Tuve la suerte de verlo anoche, en el final de su largo viaje. No puedo decir que se precipitó al vacío porque de ahí venía. Inconsciente de su velocidad se acercó demasiado. En su vertiginosa caída tuvo un momento de gloria, de brillo tan intenso como efímero. Jamás llegó. En el último milisegundo recordó su origen, convertido en un meteórico rasgo de luz.
VENTANUCO PARA ASOMARSE A LEER RELATOS INTRASCENDENTES, NARRACIONES, ANÉCDOTAS Y UNO QUE OTRO CUENTO.
martes, 29 de enero de 2013
martes, 22 de enero de 2013
DE NUEVO CON SAMUEL
-¡Hola Samuel! ¡Qué gusto me da verte otra vez! ¿Qué te trae por aquí?
-Pues para que veas que no te olvido, aquí me tienes.
-¡Por supuesto! Yo sí olvidé que el tiempo no existe para ti. Ha pasado más de un año acá y no habías dado señales de vida... Es un decir. ¿Cómo está todo por allá arriba?
-Todo está tranquilo. Como dicen en México, "no pasa nada". No requerimos de elementos de seguridad ni necesitamos vigilancia en las entradas. Antes teníamos una sola, pero con el incremento de flujo ahora hay cuatro. Una por cada punto cardinal. No tenemos problemas de migración ni de indocumentados o de narcotráfico. Sin embargo, eventualmente nos reunimos con El Innombrable para definir estrategias, pero desde que se establecieron las cosas como son, él a lo suyo y nosotros a lo nuestro.
-¿Por qué no le llamas Luzbel?
-¡Shh! ¡No lo vuelvas a decir! Mira. Mantenemos una relación cordial por órdenes superiores. No deseamos nuevos conflictos. De por sí no los tenemos. No es nuestro enemigo. Es enemigo de ustedes los humanos. La tierra es su campo de batalla, pero desde el gran combate en que nos quedamos nosotros con el Norte y él con el Sur, valga la expresión, no hemos vuelto a llamarle por su nombre.
¿Crees que jamás volverá a haber problemas entre ustedes allá arriba por aquello del poder y de quién es quién?
-No. Imposible. Todos somos fieles al Jefe Máximo.
-¿A ti no te gustaría ser reconocido como el más llegón de todos?
-No. Para mí, eso carece de sentido.
-Vamos, no me hagas decir nombres. Tú sabes a quién me refiero.
-No te puedo mentir. Es Miguel y eso tú lo sabes.
-Desde luego, pero creo que se debe a que desde el principio se le hizo una enorme campaña de publicidad que sería la envidia de cualquier candidato. Héroe de la gran batalla, líder máximo de las huestes del mero mero...
-No sigas por ahí. Es inútil. Para mí, la tentación no existe.
-Pero entonces ¿no tienes sentido de la justicia?
-¡Por supuesto! Pero de la justicia divina.
-Qué ¿hay otra?
-¡Claro! La justicia de los hombres.
-¡Oh, vamos! Estoy hablando en serio.
-¡Yo también!
-Entonces explícame porque no entiendo esa dualidad.
-Es fácil, mira. La justicia humana clama para que todos tengan lo mismo. Que todos sean iguales. En cambio, la justicia divina a unos les da mucho, a otros les da poco y a otros más no les da nada. Si no lo crees sólo mira a tu alrededor. Entender eso es la clave del bienestar mental. Los que no lo entienden se la pasan haciendo peticiones, sacrificios y hasta guerras para que todo sea parejo. Eso es imposible porque la diferencia está en la esencia de los seres humanos. Quien diga lo contrario, miente. Es más, creo que la igualdad ante la ley es la máxima aproximación teórica a que han llegado y en la práctica ¡no la logran! Y acá entre nos, estoy seguro de que el problema está en que pocos tienen demasiado y muchísimos no tienen nada. Lo único en que se parecen es que la mayoría, no importa lo que tenga, siempre quiere más. Ese es un mal hasta ahora incurable. Creo que si lograran reducir esa enorme diferencia marcharían mejor.
-Creo que ya te entiendo, pero ¿cómo se las han arreglado allá arriba para evitar eso? ¿nadie quiere ser más de lo que es?
-¡Desde luego que no!
-¿No pueden, o no quieren?
-No podemos no querer. Esa opción no existe para nosotros. Es una imposibilidad absoluta.
-¿De veras?
-Así es. Es la ventaja de simplemente obedecer. Nuestras órdenes son indiscutibles y no requieren de análisis. No hay posibilidad de objetar. Se ejecutan y ya. Creo que has olvidado que a raíz del triunfo sobre la única rebelión que hemos tenido, los disidentes fueron arrojados al abismo y los que permanecimos fieles, fuimos confirmados en gracia. ¿Cómo la ves?
