martes, 24 de diciembre de 2013

CARTITA

Queridos Reyes Magos:

Me he animado a escribirles esta carta porque cada año me quedo con las ganas de recibir algún regalo. Nunca me he atrevido a pedir nada, pero ahora al fin, me animo. Debo decirles que me he portado bien todo el año. He comido bien y he cumplido con mis tareas. Creo que me lo merezco. Quiero que  me traigan algo que necesito con urgencia. Anexo encontrarán un folleto ilustrado donde marqué con un círculo el modelo que quiero. Es un vehículo fantástico con líneas bellas y aerodinámicas que lo hacen parecer veloz aún parado. Su estructura se ve sólida y resistente. Es de un hermoso color rojo con vivos dorados y, lo que es más importante, no es muy caro y posee gran capacidad de carga. Es el trineo que siempre quise. Quiero ver si de verdad son tan magos como dicen. No me defrauden.

    Afectuosamente

    Santa Claus.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

DECALOGOMANÍA

Moisés no tuvo la culpa. Seguro que fue Yahvé el que dijo que tenían que ser diez, y de ahí para acá, siempre que alguien quiere establecer una serie de disposiciones, cuando las cuenta le suman diez. Hay decálogos para todo. Vizinczey no fue la excepción y por encargo se metió en el mismo molde: "Los diez mandamientos de un escritor".
    Por supuesto que no voy a recitar los diez. Sería cruel. Sólo comentaré los que me han gustado:

El 4° dice: No serás vanidoso.
    Desde mi punto de vista, cuando se está en los peldaños iniciales del desarrollo literario, lo que menos se tiene es vanidad. Cualquiera puede escribir mejor que yo.

El 5° dice: No serás modesto.
    ¿En qué quedamos? La modestia sólo puede existir donde hay de qué ser modesto. En mi caso no hay ambición. Sólo un tranquilo deseo de decente comunicación. Así, según Vizinczey, soy chapucero, perezoso y complaciente. Será porque no pretendo ser escritor. Tan sólo escribo. 

El 9° dice: Escribirás para complacerte a ti mismo.
    Estoy totalmente de acuerdo. Escribir es quizá la actividad que más disfruto y leerme, el mayor de mis placeres... a veces.

El 10° dice: Serás difícil de complacer.
    Éste me parece bueno. Mi gusto es exigente, pero no demasiado. Les dejo a los profesionales ese anhelo de perfección. Si me gusta lo que he escrito, para mí es más que suficiente, pero exijo lo mejor de los profesionales. Si no ¿de dónde voy a aprender?

martes, 10 de diciembre de 2013

LA ÚLTIMA CACERÍA

Calor infernal. Humedad del 95 por ciento. Lluvias intermitentes. Selva cerrada por todas partes. Lodo, mosquitos y... ¡pinolillos! Istmo de Tehuantepec.
     Dejamos los vehículos entre unos matorrales e iniciamos la caminata. Serían las ocho de la mañana. Los seis cazadores nos desplegamos en abanico. En unos minutos, ya no podíamos vernos. Sólo se escuchaban los ladridos de los perros y avanzábamos en esa dirección. El tañido de un cuerno nos informaba de cuando en cuando la posición de los que llevaban la jauría. Empezó a llover. Los perros y la selva guardaron silencio. Los insectos dejaron de zumbar. La lluvia lo mojaba todo. Me detuve. Coloqué el cañón de la escopeta bajo el ala del sombrero. Delante de mí, un estrecho sendero cruzaba. Me preguntaba quién lo habría hecho. La selva me contestó. Apareció una  cabeza que atisbó para ambos lados. Luego apareció el resto del tejón y tras él,  seis pequeños en fila cruzaron el claro. Como no me moví, no me vieron. Pasaron a menos de cinco metros de mí. Cesó de llover. El cuerno se dejó escuchar y caminé en esa dirección. Estaba empapado y eso me refrescó. Los perros se escuchaban lejos. Me había rezagado. Vi mi reloj. Eran las diez y no habíamos visto el venado. Seguí caminando entre los matorrales. Dejé de oír a los perros.
     Las doce. El sol convertía la selva en un sauna agotador. Tomé la cantimplora y bebí con ansia. Se soltó un nuevo aguacero. La lluvia sonaba con sordina en las hojas de los árboles y éstas chorreaban a grandes gotas hasta el suelo. Volví a quedarme quieto. No escuchaba nada. Por primera vez, sentí mi soledad. Dejó de llover. Decidido, reanudé la marcha en la última dirección que recordaba. Perdí la orientación. El monte se veía igual dondequiera que mirara. Crucé una valla de alambre de púas. Estaba en un potrero. Empecé a sospechar que me había perdido, pero conservé la presencia de ánimo. En eso, escuché aullidos lejanos. ¡Eran los perros! Ese "latir" se conoce como la señal de "animal plantado". Empecé a correr donde la maleza me lo permitía. Después de un rato me detuve a descansar. Sonaron varios estampidos. ¡Seguramente habían cobrado pieza! Salí de pronto a un claro del monte. Ahí estaban los demás. En el suelo, un venado yacía muerto. Los perros lamían la sangre de sus heridas mientras lo ataban por las patas a un palo para cargarlo. Nunca olvidaré esa escena. Sentí como si formara parte de una banda de Neanderthales. 

     Me dijeron que me había perdido lo mejor. Los perros coparon al venado ahí, en su "acahualera", y prácticamente se les puso al tiro de costado. Recibió tres disparos. Uno lo mató de inmediato. Le atravesó el corazón.
     Empezaron las bromas y alguien sacó una anforita para brindar por el éxito de la cacería. Uno de ellos me retó a disparar contra un tronco que tenía una mancha blanquecina para ver si le acertaba. Yo era un invitado y no podía irme sin haber disparado un tiro. Acepté el reto. El tronco estaba como a quince metros. Llevaba la .410 cargada con perdigones del Cero. Amartillé el arma, apunté y disparé. Fuimos a ver. Los tres plomos entraron en un círculo de veinte centímetros. Un buen tiro. Las bromas volvieron y todos reían cuando una voz aguardentosa gritó a nuestras espaldas: ¡Por qué tantos tiros en mi potrero! Nos quedamos inmóviles. Arriba, en un altozano, un hombre a todas luces ebrio nos encañonaba con una escopeta "cuata". A su lado, una mujer y dos niños. El hombre continuó hablando. La distancia entre él y nosotros me hacía ver que si disparaba ambos cañones, de seguro nos tocarían algunos perdigones. Yo tenía un nuevo cartucho en la recámara y otros dos cazadores sostenían las escopetas en sus manos. De reojo, vi como uno de ellos levantaba lentamente el arma. No esperé más. Alcé la voz y le dije que no había problema. Que estábamos festejando y que en agradecimiento por haber cazado en su potrero, le regalaríamos una pierna del venado.

     Esa noche, en la casa, cenamos la otra pierna preparada de forma exquisita. A mí me supo amarga. Los cazadores me la regalaron por haber negociado con aquel ganadero. Es lo bueno de ser invitado. De souvenir me traje piquetes de pinolillo que me torturaron por dos semanas. Esa fue mi última cacería. Volví por ahí un año después y pasé a saludar a los compañeros de aventura. Recordamos el episodio y pregunté por el ganadero. Lo mataron en Junio, me dijeron. Estaba re-loco.

