martes, 4 de octubre de 2011

LA CALLE

Esa noche caminaba de regreso a mi hotel, distante unas diez cuadras, después de asistir al teatro. Decidí acortar camino por calles que no conocía. Hacía algo de frío y llevaba las manos en los bolsillos del abrigo. El tránsito vehicular era escaso y el comercio estaba cerrado. El entorno se volvió silencioso. Los escasos peatones quedaron atrás cuando di vuelta en una calle de una sola cuadra, cerrada en sus extremos por sendas transversales. Casi de inmediato, el único ruido que llegó a mis oídos era el de mis propios pasos. Un arbotante iluminaba suavemente desde la mitad de la calle. La onda descendente de un escalofrío recorrió mi espalda y se desvaneció en el aire de la noche. Era una calle sin puertas ni ventanas. Los muros que la flanqueaban parecían ser las respectivas partes traseras de antiguas edificaciones. Simples bardas, bastante altas. Me invadió la terrible sensación de haber caído en una trampa. Estuve a punto de detenerme y regresar. Me sentía observado. Rápidamente giré el cuerpo para ver si alguien me seguía. Nadie. Llegué bajo el farol. Ahora me daba lo mismo devolverme o continuar. Decidí avanzar. Mi sombra se iba alargando por delante marchando al compás del eco de mis pasos. Las luces de un taxi solitario que cruzó por la bocacalle, definió las siluetas de tres hombres en la esquina. Parecían hablar entre ellos. Volteé nuevamente hacia atrás. Sólo me faltaba ver otros dos o tres tipos cerrándome la salida, pero no había nadie... todavía. La adrenalina empezaba a ponerme tenso y aflojé los puños en los bolsillos sintiendo cómo las palmas me sudaban. ¿Qué haría al llegar a la esquina? ¿Debía continuar por la acera donde estaban los tres individuos? ¿Regresaría corriendo a todo lo que daba? ¿Me detendría a "atarme" los zapatos? ¿Me pasaría a la otra acera? ¿Y si ellos hacían lo mismo? Faltaban escasos veinte metros para llegar a donde los sujetos se encontraban cuando una luz iluminó sus caras indefinidas y uno tras otro encendieron sus respectivos cigarrillos. El fósforo se apagó. Entre risas, cruzaron la calle y siguieron su camino. Cuando llegué a la esquina, el olor del humo de tabaco era lo único que quedaba.
    Al llegar al hotel, el recepcionista me saludó como siempre, me entregó mi llave y me preguntó si estaba haciendo mucho frío porque me veía muy pálido.