lunes, 29 de junio de 2009

SIDERIO






Hace casi siete años que lo conocí. Me encontraba por allá en aquella parte pegada a la loma del norte junto al camino de la arboleda.Terminaba la jornada y al llegar al final de un surco, a un lado de la zanja de riego, lo vi venir por el camino. Caminaba despacio como si estuviera muy cansado, pidiéndole permiso a un pie para mover el otro. Seguí arreglando los arneses de las mulas. Cuando estuvo cerca se me quedó mirando sin decir palabra. Me sentí un poco inquieto pero lo saludé. No me habló pero me contestó con un ligero ademán que me tranquilizó un poco. Di media vuelta con la yunta y me alejé formando un nuevo surco y sintiendo su mirada clavada en mi nuca. Regresé nuevamente y ahí estaba, observándome. Pronto me acostumbré a su presencia.

   Saqué la yunta hasta el camino. Luego desenganché los animales; estaba cargando el arado y los balancines sobre las mulas cuando lo vi tras de mí. Observaba atentamente todos mis movimientos. ¡Vamos a descansar! le dije sin voltear a verlo mientras ataba los nudos. No me contestó. Luego le pregunté de dónde venía y nada. Tal vez es sordo, pensé. Y se me ocurrió cómo averiguarlo. En la bolsa del itacate llevaba como siempre mi vieja pistola, así que la saqué disimuladamente, rodee las mulas, le di la espalda pero sin dejar de verlo y disparé un tiro al suelo. Su reacción fue instantánea pues brincó y se puso a parpadear rápidamente. No era sordo ni mucho menos, solo que mis mulas tampoco lo eran y pegaron la carrera aventando patadas rumbo a la casa. Me quedé a solas con el extraño, con la pistola en la mano. La guardé en la cintura bajo la camisa y ya enojado me le enfrenté.
    -Ya sé que no eres sordo y quisiera saber por qué demonios no me hablas. Eres mudo o qué...
    -¡...!
    -¿No sabes hablar?
    -¿...?
    -¡Está bueno! Eres mudo. ¡Entonces hazme señas! A ver... Yo - dije señalándome - An-sel-mo.
    -¡¿...?!
    -¡Mecachis! ¿Qué no me entiendes? ¡Yo, Anselmo! - y entonces, con una voz reseca y gruesa, como con lengua de trapo, como de resuello, me dijo:
    -Si-de-rio - señalándose a sí mismo.
   -Ajá, ¿Conque te llamas Siderio eh?-noté un cambio de expresión en su cara de palo. - Bueno, no te pregunto de donde eres porque sé que no me vas a contestar, pero déjame ver... - y haciendo el ademán de llevarme algo a la boca le pregunté ¿Tienes hambre? Claro que tampoco me contestó pero me dio la impresión de que había entendido así que le hice señas para que me siguiera. Llegó a la casa largo rato después que yo. La tía Josefa, que se había hecho cargo de la casa desde que mi mujer falleció cuando iba a tener nuestro primer hijo, había ya preparado una buena cena y como siempre, había comida de más para quien llegara. Me lavé para cenar bajo la mirada pendiente de Siderio que parecía no perder detalle de todos mis movimientos ¡Qué fijao era! Se lavó también y cuando me vio frotarme las manos al ver el plato que me servía la tía Josefa, él hizo lo mismo. Lo que le costó un poco de trabajo fue aprender a hacer un taco, ¡A enrollar la tortilla pues! La tía Josefa me preguntó discretamente quién era y yo le dije que era un peón que encontré en el campo, que era mudo, que tal vez estaba perdido y que a la mejor se quedaba a trabajar en el rancho.
    Unos días después fui a la troje, seguido por Siderio, para escoger la semilla que iba a sembrar. Era buen maíz, la tierra también era buena, pero pos quien sabe por qué aún con abono y todo eso, las cosechas no eran la gran cosa y si además helaba, pos ahí se acababa todo.

    -Mira Siderio -le dije- éste es el maíz que vamos a sembrar y tomando un puñado se lo mostré. De aquí saldrá para comer y para vender, a ver si este año se me hace porque si no, pos quién sabe que irá a pasar.

    Siderio tomó también un puñado de maíz y lo estuvo mirando largo rato como si nunca lo hubiera visto. Después lo olió y luego lo probó. En ese momento me pareció que sonreía. Como pa'entonces ya sabíamos que estaba medio loquito, pos no nos extrañó nadita que aquella noche se fuera a dormir a la troje. Al otro día salió de allí todo blanco, lleno hasta los pelos del tamo del maíz, como si hubiera estado enterrándose en él como yo cuando era chamaco. Le di un ayate con semilla y una pala. Yo cargué con el mío y me eché la pala al hombro. Vi de reojo que Siderio hacía lo mismo.