martes, 3 de diciembre de 2013

DE LOS ORÍGENES

Lo malo de pertenecer a una cultura nueva, es que mucha gente no sabe de quién agarrarse, si de Cortés o de Cuahutémoc. El resultado de esa mixtura ha sido la desubicación total de los que no somos ni indígenas ni peninsulares. Somos una extraña combinación de elementos y nos columpiamos de aquí para allá según los vientos de la conveniencia. La nación mexicana ha sido protagonista de un parto demasiado prolongado, que por momentos amenaza con la asfixia del producto. La Patria parturienta, llevada hasta el hastío por tan dilatado trabajo, hace esfuerzos sobrehumanos por terminar con esa tarea y, como buena madre, abrazar al hijo de sus entrañas. Un mexicano definido, no por la geografía o la apariencia, sino por una mentalidad única y autónoma, lejos de los clichés establecidos por la publicidad y los creadores de imagen. Ni somos indígenas ni somos gachupines y ahí está la base de nuestro problema de identidad. Además, las culturas más diversas han metido su cuchara para incorporarnos una serie de ingredientes tan variados que no sabemos de dónde escoger. El bombardeo es terrible y nos vemos en la necesidad de aceptar modos de pensar y vivir, debido a la presión del medio laboral y social, que son ajenos. En algún momento llegamos a cuestionarnos si estaremos pensando y actuando como gringos, como japoneses, como franceses, o si estaremos siendo en verdad mexicanos. Unos más, otros menos, compartimos fisonomías autóctonas revueltas con genes de toda índole, y algunas combinaciones resultan despistantes, mientras no abramos la boca. Es precisamente cuando hablamos que se nos identifica como mexicanos y créanme, yo me he sorprendido, estando en el extranjero, cuando alguien me dijo: "del D.F. ¿verdad?". Nada más le faltó la colonia. Ingenuamente le pregunté ¿cómo supo? y me dijo: "por el acento". Fue una revelación para mí que creía que mi modo de hablar era internacional, sin acento identificable y modestamente perfecto. ¡Vaya!, pensé. Se nota que soy mexicano sólo cuando abro la boca. En silencio, soy un latinoamericano genérico. Esta experiencia ha tenido consecuencias. Desde entonces sé que se me reconoce como mexicano sin necesidad de vestir de charro ni de gritar por todas partes ¡Viva México! ni apoyar a la selección de fut envuelto en la bandera. Tuve que andar por el mundo para tener conciencia de mi entrañable nacionalidad. No requiero de símbolos externos de ninguna clase. Todo lo que tengo que hacer es abrir la boca... y hablar.

martes, 26 de noviembre de 2013

RIQUEZA

Con paso lento, directo a alguna parte donde nadie lo espera, arrastra un costal medio cargado de basura. Ese costal debe ser eterno, pensé, pues desde que lo conozco es el mismo y siempre lo lleva arrastrando. No se mira muy pesado. ¿Por qué no lo cargará? Quizá escuchó alguna vez esa frase de "arrastrando su miseria" y desea ser congruente. Sucio de años, el cabello cano muy crecido y desordenado asoma bajo las alas de un sombrero deslavado. Sus facciones se ocultan tras una larga barba tan descuidada como el cabello. La cara se reduce a una prominencia aguileña en donde normalmente va la nariz, a cuyos costados brillan por momentos unos diminutos e inexpresivos ojos negros. Su traje remendado, que debió ser de alguien más grande, ha tomado el color del pavimento. No lleva camisa y ciñe los pantalones con un trozo de mecate. ¿Qué hará? Es decir ¿En qué ocupará su tiempo? ¿Dónde dormirá? ¿A dónde va y de dónde viene? ¿Tendrá familia? 
     Junto a mí, mi padre también lo observaba y le comenté ¡Pobre diablo! ¿no? Mi padre, haciendo un gesto muy suyo me dijo: Diablo, tal vez, pero pobre... No. ¿Cómo es eso? le pregunté. Ese hombre tiene más dinero del que te imaginas. Es dueño de varias casas y edificios de departamentos. Perdió la razón hace unos veinte años con motivo de la muerte de su familia en un incendio doméstico. Los abogados que le administran sus bienes lo internaron en un asilo donde la pasaba bien, pero escapó varias veces hasta que finalmente dejaron que anduviera donde le diera la gana. Ahí le dan comida que se lleva y nadie sabe dónde se la come. Dicen que duerme en un lote baldío. No le hace daño a nadie y cuando muera, su dinero irá a parar a la beneficencia pública. 
     Anonadado por la revelación, me quedé pensando en dónde radica la riqueza, o más bien, el sentido de la riqueza. Deduje que la riqueza es tan sólo un estado de abundancia mental. La miseria es entonces un estado de carencia de la misma clase.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

DE FESTEJOS Y TRADICIONES

Los paganos orígenes de las fiestas decembrinas, no han sido obstáculo para seguir celebrando aquellos festivales disfrazados ahora de artículos de fe. ¿Será? Aterriza en cualquier posada y pregunta a tu propio riesgo qué cosa se celebra. Verás que lo único que ha cambiado es el objeto del festejo. Aquí en México, país feliz le pese a quien le pese, el pretexto es lo de menos. Los mexicas no tuvieron idea de lo que les esperaba con la celebración de la Navidad, el día del santo patrón del pueblo o de la virgencita de tal y tal, pero aceptaron que Tonantzin, vestida de incógnita, era buena razón para libar las mieles del neutle y hablarse de tú con Tláloc y Quetzalcóatl. ¡Áxcale compadrito! Ahora, algunos siglos después, se hacen desesperados esfuerzos para proporcionar algún sustrato ideológico a las festividades navideñas. Torciéndole el brazo al calendario del tal Gregorio y con sorprendente sincretismo, digno del mejor adaptador cinematográfico, se ubican las fechas mañosamente para ver si nieva o por lo menos hace frío y tener pretexto para el arrejunte. Si no resulta, se recurre al calentamiento global para justificar su ausencia. 
    
    Santa Clos, en una carreta tirada por burros sería inaceptable e indigno de su rubicunda imagen. Verlo de blanco, con sombrero jarocho de cuatro pedradas y cantando "El querreque", ¡imposible! Pero me atrevo a afirmar que sería más congruente con nuestra idiosincracia, aunque difícilmente aceptado por cierto sector de la población. You know. Por otra parte, el Niño Dios, no tiene arrastre comercial pues la ternura no es siempre motivo de alegría y consumo. Le ha faltado un buen equipo de mercadólogos y creadores de imagen, que lo hagan crecer para organizarle un reventón el día en que cumpla dieciocho años. No sé cómo no se les ha ocurrido. ¿Se han puesto a pensar en festejar el "Bar Mitzva" de Cristo a los dieciocho? Si no lo han hecho es porque el asunto despide un fuerte tufo a Torah y velas de Menorah. Raro ¿no? Parece que algunas personas han olvidado que era judío. Estoy seguro de que muchos chamacos abrazarían con gusto ese día como digno de celebrarse de igual modo que los quince años de sus hermanas y menos cursi. La cosa es echar a andar la idea. Aquí en México eso es re-fácil. Festeja algo bien armado un día y ya empezaste una tradición que se volverá socialmente obligatoria, por aquello del "que dirán" los vecinos y mis compadres. Señores, se abre la licitación para iniciar la tradición. 

    Vamos a ver. El término "bar" resulta demasiado sugerente por no decir israelita. Busquemos un epíteto más castizo, más vernáculo, más congruente con nuestra mentalidad. Algo así como Tlauanqui party, (del náhuatl  tlauanqui , borracho, y el inglés party, pachanga), expresión adecuada para estar a tono con nuestras explicables tendencias bilingües. Eso permitiría la inmediata aceptación del pueblo, ansioso por ensanchar sus horizontes, el enriquecimiento del idioma y el uso de vocablos rimbombantes. ¿Vas a festejar tu qué? Pregunta que daría ocasión a explicaciones formativas y oportunas para demostrar tu elevada ubicación cultural entre los cuates del barrio. Créanme. La cosa es empezar. La raza creará la inercia. Ya lo veo venir, incluso con su correspondiente apócope, por la flojera de gastar saliva. ¡Te invito a mi Tlaua...! ¡Sale! 

    Bueno amigos, esto ha sido el resultado de un tequila doble con sangrita y limón y un delicioso filete bien regado con dos copas de tinto. No quise tomar un digestivo porque tal combinación favorece el uso de términos inadecuados para la correcta expresión del pensamiento.

jueves, 14 de noviembre de 2013

LONGEVIDAD

                          Envejecer es el único medio de vivir mucho tiempo.
                         
