miércoles, 25 de julio de 2012

LLANTO

Los muros de la vecindad parecían derretirse bajo la llovizna. Húmedos y fríos lo vieron salir hasta la calle. Las baldosas de la banqueta reflejaron su silueta haciéndola parecer más larga. El ala de su sombrero empezó a gotear. La lluvia oscureció sus hombros. En su mano izquierda llevaba un banquito con asiento de mecate y una bolsa de plástico donde guardaba algo. En la derecha, un bastón de invidente tanteaba el suelo por delante suyo. En la bocacalle dobló a la izquierda y continuó su marcha hasta la siguiente esquina. Ahí estaba el templo de San Juan. No bien llegó, se guareció bajo el arco de la entrada, se sentó en el banquito y se quitó el sombrero que dejó ver su cabello cano. Lo puso en el suelo boca arriba. Los feligreses empezaban a llegar. De la bolsa sacó un estuche. Con movimientos rituales lo abrió y tomó un violín, tensó el arco y comprobó la afinación. En el campanario, el sacristán hizo tañer el primer repique para la misa de seis. Al disolverse el último golpe del badajo, el violín emitió los primeros compases de "Dios nunca muere". Como una concha acústica, el pórtico amplificaba las notas y derramaba la melodía por todo el frente de la iglesia. Había algo diferente en esa música. Yo, de pie ante el templo, bajo mi paraguas, quedé impresionado al escuchar la calidad de la ejecución. Observándolo más de cerca pude comprobar su perfección técnica. A pesar de la humedad, el instrumento vibraba con potencia o languidecía suavemente siguiendo la intención de la obra. Disfruté un verdadero concierto. Entré a la iglesia y al terminar la misa fui a la sacristía a saludar al párroco y le pregunté si conocía al violinista. Me dijo que el hombre había sido integrante de la Orquesta Sinfónica de Oaxaca, pero que por alguna razón desconocida quedó ciego desde los cincuenta y tantos años. Eventualmente lo contrataban para musicalizar las misas solemnes y otros ritos en el templo. Los domingos tocaba a las puertas de la iglesia antes y después de las misas. Se llama Cipriano Alcalá.
    Cuando salí, el sombrero del músico recibió mi insuficiente dádiva. Al alejarme, volví a escuchar las notas del violín de Cipriano que se fueron apagando lentamente, llenas de melancolía. El cielo seguía llorando.