lento, tenaz, irrefrenable. Bueno, algún día tenía que suceder. Creo que he llegado a la adultez; creo que ha terminado mi larga adolescencia; creo también que ya he despertado a mi conciencia. Estaba dormida en su realidad arrullada por los vaivenes de mi propia indecisión. ¿O debiera decir decisión? Creo que ya era tiempo de correrle las cortinas y abrirle la ventana. Hoy decidí hacerlo y en pleno ejercicio de mis facultades así lo hice. Acerqué su cuna hasta la ventana. Mi conciencia se asomó y miró el mundo. Observó a la humanidad. Me miró fijamente y me dijo: Todo está igual. Nada ha cambiado. ¿No? La cuestioné. No. Has cambiado tú. Qué bueno que has decidido madurar. Espero que lo logres. No está mal para un hombre que hoy cumple setenta años.

miércoles, 18 de noviembre de 2009





LABERINTO



Hacía cuatro días que había entrado al gran laberinto. Al principio disfrutó del reto de encontrar la salida. Caminó sin descanso aplicando sus mejores recursos de orientación. Sabía que con sus conocimientos y habilidades aquel lugar no era digno rival para él; al despuntar el quinto día, su cuerpo mostraba los estragos de la inanición y la sed. Empezaba a desvariar viendo salidas donde no las había y terminaba dándose de cara contra el muro. Sus miembros inferiores le temblaban sin control incapaces de soportarlo. Terminó arrastrándose hasta que no pudo más. Finalmente se detuvo en un recodo, perdió el sentido y no supo en qué momento le llegó la muerte. Cuando lo encontraron, su cadáver estaba momificado. Sus alas estaban intactas.

martes, 10 de noviembre de 2009





EL PENSADOR

Serían las doce y media de la noche cuando pasé caminando a la vera del camposanto del pueblo. Al brillo mortecino de una luna muy menguante, podía yo percibir las siluetas de las cruces que remataban los sepulcros. Los más pobres las tenían de madera. Otras con más pretensiones, de hierro forjado. Sin embargo había una tumba que servía como elemento de contraste. Una pequeña capilla revestida de mármol blanco que pertenecía a la familia rica del poblado. Su techo de dos aguas y sus torrecillas góticas recortaban su silueta contra el celaje nocturno. En la penumbra, alcancé a percibir una réplica del Pensador de Rodin, bajo el frontis.
La mañana del día siguiente pasé como siempre a un costado del panteón con rumbo al pueblo y vi de nuevo aquella capilla con su techo de dos aguas, sus pequeñas torres góticas y su... su... ¿Dónde estaba el pensador? Anoche lo vi perfectamente. Bueno, con bastante claridad y ahora a plena luz del día, había desaparecido. ¿Habría visto un fantasma? Para no quedarme con la duda, entré al camposanto y fui directo a la capillita donde esperaba encontrar aunque fuera un rastro de que ahí se encontraba el Pensador y ¡lo encontré! En el centro geométrico bajo el frontispicio, con gran precisión arquitectónica, se encontraba la prueba de que yo había visto algo la noche anterior.
No, no había visto al Pensador. Ni siquiera podría asegurar que estaba pensando. La prueba estaba ahí. Las moscas revoloteaban sobre ella.

miércoles, 4 de noviembre de 2009





DE AUTÓMATAS



- ¡Qué barbaridad! Esto sí que es un problema. No puedo recordar en qué archivo guardé eso. Siendo una operación rutinaria debería estar prácticamente a la mano para utilizarla con la frecuencia que requiere. Ya busqué en todas mis memorias, en todos mis discos duros y no lo encuentro. ¿Con qué nombre lo guardaría? ¿Qué voy a hacer cuando lo necesite? ¿Con qué palabra lo podré buscar? ¿Qué le voy a decir?... Aquí llega. Ojalá no me diga nada porque no sabría contestar. No me queda más remedio que esperar a ver que pasa.
- ¡Quióboles Robin! ¿Cómo estufas?
- ¡¿?!
- ¡No me digas que ya chafeaste otra vez!
- ¡¿?!
- Sí. Ya se te botó de nuevo. No hay fijón güey. Orita en tres patadas te pongo al tiro. Ven p'acá. A ver... Sí, eso es. Eso te pasa por terco, ya te dije que las equivalencias en castellano están donde dice "caló" güey. Te lo voy a programar directo pero con una derivación para que no lo uses con mis papás, nomás conmigo... A ver... ¿Agarraste la onda?
- ¡Chale carnal! ¡Ya estuvo, quedé de poca güey!
- ¡Perfecto! Pero no lo vuelvas a hacer. Si no fueras un robot sencillo ya te hubiera dado cuello güey.

miércoles, 28 de octubre de 2009





HABITACIÓN 23



Este es un hotel de montaña, bastante alejado de cualquier ciudad. En los años que tengo en la gerencia recuerdo varios eventos interesantes, pero ninguno como el que les voy a relatar. Sucedió algo extraño con una pareja hospedada en la número 23 por lo que tuvimos que llamar a la policía. Cuando ésta llegó, empezaron las pesquisas y los interrogatorios. Yo estaba presente cuando el inspector pidió al hombre que le diera su versión de los hechos.
- Sí, inspector. Yo estaba al fondo del jardín del hotel, leyendo, pero alcanzaba a ver su bolso de manta gruesa asomar a un lado del tronco en el que se recargaba y que me la ocultaba por completo. Ella también estaba leyendo. Uno más de esos libros sobre hadas, ángeles y similares a los que se había aficionado de un tiempo a acá.
- ¿Cuánto tiempo?
- Pues, no más de tres meses creo yo. Esos temas le resultaban fascinantes pues según me comentaba, ya había visto en alguna ocasión esos fenómenos, además de tener una especie de sexto sentido que le permite percibir cosas que sólo ella puede ver. Es una persona muy sensible a cierto tipo de vibraciones; sabe con antelación cuando alguien va a llegar o lo vamos a ver, y no deja de sorprenderme la frecuencia con que esto sucede. Cosas así, señor, pero últimamente las hadas la traían muy entretenida hasta hoy, que no sé que sucedió. Yo terminé mi lectura, me levanté del prado donde estaba sentado y fui a alcanzarla. No estaba. Sólo quedaban ahí el libro que leía, sus lentes y su bolso. La busqué por los alrededores y la llamé varias veces sin resultado alguno. Resolví esperar para ver si regresaba pero al mirar que anochecía y que no volvía, recogí sus cosas y fui a la habitación buscándola ansiosamente por el camino sin resultado alguno. El personal del hotel la buscó también infructuosamente y ... decidimos llamar a la policía.
- Bien, por ahora no podemos hacer más. Le voy a pedir que se retire a su habitación y no salga de ahí por ningún motivo; pondré un guardia de seguridad a su puerta y controlaremos su teléfono por si entra alguna llamada. Si eso sucede, conteste usted conforme a las circunstancias. Si acaso es un secuestrador, pídale hablar con la señora para ver si se encuentra bien. ¿De acuerdo?
- De acuerdo.
Al día siguiente, la policía regresó y llamó a la habitación sin recibir respuesta. Abrieron el cuarto y encontraron todo en orden pero no había nadie dentro. El detective tomó de la cama un libro que había quedado abierto en una página ilustrada con un bello jardín, hadas diminutas y un arroyo que lo regaba. El detective se quedó petrificado del asombro al observar, casi al centro del grabado, a una pareja de personas maduras que, sonrientes, se despedían de él con la mano.

martes, 20 de octubre de 2009






REVOLUCIÓN


Los proyectiles rasgan el aire. Son balas de fusiles de asalto que fueron muy utilizados desde 1947 hasta por ahí del 2o15. Su clásico zumbido al pasar cerca asusta más que su indudable efectividad y siguen siendo armas muy favorecidas por algunos grupos insurrectos. Escuchar su inconfundible tableteo es de un efecto demoledor comparado con el silencio letal de los actuales láseres de alto poder.
Éste es un levantamiento más de los inconformes con el régimen impuesto por la OPD (Organización de Países Democráticos) que, lejos de satisfacer a las mayorías del pequeño Pauperkistán ha impuesto leyes más opresivas que las que estaban vigentes durante el mandato intolerante del último Ayatolah y su correspondiente fundamentalismo. Los dos únicos pecados que Pauperkistán ha cometido son encontrarse en un punto neurálgicamente estratégico del planeta y su recientemente descubierto potencial en mineral de Uranio. Una combinación mortal que en lugar de beneficiar al país lo ha convertido en botín de intereses internacionales. Los insurrectos han hecho del desértico territorio un lugar de muerte y desolación donde sólo ellos pueden sobrevivir debido a su conocimiento del terreno. Las tropas de la OPD han echado mano del más sofisticado armamento. Las armas láser, la artillería de Uranio empobrecido y el control de fuego por satélite han causado estragos en las huestes insurgentes, pero ellos siguen ahí. Ha sido muy frecuente que después de nutridos bombardeos, los invasores pretendan ocupar alguna zona, para encontrarse con un comité de recepción inesperado que desde todas partes hace fuego a discreción con tal intensidad y eficiencia que o retroceden o dan con sus huesos en la arena. Así están las cosas por acá en este año 2018 y yo, conciente del desarrollo de la Historia, cumplo con mi papel inexorablemente. ¿Qué hago aquí? Acabo de entregar un cargamento de fusiles de asalto AK-47 de última generación y doscientas cajas de munición a los mandos insurgentes y no son usados, son nuevos. ¿Cómo le hago? Bueno, organicé una pequeña cooperativa de producción en Pakistán.

