martes, 27 de marzo de 2012

VALIENTE

No llevaba ni dos minutos sentado en el sofá, próximo a la ventana cuya luz me permitía leer cómodamente, cuando efectuó su primera pasada rozando mi cabeza. Cruzó veloz y decidido. Me hizo alzar los ojos, suspender mi lectura y recordar los Stukas alemanes con sus bombardeos en picada. A juzgar por el zumbido, debía ser enorme, por lo menos unos noventa miligramos de fuerza bruta. Se hizo el silencio y dejé de buscarlo pero no bien hube reanudado mi lectura cuando una nueva pasada, ahora en sentido opuesto, me hizo sentir el viento que producían sus potentes alas. Vinieron a mi mente las misiones de ametrallamiento de convoyes donde los Thunderbolt aliados acribillaban a los vehículos alemanes a lo largo de los caminos. El silencio recuperó su presencia y yo busqué infructuosamente con la vista. Nada. Mis ojos recorrían de nuevo los renglones cuando frente a mí, por encima del libro, un pequeño punto aumentó su tamaño rápidamente y pasó en vuelo rasante por sobre mi cabeza. Les juro que pude ver sus ojos grandes, oscuros y de mirada fría. Con una pericia increíble se elevó antes de estrellarse contra el muro. Era un verdadero As. No pude concentrarme más y fingí leer para ver qué hacía. Después de todo, no dejaba de ser un espectáculo y su comportamiento se había convertido en un reto y yo, fiel a mi tradición, lo había aceptado de inmediato. Por algunos largos segundos no dio señal de vida. De pronto, un escalofrío descendente recorrió cada una de mis vértebras y se me erizaron los pelos de la nuca. Me sentía observado. Lentamente pero con decisión giré el cuerpo hacia la pared y no bien lo ubiqué con la mirada, se desprendió del muro y se lanzó directo a mi entrecejo (recordé aquello de "just between the eyes"). Con reflejos dignos del gato de mi vecina logré esquivar su acometida y casi pude escuchar sus carcajadas mientras se alejaba rumbo al comedor donde, escondido, guardó silencio. Nuevamente fingí ignorarlo y metí los ojos en el libro. Pronto escuché el zumbido que se aproximaba y alzando los ojos lo vi venir de frente, volando despacio. No me iba a impresionar. Permanecí quieto y maravillado por su temeridad. Me estaba demostrando que no me tenía miedo. Llegó a cuarenta centímetros de mi cara y quedó suspendido en el aire como un helicóptero por encima del libro abierto y entonces como un auténtico suicida ¡se posó en medio! Nada hubiera sido más fácil que cerrarlo de golpe y quedaría aplastado, pero empezó a posar, primero de perfil derecho, luego izquierdo y el colmo: ¡me dio la espalda! Nunca olvidaré su traje aterciopelado de franjas negras y amarillas. Finalmente se colocó de frente, agitó sus alas en tres breves ráfagas, se elevó suavemente y se alejó zumbando hacia el jardín de donde había venido. Moraleja: No le tengas miedo a un libro abierto.

martes, 20 de marzo de 2012

VIBRACIONES

La música grabada que saturaba el ambiente del pequeño bar, cedió el turno a los sincopados compases de un grupo de jazz. Los cuadros que adornaban el local parecieron animarse llevando el ritmo hasta los muros entintados por el tiempo.  Un hombre llegó y se detuvo un momento en el umbral para acostumbrar sus ojos a la escasa luz del sitio. Buscó un lugar junto a la banda y tomó asiento. Cabellos grises y largos, barba y bigote un tanto bíblicos. Un ceño muy marcado trataba de reunir dos ojos negros hundidos, penetrantes y medio ocultos por espesas cejas. Sus manos largas, huesudas, descansaron sobre la mesita con las palmas hacia abajo como si quisiera exhibirlas, mientras su pierna derecha marcaba el compás. Al terminar la melodía, dos de los miembros del grupo bajaron a saludarlo con efusión. El barman personalmente le llevó un trago hasta su mesa. Parecía un cliente habitual. Yo estaba en la barra y cuando aquél volvió le pregunté con interés quién era ese personaje que tanto disfrutaba la música de la banda. El barman me dijo que el hombre se llamaba Jack y que había sido el fundador del grupo hacía ya algunos años. Le comenté que ahora entendía por qué le gustaba sentarse tan cerca de ellos, con lo fuerte que sonaba la música. ¡Ah! señor -me contestó el hombre con un tono confidencial- Es que Jack ¡Se quedó sordo!