    Nos fuimos caminando hasta la zanja de riego y agarrando un surco, empecé a sembrar. Siderio me observó hacer y de inmediato agarró un surco por su cuenta. Sus movimientos aunque lentos, no eran torpes y pronto sembraba combinando los golpes de pala, las semillas de cada sembrada y la tapada con el pie como el mejor sembrador. Horas después, cuando terminamos, yo estaba feliz y en la cara de Siderio había una amplia sonrisa.
     En los días que siguieron, varias veces fuimos al pueblo en el carretón y en el changarro de Don Isauro, unos conocidos del pueblo me preguntaron quién era el nuevo peón. Que de dónde había venido. Yo les contestaba que había llegao solo y como era mudo, no sabía nada de él, pero que era bueno en la labor.

    Pa'no hacer el cuento largo, el trabajo se hacía casi en la mitad del tiempo con la ayuda de Siderio; reparamos el establo, el gallinero, la pocilga y remozamos la casa. Siderio había aprendido a la perfección y ya era todo un agricultor cuando levantamos la primera cosecha. ¡Qué cosecha! ¡Un cosechón! Jamás había visto por ahí maíz tan hermoso. De cada grano sembrado se levantó una caña con mazorcas grandes y sanas de modo que tuve que contratar peones pues Siderio y yo no podíamos con todo. Llené mis trojes hasta el tope y vendí las cargas excedentes con buena utilidad, pues según recuerdo, aquel fue un año malo para los demás agricultores de la región. De ahí compré el primer tractor con todos sus implementos y pal'año siguiente ya tenía dos. Luego compramos un molino para nixtamal y se lo rentamos a un amigo del pueblo para que lo trabajara. Siderio se hacía cargo del trabajo en mi ausencia y pa' ser sincero, siento que le debo mucho, pos la finca, los silos, los tractores y todo el equipo, a lo mejor no los tuviera de no haber sido por él. No tengo muchas tierras pero produzco más por hectárea que todos mis vecinos juntos y por acá, mi rancho es conocido como "el del mudo Siderio". Claro que no faltaron los rancheros curiosos que veían con cierta envidia la generosidad de mis tierras. Decidí curarme en salud y compartir con ellos mi buena fortuna. Los invité a probar suerte con mi semilla ya que ellos pensaban que a eso se debían mis cosechas. Llegamos a un acuerdo en lo del precio y acepté también rentarles los tractores... y los servicios de Siderio, que era un experto en su manejo.

    Las épocas duras quedaron atrás y el rancho marcha casi solo. Lo único que tengo que lamentar sucedió aquella noche cuando estábamos disfrutando de una sabrosa elotada en el patio central de la finca con algunos amigos. No sé cómo lo averiguaron pero lo encontraron. Eran tres y vestían de blanco, como Siderio el día que lo conocí. Traían un papel con sellos que yo no quise leer. Cuando los vi, Siderio venía entre ellos y me miraba con la misma cara impasible de siempre. No lo llevaban a la fuerza como según sé se llevan a los locos. Más bien él se iba con ellos y casi parecía conocerlos. De nada sirvieron mis súplicas, ni el dinero que les ofrecí, ni nada. Se fue.

    Se llamaba Siderio, sí, o al menos eso me dijo la única vez que habló.

lunes, 22 de junio de 2009




INVITADO





Sentado en aquella banca del parque y absorto en la lectura, sentí de pronto su presencia y disimuladamente lo observé con el rabillo del ojo. Me miraba con ansia y en su inquietud se adivinaba inseguridad, temor y ... hambre.
Intenté seguir leyendo, ignorándolo, pero su presencia era demasiado sensible y no pude concentrarme en los renglones. Entonces tomé una decisión y como no me pareció adecuado darle dinero, me levanté fingiendo indiferencia y cruzando el parque me dirigí a una pastelería próxima donde compré un puñado de pastas surtidas - un pastel hubiera sido demasiado - y regresé a la banca como si nada. Ya no lo ví y pensé que se había ido, así que tomé una pasta con chocolate y la puse por ahí donde pudiera verla, abrí mi libro y continué la lectura. No habrían pasado ni treinta segundos cuando apareció de nuevo con su hambrienta figura gris, tembloroso y lleno de recelos. Finalmente, armándose de valor, tomó el panecillo y retirándose discretamente empezó a comerlo. Me dio tanto gusto verlo satisfacer su apetito que puse con mucho disimulo otra pasta a su alcance. Después me retiré tranquilamente y satisfecho de mí mismo por haber aprovechado la oportunidad de alimentar a un pequeño ratón de jardín.