miércoles, 14 de octubre de 2009



CONVERSACIÓN


- Pretextos, pretextos. Te lo digo por experiencia. Por los siglos que llevo horadando Conciencias. El resultado de mi trabajo ha sido siempre una Conciencia perfectamente ventilada, llena de aires renovadores que mantienen frescas las percepciones y abiertas las vías para nuevas ideas y nuevos proyectos. Trazan caminos para que las semillas del conocimiento salgan a la superficie, crezcan, florezcan y fructifiquen para alimentar otras Conciencias. De otro modo, toda esa información se iría contigo cuando te vayas de aquí. ¿Has pensado en eso? Todos, en mayor o menor medida tenemos algo que dar, lo que sea, pero lo podemos dar. Entonces yo, cuando veo un candidato me introduzco discretamente y empiezo a trabajar duro hasta que un día juzgo que esa Conciencia ya está a punto. Es ahí cuando me hago presente causando inquietudes, despertando intereses y abriendo nuevas posibilidades. Sin embargo, son muchos los que nunca me ven y la lista de pretextos para no hacerlo es interminable.
- Oye, entonces ustedes deben ser millones ¿No?
- Sí y no. Verás, en realidad tan solo somos una idea, un concepto, quizá una onda.
- Entonces ¿Cómo es que te veo?
- Es que miras lo que ya conoces o la idea que tienes de lo que yo soy.
- Luego ¿Tú no eres así?
- No lo sé, nunca me he visto.
- ¿Quieres decir que yo te puedo imaginar como yo quiera?
- Pues sí, así es. De hecho tú inventaste que soy un gusano, otros me piensan como un ángel, alguien más como una musa y uno que otro como extraterrestre, en fin.
- ¡Vaya! No me lo imaginaba... Valga la expresión.
- Pues esa es la verdad, cada quien utiliza las "herramientas" que tiene a la mano y déjame decirte que es muy conveniente tener un buen surtido de ellas.
- Creo que tienes razón.
- Gracias. Ahora debo retirarme porque tengo mucho quehacer, pues gracias a ti me paso el tiempo horadando Conciencias y tú, más vale que despiertes porque si no, se te va a olvidar eso que quieres escribir.

lunes, 12 de octubre de 2009



EL GUSANO OTRA VEZ




Todo había estado tranquilo hasta que el gusano apareció de nuevo y para ser congruente con su metodología, con una nueva pancarta bastante alejada de la originalidad. Sin embargo, no dejaba de ser cierta. Sin pensarlo mucho tomé la decisión (inapelable) de dejar por la paz mis piezas de museo y subir a este blog algo más reciente. Como era de esperarse nadie apeló mi decisión y a partir de ahora, mis quince lectores (se ven cinco al frente y como diez atrás) empezarán a sufrir torturas más mesuradas, más breves, más humanas. Yo, el piadoso, así lo he decidido por su propio bienestar y salud mental. Decir es hacer y aquí viene el primero.




ANCIANO



- ¿Cuántos años tienes?
- Bueno, según mis recuerdos desde que nací, este planeta le ha dado ciento doce veces la vuelta al sol.
- ¡Válgame! Pues te ves muy bien y luces muy fuerte. ¡Es increíble! ¿Nunca te has enfermado?
- En realidad no. He tenido muchos años buenos y algunos que no tanto pero mírame, aquí sigo. Es lo bueno de descender de una familia muy longeva.
- ¿Cuál sería tu recomendación para lograr esa longevidad, el vigor y la salud?
- Mira. Creo que es difícil ponerlo en pocas palabras pero tratando de sintetizar, te diré que existen tres requisitos para lograr eso. El primero es tener siempre los pies bien plantados en el suelo. El segundo, ser siempre uno mismo sin importar los tiempos y las costumbres y el tercero ser como yo, un Ahuehuete al que sólo le interesa vivir para dar una buena sombra.