martes, 13 de marzo de 2012

DISTANCIA

La hermosa cañada se extendía en un remanso del río que, más arriba, corría entre enormes peñascos pulidos por la paciencia del agua. Matorrales dispersos aquí y allá rompían la monotonía del prado de pasto corto y recio, tan parejo que parecía podado. Yo salía de "explorar" (me fascina esta palabra) el cauce río arriba, donde la cañada era más abrupta y ofrecía rincones de extraordinaria belleza. Este hermoso lugar se encuentra a escasos quinientos metros de la casa de campo de mi difunta tía Margarita que, por haber vivido ahí buena parte de su vida, probablemente jamás apreció. En algún momento, disimulado por los rumores del río, me pareció escuchar un coro de voces. Seguí caminando y cuando salí de atrás de unas matas, pude ver lo que parecía una familia campesina o tal vez dos, a juzgar por el número de párvulos que correteaban por el prado persiguiendo una pelota. Mi camino pasaría a unos treinta metros del grupo de adultos que parecía disfrutar de un almuerzo campestre. Con seguridad ya me habían visto pero como no me acercaba decidieron ignorarme. Continuaba con mi caminata cuando una respiración corta y agitada me hizo voltear. Saliendo de entre unas jarillas, un perro de raza indefinida, un cachorrito, me alcanzó y empezó a juguetear a mi alrededor. Me resultó simpático. Lo llamé y se acercó más. Quise acariciarlo pero no se dejó. Le gustaba jugar pero guardaba su distancia, después de todo yo era un desconocido. De pronto rompió el silencio y se puso a ladrar emocionado. El juego de pelota se interrumpió. Los niños se me quedaron mirando como a un bicho raro y uno de ellos, de unos siete años, se animó y se fue acercando a mí. El perrito ladraba como si en ello le fuera la vida y corría sin parar como queriendo decir "miren lo que me encontré, yo lo descubrí". El niño llegó, abrazó al cachorrito y se me quedó mirando.
    -¡Hola! -le dije. No me contestó. En un nuevo intento de establecer comunicación le pregunté señalando al animalito.
    -¿Cómo se llama?
El pequeño me miró con sus negros ojos indígenas y con un gesto de incredulidad y resignación me contestó:
    -Pues ¡perro!
Sonriendo, saludé al grupo que me contestó al unísono y reanudé la marcha de regreso a casa.
    Fue una experiencia como la que pudiera tener un astronauta al establecer contacto con seres de otro planeta y me sentí incómodo al percibir la enorme distancia que me separaba de aquel niño. Esa sensación de ser extraño me acompañó por el resto del día.

martes, 6 de marzo de 2012

C-24


Nadie de afuera conoce el Área 66. Nosotros le decimos El Laboratorio. Nuestros esfuerzos han sido canalizados hacia el desarrollo de aplicaciones cibernéticas, nanotecnología, robótica e inteligencia artificial.
    El proyecto C-00 era sólo uno de ellos y está enfocado a la creación de organismos cibernéticos. Esa noche, en la piscina de ensayos, probaríamos un androide de última generación, cuyo avance principal es un pulso electromagnético generado por una fuente de energía del tamaño de un teléfono celular, con diez metros de alcance y cinco décimas de segundo de duración, capaz de fundir cualquier sistema electrónico. Un recurso extraordinario para operaciones de infiltración, espionaje y destrucción de instalaciones militares y civiles.

    C-24 se encontraba ya en la piscina, listo para la prueba. Nadaba con gracia e iba para acá y para allá recordando la silueta de una mítica sirena. Como todo ciborg, estaba programado para defenderse de cualquier clase de ataque y sus sensores activados para percibir la magnitud de una amenaza y proceder en consecuencia. En la cabina de observación, tras el cristal de seguridad, representantes de las fuerzas armadas y los responsables del proyecto esperábamos con atención. Todo estaba en silencio. En el agua, C-24 detectó algo que se aproximaba. Se acercó al borde de la piscina e intentó salir. Su sistema de visión  percibió una silueta oscura y ondulante, tan femenina o más que ella. Después, sin ruidos ni explosiones, flotaba inerte en la piscina. C-25 había llegado.