-Está padrísimo para ustedes -le contesté sin ninguna convicción, aún a riesgo de que leyera mi pensamiento- pero dime ¿qué tengo qué hacer para nunca ser "ascendido" a esa categoría?
-¿Cómo dices?
-Es broma, es broma mi querido Samuel. Tú sabes cómo te aprecio y también sabes que soy sincero contigo. Conoces mi conciencia y estás enterado de cómo pienso. Sé también que comprendes que yo no desearé jamás ser como tú, un espíritu puro. Prefiero mi humilde humanidad con todo lo que conlleva. Es un precio que vale la pena pagar por decidir lo que quiero hacer con el tiempo y el espacio de mi vida.
-Sigues siendo el mismo, ¿verdad? Bueno, me tengo que retirar.
-¡No te alejes tanto! Es un placer platicar contigo. Nos veremos pronto.
martes, 15 de enero de 2013
PUSHPAKA
Nos encontrábamos, como todos los sábados, jugando una partida de ajedrez en el café de mi hotel en Dharkadhi y hablábamos sobre antiguos textos hindúes. Mahabala se puso serio cuando me oyó mencionar a Pushpaka, el extraordinario vehículo aéreo de Rama. Su semblante se ensombreció de tal manera que pensé por un momento que podría haber ofendido algún protocolo hindú desconocido. Fingí no darle importancia y moví mi caballo frente a su alfil. Mahabala movió de inmediato el caballo de su dama y ahorquilló la mía y mi alfil del rey. Decidí perder mi alfil, por supuesto. Había perdido también la concentración y la estrategia. Antes de mi siguiente movimiento decidí preguntarle con fingido desinterés.
-¡Fantástico lo de Pushpaka! ¿No crees?
-No es fantástico. Es real. -Me contestó muy serio y en voz baja. -Te toca mover Cecil.
Moví mi torre de rey en un desesperado esfuerzo por bloquear su ataque. Sin cambiar la expresión de sus cejas bajo el turbante, sus ojos parecieron reír. Movió su dama.
-¡Jaque mate! -exclamó-. Tus tres últimos movimientos fueron verdaderamente suicidas. Creo que el hablar del Ramayana no te sienta bien.
-Debo decirte -le contesté sin mucha convicción- que yo sigo jugando bien. Lo que pasa es que tú cada vez juegas mejor.
-Oh ¡Vamos! -dijo suavizando su semblante- reconoce que te tomé distraído.
-Algo hay de eso. Pero para ser sincero, me sorprendió la expresión de tu cara cuando mencioné a Pushpaka.
-Mmh. Es cierto. Me altera el que se considere una fantasía de Valmiki la historia del Ramayana. En realidad es una crónica. Oye -dijo en tono de confidencialidad- ¿Cuántos años hace que nos conocemos?
-El mes próximo serán... doce años -le dije-. Hace doce años que llegué aquí a Dharkadhi, un año antes de que se creara el parque nacional de Govind Pashu.
-Y te quedaste.
-Sí. Los ingleses somos muy adaptables. ¿No lo crees?
-Mh. Me reservo mi opinión.
-Tienes todo el derecho. Tú eres de aquí, yo soy un advenedizo...
-¡Ah! ¡Esa faceta no te la conocía, Cecil! ¡Cuánta sensibilidad! ¿Estás seguro de no tener sangre hindú?
-Pues sí. Estoy seguro de que no. Pero doce años son doce años.
-Así es -repuso con seriedad y continuó, midiendo cada palabra- ¿Qué me dirías si te dijera que yo tengo un Vimana?
-¿Qué? ¿Eres acaso modelista y tienes uno de plástico? -le dije en tono festivo.
-No Cecil. Es en serio. Escúchame. Esto no lo sabe nadie y es un secreto que me pesa tanto, que siento una enorme necesidad de compartirlo. Hizo una pausa, asumió una actitud solemne y prosiguió recalcando cada palabra. -Tengo un Vimana. No es Pushpaka, pero es un auténtico Vimana.
Incrédulo, guardé silencio y lo observé fijamente. No mentía. No sabía mentir.
-Continúa, por favor -le supliqué.
-Como sabes, mis antepasados han sido hombres santos. Mi abuelo, al que poco conocí y mi padre, que pasó toda su vida en el ashram de Dharali, a unas millas al norte de aquí, dedicado al culto de Vishnú. Él fundó un santuario más en el camino de Bhaironghati, dentro de lo que ahora es la reserva ecológica de Nanda Devi, hacia el Este. Es un ashram poco frecuentado, es decir, un sitio de oración que no tiene actualmente ningún discípulo. Mi padre perdió la fe en todos sus seguidores cuando vio que de ellos no iba a salir un sucesor. Según él, ninguno lo merecía. Desconozco qué hizo que su mente cambiara en su lecho de muerte y decidiera finalmente dejarme el cargo de maestro espiritual, para el que nunca me sintió calificado.
-¿Por qué dices eso?