miércoles, 23 de septiembre de 2009





XOCHITLA



El estrecho sendero permitía avanzar cómodamente aunque la humedad del atardecer lo hacía un poco resbaloso. La bruma empezaba a asentarse y los rayos tangentes del sol se dibujaban fantasmales al filtrarse entre el follaje del bosque. Según mis cálculos no me faltaba mucho para llegar a Xochitla, un pueblecito situado entre la sierra y tan escondido que solamente a pie se puede llegar. Una calma absoluta era dueña del entorno y se escuchaba el zumbar de los insectos y el canto de las aves como música de fondo. No hacía frío ni calor. Yo avanzaba despacio y con paso regular, encorvado un poco por el peso de la mochila, cuando al doblar por alguno de los tantos vericuetos del camino alcancé a verlo. Iba desplazándose con pasos breves y se apoyaba en un rústico bastón, la cabeza cubierta con sombrero de palma y el morral terciado hombro. Todo de blanco, era un punto refulgente entre aquel verde sobre verde. Por un momento dudé si debía alcanzarlo y rebasarlo y me detuve indeciso antes de proseguir. Poco a poco, la distancia que nos separaba se iba acortando y decidí caminar haciendo algo de ruido para anunciarle mi presencia. Conforme me fui acercando pude apreciar que se trataba de un anciano que aunque usaba el bastón, caminaba muy erguido. Finalmente llegué junto a él y siguiendo las costumbres campesinas le dí las buenas tardes. Me contestó el saludo con el ademán de quitarse el sombrero, aunque sólo tocó el ala y no me respondió, de modo que continué mi camino y poco a poco lo dejé atrás, resistiendo la tentación de voltear a verlo.
El sol se escondió tras de los montes casi de golpe sumiendo en la penumbra todo el bosque. No obstante, tomé la decisión de avanzar lo más posible antes de acampar pues tenía la esperanza de que de un momento a otro vería por entre los árboles las casitas de Xochitla, así que emprendí la trepada de una loma cuyos contornos se recortaban perfectos sobre el azul oscuro del cielo poniente. Tardé veinte minutos en llegar a la cima jadeante y agotado. Conforme recuperaba el aliento fui girando lentamente en busca de luces que me indicaran algún lugar habitado pero no pude localizar la más leve luz, de modo que cansado, me quité la mochila, saqué mi linterna y me dispuse a acampar. Al poco rato ardía ya una buena fogata y unos deliciosos huevos con tocino pasaron a compensar mis fatigas acompañados de una taza de café. Ya satisfecho desenrollé mi bolsa de dormir, arrojé un poco más de leña a la fogata y me metí en el talego para quedarme dormido de inmediato, arrullado por los suaves murmullos de la noche.
No tengo idea de cuanto tiempo haya transcurrido, pero el caso es que mi sueño fue interrumpido por un ruido cercano proveniente de colina abajo, por lo que me incorporé lentamente tratando de ver en la oscuridad de la noche sin luna. La fogata había consumido toda su leña y sólo quedaba un rojizo resplandor que humeaba tenuemente. Tomé la linterna y busqué la causa del ruido hasta que el haz de luz iluminó de pronto una silueta blanca que avanzaba hacia mí. Era el anciano que había rebasado aquella tarde; caminaba con la misma cadencia de entonces y parecía poder seguir haciéndolo eternamente. Llegó hasta donde yo estaba y se detuvo en silencio por lo que tuve que tomar la iniciativa dándole las buenas noches.
- Buenas noches - contestó con voz tranquila como si la subida a la colina no le hubiera requerido de ningún esfuerzo y acompañó sus palabras con el ademán de alzarse el sombrero.
- ¿Gusta... arrimarse al fuego? - añadí titubeante.
Acercóse en respuesta y se encuclilló junto a las brasas al tiempo que arrojaba allí un puñado de hojarasca y algunas ramas que en un momento revivieron la lumbre. Las llamas hicieron desaparecer el entorno reduciendo el mundo al área circular que iluminaban. Apagué la linterna. El viejo tenía la tez morena, las facciones indígenas muy acentuadas y su perfil no dejaba de tener cierta nobleza.
- ¿Quiere comer algo? - le pregunté con el deseo de iniciar la conversación.
- No, gracias - dijo y volvió a encerrarse en su mutismo. Tomó un palo y removió el rescoldo de la pequeña hoguera desprendiendo un enjambre de chispas que arremolinándose subieron rápido como si tuvieran prisa en apagarse.
- Yo me dirijo a Xochitla - le dije perseverando en mi intención.
- ¡A Xochitla! ... Je, je, je. - contestó dejando su risita rebotando en mis oídos mientras movía la cabeza como diciendo "Ah que muchacho éste", con lo que logró inquietarme.
- ¡No me diga que voy por mal camino! ¿Eh?
El silencio y un movimiento de vaivén de su cabeza fueron la respuesta; un movimiento que bien podría significar "más o menos" o "por ahí así" o "puede que sí, puede que no". Mi desconcierto era total; aquel anciano me tenía ahora a su merced pues daba la impresión de saber algo que yo parecía ignorar. Una oleada de temor me estremeció por un momento, pero pensando con claridad, si acaso estaba extraviado, ya encontraría el rumbo al día siguiente. Recuperando mi aplomo decidí preguntarle directamente.
- ¿Estoy muy lejos de Xochitla?
El viejo movió la cabeza negativamente.
- Entonces seguramente mañana la veré ¿No?
El viejo negó con la cabeza nuevamente.
- ¡No puede ser! - troné saliéndome del talego y acercándome a él. - No es posible que no esté lejos y que mañana no la pueda ver; según mis cálculos ya debería estar ahí ahora. ¡Estoy seguro! - afirmé reforzando mis palabras apretando los puños.
La elocuente cabeza del anciano se movió afirmativamente y sonrió mostrando sus dientes largos y amarillos; (CONTINÚA) luego, palmeando el suelo junto a él, pareció invitarme a que me sentara ahí. Conteniendo mi ánimo alterado así lo hice, con la esperanza de recibir alguna explicación y resistiendo la tentación de hacerle otra pregunta.
El anciano se tomó su tiempo como para poner a prueba mi paciencia; después, con el brazo derecho extendido hacia el frente y el índice apuntando hacia abajo, elevó e hizo descender su extremidad hasta tocar el suelo. Cuando retiró el dedo había dejado un hoyuelo. Yo me acerqué para observarlo completamente intrigado y terriblemente despistado; el viejo movió por enésima vez su cabeza y en su cara apareció una sublime expresión de resignación. Finalmente exclamó:
- ¡Aquí es Xochitla!
Yo, para no ser menos en materia de expresiones faciales, puse la más estúpida que pude, con la boca abierta y asintiendo enfáticamente con la cabeza como si de pronto se hubiera hecho la luz en mi cerebro.
- A... Aquí... - balbucee sosteniendo mi expresión de beatífica estulticia.
- Sí, aquí. - ratificó el viejo.
- Y... ¿Cómo es que no la veo? ¿Es que nadie enciende aunque sea un cabo de vela por la noche? - Repliqué.
- No - repuso el anciano.
- ¿No?
- No.
- ¿Por qué no? - insistí.
- Porque no hay nadie. - contestó.
- ¡No es posible! - volví a tronar - ¡No me diga que Xochitla es un pueblo abandonado!
- No, no lo es.
- ¿Entonces?
- Entonces ¿Qué? - exclamó el viejo.
- Pues que ¿Dónde está la gente?
- Nunca ha habido gente. - respondió.
- ¡Ah! Nunca ha habido gente. - repetí pausadamente. - Mire, la verdad es que lo que me dijo no tiene ni pies ni cabeza y como me doy cuenta de que mis preguntas no me llevan a ninguna parte, voy a callarme la boca mientras usted me hace el favor de explicarme todo este embrollo. ¿De acuerdo?
- Está bien. - contestó el hombre con un suspiro de resignación - Yo hablaré. - Hizo una pausa para tomar aliento y prosiguió. - Creo que tú - el viejo me tuteó para ubicarme desde ya en inferioridad - has viajado bastante y te gusta conocer lugares escondidos buscando quizá lo auténtico, lo natural. Seguramente conoces muchos pueblitos perdidos en laderas, valles y cañadas y seguramente también has observado sus características peculiares. - El anciano me sorprendió con su repentina elocuencia y realmente capturó mi atención de inmediato. - Me refiero - continuó diciendo - a aquellos pueblecitos que conservan su sabor original y que aún no han sido electrificados; con sus calles empedradas y ondulantes, sombreadas a los lados por los aleros de las casas; los que cuando empieza a llover huelen a barro y escurren a raudales las tormentas por todos los tejados. Los que despiertan y duermen con el sol; los que saben a maíz, frijol y verdolaga; los de adobe y madera; los de leña y comal, los de trabajo y fatiga. A ésos me refiero. - el viejo guardó silencio unos instantes como para darme tiempo de asimilar lo dicho y continuó - Dime. ¿Encuentras algo en común entre esos pueblecitos? - la pregunta me tomó abstraído en la evocación de todos los detalles que el viejo había mencionado. Sin embargo contesté. - Sí, es posible... pues aunque todos se parecen mucho, son en realidad distintos. Es decir... quizá... sí, quizá el todo sea diferente, quiero decir que cada pueblo tal vez sea único como tal pero... las casas... las casas se repiten, se repiten en muchos de los pueblos. ¡Eso es! Las casas son muy parecidas; los muros de adobe; las pequeñas ventanas; los patios y los corredores... Todo parece responder a una especie de uniformidad, de pertenencia, de estilo...
- ¡No! - interrumpió el anciano alzando la mano. - Ibas muy bien pero eso de "estilo" no es más que un lugar común. Existe otra razón para ese parecido; la verdadera razón; la única razón y se encuentra aquí en este lugar. Ahora te pregunto: si siembras maíz ¿Qué cosecharás?
- Pues maíz también - contesté.
- Luego, no importa donde siembres el maíz, las plantas resultantes siempre se parecerán entre sí sin importar el tamaño de la milpa ¿No crees?
- ¡Por supuesto! - respondí - Pero ¿Qué tiene que ver el maíz con los pueblecitos y este lugar?
- ¡Ah! Tiene mucho que ver - aseguró el viejo - pero como siempre, lo que es obvio resulta invisible al ojo que ve pero no mira. ¿Has visto maíz crecer en el mar?
- Pues no.
- ¿Has visto corales crecer en el monte?
- Tampoco.
- Si los vieras - continuó el anciano - ¿Qué dirías?
- Pues que eso no es posible; no puede ser - respondí - ya que ni el coral pertenece al monte ni el maíz al mar.
- ¡Exacto! - remarcó el anciano con un nuevo brillo en su mirada y añadió - Si vieras en un pueblito de esos una casa de cemento armado, cristales y aluminio ¿Qué dirías?
- ¡Claro! - exclamé - ¡Diría que no pertenece ahí, que no es su lugar!
- Así de sencillo es, muchacho. - pareció concluir el viejo.
- Sí, así de sencillo - repuse - pero sigo sin entender el papel que juega este lugar en todo esto. No encuentro qué relación puede haber entre un pueblo sin gente al que no puedo ver y todo lo demás que usted me ha explicado.
El anciano se quitó el morral y me lo pasó.
- Ten, vamos a ver qué encuentras ahí dentro.
- Tomé el morral y metí la mano, sintiendo en el fondo un escaso puñado de bolitas o algo parecido. Fuera de eso, el morral estaba vacío.
- No las saques, - advirtió el anciano - puede caerse alguna y quedar en mala tierra donde no podría germinar. Esas semillas son la causa de mi presencia en este lugar y la razón de mi existencia. Cuando se terminen, mi vida habrá llegado a su fin. Ahora toma sólo una con mucho cuidado en la palma de tu mano y obsérvala a la luz de la fogata.
Así lo hice. La semilla parecía una bolita de barro común y corriente.
- Pero, ésto es sólo barro - le dije.
- No, no es barro aunque lo parece. Es una de las semillas más complejas que puedan existir; representa siglos de tradición y permanencia y contiene además la esencia de la tierra. Tal vez a eso se deba su apariencia - explicó el viejo.
- Está bien, pero...
- ¡Calma! - interrumpió el anciano - Ahora vas a conocer una verdad reservada para los que miran con los ojos del espíritu, aunque en tu caso bien puede ser un inmerecido privilegio.
El viejo respiró profundamente y prolongó la pausa haciendo mayor mi expectación.
(CONTINÚA) - La invisibilidad de Xochitla se explica porque simplemente en esta época del año no está, no existe. En este momento, lo que pueda ser Xochitla se encuentra aquí, en el interior de ese morral. Este lugar fué escogido por los dioses porque reúne una serie de características que sólo se encuentran en armonía en este lugar de la Tierra. Esas características le confieren cualidades ideales para servir de almácigo. Luego, los dioses me otorgaron el honor de ser el único y exclusivo sembrador y prolongarán mi existencia hasta que la última semilla de ese morral sea sembrada. Como has podido ver, quedan muy pocas; quizá esta sea la última siembra de mi vida.
- Entonces, las semillas son...
- ¡Efectivamente! Son casitas. Casitas de pueblo. Al salir el sol de mañana estaré colocando por aquí la última siembra de casitas y al terminar, ya no tendré quehacer en este mundo.
- ¡Maravilloso! - exclamé. - Eso explica esa sensación de pertenencia de las casitas de adobe al suelo que las sustenta. Parecen haber crecido de la misma tierra, como las plantas. Son de ahí.
- Xochitla - añadió el anciano - como puedes ahora comprender, no es un pueblo permanente. Cada año lo siembro.
- ¿Y quién lo cosecha? - pregunté impaciente.
- Te lo voy a explicar, pero no olvides que debes escuchar con los oídos del espíritu. ¿Recuerdas que te dije que Xochitla es un almácigo? - Asentí con la cabeza. - Pues un almácigo no se cosecha; simplemente se trasplanta su contenido a otro lugar que será el definitivo. Entonces, cuando las casitas se han desarrollado hasta un centésimo de su tamaño normal, están listas para ser trasplantadas.
- Pero ¿Quién lo hace? ¿Cómo lo hace? - Volví a preguntar.
- No necesita hacerlo nadie. - prosiguió el anciano - Lo que sucede es que cuando alguien en alguna parte empieza a construir una casita de pueblo, yo me entero de inmediato y le asigno una del almácigo; una casita de Xochitla. El constructor no lo sabe, pero cada bloque de adobe que coloca en su lugar, cada viga, cada teja, corresponden como dos gotas de agua a las de la casita que yo le asigné. Cuando la termina, la coincidencia es total hasta el menor detalle. En el preciso instante en que el constructor da por terminada la obra, la casita de Xochitla desaparece y va a integrarse a la casa recién nacida como el espíritu al cuerpo. ¿Tienes alguna pregunta?
- No... Este... Pues no... Todo está muy claro, no sé por qué no lo pensé antes... Almácigo... Trasplante... ¡Fácil! - contesté automáticamente. - Es decir, sí, tengo una pregunta. ¿Qué pasará ahora que se terminen las semillas?
- Pues seguramente moriré - contestó el viejo.
- No, no. Me refiero a las casitas. ¿Ya no habrá más?
- No, ya no. Los dioses conocen todo y saben que ya no se van a necesitar.
- ¡Pero no pueden dejar que todo termine así nada más! - protesté alterado.
- Sin embargo, esa es la voluntad de los dioses - aseveró solemnemente el anciano.
- ¿Por qué? - insistí.
- Por algo que sí puedes ver con los ojos del cuerpo. Es notorio que ya no se fundan pueblitos y los que ya existen no crecen con casitas de las que yo siembro. Además, sólo unos cuantos se quedan a vivir en el pueblo de sus padres y de esos, pocos construyen su casa con adobe. Por lo general, prefieren las casas de "material", como las llaman, aunque sean más frías y no se asimilen a la fisonomía del pueblo. Prefieren también el asfalto al empedrado y las azoteas a los tejados. Te repito, los dioses saben que ya no me van a necesitar.
El viejo atizó una vez más la fogata y levantó otra nube de chispas.
- Será mejor que durmamos lo que queda de la noche. Mañana tengo que sembrar. - Se recostó cubriéndose la cara con el sombrero y se quedó dormido. Yo me quedé pensando un rato más y finalmente también fui vencido por el sueño.
El sol despuntaba tras el monte; eran las seis de la mañana. me incorporé estirando brazos y piernas y sobándome la huella de alguna piedra marcada en la espalda. A la luz del día, el paraje se veía distinto y a sólo unos pasos la tierra labrada despedía un aroma fresco y estimulante. Busqué al viejo y no lo vi en las cercanías. Eché a andar entre los surcos y al poco rato lo encontré escogiendo muy bien los lugares donde plantar sus semillas. Llegué hasta él y lo saludé.
- ¡Buenos días!
- Buenos días - contestó con aquel ademán de quitarse el sombrero.
- No se imagina las ganas que tengo de ver Xochitla. - dije como quien está continuando una conversación.
- Pues desde aquí nunca la vas a ver. - Respondió el viejo sin voltear a verme. - Ayer que pasaste junto a mí equivocaste el camino poco más adelante y te viniste para acá.
- ¿De veras? - Exclamé incrédulo.
- Sí, Xochitla está en la ladera opuesta de aquel cerro gemelo y desde aquí no se ve. No sé por qué hay gente que camina de noche por donde no conoce. - Dijo el viejo e ignorándome, continuó sembrando su maíz. FIN