                                                                                 Daniel Auber


Muchas personas hablamos sin pensar lo que decimos, pero el que a mi juicio se llevó el gato al agua fue un buen señor que, cuestionado en la televisión acerca de la muerte, dijo con gran convicción: ..." y es que hay mucha gente que cree que va a vivir toda la vida". ¡Pues yo soy de esos! Creo que voy a vivir toda mi vida me guste o no. Sin embargo, no me gustaría vivir para siempre, que supongo era lo que aquel señor quiso decir. Por fortuna, contamos con la muerte para evitar una vida más allá de lo normal. No concibo a nadie en su sano juicio, que quiera vivir eternamente. La finitud de la vida es lo que le da valor a cada instante. Cada momento vale porque es eso. Un momento. Si hubiera vida eterna, sin dejar de ser humano, me gustaría permanecer en un rango de edad entre los veinticinco y los treinta y cinco años, con la experiencia, los conocimientos y la sabiduría de los setenta.

martes, 5 de noviembre de 2013

LA PENÚLTIMA CACERÍA

Me da pena contar esto, pero aconteció poco antes de mi cambio de conciencia. De hecho, contribuyó a ese cambio.
    Éramos cuatro y habíamos caminado a partir de un poblado donde la gente nos miraba como ejemplares de museo. No era para menos. Nuestra estampa "medieval", armados con arcos y flechas, se mezclaba con un champurrado de botas modernas, gafas para el sol y algún sombrero estrafalario. Nos sentimos mejor cuando llegamos a donde nadie nos veía. Cuatro arqueros en busca de lo que saliera, enfoque sólidamente fundamentado en el viejo aforismo que dice: "andando de cacería, cualquier lagartija es pieza".
   Buscamos por más de dos horas y si acaso matamos algo, fue de risa. Estoy seguro de que las ardillas, las iguanas y demás fauna local nos miraban desde sus respectivos escondites, frescos y sombreados, comentando entre ellos la frase de Traven: "Sólo los gringos y los perros caminan bajo el sol". El calor era infernal y decidimos regresar sin haber matado nada. Total, un poquito de vergüenza cuando llegáramos al pueblo, no nos iba a doler mucho.

    Sin haber disparado una sola flecha, regresábamos arrastrando la botas cuando alguien dijo: ¿Ya vieron? ¡Ahí! Sobre aquella piedra. En efecto, un hermoso cuije, especie de lagartija grande, se asoleaba sobre una piedra boluda, como a unos veinte metros de nosotros. ¡Tírale! me dijeron. Les dije que no. Que sería una flecha perdida. Si fallo por arriba se irá lejos. Si fallo por abajo se hará pedazos. ¡No importa hombre! Tírale con la más vieja que tengas. Así de fácil me convencieron. Saqué una flecha con plumas maltratadas y apunté bajo a propósito. Solté. La flecha pegó un centímetro abajo del animal en la piedra boluda y se hizo añicos llevándose al pobre cuije que nunca supo lo que lo mató. Encontramos la flecha diez metros atrás con el animalito ensartado en las astillas. Era hermoso. Por primera vez sentí una especie de remordimiento. Algo me decía que aquello no tenía sentido. Que no era necesario quitarle la vida a ningún animalito para demostrar que se tiene buena puntería. En fin, fue una vivencia que me dejó un sedimento inquietante. Una especie de huella indeleble que se me presentaría muy pronto una vez más. Pero como dijo la nana Goya: "Eso, ya es otra historia".

miércoles, 30 de octubre de 2013

HABLANDO DE RATAS

Hubo una rata en mi patio. Era muy taimada. Tan taimada que se burlaba de mí. Se dejaba ver, y en cuanto me miraba con el rifle en las manos, desaparecía. Le disparé varias veces sin acertarle. De manera increíble, estuvimos a punto de ser amigos y de que se ganara mi respeto, al grado que ya nos dábamos el saludo, siempre y cuando yo no estuviera armado. ¿Cómo hice para eliminarla? Compré una pistola de diábolos, arma que ella no conocía. Salí al patio con ella en la mano, cargada y lista para disparar. Fingí utilizarla como herramienta de jardinería y en un momento que nunca olvidaré, la condenada rata salió de atrás de una maceta; se sentó y se me quedó mirando. ¡Era una señora rata! Me pareció ver una especie de sonrisa sarcástica en su cara. ¡Hola Raúl! le dije. Por fortuna no me contestó, pero agarró confianza y se acercó a unos cuatro metros de distancia, por mi izquierda. Era evidente que sin el rifle, no me tenía miedo. Yo, en cuclillas, seguí moviendo las plantas. Con la zurda sacudía las hojas mientras lentamente cruzaba el arma sobre el brazo. Metí las miras en su cuerpo. Oprimí el gatillo y disparé. Cayó pataleando y en unos segundos quedó inerte. ¡Sí! Exclamé triunfante. La agarré por la cola y, con la dignidad que un enemigo merece, la enterré en un rincón. Era una rata muy lista, pero mi diábolo fue más rápido. 

martes, 22 de octubre de 2013

MANIOBRA

Lo había intentado varias veces. Era su última oportunidad. La maniobra debía ser precisa, hábil y rápida. No podía permitirse ningún movimiento extra o no lo lograría. Empuñó el bastón de mando, se concentró, tomó aire y movió la palanca. La máquina respondió con rapidez. El trayecto longitudinal fue perfecto, seguido de inmediato por el movimiento transversal. La garra descendió rápidamente, tomó la carga y se elevó en el trayecto de regreso pero ¡oh desgracia!* la carga se deslizó de las mordazas y cayó al fondo.    
   Su corazón se entristeció. Agarró su mochila y salió cabizbajo del establecimiento. Gastó todas sus monedas y no pudo llevarse aquel osito de peluche.

* En realidad dijo ¡&#%$! pero no lo puse porque puede haber niños.

martes, 15 de octubre de 2013

LA ESPERADA

Nunca imaginé que sería tan duro, largo y angustioso estar sin ella. El mundo se desmoronaba  y las cosas más simples se presentaban ahora muy complejas. La situación se volvió insoportable y busqué por todas partes tratando de encontrar a alguien que llenara ese vacío.  Resultó en vano. Parecía no existir otra mujer igual.
    Todo empezó el día en que se enfermó. Los médicos diagnosticaron el mal y recomendaron una inmediata intervención quirúrgica. Así se hizo y  la operación salió muy bien, pero en el largo periodo de convalecencia las cosas empezaron a fallar, los problemas se acumularon y todo se salió de control.
    Hace casi un mes que operaron a Lupe. Mi esposa y yo deseamos que pronto regrese para asear la casa. Ya le hemos dicho cuánto la extrañamos.

miércoles, 9 de octubre de 2013

VISIÓN *

El jardín, sombreado con plantas y palmeras, era un lugar ameno. Nada hacía pensar que las dunas, a sólo unos metros, ocultaban la presencia del mar. Mi vida atravesaba por una etapa difícil y mi espíritu hallaba sosiego en ese lugar, tan alejado de cualquier interferencia mundana, que parecía hecho para el reposo y la meditación. Sentada ahí, mi mente vagaba en una especie de neblina y me dejé llevar por una sensación de ligereza. Al cabo de un rato, comenzaron a pasar frente a mis ojos pequeñas ráfagas. Al principio rápidas y fugaces y después más atrevidas, permanecían suspendidas por instantes delante de mi rostro, permitiéndome mirarlas con toda claridad. Había alguna cuyo cuerpo diminuto tenía un tinte color lila; otra color rosa, una más azul y otra más de color verde. Todas parecían traslúcidas e iridiscentes. Sus alas transparentes se agitaban sin ruido. Lo más extraño, es que yo veía todo como lo más natural. No me sorprendía en lo más mínimo. Disfrutaba de su cercanía y parecían jugar conmigo. Mi hermana, que llegaba  en ese momento, vio cómo hacía  ademanes en el aire y me preguntó qué pasaba. Ella no las veía aunque todavía estaban ahí. Le contesté que había mosquitos. Las criaturas se fueron así como llegaron. Increíble. ¡Acababa de tener contacto con las hadas! Fue la primera vez que las vi... Y también la última.