-Difícilmente he leído algo de los Vedas, los Upanishads, etcétera. Ahora ya sabes a dónde voy cada vez que me ausento de aquí. Alguien tiene que ocuparse del mantenimiento del lugar. La selva recupera lo que el hombre abandona. Bien, según mi padre, en el centro mismo del santuario hay una bóveda enterrada bajo el piso del lugar donde se sentaban los discípulos a meditar. Durante años, los seguidores de mi padre oraron, sin saberlo, sobre losas que ocultan un tesoro inestimable.
-¿Un tesoro? -interrumpí.
-Así es. Protegido por la bóveda subterránea, a la que se tiene acceso por la parte posterior del santuario y oculta por una tapia de piedra que simula los cimientos del ashram, se encuentra un Vimana. Una "Nave de los Dioses".
Guardó silencio dejándome con la boca abierta. Pasados unos segundos sólo atiné a decir:
-¿De veras?
-Como lo oyes. -Me dijo asintiendo enfáticamente con la cabeza.
-¿Y?... -Su ademán de resignación me indicó, o bien que no sabía qué hacer, o bien que no sabía cómo hacerlo, o bien que no podía hacerlo solo-. ¿Quieres recuperarlo?
Tres días después, muy temprano, marchábamos por el camino a Bhaironghati a bordo de una camioneta destartalada que pasaba inadvertida. Con las indicaciones de Mahabala, abandonamos el camino y tomamos por una brecha, o lo que quedaba de ella; la hierba y los matorrales habían crecido y disimulaban perfectamente su existencia. Desde que abandonamos el camino, no habíamos visto un solo ser humano. En algún momento, no pudimos avanzar más con el vehículo.
-¿Ahora qué? -le pregunté inquieto.
-Ahora hemos llegado, Cecil. -me contestó muy ceremonioso, al tiempo que saltaba del carro.
Eché pié a tierra y me dirigí a la parte trasera de la camioneta. De ahí tomamos un par de barras de hierro y caminamos por entre los matorrales con Mahabala por delante. De golpe, al abrir los matorrales apareció ante nuestros ojos el santuario, semidevorado por la selva. Las raíces de los grandes árboles aprisionaban los contornos del edificio como si quisieran evitar que escapara. Y lo habían logrado. El lugar, de por sí austero, se veía realmente abandonado pero también se notaba que se había aplicado a la naturaleza cierto control. Daba la impresión de que alguien había dejado algo para ver, pero también había dejado que algo se ocultara. Ese alguien se llamaba Mahabala.
Dimos un rodeo y nos colocamos en la parte posterior del templo, donde un piso de piedra y un muro parecían sostener el edificio. Las piedras del piso, mohosas y algo separadas entre sí, nos permitieron insertar las barretas y aflojarlas con facilidad. Dos horas después habíamos despejado un área de unos cuatro metros de ancho por seis de largo. Llegó el turno de las palas para sacar la tierra y poco a poco descubrimos una especie de rampa también de piedra que descendía hacia el muro adentrándose en el suelo. Al llegar a él, encontramos un largo dintel basáltico horizontal. Cavamos hasta descubrirlo todo y encontramos que el muro de piedra continuaba bajo él.
-¡Bien! -dijo Mahabala- Esta es la entrada. Habrá que desprender las piedras. Tras ellas se encuentra lo que buscamos. Tú dirás si continuamos ahora, o comemos algo. El sol ya está alto y el calor es sofocante.
-Comamos y bebamos algo. -le contesté- Seguiremos después de descansar un poco.
El refrigerio nos sentó tan bien que nos quedamos dormidos. Cuando despertamos ya eran las cuatro de la tarde. Los árboles daban una buena sombra. Retomamos las barretas y empezamos a demoler el muro bajo el dintel. Piedra por piedra avanzamos hasta abrir un hueco por el que al asomarnos vimos un oscuro interior. Encendí mi lámpara y traté de ver algo, sin éxito. Todo se veía negro. Estuve a punto de preguntarle a Mahabala si estaba seguro de que ahí había algo pero me contuve. No hubiera sido una demostración de confianza. Seguimos quitando piedras hasta que pudimos entrar. El interior olía a humedad y estaba fresco. Sentimos cómo nuestro sudor se enfriaba en las camisas. A la luz de las linternas apreciamos un gran bulto negro que ocupaba casi la totalidad del recinto. Nos acercamos y comprobamos que era una cubierta de tela oscura. Tiramos de ella y se hizo jirones en nuestras manos. Prácticamente se desintegró, descubriendo lo que parecía ser una gran fuente de metal brillante a la luz de las lámparas. La parte superior parecía la tapa de una cacerola con un hueco circular en el centro. La superficie estaba totalmente limpia y tan pulida que parecía que la acababan de guardar. Tanto Mahabala como yo, habíamos enmudecido de asombro. Finalmente, rompí el silencio y le dije:
-¿Qué tendrá dentro?