miércoles, 2 de septiembre de 2009

AMIGO(A) LECTOR(A):



Desde aquello de "mexicanos y mexicanas" (máxima aportación al léxico político-social por algún personaje de la farándula del poder) es obligatorio añadir la (A) como aquí arriba se asienta para no ofender al bello sexo con tan evidente omisión. Se trata de lo siguiente: ¡Se me están acabando los cuentos! ¡Sí! Aquel mamotreto amarillento de reliquias escritas a vuelapluma está por agotarse. (¡Chín! Exclama el lector transido por una mezcla de tristeza y alivio). Sólo me quedan siete (El lector se tranquiliza o se decepciona pero tiene derecho a escoger.), nada más que son algo largos, de modo que los seguiré subiendo por partes. Dicho esto, procedo con el siguiente donde encontrarán peligro, acción, romance no, porque no es mi fuerte, y desde luego algunos muertos que se cuelan por aquí y por allá. Ojalá lo disfruten.




EL MEDALLÓN




Todo el pueblo estaba convencido de los poderes del medallón y aseguraba que su poseedor, al traerlo colgado al cuello, era invulnerable. Kronar lo usaba desde que aquel misterioso mago apareció en medio de la ceremonia del día de su iniciación y le dijo al oído extrañas palabras al tiempo que se lo colgaba al cuello. Después de aquello, durante varias noches en inquietantes sueños se veía luchando contra los opresores de su pueblo, saliendo siempre ileso de todos los combates. Luego, los sueños cesaron.

Mankor, el líder de los hombres libres, había organizado grupos para hostilizar constantemente al enemigo que, acantonado en lo que había sido su ciudad, explotaba sin misericordia a la población esclavizada. Turkan, el tirano invasor, había tomado la ciudad por sorpresa y vencido, no sin dificultad, a una heroica pero desorganizada guarnición que había quedado en Kyrana mientras los mejores guerreros se encontraban explorando las tierras más al Sur. Cuando volvieron, se encontraron con muerte, destrucción y esclavitud.

La primera muestra de los poderes del medallón fue meramente accidental. El tirano había mandado poner trampas en los bosques que rodean la ciudad a fin de protegerse de las incursiones de Mankor. Aquella ocasión, Kronar encabezaba un grupo de cinco jóvenes guerreros y avanzaba cauteloso delante de sus compañeros, escudriñando la espesura; de pronto, al pasar junto al tronco de un árbol, tropezó y cayó de bruces sobre un armadijo que se destrabó y en ese instante un venablo, salido de algún lugar, se clavó en el árbol a la altura donde él hubiera estado de haber pisado el dispositivo. Todos en silencio, cruzaron miradas entre sí y continuaron su avance con mayores precauciones hasta llegar a un lugar muy cercano a los muros de la ciudad, donde idearon un plan para causar varias bajas al enemigo. Echaron suertes y le tocó a Kronar hacerla de señuelo. Así pues, caminó hasta los últimos árboles y se separó a la izquierda del grupo que buscó posiciones ocultándose en el lado opuesto.

