Una noche regresaba de comprobar las existencias de agua potable y a la luz de la luna tropecé con una piedra del tamaño de una pelota de ping-pong. No es nada extraño tropezar con piedras en ese desierto, pero ésta rodó algo lejos por ser prácticamente esférica, lo que llamó mi atención. La recogí y anduve jugando con ella en las manos de camino a mi tienda y después la guardé en el bolsillo.
Al día siguiente, en el mercado de la población y bajo un sol que asaba vivo a cualquiera, saqué el pañuelo para enjugarme el sudor. La piedra salió del bolsillo y rodó hasta los pies de un monje tibetano que se acercaba. La observó haciendo que sus ojos se vieran grandes. Se agachó, la levantó con la diestra y oprimiéndola entre sus dedos se me quedó mirando fijamente. Me hizo sentir incómodo por varios segundos. Con la otra mano me hizo seña de que le siguiera y yo lo seguí. Caminamos por callejuelas estrechas sorteando los puestos de vendedores de toda clase de artículos que sería muy largo describir. Entramos a una edificación cuya puerta estaba disimulada por lienzos colgados frente a ella. Subimos por una estrecha escalera y llegamos al otro nivel. La luz del sol iluminaba una tosca mesa de madera que tenía encima una placa de pizarra y algunas herramientas rústicas. En una cajita de madera alcancé a ver algunas joyas. Me indicó que me sentara y quedamos frente a frente. Observó detenidamente la piedra mientras la giraba despacio entre sus dedos. La colocó con cuidado sobre la pizarra. Tomó un martillo ligero y un cincel y con un golpe suave y preciso la piedra se partió. Dentro apareció la amarilla figura de un anillo. El monje finalmente habló y me explicó que la "piedra" no era otra cosa que un molde de orfebre hecho de arcilla de un grano muy fino y que esa técnica se había utilizado en esa zona desde hacía por lo menos mil años. Ese molde era muy antiguo. Había sido procesado envolviendo con arcilla húmeda un molde de cera del anillo, se había dejado secar y luego puesto al fuego para evaporar la cera que además del hueco del anillo, dejaba un orificio para vaciar el oro fundido al interior. -Cera perdida -comenté poniendo cara de conocedor. Sin contestarme, el monje lavó y cepillo el anillo con gran cuidado. Lo introdujo en una caja con aserrín, removió un poco y lo sacó perfectamente seco. Sus ojos volvieron a abrirse al contemplar el símbolo en el sello del anillo. -Eres muy afortunado, es un anillo de la Eternidad. -me dijo con expresión de admiración- Seguramente fue fundido para un gran sacerdote del templo de Kashgar. Observa los dos triángulos isósceles entrelazados y el círculo en el centro. Todo dentro de un círculo mayor del que sobresalen los vértices agudos de los triángulos. ¿Lo has visto bien? -me cuestionó con vehemencia- El anillo es tuyo, pero debo acabarlo, detallarlo y pulirlo. Nos veremos en tres días en el mercado en el mismo lugar. Ahí te lo entregaré. -¿Cuánto me costará? -le pregunté no sin aprensión- ¡Nada! -contestó sin dudar- Debo considerarme afortunado si me permites conservar el tallo de la colada y el molde partido. Para mí, eso es prueba suficiente de que alguna vez tuve en mis manos un Anillo de la Eternidad. Debo pedirte sin embargo, que antes de entregártelo me expliques el significado de los símbolos que has visto. Estoy seguro de que si tú eres merecedor de ese anillo, lo sabrás para entonces. -Se puso de pie y me acompañó escaleras abajo hasta la salida.
Al tercer día me encontraba nuevamente en el mercado a la hora aproximada del día que conocí al monje pero pasó el tiempo y éste no llegaba. Bueno, creo que me pasé de crédulo -pensé para mí- cuando una mano firme se apoyó en mi hombro y al voltear me encontré cara a cara con el monje. Nos saludamos con una reverencia y acto seguido me preguntó -¿Cuál es el significado?- No le dije que no había dormido ni dos horas las noches anteriores pensando en ello y aparentando una seguridad que no sentía, le dije. -El círculo que encierra todo es el tiempo de la vida. Los vértices de los triángulos isósceles que sobresalen son el futuro y el pasado y el círculo pequeño del centro es el presente. El conjunto representa La Eternidad.
El monje sonrió, sacó una minúscula bolsa de seda amarilla y me la entregó. -¡Ábrela! -me dijo. Así lo hice y en la palma de mi mano cayó un anillo finamente terminado. Quedé embelesado con el esplendor de la joya y lentamente me lo coloqué en el anular izquierdo. Me quedó perfecto. Alcé la vista para agradecerle al monje su trabajo. Mi vista se perdió sin hallarlo entre la gente del mercado. No le busqué.
El trabajo aquí está por terminar. Es posible que el mes próximo me encuentre laborando en las selvas de Guatemala o Yucatán. No sé qué hacer con el anillo, aparte de traerlo puesto. Lo froté y no pasó nada. Le hablé y tampoco. Tal vez con el tiempo le encuentre alguna gracia maravillosa, pero no quiero esperar una eternidad.