-No lo sé, pero me lo imagino.
-¿Quieres asomarte? -le pregunté ansioso.
-Sí Cecil, desde luego, pero todavía no. Creo recordar algo y no quiero arriesgarme. Ven, salgamos y terminemos de abrir la entrada.
-Está bien. -repuse y salimos a terminar de derribar el muro.
Serían las ocho de la noche cuando acabamos de despejar la rampa. Parecía la entrada de una cochera en el sótano. El sol se había puesto hacía rato. Hacia el oriente, las estrellas empezaban a brillar.
-¿Estás listo? -me preguntó mientras me miraba inquisitivamente.
-¡Vamos! -dije. -No puedo esperar más.
-¡No! Que si estás listo para lo que nos espera. ¿Tú quieres conducirlo?
-¿Conducirlo? ¿Estás loco?
-Puede ser, pero al menos en teoría, sé que este Vimana se maneja con el pensamiento y que obedece en forma directamente proporcional a tu comando mental. Si piensas o imaginas alguna maniobra, él la realizará exactamente como tú la hayas pensado. ¿Comprendes el riesgo? Yo no tengo práctica... y tú tampoco.
-Espera, espera. ¿Tú crees que esto funcione? ¡Quién sabe cuántos siglos ha estado aquí enterrado! ¿Qué combustible usa?
-Lamento no tener esas respuestas, Cecil. Sólo podemos probar. -me contestó muy serio- Voy a subir a bordo.
-Ten cuidado. -le advertí- El espacio entre la bóveda y este... Vimana, es de menos de una yarda. Quien lo guardó aquí no pensó en usarlo otra vez o la bóveda se construyó con él adentro.
-Es verdad. Tendré cuidado al subir. No es el mejor momento para romperme la cabeza.
Tomó impulso y saltó agarrándose del borde y se deslizó dentro. Luego pareció sentarse y a la luz de su linterna revisó el interior.
-Aquí sólo hay un par de agarraderas, como un manubrio. Creo que cabrían otras tres personas sentadas en forma radial, todas mirando al exterior. ¡Vamos, sube!
Salté de la misma forma que él lo había hecho y en un momento estaba sentado a su lado. El centro de aquél hueco era en realidad un asiento circular con una especie de poste central. Como respaldo no resultaba muy cómodo.
-Bien, -le dije sin mucha convicción- cuando gustes.
Hizo tres profundas inhalaciones y exhalaciones y se quedó quieto. Así estuvo por más o menos un minuto que se me hizo eterno.
-Estoy listo. Vamos. -Dijo con toda tranquilidad empuñando las manijas delante de él. No pasó nada. Yo guardé silencio para no ponerlo nervioso. Recordé la primera vez que saqué el embrague del coche de mi padre y el tirón que dió cuando lo saqué de golpe. Seguía sin suceder nada. Lentamente, la luz de las linternas empezó a palidecer cuando el casco inferior del Vimana comenzó a brillar con un tono rojo anaranjado y con un leve murmullo despegó lentamente del suelo. Luego se movió despacio rumbo a la salida. Poco a poco pasó debajo del dintel de piedra. Estábamos sobre la rampa. ¡Habíamos salido! No hubo más que un leve y melodioso zumbido durante toda la maniobra.
-¡No lo puedo creer! ¡Funciona! -le dije en voz alta.
-Vamos a ascender. -dijo por toda respuesta.
El color rojizo que iluminaba el suelo bajo el Vimana cobró brillantez al tiempo que se elevaba en forma completamente vertical sobre las copas de los árboles y ahí quedó suspendido recobrando el resplandor rojizo. No se movía.
-Ahora vamos adelante -dijo Mahabala y el vehículo avanzó instantáneamente. Esperaba sentir la aceleración pero no se percibía en lo absoluto. Descubrí que, a pesar de ir en una cabina a cielo abierto, no se sentía el viento. Parecíamos estar encapsulados. Era una sensación maravillosa.
-¿Probamos la velocidad? -Propuso Mahabala muy animado.- Digamos ¿unos mil kilómetros por hora?
Sin esperar mi respuesta el Vimana aceleró, recorrió una distancia increíble en menos de cinco segundos y se detuvo en seco de la misma forma sin que nosotros percibiéramos los efectos de la inercia. Parecía tener su propia gravedad. Durante el desplazamiento, su brillo se transformó en un amarillo pálido intenso que iluminaba los árboles a su paso. Arriba, el cielo se había llenado de estrellas.
-¡Subamos más! -gritó Mahabala emocionado-. ¡Dos mil metros!