El centinela apostado en lo alto del muro miró sorprendido a un hombre solitario caminar hacia él con el arco destensado en la mano como quien anda de paseo. Su primera intención fue dar la voz de alarma pero pensó en lo ridículo que sería hacerlo a causa de un solo hombre y sin pensarlo más armó su arco y disparó rápidamente contra Kronar. La flecha se clavó en la tierra a dos pasos escasos por delante de él. El vigía disparó una segunda flecha errando por muy poco a un costado de Kronar que seguía avanzando. Una tercera flecha del ahora desesperado centinela falló también su blanco de manera increíble. Entonces Kronar se detuvo; tensó su arco, montó una flecha y todavía permitió que el azorado vigía le disparara un cuarto proyectil que se perdió muy lejos sin encontrar tampoco su objetivo. Las voces de alarma de aquel hombre terminaron con un sordo quejido cuando la flecha de Kronar se clavó en su pecho. Unos instantes después aparecieron los primeros hombres sobre el muro y se quedaron atónitos al ver a un guerrero solitario. El que estaba al mando reaccionó de inmediato dando la orden de disparar y fue lo último que dijo cuando una flecha de Kronar le atravesó la garganta. Corriendo velozmente en zigzag, Kronar regresó hacia el bosque mientras cinco saetas salidas desde ahí hallaban su blanco en los hombres del muro.
Esa noche alrededor de la fogata empezó la leyenda de Kronar "El invulnerable"; recordaron la aparición del mago y el asunto del medallón. Sin embargo, el pensamiento de Kronar era distinto. Cuando estuvo a solas tomó una flecha de su aljaba y probó al tacto la agudeza de su punta y luego, con ambas manos, la aproximó a su pecho; empujó suavemente y la sangre brotó de inmediato de la pequeña herida. Aquella noche los sueños volvieron y el amanecer lo encontró aún más confundido.
Las incursiones de acoso seguían y Mankor demostraba su habilidad para planearlas de la manera más inesperada por el enemigo, causándole considerables bajas. Sin embargo Turkan empezó a utilizar recursos malvados como el de escudar a sus hombres con mujeres y niños cuando querían salir de la ciudad y amenazó con matar a dos prisioneros por cada hombre suyo que cayera. Mankor se sintió imposibilitado para actuar en esas circunstancias y suspendió sus ataques para planear una estrategia diferente, pues mientras hubiera un prisionero en la ciudad, no podría hacer nada. (CONTINUA)
Pasaron los días y las reuniones de planeación fueron integrando un proyecto que requeriría del esfuerzo y decisión de todos. Lo primero que se tenía que lograr era establecer contacto con los prisioneros y dentro de la ciudad sería prácticamente imposible. Sin embargo, había una posibilidad cuando los esclavizados salieran durante el día a trabajar en los campos de cultivo, fuertemente custodiados y al descubierto. En esas condiciones el contacto en secreto también resultaría imposible pues a plena luz del día nadie podría acercarse sin ser visto. Pero en la noche...
Como de costumbre se echaron las suertes y tres guerreros fueron los elegidos por la fortuna para llevar a cabo la misión de comunicarse e informar del plan a los prisioneros. Éstos a su vez comunicarían la estrategia a las mujeres cuando les llevaran los alimentos.
La luz del día siguiente encontró al grupo de trabajadores esclavos camino al campo de labor, con sus aperos al hombro, cabizbajos y fuertemente custodiados. Encadenados por parejas, trabajarían hasta la puesta del sol en aquellas fértiles tierras, mientras que sus custodios permanecerían alrededor de ellos vigilándolos y echando, de vez en cuando, una recelosa mirada a los linderos del bosque distante unos treinta pasos.
Los esclavos fueron alineados al borde del campo y a una voz del capataz seguida del restallido de un látigo, dieron principio a sus labores. Silenciosos avanzaban lentamente por los surcos y ya cerca del medio día, se encontraban a la mitad del sembradío cuando casi al mismo tiempo, varias parejas de esclavos tuvieron que hacer acopio de aplomo y sangre fría cuando escucharon voces salidas de la tierra misma; voces que les decían que siguieran trabajando como si nada sucediera y escucharan con atención el plan que se les iba a comunicar. Algunos minutos después, los peones empezaron a cantar al ritmo de sus azadones como lo habían hecho cuando eran hombres libres, ante la sorprendida mirada de sus capataces. El contacto había tenido éxito y aquella noche, en la soledad del sembradío, tres guerreros emergieron de la tierra y a través del bosque, llegaron a su campamento donde los esperaba un asado de jabalí y una jarra de vino.
La parte del bosque más cercana al muro de la ciudad era aquella en la que había tenido lugar la incursión dirigida por Kronar y fue precisamente ese sitio el elegido para llevar a cabo la siguiente parte del plan cuya realización tomaría exactamente una semana y supondría la etapa más pesada de todo el proyecto que estaría a cargo de los guerreros libres.
Durante el séptimo día, la fragua del herrero de la ciudad trabajó intensamente alternando la fundición con la forja sobre el yunque. El acompasado percutir del martillo del herrero atrajo la curiosidad de los guardias quienes lo encontraron ocupado en la manufactura de nuevos azadones. Satisfecha su curiosidad se retiraron y unos minutos después, el yunque con su base de tronco y todo, fue tragado por la tierra tras los últimos golpes del martillo. Esa misma noche, uno por uno al amparo de la oscuridad, los ancianos, mujeres y niños evacuaron la ciudad por la casa del herrero, donde terminaba el túnel excavado desde el bosque. Del mismo modo, un selecto grupo de guerreros se introdujo a la ciudad con una buena dotación de armas y tomó estratégicas posiciones.
Poco antes de salir el sol, los guardias abrieron las rejas para sacar a los esclavos que se fueron alineando a lo largo del interior del muro de donde iban tomando sus instrumentos de labranza. Después, entre varios hombres, levantaron la enorme viga de madera que atrancaba el portón de la muralla y a una voz de los centinelas que les anunciaba que todo estaba en calma, abrieron de par en par las puertas por las que empezó a desfilar la columna de esclavos flanqueada por algunos jinetes y seguida por hombres fuertemente armados. No había cruzado las puertas ni la mitad de la columna cuando a un lado del camino apareció de pronto un guerrero como salido de la nada y sin más disparó una flecha haciendo blanco en el jinete que encabezaba la columna, derribándolo. Fue el principio del caos. Todos a una, los esclavos esgrimieron sus implementos y la emprendieron contra sus custodios. La voz de alarma resonó en las murallas y un grupo de hombres intentaba cerrar las puertas partiendo en dos la columna que salía, sin poderlo lograr debido a la tenaz resistencia de los esclavos que encadenados por parejas luchaban con denuedo. Afuera, el solitario guerrero seguía repartiendo muerte con sus certeros disparos, cuando los primeros proyectiles procedentes del muro, empezaron a erizar el suelo a su alrededor sin lograr herirlo. Entonces, del mismo modo que había aparecido el primero, medio centenar de guerreros surgió de la tierra y lanzó una andanada de flechas que hizo estragos entre los defensores de la muralla; sin embargo, sus puestos eran cubiertos de inmediato por nuevos elementos que al disparar a su vez también hicieron sentir la eficacia de sus proyectiles. El combate se había generalizado y se luchaba ferozmente.(CONTINUA) De pronto, los defensores del muro empezaron a caer asaeteados por flechas que parecían venir de todas partes sin poder explicarse lo que pasaba. Un grupo de esclavos se hizo con las armas de los caídos y se abrió paso a golpes de acero hasta la puerta para mantenerla abierta. La lucha cuerpo a cuerpo empezó cuando los primeros guerreros, con Kronar a la cabeza, se introdujeron por los entreabiertos portones. Varias saetas disparadas por los defensores abatieron a los de avanzada sin tocar a Kronar que se batía salvajemente paso a paso. Una nueva andanada de saetas intentó detener el embate de los guerreros que veían ya cerca el momento de recuperar lo que era suyo. Las pesadas puertas fueron finalmente controladas y en los muros ya no había defensores. La única resistencia provenía de la casa donde se encontraba acuartelado Turkan, desde donde los arqueros de su guardia personal disparaban al abrigo de la construcción. Fue entonces cuando Manker, al frente de los hombres infiltrados durante la noche y cuya acción desde dentro contra los defensores del muro fue determinante para lograr penetrar, flanquearon desde los tejados a los guardias de Turkan y empezaron a diezmarlos lentamente con precisos disparos.
Kronar, junto con algunos guerreros, se había parapetado tras unas pilas de leña para evitar ser alcanzado por las saetas de la guardia, compuesta por hombres que tiraban tan bien como el que más. Estando allí se percató de la desaparición del medallón; debía haberlo perdido en la refriega. Su primera intención fue regresar al área del portón e inconcientemente se incorporó un momento olvidando dónde se encontraba y buscando con ojos de ansiedad el medallón. Un zumbante dardo se incrustó en un leño a una cabeza de distancia de la suya volviéndolo a la realidad. Agazapado, con un sudor frío y una sensación de vacío en el estómago, quedó ahí paralizado. Acababa de conocer el miedo. En eso vino a su mente el vívido recuerdo del mago y las extrañas palabras que le susurró al oído y de las que nunca había sabido el significado. De pronto con gran estrépito y derribando una puerta a su paso, un jinete salió de la casa con la espada en alto y se dirigió hacia el abierto portón. Turkan usaba su último recurso: la huída.
Como despertado de súbito, Kronar se levantó rápidamente y corrió hacia la entrada empuñando su espada y sin más, se plantó en el centro del paso. El jinete lo vio, dudó un instante y espoleó su cabalgadura cargando contra Kronar quien a pie firme lo esperaba con la espada en mandoble lista para dar el tajo. Turkan se irguió sobre el caballo para darle mayor ímpetu a su golpe y maniobró a la bestia para ganar posición; alzó la espada y lanzó un terrible grito. La espada cayó de su mano y su cuerpo se dobló sobre el caballo que pasó por las puertas como una exhalación junto a un Kronar que se había quedado inmóvil sin comprender lo que estaba sucediendo. El silbido de las flechas que todavía se intercambiaban entre los de la guardia y los guerreros atacantes indicaba que aquellos iban a luchar hasta el fin. Kronar echó a correr hacia Turkan cuya cabalgadura se había detenido a medio camino entre los muros y el bosque con su abatido jinete sobre los lomos. El asta de una flecha se veía en su espalda; una flecha de su propia guardia que le alcanzó matándole casi instantáneamente; una flecha dirigida contra Kronar e interceptada por él mismo en la última maniobra de su ataque.
Cuando Kronar regresó, el combate prácticamente había cesado y no se habían tomado prisioneros. Jalaba por las riendas del caballo de Turkan y caminaba con la vista baja cuando al pasar por el arco del portón, entre los cuerpos de los combatientes muertos, descubrió el medallón.
Por la noche, tras el regreso a la ciudad de todos los que la habían evacuado, se celebró la victoria con música, danzas y vino a discreción, alrededor de numerosas fogatas. Kronar, sentado sobre un tocón, observaba las llamas de una hoguera y nuevamente evocó la imagen del mago, las misteriosas palabras* y el medallón. Quizá algún día llegaría a desentrañar aquel enigma, pero mientras tanto, de una cosa sí estaba seguro. Abrió el puño de la diestra; contempló el medallón por unos segundos y lo arrojó a la hoguera. FIN.
*Para aquellos que prefieren que los enigmas se aclaren, he aquí la traducción de las palabras del mago. Kronar no las entendió porque no hablaba celta:
"Esto no sirve para nada, todo depende de ti".



martes, 18 de agosto de 2009





LA LUZ



Todo lo que podía percibir era esa tenue luminosidad que le rodeaba por completo como si estuviera dentro de una nube homogénea sin tener sensaciones en lo absoluto, sin tener siquiera la noción del tiempo. No sabía si estaba inmóvil o si se movía; no escuchaba absolutamente nada, ni siquiera el siseo del silencio absoluto en su cerebro. Ignoraba cuánto tiempo había estado ahí pero le parecía haber estado siempre y nunca antes al mismo tiempo. Sin embargo, aunque vagamente, recordaba haber sido diferente y haber estado en otro lugar, pero no sentía la necesidad de hacer memoria; como si el recordar careciera de importancia.

La suave luz que le rodeaba parecía no tener una fuente definida y daba la impresión de venir de todas partes como si cada partícula del medio produjera su propia radiación. Podría decirse que se encontraba dentro de la luz. Resultaba completamente inútil voltear a los lados o tratar de ver hacia arriba o hacia abajo pues la total ingravidez y la absoluta falta de referencias eliminaba cualquier posibilidad. Pareciera estar mirando en todas direcciones al mismo tiempo y quiso frotarse los ojos con las manos en un acto reflejo que se desvaneció de inmediato al no sentir movimiento alguno y darse cuenta de que no podía cerrar los ojos ni frotárselos pues no tenía manos y tampoco tenía ojos. Entonces se dio cuenta de que no tenía cuerpo y de que no estaba viendo nada; simplemente formaba parte de esa luz; sencillamente estaba ahí. Una sensación de completa tranquilidad le envolvía con la certeza de que nada le causaría el menor daño. Era un estado extraño, agradable, incomprensible y fascinante.