* Tal como Lina me lo contó.

lunes, 30 de septiembre de 2013

CUÁL DILUVIO

Voy a construir un globo. Un aerostato. No lo quiero para ir a parte alguna. Es mi navío de escape. La cabina será de fibra de carbono y titanio, materiales ligeros de gran resistencia porque puede haber vientos fuertes. El globo estará hecho de Kevlar, hinchado con helio, y tendrá forma aerodinámica para reducir el efecto del viento. A bordo llevaré lo necesario para sobrevivir treinta días. Cuando esté terminado, esperaré las torrenciales lluvias. Me elevaré a setenta metros de altura, anclado a tierra en un bloque de concreto. Desde arriba miraré cómo el agua inunda todo. Mi proyecto avanza rápido. El mes próximo, habré ahorrado lo necesario para comprar setenta metros de cuerda. 

sábado, 28 de septiembre de 2013

BICHO RARO

Es un país extraño en el que pasan cosas también extrañas. Los nativos se la pasan peleando unos contra otros. Nadie está de acuerdo con nadie. Los gobernantes no son como todos quisieran. Todos desconfían de todos y cada quién se rasca como puede. Muchos logran hacerse de dinero explotando a los demás. Los negocios sucios proliferan y las minorías se organizan para perturbar el trabajo normal de las mayorías.
    Con esta realidad, las personas pretenden escapar de ella y buscan cosas raras para distraerse. No pude hallar mejor lugar para llegar. En muy poco tiempo he cobrado fama. Todos han oído hablar de mí y algunos dicen conocerme. Considerando el entorno puedo decir que soy exitoso. Mi actividad ha sido comentada en muchísimos periódicos y noticieros televisivos. Se han publicado libros sobre mi trayectoria y se especula sobre mi naturaleza. Yo la paso bien. Trabajo duro en ciertas temporadas y me vuelvo el tópico de actualidad entre la gente. Los políticos me consideran una presencia providencial con la que la gente olvida sus problemas. Sólo hay una cosa que no me agrada. Habiendo tantos nombres en el idioma, me pusieron uno demasiado funcional, tal vez debido a mi principal actividad: "El Chupacabras".

miércoles, 18 de septiembre de 2013

TESORO

Caminaba entre la gente. Las manos crispadas en los bolsillos y el paso irregular.  Deseaba que todos lo supieran y al mismo tiempo desconfiaba. No quería que le robaran su tesoro, pero tenía un problema: no sabía dónde ocultarlo. De repente daba grandes saltos, giraba en el aire y sentía que volaba como un saltimbanqui desquiciado. Recobraba el aliento caminando despacio y reanudaba sus cabriolas extendiendo los brazos en el aire. Después de un buen rato, llegó a un jardín público y se dejó caer en una banca con el corazón agitado.
    Es inútil -dijo para sí- y con una gran sonrisa concluyó: ¡No puedo ocultar mi felicidad!

jueves, 12 de septiembre de 2013

EL GRITO Y LOS GRITOS


Dormía en mi banca favorita de la plazuela sombreada por los árboles. Habían montado un tablado y me despertó un cantante otoñal vestido de charro, que entretenía a la escasa concurrencia con algunas interpretaciones. Su talento era acompañado con pistas de mariachi que se dejaban oír por dos altoparlantes. Escuché una canción ranchera con la que aquel hombre pretendía "sacar juventud de su pasado" y aplaudí con beneplácito. Pero después ¡ay mamá! Tuvo el placer de presentar a "su hijita", rolliza mujer de unos treinta años que seguramente regresaba de comprar el pan, ataviada con una especie de guayablusa verde limón y pantalones sintéticos de color azul.  En cuanto tomó el micrófono se disculpó por su atuendo tan inadecuado para la ocasión, pero que eso no importaba pues el espíritu patriótico no requiere de caracterizaciones superfluas y que lo que realmente valía era el deseo de agradar al respetable y ¡qué caray! ser mexicano. Le pusieron una pista musical y tras los primeros acordes, arrancó a destiempo y de su desafinado pecho que no era ronco, ¡faltaba más! salió algo parecido a un famélico lamento que pretendió alcanzar una nota que escapó muerta de la risa. No sólo no dio el tono sino que el aire se le acabó cuando le faltaban seis corcheas. La música grabada no perdona. El mariachi electrónico nunca la esperó y terminó por dejarla rezagada. Como dijo un personaje: "¡Fue horrible, fue horrible!". Pero lo peor vino después. Terminó la canción "a capella" con gran desparpajo y, fiel a sus conceptos gritó ¡viva México!, hizo una profunda caravana y el público sobreviviente tuvo el desenfado de aplaudirle, apreciando tal vez el esfuerzo y el valor.
    Yo no pude hacerlo. No puedo ser hipócrita. Me despertaron con un espectáculo de dudosa calidad y ahora me costaría trabajo volver a conciliar el sueño. No cabe duda. Las fiestas patrias provocan la relajación de los valores artísticos y mi banca favorita deja de ser, en esos días de Septiembre, el mejor lugar para dormir. Pero bueno, siempre me queda un recurso... ¡Salucita!

lunes, 2 de septiembre de 2013

EN "LA BOLA"

Corríamos por la zanja para acercarnos al casco de la hacienda. Por arriba de nuestras cabezas, las balas zumbaban como abejas furiosas. Llegamos los primeros al recodo donde ya nos podían ver los pelones. Ahí tuvimos que esperar a que llegara el resto de la gente. Nos recostamos en el talud con las carabinas sobre el pecho. Juan y yo nos habíamos hecho amigos desde el principio y ya éramos como hermanos. Le pregunté que si tenía miedo y con mucha seguridad me dijo que no. Que no le temía a la Muerte. Que las balas no le entraban. Metió la mano en la bolsa de la camisa y me enseñó un papelito doblado. Dijo que era una oración pa' que las balas no le hicieran nada. Pa' que la Muerte no lo tocara. Que estaba bendito y que eso no fallaba.
    Llegaron los demás y el sargento nos dio las órdenes. Saldríamos de la zanja y a puros balazos llegaríamos hasta la puerta trasera del casco. La tumbaríamos y agarraríamos a los pelones entre dos fuegos. Con ese plan, la hacienda sería nuestra antes del medio día. Al escuchar la orden salimos disparando. Desde las ventanas y las azoteas respondieron al ataque y algunos cayeron muertos o heridos. Éramos muchos los que salíamos de la zanja y poco a poco la resistencia disminuyó. Pegados al muro estábamos a salvo mientras los de la dinamita hacían lo suyo en el portón. La explosión  hizo volar pedazos y astillas de madera. Luego entramos corriendo y disparando. Una segunda explosión nos sacudió. Un cañón en el patio, cargado con metralla, disparó a boca de jarro contra los que entrábamos. Nos tumbaron a todos, pero los demás pasaron encima de nosotros y el cañón no volvió a disparar. Quise levantarme pero no pude. Tenía la pierna derecha atravesada. Los muchachos ya subían las escaleras y después de una buena balacera se acabó la resistencia. La hacienda era nuestra. Me amarré el paliacate en la pierna y pude levantarme. Entre los gritos de los heridos busqué a Juan y luego lo encontré. Estaba tirado en el suelo, junto a su carabina,  con la boca y los ojos muy abiertos y el pecho destrozado por la metralla. El puño derecho apretado dejaba ver un papel amarillento. El sargento llegó cuando se lo sacaba de la mano. Lo miré y se lo di al sargento. Él lo leyó, lo dobló de nuevo, lo guardó en la ensangrentada camisa del difunto y dijo: "Pobre Juan. Nadie le dijo que la Muerte no sabe leer".

