Sentado en una banca del parque, leyendo el periódico, vi llegar por la acera de enfrente a un hombre de lento andar, enfundado en un abrigo negro, que se detuvo frente a una puerta. La casa, de los años treinta, mostraba en su pintura deslavada recuerdos de mejores tiempos. El hombre se alejó hasta la orilla de la acera y miró las ventanas. Volteaba inquieto hacia ambos lados de la calle. Se le veía ansioso. Varias veces miró su reloj. También varias veces sacó del bolsillo una cajita, la miraba y la volvía a guardar. Una mujer joven llegó. El hombre la saludó cortésmente y ella abrió la puerta. Ambos entraron. Vi como la cortina de una ventana se cerraba. Observé que en un par de ocasiones esa cortina parecía moverse. Minutos después el hombre salió de allí y se alejó caminando más despacio que antes. Como quien no quiere la cosa, doblé el periódico, me levanté de la banca, crucé la calle y me acerqué a la casa. Caminé lentamente hacia la puerta y seguí hasta la ventana. Un pequeño cartel atrajo mi atención. Decía: Se aplican inyecciones.