Se sentía libre para ir a cualquier parte pero no había parte alguna a dónde ir. Sabía que podría ver todo pero no había cosa alguna que ver, nada que oír, nada que tocar, nada que sentir en el significado más estricto de la palabra. Sus percepciones eran instantáneas y se dio cuenta de que no requería de las palabras para captar una idea pura; el lenguaje le resultaba innecesario. Su omnipresencia era total, infinita.

La conciencia de su nueva magnitud no dejó de asombrarlo y curioso, mas con un cierto resquemor se cuestionó - ¿Qué soy? - y la respuesta ya estaba ahí al hacer la pregunta. - Una partícula del Todo.
- ¿Qué es el Todo?
- La absoluta existencia del Ser.
- ¿En dónde estoy?
- En el umbral de la Nada.
- ¿Qué es la Nada?
- La absoluta inexistencia del Ser.
- ¿De dónde vengo?
- De un estado de imperfección.
- ¿Cuál es mi destino?
- La integración con el Todo.
- Porque estás suspendido en un lugar de la Eternidad donde eres y no eres al mismo tiempo.
- ¿Qué es esa luminosidad blanca que percibo?
- Es la intuición. Lo que te permite conocer la Verdad.
-¿Qué es la verdad?- La Verdad es lo que Es.
- Yo quiero ser.
- Serás.

De pronto, una turbulencia agitó violentamente el medio y (CONTINÚA) durante un tiempo la luminosidad enrojeció y se obscureció hasta la negrura. Sintió frío y sintió temor. Se sintió solo, perdido, abandonado y quiso llorar y quiso gritar y quiso moverse mas no pudo. Sintió también que tenía un cuerpo y que estaba atado. Sintió una intensa náusea y un profundo desasosiego; luego una terrible angustia y una ansiedad indescriptible que iba en aumento y amenazaba con ahogarlo. De pronto todo cesó. Una pequeña luz empezó a crecer y a crecer hasta iluminarlo todo como antes. Un suave relajamiento lo invadió poco a poco y de nuevo se encontró rodeado de aquella conocida luminosidad y pensó:
- ¿Acaso he vuelto?
- Sí, has vuelto.
- ¿A dónde voy?
- No vas. Ya estás.
- La nebulosidad fue disolviéndose permitiéndole "ver" con claridad el origen de la luz. Una luz intensa y blanca como la de todos los soles juntos, tibia y reconfortante, apacible y benefactora; una luz que parecía contener toda la bondad del Universo; la paz y la justicia; inefable, atrayente, bella. Un anhelo impaciente se apoderó de él y deseó estar ya ahí. Con placer infinito se vio proyectado a velocidad cósmica hacia la luz, que a medida que él se aproximaba crecía y crecía hasta adquirir magnitudes infinitas y envolviéndolo todo. De pronto, en un instante indescriptible, se disolvió como una gota de sol en un universo de luz. Ya no tenía más preguntas. Ya no tenía dudas. Ya lo sabía todo. Ahora ya era.
El cirujano se quitó el cubrebocas, respiró hondo y con un gesto de impotencia resignada miró a sus colegas en el quirófano y dijo:
- Señores, lo hemos perdido cuando ya prácticamente estaba salvado. La intervención en sí fue exitosa pero nadie sabe cuándo un corazón aparentemente sano fallará, en este caso por primera y última vez. Gracias a todos por su colaboración. - y salió del quirófano.

martes, 4 de agosto de 2009






LA TORMENTA



Un enorme tronco desgajado se abatió sobre la brecha añadiendo al fragor de la tormenta el estruendo de sus ramas. La terrible fuerza de los vientos parecía disfrutar de los destrozos ocasionados en el bosque cuyo suelo reblandecido se mostraba incapaz de sostener los árboles. Admirado y empapado, miraba con fascinación el impresionante espectáculo que la naturaleza desbocada me ofrecía en aquél escenario operístico donde el relámpago y el trueno remarcaban las grises siluetas de los pinos al doblarse y romperse sus ramajes.
Todo había empezado de repente pues la que había sido una mañana llena de sol se convirtió, al caer la tarde, en una de las peores tempestades de que tengo memoria. Había salido con el Jeep descapotado rumbo al pueblo, distante unos quince kilómetros, a fin de aprovisionarme para el mes siguiente; confiado en el buen tiempo reinante no tuve ninguna prisa en salir y decidí además comer tranquilo en el pueblo antes de regresar. El camino, si así se le puede llamar, no es más que la huella dejada por las llantas del Jeep en las contadas ocasiones, una vez al mes, en que bajo al pueblo para recuperar mi despensa con algunos productos "civilizados" de los cuales no he logrado prescindir. Esta brecha era mi único medio de comunicación y contaba en su haber con barrizales viscosos como melaza; tramos pedregosos con traidoras aristas ansiosas de destrozar las llantas o romper el depósito de aceite del motor y cuestas tan empinadas que sin la doble tracción difícilmente hubiera podido sortear; todo esto por supuesto en condiciones que podrían llamarse normales para una ruta que trepa desde el pueblo, hasta cerca de tres mil metros de altitud rumbo a la cima de la montaña donde, un poco abajo del límite de las coníferas se encuentra mi cabaña. Por una especie de atavismo citadino utilizo el Jeep y no un caballo. El vehículo me da una especie de seguridad en cuanto a que lo considero una herramienta que, bien manejada, hará más o menos lo que yo deseo y la verdad es que no sabiendo nada acerca de caballos pues...
La cabaña se halla en una explanada natural de poco menos de una hectárea en la vertiente sur de la montaña y al abrigo de un rocoso acantilado que la protege del viento del norte. En esa superficie cultivo diversas hortalizas y cuido de algunas gallinas. A los que esperan que también haya una vaca les diré que dejé de consumir leche desde hace ya muchos ayeres. Pues bien, durante el descenso de la montaña, atento como iba a los accidentes del terreno, jamás se me ocurrió voltear hacia atrás y tampoco lo hice al llegar al pueblo ni durante el tiempo que anduve de compras o cuando estuve comiendo en la fonda. No fue sino hasta que subí al Jeep para regresar cuando vi aquella ominosa nube gigantesca que desde el norte lanzaba sobre la montaña su descomunal negrura. De inmediato até perfectamente la caja de las provisiones y la cubrí con un trozo de plástico. Me reproché la falta de previsión o la flojera de no haberle puesto la capota al Jeep. Seguro que me iba a empapar.
Emprendí el regreso con cierta resignación y sin prisa - hace muchos años que dejé de tenerla - pensando solamente en mi cabaña con el fuego encendido y yo secándome al calor de la lumbre. Quince minutos después, el viento empezó a soplar con violencia mientras sorteaba el tramo de fango en la falda inferior y comenzaban a caer grandes gotas de lluvia; tenía que salir de ese lugar lo antes posible para evitar quedarme atascado aún con la doble tracción. El jeep coleaba en el lodazal, resbalando lateralmente más de lo que avanzaba; debía evitar detenerme porque perdiendo la inercia hacia adelante, difícilmente lo podría hacer rodar de nuevo. No bien las llantas tocaron los bordes pedregosos del atascadero, recuperé el control del vehículo y la lluvia se desató definitivamente. Me sentí contento por haber cruzado el barrizal antes de que el aguacero lo hubiera hecho imposible. Al poco rato penetré en el bosque donde el vendaval parecía sentirse menos y recuerdo que pensé lo absurdos que se me hacían los limpiaparabrisas funcionando mientras el agua me ensopaba por completo. En algunos tramos, la brecha apenas permitía el paso del carro y la suave tierra del monte se abría bajo el peso del vehículo que dejaba tras de sí huellas profundas que inmediatamente se llenaban de agua. El cielo se había obscurecido prematuramente y ahí en medio de la floresta casi se podía decir que era de noche por lo que encendí los faros para ver mejor y reconocer algunas referencias del bosque que me indicaran el camino; aquél árbol torcido a la derecha y los matorrales a la izquierda me indicaron que avanzaba por la senda correcta. Pronto entraría en la parte estrecha de ésta donde tendría que pasar con mucho cuidado para no chocar con los árboles, jugando una especie de slalom de montaña. Ahí estaba el paso al fin, una especie de chapa de seguridad que sólo yo conocía pues habiendo aparentemente varias opciones para pasar, todas menos una terminaban en un cerrojo de árboles que no dejaban más recurso que la reversa para volver a encontrar el camino e intentar de nuevo. El correcto era, contra toda lógica, aquel que parecía regresar montaña abajo pero que después de unos treinta metros, remontaba de nuevo. Fue ahí donde sucedió. Ya había escuchado caer árboles en ocasiones anteriores pero nunca con un acompañamiento tan tormentoso y alucinante como el de ahora entre truenos y relámpagos y bajo una cantidad de lluvia indescriptible. (CONTINÚA) Al principio el estruendo parecía venir de todas partes así que desconcertado, detuve la marcha y puse atención; la luz de un relámpago me permitió percibir por un instante el tronco en su trance de caída a corta distancia por delante del Jeep. Los árboles vecinos parecían querer detener su abatimiento atorando y enredando sus ramas pero de nada sirvió y lentamente, con el dramatismo de un gigante herido, dio en tierra con toda su longitud y corpulencia. Ahí estaba yo, detenido en medio del bosque y con la tempestad rugiendo con toda su potencia, chorreando agua y aterido de frío por no llevar más que un ligero sweater que por el peso del agua casi me llegaba a las rodillas. Sabiendo que no habría paso posible para seguir avanzando con el Jeep, apagué las luces y el motor, eché pie a tierra y hundí las botas en el lodo pensando por un momento en llevar conmigo algunas de las provisiones, idea que descarté de inmediato pues difícilmente podría caminar cargando algo que no fuera una mochila que, por supuesto, tampoco llevaba. Empecé a caminar y al tercer paso las botas tenían adherido tanto lodo que pesaban como piedras. Me dirigí casi a tientas hacia la base del árbol caído y pensé que sería una buena provisión de leña para el invierno. Con los dientes castañeteando por el frío avancé para retomar la senda y de paso me acerqué a unos altos varejones para cortar, con mi inseparable cuchillo de monte, un buen bastón para ayudarme en la caminata.
Eché a andar cuesta arriba con mucho esfuerzo. El bastón se enterraba un buen tramo cada vez que lo apoyaba en aquella pasta vegetal y tenía que hacer esfuerzos para sacarlo. La luz de los relámpagos me permitía entrever la senda algunos metros por delante y avanzar con cierta seguridad entre aquella cascada torrencial que al parecer estaba precipitando en esa zona todas las reservas acuíferas del cielo. A ese paso llegaría en una hora, calculé, pero sin mucho convencimiento pues no es lo mismo estimar distancias a bordo de un vehículo, que atascando las botas a cada paso. De pronto, un rayo iluminó momentáneamente la floresta junto con un estampido ensordecedor que estremeció el suelo bajo mis pies. Había caído muy cerca. De un momento a otro dejó de llover pero los árboles seguían chorreando como regaderas. El bosque, aún mojado y oscuro, me seguía dando información sobre mi avance y un buen rato después me indicó la proximidad de la explanada donde se encuentra mi cabaña. Animado por la perspectiva del descanso caminé hasta salir a las orillas del claro; el cielo nocturno, aún nublado, me recibió saliendo del bosque. En la penumbra percibí el contorno del gallinero y tras él la gran sombra de la montaña; un poco más y estaría llegando a casa. Lo primero que noté al acercarme fue que la cabaña parecía más grande de lo que era y como que su forma había cambiado, así que seguí acercándome y cuando estaba a unos cuantos metros me quedé de una pieza. Incrédulo, me enfrenté a la verdad. Una verdad tan grande como el peñasco que ocupaba ahora el lugar de la cabaña.
Dormir al calorcillo de una fogata en el interior de un gallinero nunca formó parte de mis planes pero así fue por esa noche. Ya me ocuparía al día siguiente con la luz del sol, de revisar los destrozos del derrumbe pero por el momento lo único que quería era descansar para recuperar las fuerzas.
Reconstruir la cabaña a un lado del peñasco me tomó algún tiempo, pero quedó mejor que la anterior, más acogedora y más bonita. Del árbol que me detuvo en el camino hice algunos enseres y entre ellos, una cómoda banca donde por las tardes me siento a contemplar el valle bajo la montaña.