El Vimana salió disparado hacia arriba como un proyectil. La tierra se alejó rápidamente y luego se detuvo. El espectáculo era increíble. A lo lejos podíamos ver las luces de Nueva Delhi. De pronto, dos potentes luces nos iluminaron. Eran los faros de aterrizaje de un avión. Mahabala maniobró hábilmente para colocarse a un lado y seguir en paralelo el vuelo de un jet de Air India que iniciaba su proceso de aproximación. Podíamos ver las caras de los pasajeros apretujados en las ventanillas. Los niños saludaban con las manos aunque no creo que nos pudieran ver por el mismo resplandor del Vimana. Los pilotos apagaron las luces de cabina.
-Está bien, -le dije a Mahabala- ya los divertiste bastante. Regresemos.
- De acuerdo. Es fantástico pero creo que ha sido suficiente.
Como un rayo, el Vimana regresó y se detuvo unos diez metros por encima del santuario. Descendió lentamente, bajó la rampa, entró en la bóveda y se posó en el mismo lugar que había ocupado por siglos.
Esa noche la pasamos en la camioneta y no dormimos. Teníamos mucho de qué hablar; decisiones difíciles de tomar; puntos de vista que comparar.
Por la mañana, aún alterados por la experiencia, pusimos manos a la obra para tapiar de nuevo aquel lugar. Fue un trabajo pesado pero lo logramos. La naturaleza terminaría la labor de disimulo acelerada por el próximo monzón. Tal vez todo termine cuando Mahabala y yo muramos. Él sigue viviendo en Dharkadhi. Yo regresé a la finca paterna en Coventry. Tal vez tengamos hijos. Tal vez...
Tengo en mis manos un ejemplar del The Times of India del 28 de Mayo de 1999 donde se reporta una serie de avistamientos de OVNIS. Entrevistados, los pilotos del vuelo 245 de Air India, negaron haber visto algo al aproximarse al aeropuerto de Nueva Delhi. Algunos pasajeros sufrieron crisis nerviosas mientras vieron un objeto brillante volar junto al jet por cerca de un minuto. Los operadores de radar aseguraron no haber captado nada.
-¡Fantástico lo de Pushpaka! ¿No crees?
-No es fantástico. Es real. -Me contestó muy serio y en voz baja. -Te toca mover Cecil.
Moví mi torre de rey en un desesperado esfuerzo por bloquear su ataque. Sin cambiar la expresión de sus cejas bajo el turbante, sus ojos parecieron reír. Movió su dama.
-¡Jaque mate! -exclamó-. Tus tres últimos movimientos fueron verdaderamente suicidas. Creo que el hablar del Ramayana no te sienta bien.
-Debo decirte -le contesté sin mucha convicción- que yo sigo jugando bien. Lo que pasa es que tú cada vez juegas mejor.
-Oh ¡Vamos! -dijo suavizando su semblante- reconoce que te tomé distraído.
-Algo hay de eso. Pero para ser sincero, me sorprendió la expresión de tu cara cuando mencioné a Pushpaka.
-Mmh. Es cierto. Me altera el que se considere una fantasía de Valmiki la historia del Ramayana. En realidad es una crónica. Oye -dijo en tono de confidencialidad- ¿Cuántos años hace que nos conocemos?
-El mes próximo serán... doce años -le dije-. Hace doce años que llegué aquí a Dharkadhi, un año antes de que se creara el parque nacional de Govind Pashu.
-Y te quedaste.
-Sí. Los ingleses somos muy adaptables. ¿No lo crees?
-Mh. Me reservo mi opinión.
-Tienes todo el derecho. Tú eres de aquí, yo soy un advenedizo...
-¡Ah! ¡Esa faceta no te la conocía, Cecil! ¡Cuánta sensibilidad! ¿Estás seguro de no tener sangre hindú?
-Pues sí. Estoy seguro de que no. Pero doce años son doce años.
-Así es -repuso con seriedad y continuó, midiendo cada palabra- ¿Qué me dirías si te dijera que yo tengo un Vimana?
-¿Qué? ¿Eres acaso modelista y tienes uno de plástico? -le dije en tono festivo.
-No Cecil. Es en serio. Escúchame. Esto no lo sabe nadie y es un secreto que me pesa tanto, que siento una enorme necesidad de compartirlo. Hizo una pausa, asumió una actitud solemne y prosiguió recalcando cada palabra. -Tengo un Vimana. No es Pushpaka, pero es un auténtico Vimana.
Incrédulo, guardé silencio y lo observé fijamente. No mentía. No sabía mentir.
-Continúa, por favor -le supliqué.
-Como sabes, mis antepasados han sido hombres santos. Mi abuelo, al que poco conocí y mi padre, que pasó toda su vida en el ashram de Dharali, a unas millas al norte de aquí, dedicado al culto de Vishnú. Él fundó un santuario más en el camino de Bhaironghati, dentro de lo que ahora es la reserva ecológica de Nanda Devi, hacia el Este. Es un ashram poco frecuentado, es decir, un sitio de oración que no tiene actualmente ningún discípulo. Mi padre perdió la fe en todos sus seguidores cuando vio que de ellos no iba a salir un sucesor. Según él, ninguno lo merecía. Desconozco qué hizo que su mente cambiara en su lecho de muerte y decidiera finalmente dejarme el cargo de maestro espiritual, para el que nunca me sintió calificado.