lunes, 15 de junio de 2009




GALOPANDO

En verdad no hay nada más hermoso, tonificante y placentero que sentir el viento colarse entre el pelo y ver pasar el suelo con vertiginosa rapidez cuando se rodea una manada que pretende salirse de control o cuando se persigue alguna res arisca para reintegrarla a su rebaño. Desde luego que el trabajo es duro ya que empieza al salir el sol después de una noche a la intemperie que, si bien pudo haber sido tranquila, no siempre resulta así pues los coyotes a veces parecen ponerse de acuerdo para erizarle a uno los pelos a cada rato con sus espeluznantes aullidos. Lo mismo puede decirse de los lobos, que algunas ocasiones se acercan al campamento más allá, o mejor dicho, más acá de lo recomendable. Algunos compañeros han tenido que vérselas con manadas de más de diez de ellos y sus recuerdos no son muy agradables. ¡Ah! y no podía faltar uno que otro león de montaña que se ha dejado venir desde las cumbres atraído por los mugidos de los becerros. Hay veces que no necesitan acercarse mucho para que la alarma cunda en la manada y en los que la cuidamos. Como que se oye retador el condenado cuando ruge; parece que nos dice "estos son mis dominios y el que quiera pasar por aquí tendrá que pagar tributo". A veces lo pagamos con una ternera, a veces él pierde... y paga con su vida. Es una ley inexorable que está escrita en cada tronco, en cada rama, en cada hoja y en cada brizna de hierba.
Vivir en campo abierto es la máxima recompensa por este trabajo. Los grandes espacios de la pradera donde la vista no alcanza a definir el horizonte; los valles rodeados de montañas cubiertas de árboles y los arroyos que bajan susurrantes por las cañadas como pidiendo silencio para hacerse escuchar; la suave lluvia y las violentas tempestades; el rayo y el trueno; en fin, la naturaleza hablando en el lenguaje de los elementos. Sin embargo, de todo esto hay algo que recuerdo con especial detalle. Es un pequeño valle rico en pastos, con algunos matorrales aquí y allá, rodeado por el bosque y un trío de lomas chatas por el norte. Sí, lo recuerdo muy bien. De vez en cuando paso por ahí y me pongo a galopar con alegría trayendo a mi memoria aquella verdadera libertad de que gozaba cuando hacía esto mismo sin llevar montura, bridas, herraduras y jinete.

lunes, 8 de junio de 2009





TRAGEDIA



El balón rebotó contra la pared y se fue rodando cuesta abajo rumbo a la transitada avenida. "El bolillo", uno de los chicos, salió corriendo tras él mientras el resto se tumbaba indolentemente en el arroyo y sobre la acera esperando su regreso.
Un fuerte rechinar de llantas casi ahogó el grito que se dejó escuchar y marcó el principio de lo que iba a ser un día verdaderamente nefasto. Los chicos se levantaron todos a una y emprendieron la carrera calle abajo, reflejando en sus semblantes sudorosos el temor de que lo peor hubiera sucedido. Llegaron a la esquina y entonces lo vieron ahí, tirado sobre el arroyo y en un charco. Se apresuraron a levantarlo para ver cómo estaba y al hacerlo, confirmaron sus sospechas. Un auto lo había arrollado y de seguro que en el resto del verano no reunirían el suficiente dinero para comprar un nuevo balón.

martes, 2 de junio de 2009





TECNOLOGÍA



Eso de volar tiene su chiste pues se requiere conocer un montón de cosas: aerodinámica por supuesto; meteorología desde luego y una lista enorme de disciplinas tan sofisticadas como la navegación por instrumentos y el uso de radiobalizas y satélites de ubicación; planes de vuelo, superficies de control como flaps, elevadores, alerones, timón de profundidad y timón de dirección; tren de aterrizaje, luces de posición, radar, presión de cabina, altitud, velocidad del aire, deriva... ¡Uf! en fin.
Afortunadamente lo único que yo tengo que hacer en este asunto, se reduce al mantenimiento preventivo y correctivo de las superficies de sustentación y control entre vuelo y vuelo y me abstengo de volar cuando llueve o es de noche, ya que las águilas no somos aves nocturnas.