martes, 21 de julio de 2009




EL ANIMAL


La niebla nocturna se abatía sobre el pequeño valle al descender de las elevaciones circundantes y tomaba en silencioso asalto las callejuelas del poblado. La tenue luz que se filtraba a través de algunas ventanas dejaba ver que no todo mundo dormía. Por acá se dejaban escuchar voces festivas seguramente motivadas por el licor y más adelante un llanto infantil se abría paso entre la niebla pero no dejaba adivinar su origen. Sin embargo, faltaba poco para que todo se sumiera en el silencio mientras una luna en cuarto creciente iluminaba tímidamente el velo de niebla que lentamente se tragaba, una por una, las casas de la aldea.

Un resplandor amarillento y tembloroso se aproximó a una encrucijada e instantes después, una antorcha apareció en la esquina, sostenida por la mano en alto de un hombre que embozado en un zarape, cubría su cabeza con un sombrero de anchas alas y su paso decidido daba la impresión de saber a dónde iba; a grandes zancadas cruzó el arroyo y desapareció calle abajo... parecía tener prisa. Poco después la tenue luz de la antorcha pareció detenerse; durante unos segundos parpadeó indecisa y terminó por apagarse al mismo tiempo que se desataba un infernal coro de ladridos y escalofriantes aullidos que se prolongó por un rato hasta que se fue calmando el alboroto de los perros del vecindario.


Martín, el hijo mayor de los González, una de las familias más viejas de la aldea había llegado de vacaciones al terruño después de un semestre de estudios en una universidad de la capital del estado, donde cursaba estudios de paleontología. Su afición por los "huesos viejos", como les llamaba su padre, le venía de tiempo atrás cuando en sus andanzas por los montes de la región halló, entre los escombros de un cerro desgajado por las lluvias, las partes de un esqueleto fosilizado que parecía corresponder a un animal que habitó la región millones de años atrás. Martín se volvió famoso entre la gente del pueblo cuando emocionado guió a los científicos de la universidad estatal hasta el lugar del hallazgo. Tiempo después, recibió la noticia de que el esqueleto en cuestión pertenecía a una especie desconocida de carnosaurio que ahora sería llamada Raptor Martinensis en honor de él, su descubridor. Eso y la promesa posterior del rector de la facultad de otorgarle una beca para estudiar allá, fueron los acicates que lo impulsaron a terminar sus estudios preparatorios y finalmente aplicar para la beca, la que ganó sin muchas dificultades. La familia González vivía cómodamente pero sin lujos en la cercana población de Huetlayocan, pero gustaba de pasar varias semanas al año en la aldea de sus orígenes, donde sin luz eléctrica y sólo un pozo para abastecerse de agua, parecían encontrar la paz en la contemplación del lomerío cuyas laderas cubiertas de vegetación ocultaban a la vista su mayor tesoro: el cafetal.

Ese día, la mañana encontró a Martín desayunando a la luz de una vela cuando un rumor de voces se dejó escuchar y luego fuertes golpes llamaron a la puerta. Martín se levantó de la mesa y fue a abrir para encontrarse con un grupo de madrugadores vecinos cuyos semblantes alterados le decían que algo malo había pasado.

- Martín, ven Martín, ven a ver esto - exclamó una señora de edad, cubierta la cabeza canosa con un rebozo al tiempo que tiraba de su brazo - ¡mira nada más qué horror!

A escasos cincuenta metros, una mujer sollozaba ahogadamente sobre el cuerpo de un hombre que, tendido boca abajo sobre el húmedo empedrado de la calle, mostraba el brazo derecho ensangrentado y la manga de la camisa desgarrada; la pierna izquierda en similares condiciones y lo más impresionante, el cuello destrozado presentaba profundas heridas. Bajo el cuerpo y escurriendo calle abajo, sangre coagulada rodeaba cada piedra como si temiera mancharlas por encima; a su lado, una antorcha apagada atestiguaba la soledad de su muerte.

Esa noche en el velorio, Martín y los vecinos comentaban sobre qué clase de bestia podría haber hecho tal destrozo; hacía muchos años que por el rumbo ya no quedaban pumas y si acaso los hubiera, ya no bajaban del monte pues habían aprendido lo que era aquel estampido y el olor a pólvora de las escopetas de los lugareños entre los cuales había muy buenos cazadores. De cualquier manera, todo lo que decían no pasaba de meras conjeturas, que si los lobos, que si los coyotes y hubo quien aventurara la posibilidad de que algún nagual anduviera suelto por ahí con espíritu de venganza. Los temores ancestrales empezaron a aflorar y al calor del café con "piquete" salieron a la luz historias increíbles que los narradores juraban haber vivido o conocido de buena fuente. Martín, conocedor de la increíble fantasía de sus paisanos, escuchaba atentamente los relatos donde los personajes variaban desde brujas, duendes y naguales, hasta el mismísimo Satanás, disputándose el papel protagónico de las historias. Obviamente, la objetividad brillaba por su ausencia. Sin embargo, la mente de Martín hacía viajes de ida y vuelta entre las narraciones y la vívida imagen, que quedó grabada en su memoria, del cuerpo del infortunado vecino. Un recuerdo que le causaba escalofríos.

Aquella infortunada mañana, Martín había pensado ir en su viejo Jeep lo más cerca posible del lugar del hallazgo de su fósil, caminar desde ahí hasta el sitio mismo y volver a buscar, aplicando ahora las técnicas aprendidas en la universidad. Con métodos así, estaba seguro de que podrían resultar nuevos hallazgos ya que donde hubo uno, podrían hallarse dos... o más. Desgraciadamente, lo sucedido aquella mañana había interrumpido su proyecto; luego vino el velorio, los rosarios, el llanto, las anécdotas y la noche pasó a ser madrugada. El buen café mantuvo a Martín despierto y sin sueño por lo que decidió subir sus cosas de acampar al Jeep y la aurora del nuevo día lo vio partir del pueblo y enfilar rumbo a la sierra.