viernes, 30 de agosto de 2013

EL LIBRO DE HUMO

Es un volumen de quinientas páginas. Su encuadernación en pasta dura de color negro es lo que le mantiene coherente, unificado. Sólo existe cuando se cierra pues cuando es abierto, sus hojas se disipan en el aire, comenzando por aquellas en las que fue abierto. Si se quiere leer, es conveniente ser rápido. Quienes lo han intentado no han podido llegar más allá de la cuarta o quinta página. Es un esfuerzo sobrehumano. El libro debe ser cerrado para que se recupere cada vez que la página leída se ha desvanecido y ello no tarda más de unos quince segundos. Dicen aquellos que han iniciado su lectura, que tienen que hacerlo en un lugar cerrado, porque si hace viento, el proceso de disipación es instantáneo. Que después de leer el primer renglón, los ojos arden de tal manera por el humo, que deben cerrarlo de inmediato.
    Hasta ahora, se han logrado avances significativos a base de lecturas en voz alta y grabaciones digitales. Quien lo lee, debe detenerse por los constantes accesos de tos. Alguien descubrió que ese humo acre es igual al que se obtiene quemando leña verde. Por otra parte, el contenido es misterioso y difícil de entender. Se encuentran algunas frases entrecortadas, llenas de imprecaciones y blasfemias; gritos angustiosos y ayes de dolor. Curiosamente, la única página que no es de humo le corresponde al colofón donde se aprecia, no sin cierta dificultad, que se terminó de imprimir en el "año del Señor de 1572". Si a alguno le interesa, el volumen se encuentra en la sección de "libros prohibidos" de la biblioteca Palafoxiana que, como todos sabemos, es de acceso restringido.

martes, 20 de agosto de 2013

VISIÓN



El cuarto de Pierre se iluminó de pronto, allá en el rincón. Soltó el libro que leía y quedó fascinado por el resplandor de aquella presencia inmaterial. Creyó estar soñando. Por más de un minuto aguardó anhelante. La luz se fue debilitando hasta desaparecer. La esperada comunicación nunca llegó y el silencio permanente lo dejó con el ánimo aniquilado y una tristeza infinita. No es así como deben suceder las cosas -pensó- algo está mal. ¿Por qué no hubo un mensaje? ¿Por qué no hubo profecías? ¿Acaso no soy merecedor de que las Inteligencias Alienígenas se comuniquen conmigo?
    Tras una pausa llena de incertidumbre, Pierre exclamó: ¡Eso! ¡Eso es! Seguramente saben que no tengo la suficiente imaginación para armar una historia creíble. 

miércoles, 14 de agosto de 2013

¡PARLA! (Otro con Diógenes)

   
-¡Qué tal, Diógenes! ¡Tanto tiempo sin verte, amigo! Sin embargo, parece que fue ayer que conversamos. ¿Acaso detienes el flujo de los días?
    -Así es. ¿No lo recuerdas? He nacido con el alba, así que si viejo estoy, tengo a lo mucho este día.
    -Es verdad, y mentiría si digo que lo he olvidado, pues lo tengo muy presente y bien que se me ha grabado.
    -Entonces ¿qué te sucede que te siento tan inquieto?
    -Es la duda, buen amigo, la que me inquieta e incomoda.
    -¿Duda de qué?
    -De saber.
    -¿Saber qué?
    -No es el qué, pero es el cuándo.
    -¿Cuándo qué? ¡Dime ya que me estás desesperando!
    -Para empezar detengamos esta estúpida faena, de hablar como personajes de algún patio trasnochado.
    -Bien está, mas quede claro, no fui yo quien ha empezado.
    -Bueno, está bien, ahí muere, ahí muere. ¡Mh! Déjame recobrar la compostura. Quiero saber cuándo voy a dar por terminada la labor de modelado de mí mismo. ¿Recuerdas de lo que hablamos?
    -¡Por supuesto!
    -Bueno, lo que me pasa es que no puedo saber si hoy, por ejemplo, terminaré el día satisfecho de mí mismo. No de lo que hice, sino de qué tan mejor persona he sido comparado con ayer ¿me explico?
    -Claramente. El problema que yo veo es que, como te mueves en el tiempo, tu apreciación personal de si eres mejor o peor que ayer, radica en la necesidad que tienes de compararte contigo mismo. Como herramienta, la comparación te servirá al principio, pero después se convertirá en una competencia absurda que sólo te traerá tensión y la necesidad de superarte a toda costa. Eso no te hará feliz.
    -Entonces ¿cómo voy a saber si voy avanzando?
    -No necesitas saber si vas avanzando. Lo único que te debe importar es saber si vas en la dirección correcta y si haces tu mejor esfuerzo. Si así es, seguramente llegarás a donde quieres. De una vez te digo que marchando así, nunca, mientras vivas, te detendrás en tu labor de automodelado y no tendrás que decir, como aquel gran escultor cuando terminó su obra: "¡Parla!", porque habrás hablado durante toda tu vida.
    -¡Caramba Diógenes! Nunca dejarás de sorprenderme. ¡Gracias! Nos veremos pronto.

miércoles, 7 de agosto de 2013

AIRE PURO


A través del parabrisas, contempló las nevadas cumbres, los bosques de coníferas, los prados verdes y lozanos. Al fondo de las cañadas, escuchó el rumor de los arroyos del deshielo primaveral y percibió el aroma de las flores que, combinado con el fresco olor a pino, le hacía llenar sus pulmones con el límpido aire de las montañas. -¡Biiiiiiip!- El fuerte bocinazo del auto de atrás le anunciaba con insolencia que la luz verde del semáforo se había encendido. Arrancó y con un suspiro se felicitó por haber comprado ese nuevo aromatizante para su coche.

jueves, 1 de agosto de 2013

DESPUÉS DE UNA INMERECIDAS VACACIONES, VOY DE NUEVO.

AUTENTICIDAD
 
 
Estaban adornando la casa para Navidad. Pusieron el árbol artificial que simulaba ser natural y le colocaron capas de algodón sobre las ramas que simulaban la nieve. Luego vinieron las esferas que simulaban ser deliciosos frutos y remataron con una serie de luces eléctricas que simulaban las velas. Quedó padrísimo. Luego siguieron con el Nacimiento donde un cobertizo de madera simulaba un establo y colocaron lo necesario para simular un pesebre. Un vidrio bien arreglado con musgo alrededor que simulaba ser pasto, simulaba un pequeño lago. En lo alto del portal ubicaron una luz parpadeante muy bonita que simulaba la Estrella de Belén. El entorno se llenó con personajes que simulaban ser pastores en peregrinación con borreguitos y todo. Quedó muy bonito.
    Llegó la Noche Buena y por supuesto que se sirvió una espléndida cena acompañada con sidra que simulaba ser champagne, con un pollo horneado que simulaba ser un pavo. A las doce se pusieron de pie con sus copas de vidrio que simulaban ser de cristal y todos brindaron con sonrisas que simulaban alegría. Todo salió bien, muy congruente. La cena terminó y se fueron retirando poco a poco. Fue un éxito, si consideramos que todos, sin excepción, simularon ser felices.
 

lunes, 1 de julio de 2013

MARINO

Siempre me ha fascinado la magia que parece tener la navegación a vela; el hecho de deslizarte en silencio sobre la superficie del agua, impulsado por la mano invisible del viento.
    Cuando era pequeño, (¡Uuuuhh!) construí mi primer barco de vela con dos semillas de fresno. Con él logré cruzar el océano de un gran charco. Fue una verdadera hazaña y la guardo con alegría en mi memoria. Después vino el enamoramiento cuando conocí la "Canción del pirata" de Espronceda, aquella que empieza: "Con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela"... ¿La recuerdan? ¿No? ¡Qué pena! ¿Sí? ¡Qué bueno! Pero ¡basta de preámbulos!
    Ya adulto, lo primero que hice fue aprender cuanto pudiera, al menos en teoría, sobre el arte y la técnica de la navegación a vela. Conseguí una enciclopedia sobre el tema, muy bien escrita y mejor ilustrada, donde encontré todo un mundo de términos y conceptos de marinería que me resultaron fascinantes. Desde la nomenclatura de todas las partes del navío de vela, hasta las expresiones usadas en navegación y por supuesto, el manejo de timón y vela para el máximo aprovechamiento del viento.
    Puedo decirles que me convertí en un navegante teórico de primera. Sólo me faltaba un detallito: la embarcación. Busqué por todas partes sin hallar algo que me gustara o que pudiera pagar, hasta que un día, circulando por la calle, alcancé a ver un casco amarillo dentro de un lote de remolques. Regresé y entré a preguntar. Era una canoa de fibra de vidrio de cuatro metros de eslora y construcción aceptable, más ancha de manga que una canoa común, ideal para convertirla en un bote de vela con cierta facilidad y economía. La compré.
    Entonces vino la labor de modificación. Le corté la popa puntiaguda y le puse espejo (popa plana para montar el timón). Le construí una caja para la orza ajustable, un soporte para el mástil y le instalé un sistema de poleas y bitas para manejar la botavara de vela latina que confeccioné personalmente. Quedó muy bien.
    La botadura se llevó a cabo en medio de una gran soledad allá en las "Costas de Valsequillo" . Tras varias semanas de pruebas y ajustes, incluyendo un tormentoso aguacero, decidí lanzarme al mar.
 