-¿Por qué dices eso?
-Difícilmente he leído algo de los Vedas, los Upanishads, etcétera. Ahora ya sabes a dónde voy cada vez que me ausento de aquí. Alguien tiene que ocuparse del mantenimiento del lugar. La selva recupera lo que el hombre abandona. Bien, según mi padre, en el centro mismo del santuario hay una bóveda enterrada bajo el piso del lugar donde se sentaban los discípulos a meditar. Durante años, los seguidores de mi padre oraron, sin saberlo, sobre losas que ocultan un tesoro inestimable.
-¿Un tesoro? -interrumpí.
-Así es. Protegido por la bóveda subterránea, a la que se tiene acceso por la parte posterior del santuario y oculta por una tapia de piedra que simula los cimientos del ashram, se encuentra un Vimana. Una "Nave de los Dioses".
Guardó silencio dejándome con la boca abierta. Pasados unos segundos sólo atiné a decir:
-¿De veras?
-Como lo oyes. -Me dijo asintiendo enfáticamente con la cabeza.
-¿Y?... -Su ademán de resignación me indicó, o bien que no sabía qué hacer, o bien que no sabía cómo hacerlo, o bien que no podía hacerlo solo-. ¿Quieres recuperarlo?
Tres días después, muy temprano, marchábamos por el camino a Bhaironghati a bordo de una camioneta destartalada que pasaba inadvertida. Con las indicaciones de Mahabala, abandonamos el camino y tomamos por una brecha, o lo que quedaba de ella; la hierba y los matorrales habían crecido y disimulaban perfectamente su existencia. Desde que abandonamos el camino, no habíamos visto un solo ser humano. En algún momento, no pudimos avanzar más con el vehículo.
-¿Ahora qué? -le pregunté inquieto.
-Ahora hemos llegado, Cecil. -me contestó muy ceremonioso, al tiempo que saltaba del carro.
Eché pié a tierra y me dirigí a la parte trasera de la camioneta. De ahí tomamos un par de barras de hierro y caminamos por entre los matorrales con Mahabala por delante. De golpe, al abrir los matorrales apareció ante nuestros ojos el santuario, semidevorado por la selva. Las raíces de los grandes árboles aprisionaban los contornos del edificio como si quisieran evitar que escapara. Y lo habían logrado. El lugar, de por sí austero, se veía realmente abandonado pero también se notaba que se había aplicado a la naturaleza cierto control. Daba la impresión de que alguien había dejado algo para ver, pero también había dejado que algo se ocultara. Ese alguien se llamaba Mahabala.
Dimos un rodeo y nos colocamos en la parte posterior del templo, donde un piso de piedra y un muro parecían sostener el edificio. Las piedras del piso, mohosas y algo separadas entre sí, nos permitieron insertar las barretas y aflojarlas con facilidad. Dos horas después habíamos despejado un área de unos cuatro metros de ancho por seis de largo. Llegó el turno de las palas para sacar la tierra y poco a poco descubrimos una especie de rampa también de piedra que descendía hacia el muro adentrándose en el suelo. Al llegar a él, encontramos un largo dintel basáltico horizontal. Cavamos hasta descubrirlo todo y encontramos que el muro de piedra continuaba bajo él.
-¡Bien! -dijo Mahabala- Esta es la entrada. Habrá que desprender las piedras. Tras ellas se encuentra lo que buscamos. Tú dirás si continuamos ahora, o comemos algo. El sol ya está alto y el calor es sofocante.
-Comamos y bebamos algo. -le contesté- Seguiremos después de descansar un poco.
El refrigerio nos sentó tan bien que nos quedamos dormidos. Cuando despertamos ya eran las cuatro de la tarde. Los árboles daban una buena sombra. Retomamos las barretas y empezamos a demoler el muro bajo el dintel. Piedra por piedra avanzamos hasta abrir un hueco por el que al asomarnos vimos un oscuro interior. Encendí mi lámpara y traté de ver algo, sin éxito. Todo se veía negro. Estuve a punto de preguntarle a Mahabala si estaba seguro de que ahí había algo pero me contuve. No hubiera sido una demostración de confianza. Seguimos quitando piedras hasta que pudimos entrar. El interior olía a humedad y estaba fresco. Sentimos cómo nuestro sudor se enfriaba en las camisas. A la luz de las linternas apreciamos un gran bulto negro que ocupaba casi la totalidad del recinto. Nos acercamos y comprobamos que era una cubierta de tela oscura. Tiramos de ella y se hizo jirones en nuestras manos. Prácticamente se desintegró, descubriendo lo que parecía ser una gran fuente de metal brillante a la luz de las lámparas. La parte superior parecía la tapa de una cacerola con un hueco circular en el centro. La superficie estaba totalmente limpia y tan pulida que parecía que la acababan de guardar. Tanto Mahabala como yo, habíamos enmudecido de asombro. Finalmente, rompí el silencio y le dije:
-¿Qué tendrá dentro?