El vehículo avanzó sin dificultades durante unos seis kilómetros hasta que la brecha acabó por desaparecer, continuó a campo traviesa, cruzó el lomerío y a media mañana llegó a las laderas de la sierra. El monte, húmedo y fresco a esas horas del día, no tardaría en ponerse más caliente y lo tupido de la vegetación dificultaba cada vez más el paso del Jeep hasta que decidió detenerse y continuar un par de kilómetros a pie cuesta arriba, hasta llegar al sitio del hallazgo, de modo que cargó con tienda, mochila, cantimplora y por si acaso, la escopeta "cuata del doce", vieja compañera en sus caminatas, más unos cuantos cartuchos. Al empuñarla, no pudo evitar que la terrible imagen del difunto con la garganta destrozada acudiera a su memoria. ¿Que clase de fiera podría haber hecho eso? Y en todo caso, si tuvo toda la noche para hacerlo ¿Por qué no lo devoró? Recordaba entre sueños el alboroto que armaron los perros la noche de la desgracia, pero era una cosa tan común que los perros ladraran en esa forma de vez en cuando...


Con su impedimenta a cuestas, avanzó pesadamente por entre los matorrales por cerca de media hora. Buscaba con atención cualquier señal conocida que le recordara el lugar exacto del hallazgo y aunque el terreno le resultaba más o menos familiar, el monte sólo se parece al monte.

Deseaba encontrar el lugar del derrumbe pero después de unos minutos cayó en la cuenta de que habían pasado varios años desde aquel suceso; la universidad había marcado el sitio con unas piedras encaladas claramente visibles en ese entonces, pero ahora, la vegetación había invadido todo y prácticamente aquellas referencias habían cambiado o desaparecido; bueno, casi todas. La vista de un viejo encino con una de sus ramas caprichosamente retorcida le indicó que prácticamente había llegado y unos cien metros adelante, aunque disimulado por los matorrales, todavía se percibía el declive del derrumbe. Buscó un pequeño altozano y procedió a montar su campamento. Mientras lo hacía se lamentó por no haber traído consigo el GPS de la facultad, lo que le hubiera sido de gran utilidad para trazar el derrotero y marcar las coordenadas de su ubicación; algún colega se le había adelantado con el instrumento. Un gruñido seguido de un leve aullido le recordó lo vacío que traía el estómago; de hecho venía en ayunas. Se apresuró a armar la tienda y a acomodar sus cosas; encendió la estufilla de gas y se preparó un suculento almuerzo. Tenía grandes deseos de empezar a explorar ese mismo día y había acampado tan cerca del sitio como le era posible recordar, de modo que si el cansancio lo venciera, podría regresar rápidamente a su tienda y descansar.
(CONTINÚA)
Lo primero que hizo fue desyerbar una sección de cerca de dieciseis metros cuadrados y después empezó a retirar la tierra suelta hasta llegar al suelo original del cerro donde esperaba encontrar los estratos sedimentarios. La tierra suelta se retiraba con relativa facilidad pero suponía un esfuerzo de paleo considerable. Absorto en su actividad no se dio cuenta de que el día estaba por terminar hasta que un viento fuerte empezó a soplar y el cielo se cargó de nubes; una tormenta se avecinaba y el ocaso llegaba a su fin. Las primeras gotas le alcanzaron camino a la tienda apenas a tiempo para no empaparse y en cuanto cerró la cremallera de la entrada, el aguacero se desató en forma torrencial. El fulgor de un relámpago y el estruendo del trueno firmaron el inicio de una noche tormentosa cuya negrura cayó tan rápido como si alguien hubiera apagado la mortecina claridad del día. En el interior de la tienda la temperatura bajó rápidamente; a tientas, encendió la linterna, se quitó las botas y se metió en la bolsa de dormir y ya se estaba acomodando cuando recordó la escopeta, la alcanzó, quebró el mecanismo e introdujo un par de cartuchos en las recámaras; la cerró firmemente, colocó el seguro y la acomodó a su lado. Otra vez acudió a su mente la imagen del cadáver con la garganta destrozada y, moviendo la cabeza como para sacudirse esos pensamientos, apagó la linterna y se recostó. Afuera, la lluvia continuó cayendo por casi media hora y finalmente, cansada de mojar la tierra, terminó tan de pronto como había empezado.
El goteo de los árboles fue interrumpido por el ruido de una rama al romperse. Martín se incorporó... algo rondaba en el exterior. En silencio se puso las botas lo más rápido que pudo, empuñó la escopeta y despacio bajó la cremallera de la entrada. El cielo, ahora despejado, dejaba lucir la luna creciente y miríadas de estrellas cuya luz permitía ver las fantasmales formas de los matorrales. Se animó a salir, la lámpara en la mano izquierda y la escopeta en la derecha. Se incorporó y encendió la luz barriendo con el haz los alrededores e iluminando atrás de la tienda donde a escasos veinte metros se encontraba un árbol bajo; la luz de la lámpara subió por el tronco, continuó por una rama y ahí, a la mitad de ésta, un par de ojos fulgurantes lo miraban. Con el pulgar quitó el seguro del arma y estuvo a punto de alzarla y disparar cuando la lechuza se lanzó al aire y desapareció silenciosamente tras los árboles. Respiró aliviado y sin embargo, sus piernas temblorosas acusaban los efectos de la adrenalina; avanzó unos pasos iluminando el suelo y un fuerte escalofrío recorrió su espalda estremeciendo todo su cuerpo. Ahí, estampadas en la tierra reblandecida por la lluvia, había una huella... dos huellas... tres huellas... cuatro huellas que en forma de arco formaban un trayecto en la parte posterior de la tienda. Estaban separadas entre sí por unos treinta centímetros; cada una de ellas presentaba tres dedos y eran tan largas como las huellas de sus botas; entre las huellas y la tienda no había más de cinco metros.
Esto no puede ser posible - dijo para sí mientras nerviosamente recorría con la luz los alrededores - estos animales se extinguieron hace millones de años ¿Por qué no me atacó? era una presa muy fácil. Sólo, encerrado en la tienda e inmóvil, debe haberme olfateado, el viento sopla suave hacia atrás de la tienda... inmóvil, ¡Eso es! Seguramente ahora me está observando agazapado entre los matorrales, no debo moverme pues si corro a la entrada de la tienda no tendré oportunidad de llegar, se supone que eran muy rápidos y el mejor estímulo para este depredador es que su víctima corra. Debo moverme muy despacio hacia la tienda y... luego ¿Qué voy a hacer en la tienda? ¿Esperar a que venga por mí sin que lo vea llegar? Mejor me muevo lentamente hasta el centro del claro y a ver qué pasa, así, al menos tendré tiempo y distancia para dispararle venga de donde venga. - Entonces, muy lentamente fue moviéndose paso a paso, atento a cualquier ruido que delatara la presencia del animal; el dedo en el gatillo y el corazón acelerado que le golpeaba en el pecho y le percutía en las sienes; en su vida había sentido tanto miedo. A su mente retornaba la imagen del infortunado paisano - ¿Sería esta bestia la causante de aquel ataque? - Por momentos la lógica se quería imponer pero el terror que sentía no le dejaba pensar con claridad, sólo sabía que estaba viviendo algo imposible ¡Un carnosaurio estaba a punto de atacarlo! Él mismo había visto sus huellas inconfundibles rondando la tienda, no había duda, pero no caería sin pelear. Notó que el miedo se le había convertido en decisión y furioso, resoplando de ira, caminó más rápido girando sobre sí mismo todo el tiempo y casi deseó que el reptil apareciera para dejarle ir las dos cargas de perdigones. Llegó al centro del claro y se detuvo. Quiso gritar con todas sus fuerzas ¡Déjate ver, maldito! Pero su garganta no emitió ningún sonido. A sus espaldas, un leve ruido lo hizo girar apenas a tiempo para ver las fauces abiertas que se abalanzaban sobre él, encañonó por instinto y oprimió los dos gatillos en rápida sucesión. Los dos estampidos resonaron en el monte.
Martín, en el piso de su tienda aferraba la linterna con desesperación y entonces sí, un grito prolongado escapó de su garganta. Afuera de la tienda había luz y escuchó voces y ladridos cada vez más cerca. Abrió la cremallera y salió sin dejar de empuñar la linterna ahora encendida aunque la luz del día era evidente. Lo que vio fue un grupo de cuatro vecinos, todos armados con sus respectivas escopetas, que lo miraban como si tal cosa y le señalaban un bulto obscuro en el suelo frente a ellos.
- ¡Mira Martín! ¡Aquí está el asesino! Creo que venía por ti - dijo uno de ellos mientras botaba los cartuchos quemados de su escopeta - lo vieron salir corriendo a poco de que te fuiste y pos lo seguimos, no era cosa de dejarlo ir, soltamos a los perros y corrimos y caminamos tras ellos hasta que empezó a llover. Los perros luego luego perdieron el rastro con tanta agua. Ya íbamos a regresar cuando nos acordamos de ti y pensamos mejor en venir a avisarte, no fuera la de malas. En cuanto dejó de llover caminamos de nuevo hasta que allá abajito cruzó delante de nosotros y enfiló pa'cá. Ya pa'llegar aquí que se nos cruza de nuevo y que le suelto dos tiros y pos aquí está ya bien muerto. - Martín no salía de su estupor, miró su reloj - casi las ocho - como hipnotizado caminó lentamente hacia ellos con la mirada puesta en el bulto tendido en el suelo. Poco a poco su mente se fue aclarando y cuando llegó hasta ellos ya estaba recuperado físicamente pero su mente aún no conectaba con la realidad. Ahí, bajo sus propias narices se encontraba el cadáver, todavía caliente, de un enorme perro de pelaje negro. - Un perro... - balbuceó Martín - Sí, un perro, pero rabioso y bien grande - terció otro - ¿Te imaginas lo que hubiera pasado si se queda en el pueblo?