    Acapulco. Lugar ideal para una prueba de navegación. Una tarde de fuerte brisa me lancé a cruzar la bahía partiendo del antiguo Club de Yates, con rumbo a la base naval de Icacos. De ida todo fue bien, con viento en popa, fuerte y constante. Una chulada comparada con las rachas sorpresivas de Valsequillo. El velero se comportaba de maravilla. Bien equilibrado, sensible a los mandos. Todo el trayecto lo realicé con la escota fija y el timón en firme. Las olas golpeaban el casco que se cimbraba pero resistía perfectamente. Luego de un par de horas, estaba frente a Icacos. Era el momento de regresar. Empuñé la escota y el timón e inicié el viraje para volver, ciñendo la vela a estribor lo suficiente para evitar la trasluchada. El giro fue impecable, casi sin perder velocidad. Ahora vendría lo bueno.
    Proa al Club de Yates. Viento en contra. La prueba de habilidad para cualquier navegante novato. Buscar el ángulo correcto y de máxima eficiencia. Correr una bordada lo más larga posible en un ángulo conveniente para avanzar en diagonal respecto al rumbo de destino y al final de esa bordada, pasar la botavara al lado opuesto mientras se maniobra con el timón para fijar el rumbo de la nueva bordada. Así, en zigzag, se navega "contra" el viento. Es un ejercicio fantástico.
    Llevaba una buena proporción de avance cuando un fuerte impacto en el fondo del casco me sobresaltó. Algo me había golpeado. Con mucho recelo, busqué alrededor del velero para ver si había maderos flotando pero no pude ver nada. Un breve estremecimiento me sacudió el cuerpo. Un tiburón, pensé, me hubiera levantado un poco la embarcación. De pronto, me quedé inmóvil. En el fondo de la quilla, el mástil había desprendido su apoyo y estaba precariamente atorado en el soporte superior que estaba a punto de ceder. De inmediato arrié la vela para eliminar la presión. Estaba al garete y lo peor era que el viento me regresaba rápidamente.
    Cuando esto me sucedía, el sol se estaba poniendo y tuve que buscar alternativas de acción. Dejarme llevar por el viento y paleando con el remo de emergencia arribar a la playa cerca de la base naval, que era el punto más cercano, pero ahí las olas rompían con fuerza y podría naufragar. No. ¿Entonces? La otra opción era remar a contraviento y cruzar toda la bahía hasta el Club de Yates donde además, tenía el coche estacionado. Ahí, la mar estaba en calma y había playa suave donde atracar. Desde luego que descarté, por pundonor marítimo, la posibilidad de pedir ayuda a alguna embarcación. No mientras tuviera recursos y desde luego que contaba con un remo. Decidí remar y empuñé la pala con un ritmo de cuatro por cuatro (cuatro golpes por la derecha y cuatro por la izquierda alternadamente) sólo que, sentado en popa y con el viento en contra, la proa ligeramente elevada derivaba, ora a babor, ora a estribor y me la pasaba corrigiendo el rumbo y avanzando poco. Si dejaba de remar, el viento me regresaba de inmediato y perdía lo adelantado. así que en un golpe de ingenio digno de un lobo de mar, me pasé a la proa y reanudé la boga. ¡Santo remedio! El bote avanzaba recto con la popa como timón de viento.
    Remé más de tres horas sin parar y sosteniendo el ritmo, siempre conservando el rumbo marcado por las luces de la costa. Cuando llegué al embarcadero, un comité de recepción formado por botes anclados, me esperaba silencioso en la penumbra moviendo afirmativamente sus proas al compás del suave oleaje. ¡Lo había logrado! Ahora faltaba la maniobra de sacar el bote, desmantelarlo y subirlo al toldo del coche. Estaba agotado pero feliz. Al terminar de amarrarlo, me sorprendió escuchar unos aplausos. Ahí, bajo un cobertizo que no había visto, dos guardiamarinas de la  Marina Armada me ovacionaban, yo creo que por la maniobra de subir yo solo el velero al toldo del auto, que era muy ingeniosa, pues si hubieran visto mi odisea marinera me hubieran sacado en hombros.
   
    Llegué al hotel cerca de la una de la mañana donde mi familia me esperaba preocupada y a punto de llamar a los guardacostas. Mientras escribo esto puedo ver, a través de la ventana de mi estudio, el navío que reposa boca abajo esperando con paciencia a que mi marinero corazón decida zarpar de nuevo. Si acaso no, me queda el profundo consuelo de esta frase que no recuerdo dónde leí: "El verdadero navegante construye su barco en el desván".   

martes, 18 de junio de 2013

CONVERSACIÓN


-Pretextos, pretextos. Te lo digo por experiencia. Por los siglos que llevo horadando Conciencias. El resultado de mi trabajo ha sido siempre una Conciencia perfectamente ventilada, llena de aires renovadores, que mantiene frescas las percepciones y abiertas las vías para nuevas ideas y proyectos; traza caminos para que las semillas del conocimiento salgan a la superficie, crezcan, florezcan y fructifiquen para alimentar otras Conciencias. De otro modo, toda esa información se irá contigo cuando te vayas de aquí. ¿Has pensado en eso? Todos, en mayor o menor medida, tenemos algo que dar. Lo que sea, pero lo podemos dar. Entonces yo, cuando veo un candidato, me introduzco discretamente y empiezo a trabajar duro hasta que un día juzgo que esa Conciencia ya está a punto. Es ahí cuando empiezo a causar inquietudes, a despertar intereses y abrir nuevas posibilidades. Sin embargo, nunca me ven y la lista de pretextos para no hacerlo es interminable.
    -¿Eso te afecta?
    -Pues... No. Verás, en realidad tan sólo soy una idea, un concepto, quizá una onda.
    -Entonces ¿cómo es que te veo?
    -Es que miras lo que ya conoces o la imagen que tienes de lo que yo soy.
    -Luego ¿tú no eres así?
    -No lo sé, nunca me he visto.
    -¿Quieres decir que te puedo imaginar como yo quiera?
    -Pues sí, así es. De hecho tú inventaste que soy un gusano. Otros me piensan como un ángel. Alguien más como una musa y uno que otro como extraterrestre. En fin.
    -¡Vaya! No me lo imaginaba... Valga la expresión.
    -Pues esa es la verdad. Cada quien utiliza las "herramientas" que tiene a la mano y déjame decirte que es muy conveniente tener un buen surtido de ellas.
    -Creo que tienes razón.
    -Gracias. Ahora debo retirarme porque tengo mucho quehacer, pues gracias a ti, me paso el tiempo horadando Conciencias y tú, más vale que despiertes porque si no, se te va a olvidar eso que quieres escribir.

martes, 11 de junio de 2013

MANIFIESTO

Estamos felices y casi no podemos esperar a  que las autoridades remocen todas las fachadas del Centro Histórico, los muros de la Casa Colorada, las paredes de la Casa Aguayo y cuanta barda privada esté recién pintada en cualquier lugar de la ciudad.
    Nuestro talento no tiene límites y la pintura en aerosol es una maravilla como medio de expresión. Puebla no puede quedar a la zaga de otras grandes urbes. ¡Ah! ¡Quien pudiera igualar la elocuencia de los edificios y los muros del Bronx! Ahí, las paredes oyen pero ¡también hablan! ¡Qué cultura! Es maravilloso contemplar los mensajes ocultos en esos complicados graffiti. ¡Allá aquellos que no sepan descifrarlos! Desgraciadamente no somos comprendidos y nuestro arte no puede esperar a que el futuro llegue. Ha sido la historia de los grandes artistas. Sin embargo, tenemos esperanza. Hemos visto como el turismo, extranjero y del país, señala y se asombra al contemplar algunas de nuestras obras que realzan la belleza de nuestros hermosos edificios y mueven la cabeza sin comprender cómo es que tanto genio puede darse en la ciudad. Sencillamente, en sus mentes no cabe la limitación de espacios para nuestra expresión artística. Quién de los turistas no se estremece al contemplar, sobre la gris superficie de cantera: "Piteco ama a Paka", fundido en un intrincado dibujo que integra el más hermoso monograma y todo, hecho en menos de cinco segundos.
 
