martes, 8 de mayo de 2012

DESTELLO

Al disiparse la nube de humo blanquecino, el laboratorio quedó inmerso en la penumbra. El profesor Nagaskin se quitó los anteojos de seguridad y se dirigió al gabinete de relevadores donde restauró la energía eléctrica. Después de algunas diferencias con sus vecinos, había protegido sus sistemas contra los tremendos picos de corriente que producían sus experimentos. Su barrio se había quedado a oscuras varias veces. El laboratorio se iluminó y el humo había desaparecido, no así un tufillo que se quedaba pegado en la nariz y penetraba los pulmones. El profesor se acercó lentamente a la pequeña plataforma aislada entre los electrodos. Ahí había algo inmóvil. Parecía un pequeño mono hecho un ovillo. Con precaución, el profesor se animó a tocar aquella bola de pelo con el índice de su mano derecha enguantada pero nada sucedió. La tocó de nuevo con fuerza suficiente como para moverla y nada. Por tercera vez acercó su mano y un centímetro antes de tocarla, aquella cosa se puso de pie como un relámpago y emitió un sonoro grito totalmente desproporcionado a su tamaño.
    -¡¡Ya!!
    El profesor retrocedió asustado. Aquel hombrecito peludo irguió en la plataforma toda su estatura de cuarenta centímetros y empezó a hablar. Su voz era cavernosa y profunda. Imponente y autoritaria.
    -No sólo me has traído aquí contra mi voluntad sino que además, de la manera más agresiva. ¡Con electricidad! -dijo señalando las bobinas a los lados- ¿No tuviste una mejor idea? ¡Soy alérgico a los toques!
    -Pe...perdón -balbuceó el profesor- la electricidad es mi mejor recurso. Mejor dicho, mi único recurso.
    -¡Debí imaginarlo! ¡Qué se puede esperar de un aficionado a los electrones en el siglo... en el siglo...
    -Veintiuno -repuso el profesor tímidamente.
    -¡Con razón! ¿Qué se puede esperar de una época en donde todo está por descubrirse? ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo? ¿Por qué con éste...?
    -Soy el profesor Arquímedes Nagaskin -adelantó con un hilo de voz.
    -Profesor. ¡Profesor mis Quarks! -masculló el hombrecito.- Sabe más un practicante de nivel cuántico elemental.
    -¿Puedo hacerte una pregunta? -Interrumpió el profesor.
    -¡Ya te habías tardado! ¡Parece que los humanos no saben hacer otra cosa!
    -Pues...sí, somos muy preguntones, pero es así como hemos...
    -¡Basta! Esa ya me la sé. ¿Qué quieres saber?
    -Eh... ¿Cómo debo llamarlo?
    -¡Ah! ¡Lógica elemental! Lo primero va primero. Si no me llamo o me llaman ¡No existo! ¿Verdad?
    -Bueno, no exactamente pero...
    -No exactamente. No exactamente. -Exclamó burlón el hombrecito.- Está bien. Te contestaré con otra pregunta. ¿Quién crees que soy? O más fácil ¿Qué crees que soy?
    -Mh... Pues...
    ¡No! -lo interrumpió el pequeño ser- ¡Ni lo menciones! Ya estoy hasta aquí -dijo trazando una línea imaginaria sobre su frente- de su mentalidad localista. No saben otra. Como buenos terrícolas, todo aquello que no saben identificar ¡Es extraterrestre! Qué, ¿Nunca se han considerado como entidades universales? ¿Por qué siempre salen con su pertenencia tercermundista?
    -¡¡¿¿...??!!
    -¡Sí! Este planeta es el tercero en su pequeño sistema planetario, creo que la llaman Tierra ¿No?
    -Así es, lo llamamos La Tierra -asintió el profesor.
    -¡Ajá! Y seguramente lo quieren mucho y lo cuidan ¿No?
    -¡Por supuesto! -respondió convencido el profesor.
    -¡Sí, cómo no! Como si yo no supiera... Pero bueno, lo que quería decirte es que ya deberían tener una conciencia cósmica y sentir que forman parte de todo el Universo. Pero no se puede esperar más de una especie que no puede ponerse de acuerdo ni siquiera para salvarse a sí misma. No saben cómo administrar su generoso planeta y quieren encontrar otros en el resto del Cosmos para explotarlos inmisericordemente. Conque, volviendo al tema, ¿Qué soy? -el hombrecito peludo guardó silencio y se relajó un poco pero clavó inquisitivo la mirada de sus ojos redondos en las pupilas del profesor. Éste recuperó la compostura y le dijo alzando la voz.
    -¡Ya basta! ¡Es suficiente! Te voy a decir qué eres. No me asustan tus aires de suficiencia aunque reconozco que tienes razón en lo que dices -asintió enfático el profesor y añadió- Eres una proyección de mi propia mente y déjame decirte que no has dicho nada nuevo. Lo hemos sabido desde siempre. Está escrito en nuestros genes, en cada átomo de nuestro ser. Sólo que deseamos autodescubrirnos y sorprendernos de lo que podemos ser día tras día. Es nuestra única razón de ser o por lo menos la más importante. Estamos seguros de que como especie, algún día estaremos conscientes de nuestra esencia y de nuestro papel en el Universo y en éste que llamas el tercer mundo de nuestro pequeño sistema. Somos parte de él. Somos él.
    La mano derecha del profesor se dirigió con rápido movimiento hasta el interruptor y cerró el circuito. Un brillante destello envolvió al hombrecillo y desapareció de la plataforma. El laboratorio quedó a oscuras. Media hora después, los técnicos de la compañía de luz restablecían el servicio en la zona que había quedado en tinieblas debido a una sobrecarga inexplicable.