-No lo sé, pero me lo imagino.
-¿Quieres asomarte? -le pregunté ansioso.
-Sí Cecil, desde luego, pero todavía no. Creo recordar algo y no quiero arriesgarme. Ven, salgamos y terminemos de abrir la entrada.
-Está bien. -repuse y salimos a terminar de derribar el muro.
Serían las ocho de la noche cuando acabamos de despejar la rampa. Parecía la entrada de una cochera en el sótano. El sol se había puesto hacía rato. Hacia el oriente, las estrellas empezaban a brillar.
-¿Estás listo? -me preguntó mientras me miraba inquisitivamente.
-¡Vamos! -dije. -No puedo esperar más.
-¡No! Que si estás listo para lo que nos espera. ¿Tú quieres conducirlo?
-¿Conducirlo? ¿Estás loco?
-Puede ser, pero al menos en teoría, sé que este Vimana se maneja con el pensamiento y que obedece en forma directamente proporcional a tu comando mental. Si piensas o imaginas alguna maniobra, él la realizará exactamente como tú la hayas pensado. ¿Comprendes el riesgo? Yo no tengo práctica... y tú tampoco.
-Espera, espera. ¿Tú crees que esto funcione? ¡Quién sabe cuántos siglos ha estado aquí enterrado! ¿Qué combustible usa?
-Lamento no tener esas respuestas, Cecil. Sólo podemos probar. -me contestó muy serio- Voy a subir a bordo.
-Ten cuidado. -le advertí- El espacio entre la bóveda y este... Vimana, es de menos de una yarda. Quien lo guardó aquí no pensó en usarlo otra vez o la bóveda se construyó con él adentro.
-Es verdad. Tendré cuidado al subir. No es el mejor momento para romperme la cabeza.
Tomó impulso y saltó agarrándose del borde y se deslizó dentro. Luego pareció sentarse y a la luz de su linterna revisó el interior.
-Aquí sólo hay un par de agarraderas, como un manubrio. Creo que cabrían otras tres personas sentadas en forma radial, todas mirando al exterior. ¡Vamos, sube!
Salté de la misma forma que él lo había hecho y en un momento estaba sentado a su lado. El centro de aquél hueco era en realidad un asiento circular con una especie de poste central. Como respaldo no resultaba muy cómodo.
-Bien, -le dije sin mucha convicción- cuando gustes.
Hizo tres profundas inhalaciones y exhalaciones y se quedó quieto. Así estuvo por más o menos un minuto que se me hizo eterno.
-Estoy listo. Vamos. -Dijo con toda tranquilidad empuñando las manijas delante de él. No pasó nada. Yo guardé silencio para no ponerlo nervioso. Recordé la primera vez que saqué el embrague del coche de mi padre y el tirón que dió cuando lo saqué de golpe. Seguía sin suceder nada. Lentamente, la luz de las linternas empezó a palidecer cuando el casco inferior del Vimana comenzó a brillar con un tono rojo anaranjado y con un leve murmullo despegó lentamente del suelo. Luego se movió despacio rumbo a la salida. Poco a poco pasó debajo del dintel de piedra. Estábamos sobre la rampa. ¡Habíamos salido! No hubo más que un leve y melodioso zumbido durante toda la maniobra.
-¡No lo puedo creer! ¡Funciona! -le dije en voz alta.
-Vamos a ascender. -dijo por toda respuesta.
El color rojizo que iluminaba el suelo bajo el Vimana cobró brillantez al tiempo que se elevaba en forma completamente vertical sobre las copas de los árboles y ahí quedó suspendido recobrando el resplandor rojizo. No se movía.
-Ahora vamos adelante -dijo Mahabala y el vehículo avanzó instantáneamente. Esperaba sentir la aceleración pero no se percibía en lo absoluto. Descubrí que, a pesar de ir en una cabina a cielo abierto, no se sentía el viento. Parecíamos estar encapsulados. Era una sensación maravillosa.
-¿Probamos la velocidad? -Propuso Mahabala muy animado.- Digamos ¿unos mil kilómetros por hora?
Sin esperar mi respuesta el Vimana aceleró, recorrió una distancia increíble en menos de cinco segundos y se detuvo en seco de la misma forma sin que nosotros percibiéramos los efectos de la inercia. Parecía tener su propia gravedad. Durante el desplazamiento, su brillo se transformó en un amarillo pálido intenso que iluminaba los árboles a su paso. Arriba, el cielo se había llenado de estrellas.
-¡Subamos más! -gritó Mahabala emocionado-. ¡Dos mil metros!
