Lo malo de pertenecer a una cultura nueva, es que mucha gente no sabe de quién agarrarse, si de Cortés o de Cuahutémoc. El resultado de esa mixtura ha sido la desubicación total de los que no somos ni indígenas ni peninsulares. Somos una extraña combinación de elementos y nos columpiamos de aquí para allá según los vientos de la conveniencia. La nación mexicana ha sido protagonista de un parto demasiado prolongado, que por momentos amenaza con la asfixia del producto. La Patria parturienta, llevada hasta el hastío por tan dilatado trabajo, hace esfuerzos sobrehumanos por terminar con esa tarea y, como buena madre, abrazar al hijo de sus entrañas. Un mexicano definido, no por la geografía o la apariencia, sino por una mentalidad única y autónoma, lejos de los clichés establecidos por la publicidad y los creadores de imagen. Ni somos indígenas ni somos gachupines y ahí está la base de nuestro problema de identidad. Además, las culturas más diversas han metido su cuchara para incorporarnos una serie de ingredientes tan variados que no sabemos de dónde escoger. El bombardeo es terrible y nos vemos en la necesidad de aceptar modos de pensar y vivir, debido a la presión del medio laboral y social, que son ajenos. En algún momento llegamos a cuestionarnos si estaremos pensando y actuando como gringos, como japoneses, como franceses, o si estaremos siendo en verdad mexicanos. Unos más, otros menos, compartimos fisonomías autóctonas revueltas con genes de toda índole, y algunas combinaciones resultan despistantes, mientras no abramos la boca. Es precisamente cuando hablamos que se nos identifica como mexicanos y créanme, yo me he sorprendido, estando en el extranjero, cuando alguien me dijo: "del D.F. ¿verdad?". Nada más le faltó la colonia. Ingenuamente le pregunté ¿cómo supo? y me dijo: "por el acento". Fue una revelación para mí que creía que mi modo de hablar era internacional, sin acento identificable y modestamente perfecto. ¡Vaya!, pensé. Se nota que soy mexicano sólo cuando abro la boca. En silencio, soy un latinoamericano genérico. Esta experiencia ha tenido consecuencias. Desde entonces sé que se me reconoce como mexicano sin necesidad de vestir de charro ni de gritar por todas partes ¡Viva México! ni apoyar a la selección de fut envuelto en la bandera. Tuve que andar por el mundo para tener conciencia de mi entrañable nacionalidad. No requiero de símbolos externos de ninguna clase. Todo lo que tengo que hacer es abrir la boca... y hablar.
