martes, 2 de agosto de 2011

CRIPTOZOOLOGO

    Llevaba ya cinco días en esa región de la cuenca amazónica y se había alejado algunos kilómetros de su campamento base. Mochila ligera, el insustituible GPS, un buen cuchillo de monte, un mapa de la zona impreso a prueba de agua, la cantimplora llena, el repelente de insectos, etc., etc.. ¡Ah! y muchas ganas de descubrir, de encontrar y clasificar alguna especie nueva que en lo sucesivo llevara su nombre. Sonaría bonito: "Loqueseatus Artemus".
El Doctor Artemio Hernández soñaba despierto y dormido con la gloria y el reconocimiento de la élite científica. Ese afán lo había llevado a diferentes lugares del mundo. Ahora, en esa selva, agudizaba sus sentidos y lupa en mano escrutaba concienzudamente cuanto bicho se le atravesaba y de inmediato lo identificaba  por su taxonomía. Ese día había recorrido una buena parte de la zona delimitada a ocho hectáreas que él mismo había determinado para esa ocasión sin encontrar nada. Pronto se haría de noche y GPS en mano emprendió el regreso a su campamento, donde lo esperaría un buen baño y una cena frugal preparada por Régulus, su asistente. Sin embargo, nunca llegó. Régulus esperó, con la idea de que tal vez algo se le había atravesado y llegaría más tarde, casi hasta la media noche para dar aviso de su desaparición. Con las primeras luces del día, una brigada de búsqueda y rescate se hizo presente en el lugar, revisaron los mapas que el Doctor había marcado el día anterior y marcharon en su busca. No fue difícil hallarlo. El Doctor era muy metódico y la cuadrícula de su mapa resultó de mucha ayuda. Encontraron su cuerpo reclinado cómodamente en un tronco. Llamó mucho la atención de los rescatadores la expresión de incredulidad y sorpresa que se veía en su rostro. Junto a su cadáver, encontraron también el cuerpecillo inerte de un hermoso colibrí que quedó ahí olvidado por los brigadistas.
La autopsia de ley reveló que el Doctor Artemio Hernández había fallecido por la acción de una neurotoxina de efectos devastadores que acabó con su vida en escasos tres minutos. Durante varios meses se trató de identificar qué clase de bicho había aguijoneado al infortunado investigador y hasta la fecha, se desconoce.