El Vimana salió disparado hacia arriba como un proyectil. La tierra se alejó rápidamente y luego se detuvo. El espectáculo era increíble. A lo lejos podíamos ver las luces de Nueva Delhi. De pronto, dos potentes luces nos iluminaron. Eran los faros de aterrizaje de un avión. Mahabala maniobró hábilmente para colocarse a un lado y seguir en paralelo el vuelo de un jet de Air India que iniciaba su proceso de aproximación. Podíamos ver las caras de los pasajeros apretujados en las ventanillas. Los niños saludaban con las manos aunque no creo que nos pudieran ver por el mismo resplandor del Vimana. Los pilotos apagaron las luces de cabina.
-Está bien, -le dije a Mahabala- ya los divertiste bastante. Regresemos.
- De acuerdo. Es fantástico pero creo que ha sido suficiente.
Como un rayo, el Vimana regresó y se detuvo unos diez metros por encima del santuario. Descendió lentamente, bajó la rampa, entró en la bóveda y se posó en el mismo lugar que había ocupado por siglos.
Esa noche la pasamos en la camioneta y no dormimos. Teníamos mucho de qué hablar; decisiones difíciles de tomar; puntos de vista que comparar.
Por la mañana, aún alterados por la experiencia, pusimos manos a la obra para tapiar de nuevo aquel lugar. Fue un trabajo pesado pero lo logramos. La naturaleza terminaría la labor de disimulo acelerada por el próximo monzón. Tal vez todo termine cuando Mahabala y yo muramos. Él sigue viviendo en Dharkadhi. Yo regresé a la finca paterna en Coventry. Tal vez tengamos hijos. Tal vez...
Tengo en mis manos un ejemplar del The Times of India del 28 de Mayo de 1999 donde se reporta una serie de avistamientos de OVNIS. Entrevistados, los pilotos del vuelo 245 de Air India, negaron haber visto algo al aproximarse al aeropuerto de Nueva Delhi. Algunos pasajeros sufrieron crisis nerviosas mientras vieron un objeto brillante volar junto al jet por cerca de un minuto. Los operadores de radar aseguraron no haber captado nada.
miércoles, 9 de enero de 2013
1957
Aquella tarde, Franky caminaba con las manos en los bolsillos de la chamarra, que apenas lograba atenuar el filo de un viento invernal que le cortaba las orejas. Llegó a la esquina de la avenida Durango y caminó a la izquierda sobre el camellón. Al frente, a la derecha, se veía la mole habitacional del Edificio Condesa que abarcaba toda la manzana. Algunos departamentos dejaban ver a través de las ventanas, los árboles de Navidad con sus juegos de luces. Llegó a uno de los accesos y entró al cubo de las escaleras. Se detuvo frente a una puerta y tocó el timbre. Imaginó que la puerta se abría y que ella le salía al encuentro, lo abrazaba y lo besaba. Pasaba al interior. Allí le esperaba una taza de café para derretir el frío. En el tocadiscos, un long play dejaba escuchar "Bésame mucho" con la orquesta de Ray Conniff que invitaba a bailar suave, sabroso. Sintió el calor de sus mejillas, aspiró el perfume de su cuerpo y disfrutó el ondulante vaivén de sus caderas. Su brazo derecho la estrechó aún más por la cintura y percibió cómo empezaba a... La puerta se abrió y apareció la suegra. ¡Hola Franky! Yolanda no está. Se fue de tardeada con unos amigos y regresará más noche. Eh... Mh... Bueno... ¡Ni modo! ¡Feliz Navidad señora! ¡Feliz Navidad Franky!
martes, 1 de enero de 2013
LA ESCONDIDA
Esa noche salió del almacén caminando con ella en sus brazos hasta el estacionamiento y la subió al coche. Era muy bonita. Rápidamente partió de ahí. El vehículo circuló por las calles iluminadas hasta los suburbios. Llegó a una casa, se detuvo y la llevó cargando nuevamente hasta la puerta. Alguien le abrió y él entró con ella en sus brazos. Momentos después salió solo, subió al auto y recorrió escasos veinte metros en la misma calle. Se detuvo frente a su casa, bajó del vehículo, abrió la puerta y entró.
-¡Ya vine!
-Qué bueno, mi amor. ¿Algún problema?
-Pues no, pero ya sabes que no falta. En estos días el tránsito está muy denso.
-Y qué pasó ¿ya la llevaste?
-¡Claro! La dejé en casa de Luis. Espero que no le cause problemas.
-No te preocupes. Nuestro amigo es un solterón y me dijo que le encantaría tenerla con él por unos días.
-Bueno, mientras no quiera subirse...
-No creo. ¡No me lo imagino!
-Yo sí. Luis mide como uno ochenta y se vería muy cómico. Le agradezco que haya aceptado tenerla en su casa hasta el Día de Reyes. Es una bicicleta pequeña pero no tenemos dónde esconderla hasta entonces.
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