    ¡Reclamemos como nuestros todos los muros de esta ciudad! ¡Demos calor a las paredes frías! ¡Nada podrá detenernos! Ni cien patrullas, ni mil, lograrán evitar que nuestras mentes creativas ocupen el lugar que merecemos. Pasemos a la Historia como los protectores que cubrieron de los estragos del tiempo las añejas canteras de nuestra ciudad, embelleciéndolas con sus encajes afiligranados y multicolores; como aquéllos que dieron valor y significado a la piedra inerte, convirtiéndola en vibrante medio de expresión y comunicación de las elevadas inquietudes que agitan nuestra mente. Sorprendamos al turismo mundial con la riqueza de nuestras expresiones; hagamos de Puebla un verdadero mosaico donde se manifieste la variedad polícroma de nuestra capacidad creativa y seamos la avanzada que logre grabar literalmente en piedra, para el futuro, los nombres de todos nosotros.
 
   "Por un muro más limpio para un mejor graffiti"
 
                                                                El Yoker

lunes, 3 de junio de 2013

DAR TIEMPO AL TIEMPO

El tiempo esclavista se muere de risa cuando nos quejamos de él, de cómo nos domina, controla y oprime nuestra vida. ¿De qué se ríe? ¡Vaya paradoja! De que nosotros lo pensamos. Nosotros lo creamos. Nosotros lo nombramos y lo escogimos como nuestro tirano. Así, tenemos el tiempo que merecemos. Por fortuna, no tiraniza por igual a todos sus esclavos. Por increíble que parezca, tenemos la libertad de escoger cómo queremos ser tiranizados. Esa libertad es tal, que bien podríamos derrocar a ese tirano, exiliarlo y olvidarnos de que existe.
    El tiempo es una idea que se mueve dentro de un contexto infinito. Es tan solo un recurso para organizar la vida. Nuestra vida. Hemos dividido el tiempo en plazos dilatados como siglos, milenios y eras. Breves como horas, minutos y segundos. Hemos establecido también, patrones de actividad conformes con esos parámetros y quitado a la vida otras maneras de subdividir el acaecer de la existencia. Plazos más naturales. No hablamos más de Lunas. No hablamos más de Soles. Ya no decimos más el próximo Verano, el Otoño que viene o la Primavera pasada o el presente Invierno. No podemos hacer una cita con esos elementos: Nos veremos aquí en el Verano del 2015, favor de ser puntuales. ¿Y los detalles? No hacían falta en la época agrícola de la humanidad. Días más, días menos se sembraba, se cultivaba y se cosechaba de acuerdo con la Luna, las lluvias y en la estación adecuada. Nos despertábamos y dormíamos con el Sol. No había estrés y sí una comprensión adecuada de los fenómenos naturales. Se aceptaba una cosecha abundante con la misma naturalidad que una sequía. Se tomaban precauciones. No había Seguro Agrícola. En fin, eran "otros tiempos".
    Ahora nos regimos por el reloj. Instrumento diabólico del Tiempo. Interventor de nuestra vida cotidiana. Garra inflexible que oprime nuestro aliento y cuenta con avaricia los latidos de nuestro corazón. El reloj y la muerte tienen mucho en común. Pero esta última no es muy precisa. Cuando pinta su raya utiliza uno de arena. No necesita un cronómetro. Es fatal, no tiene escape. No le importa la puntualidad. Ella es el brazo armado, ejecutor del Tiempo. Llega cuando debe llegar. Ni antes ni después. Mientras, tienes que ser productivo. No pierdas el Tiempo. No te enfermes. No faltes a la escuela. No faltes al trabajo. Toma Gripolín y sigue funcionando. Todo se ha reducido ahora a lo funcional, a lo pragmático. No vayamos más lejos. "Time is Money".

jueves, 23 de mayo de 2013

RECETA PARA CUENTO CHINO

Ingredientes:

    Un kilo de harina de mito
    Una taza de fábula
    Dos cucharadas de levadura de leyenda
    Una pizca de engaño
    Un litro de leche de Quimera (la venden en La Ciudad Prohibida)
    Cinco dientes de dragón (*) (Recién muerto)
    Cien gramos de polvo de pagoda
    Una gota de esencia de credibilidad

Preparación:

1.- Cierna el harina de mito en un cuenco mágico (1)
2.- Añada las dos cucharadas de levadura de leyenda
3.- Incorpore la taza de fábula
4.- Vierta la leche de Quimera y bata hasta que espese
5.- Agregue una pizca de engaño (al gusto)
6.- No omita la gota de esencia de credibilidad (si no la añade, no podrá tomarles el pelo a sus lectores)
7.- Vuelva a batir hasta que la pasta agarre consistencia. Si le queda muy espesa puede agregar otro poco de leche de Quimera

La masa así formada debe quedar uniforme y tener un aspecto terso, sin grumos. Vierta en un molde espolvoreado (con polvo de pagoda) para que no se pegue. Para terminar, coloque en estrella (es muy simbólico), los cinco dientes de dragón.

Advertencia:

Si su cuento chino es de ciencia ficción, deberá añadir a la mezcla, cien gramos de protones (que sean frescos), una cucharadita de isótopos de Uranio y dos o tres gotas de Óxido de Deuterio. Un poco de Polvo Lunar le quedaría muy bien.
Luego agregue un chip de funciones lógicas para que resulte comprensible. Finalmente rocíe todo con rayos Gamma y adorne con cinco bolitas de C4, pero NO lo meta al horno.
¡Listo! Fácil ¿no?

(*) Son de adorno nada más.
(1) Debe ser un cuenco de imaginación para alta temperatura.
NOTA: Si se atreve a escribirlo, va por su cuenta y riesgo.

martes, 14 de mayo de 2013

MANTENIMIENTO

Hace muchos años me dieron un vehículo para que lo usara a mi criterio. Tal vez merecía uno más poderoso, deportivo o de lujo, pero no me quejo. Me ha dado excelente rendimiento en kilometraje y prestaciones. Resultó hecho para durar. Su carrocería está intacta y como lo he cuidado bien, todas sus partes son originales. Nada se le ha roto. Claro que con el uso se ha ido gastando y ha requerido entrar algunas veces al taller para ciertas reparaciones y sus respectivos mantenimientos, pero ahí sigue. Arranca a la primera todas las mañanas, jala muy bien y da lo que se espera de él. Es una maravilla.
    Sin embargo, hace unos días caí en la cuenta de que ya no es nuevo. Aunque todo le funciona, su desempeño empieza a sentirse un poco lento. Es menos brioso y ya no corre como antes, pero sigue caminando tan bien como el que más. Confiable y económico, me lleva a todas partes con seguridad. Es noble, aguantador y nunca me ha dejado tirado, pero debo admitir que ya es viejo. Él y yo hemos compartido aventuras sin fin. Experiencias fantásticas repletas de aprendizaje. Odiseas increíbles y vivencias intensas. Nunca quise llevarlo hasta el límite, aunque sabía que podía, para no agotar prematuramente sus capacidades. Tenía que durarme en buenas condiciones, toda la vida. La adrenalina no es buena consejera aunque pueda ser emocionante. Lo he manejado por más de setenta años y me he encariñado tanto con él, que no lo voy a abandonar ahora que requiere más cuidados. Seguiremos marchando juntos mientras todo le funcione. Mientras tanto, lo trato bien y lo tengo en buenas condiciones. Es el único que tengo.

jueves, 9 de mayo de 2013

¿PEDAGOGÍA?

