martes, 22 de noviembre de 2011

EL TÍO CHALO

La Laguna, nombre que la gente del pueblo le daba a la entonces extensa cuenca del río Lerma, había visto nacer, crecer y hacerse viejo a un lugareño ahora solitario que desde su humilde choza, en las indefinidas márgenes del río, miraba diariamente salir el sol por entre las rendijas de su puerta. Como es costumbre, los adultos llaman a los viejos "tíos" en un trato reverencial. El anciano era conocido como "el tío Chalo". Cultivaba una hectárea de terreno con hortalizas de varias clases. A su edad, cercana a los noventa, eso significaba un gran esfuerzo y fatiga pero era esa actividad la que lo mantenía con vida. La vereda comunal pasaba cerca de su choza y eventualmente algún paisano pasaba a saludarlo y ver cómo se encontraba. Por las tardes se le podía hallar sentado en una silla desvencijada que apoyaba contra el muro de la casa, con un gato morisco echado a su lado, su única compañía. No era un gato faldero y parecía tener, junto con una personalidad muy definida, la seguridad de ser el propietario de toda la laguna. La cosa es que la gente que lo visitaba comentaba lo bien que estaba de salud el tío y que en varias ocasiones los había invitado a comer un sabroso pato cocido con verduras, platillo magro y nutritivo que conservaba al tío delgado, fuerte y correoso como tronco de ciprés.

    Un día en que muy temprano pasaba yo por ahí con mi escopeta al hombro a la caza de gallaretas, lo vi sentado en su decrépita silla desplumando un pato. Desde luego que me acerqué a saludarlo y tras las frases de rigor me preguntó qué tal me funcionaba la escopeta. Le dije que muy bien, que era herencia de mi padre, del 16 con dos cañones. Me dijo que estaba bonita y yo se lo agradecí preguntándole a mi vez que cómo era la suya. Me contestó que ya no la tenía. La había vendido porque el parque le salía muy caro. Le pregunté cómo había cazado ese pato en proceso de desplume y me quedé callado con cara de extrañeza. Pareció darse cuenta. Se me quedó mirando y finalmente, con una luz traviesa en sus pupilas me señaló al morisco que holgazán, dormitaba a su lado. Él me trae por lo menos un pato a la semana, me dijo. Éste amaneció hoy frente a la puerta. Todo lo que quiere es que lo comparta con él. Es muy exigente, no los come crudos, le gustan cocinados.