Me he preguntado muchas veces qué hubiera sido de mi vida estudiantil y profesional si hubiera tenido buenos maestros de matemáticas. Yendo a mis más remotos recuerdos, el primer instrumento de tortura que conocí fueron las tablas de multiplicar y la inevitable necesidad de memorizarlas. Después vinieron los problemas de geometría con las fórmulas nunca bien explicadas y peor comprendidas. Para rematar el cuadro, llegaron los números fraccionarios. Si bien comprendí el concepto, nunca entendí cómo efectuar las operaciones. Créanme que eso me hizo sufrir durante muchos años y llegué a sospechar que era un tarado porque veía a compañeros que la pasaban de maravilla con los números. Aquello se convirtió en un rechazo esencial y un bloqueo mental para los guarismos. Añoraba el tiempo en que dejaría de sufrir esa pesadilla que se extendió, como una pandemia, a la Química y a la Física, asignaturas que me gustaban mucho, sobre todo por los laboratorios. Luego vino el Álgebra, los productos notables y los teoremas, para coronar con las tablas de Logaritmos y la Trigonometría.
    No recuerdo bien cómo lo hice pero finalmente, aprobando esas materias "de panzazo", llegué a la escuela preparatoria donde alcancé la liberación y empecé a disfrutar mi condición de estudiante. A hablarme de tú con los filósofos, a conocer la verdadera Historia y a disfrutar de la Literatura. Había alcanzado la plenitud estudiantil. Pero no era nada más por las asignaturas. Hubo un ingrediente sustancial: ¡Qué maestros! Convertían en un placer el proceso de aprendizaje y lo más importante: nos hacían pensar. Si de por sí siempre tuve un inmanente sentido crítico, ahora ejercía el cuestionamiento como un arma poderosa de descubrimiento. Finalmente, en forma ordenada, inicié la búsqueda de mi verdad.
    Ignoro si actualmente existen corrientes pedagógicas que consideren el proceso de aprendizaje como una actividad de descubrimiento, comprensión y asimilación del conocimiento, sin presiones de evaluaciones que califican la memoria y no el entendimiento. Me hubiera gustado, en la escuela primaria, escoger mis materias a partir del cuarto grado. Habría sido fantástico mi aprovechamiento y excelentes mis calificaciones. Pero hay algo todavía más trascendente: hubiera sido un niño feliz. No lo fui por el sistema. Me lo debe y nunca se lo perdonaré.

miércoles, 1 de mayo de 2013

MONTARAZ

Conocía ese bosque pues lo había recorrido desde que era pequeño. Cada árbol le decía algo. Los matorrales le confiaban sus secretos. Sabía de memoria todos los senderos que lo cruzaban, hasta la llanura. Sólo había un lugar en el que nunca había estado: la cima de la montaña. Ese promontorio rocoso que de seguro le permitiría contemplar todo el valle. 
    Esa noche, algo en su interior le impelía a trepar hasta aquellos peñascos que muchas veces había observado cubiertos de nubes. La luna llena elevaba su disco reluciente sobre el horizonte. Sin dudarlo, se puso en marcha. Los abetos y las secuoyas lo miraban pasar calladamente. El viento también guardó silencio en las frondas. Como una sombra, caminó con la seguridad del que sabe a dónde va. Avanzó por el monte hasta que empezó a notar que los árboles escaseaban y su respiración se hacía más difícil. La temperatura había bajado y su aliento formaba vapor. Se encontró de pronto con terreno desconocido. Ya no había árboles. Sólo matorrales bajos y escasos. Había llegado a la base de la cima rocosa y ahora debería encontrar la manera de trepar hasta la cumbre. La luna había subido e iluminaba el lugar con su luz difusa y fantasmagórica. No se arredró. Él mismo era considerado como un fantasma que rara vez se dejaba ver. Con gran esfuerzo fue encontrando los resquicios que le permitían pasar entre las peñas. Trepó por lugares que apenas le dejaban apoyarse en el borde del acantilado y sintió el vértigo de la altura al mirar el fondo del abismo que le esperaba allá abajo. Sentía que el corazón se le salía del pecho y le faltaba el aliento. Con un salto más, llegó a la cumbre brillante de humedad. La luna recortó su silueta triunfante. Se sentó, contempló el horizonte nocturno y llenando de aire sus pulmones, emitió el rugido más largo y victorioso que un león de montaña hubiera lanzado jamás. Ahora, los demás animales del bosque sabrían que ese territorio era todo suyo.

miércoles, 24 de abril de 2013

HERRAMIENTA

Me resultaba frustrante y molesto que a mí, experto en eso de la mecánica automotriz, se me descompusiera el auto, pero así sucedió. Simplemente se apagó. Nunca me ha dejado tirado coche alguno pues siempre he encontrado la manera de hacerlo funcionar de nuevo, pero ahora, en un camino apartado donde pasaba un auto cada hora y con un vehículo de renta cuya única herramienta a bordo era un "gato" y una llave para ruedas, no podía ser peor. Bueno, sí podía. El teléfono celular no recibía señal alguna y se estaba haciendo de noche. Tenía que encontrar el desperfecto antes de que oscureciera. El motor del carro estaba muerto y nada eléctrico funcionaba. Eso me daba una clara idea del problema y me fui sobre la batería. Quité la cubierta de plástico y encontré la causa probable: terminales sulfatadas. ¡Vaya mantenimiento preventivo el de esta arrendadora! pensé para mis adentros. Traté de aflojar los bornes para limpiar los terminales. Imposible sin herramienta. Ya era de noche cuando me pareció escuchar un rumor acercándose y supuse que se trataría de otro vehículo, pero el zumbido cesó y ningún auto apareció por la carretera. Intenté aflojar las tuercas entre dos monedas pero no lo logré y al levantar la cabeza me di un golpe con el capó. Empezaba a renegar cuando escuché pisadas en la grava del acotamiento. Era un tipo alto con una especie de traje de piloto de carreras, de color gris claro y de una sola pieza. Me le quedé mirando sin decir palabra. El hombre rompió el silencio y con un ligero acento extranjero me preguntó.
    -¿Problemas?
    Mientras terminaba de sobarme la cabeza, estuve a punto de decirle que no, que estaba ahí porque en las noches me gusta ver qué tienen los autos bajo el capó, pero me contuve. Podía ser mi salvación.
    -Algo así, -le contesté- creo poder corregir la causa pero este coche no trae herramienta. Es un auto rentado.
El sujeto asintió con la cabeza, se acercó y echó una ojeada al motor.
    -Es aquí -le dije señalando los bornes de la batería en la oscuridad- están aislados por la sulfatación.
De los varios estuches que llevaba en el cinturón, sacó una herramienta muy parecida a lo que conocemos como llave española pero con una sola boca y me la ofreció.
    -¿Es de 7/16? -le pregunté de inmediato.
No me contestó pero hizo un ademan como diciendo, pruébala. Así lo hice. Busqué a tientas el borne y para mi sorpresa, la boca de la llave se iluminó en cuanto la acerqué a la tuerca. ¡Guau! pensé. ¡Qué buena idea! Luego la apliqué y sentí cómo la mordaza se aferraba a la tuerca y la aflojé fácilmente. Con mi navaja me puse a limpiar  los bornes y terminales mientras pensaba lo raro que resultaba un individuo a pie y solo por esos lugares. Supuse que su auto estaría tras la curva anterior. Terminé de montar todo y apreté las tuercas con la llave.
    -¡Es hora de probar! -exclamé. Saqué la cabeza de debajo del capó, esta vez sin golpearme. ¡Voy a echarlo a andar amigo!-  dije con mi mejor sonrisa, pero aquel hombre había desaparecido. Se había ido mientras yo trabajaba y no supe hacia dónde.
    Eché a andar el motor. Encendí los faros y partí rumbo a la próxima población. Por el espejo retrovisor pude ver unas luces ascendiendo por donde yo había estado.
 
    Fue una experiencia inolvidable. Siempre ayudé a personas con problemas en sus coches y en esa ocasión me devolvieron el favor. Desde entonces, por precaución, cargo conmigo esa única llave con luz integrada que se ajusta sola a múltiples medidas. 

martes, 16 de abril de 2013

DE LOS RECUERDOS

Cuando un recuerdo es requerido por la memoria, sale de una circunvolución cerebral y se presenta veloz, sorprendente viajero del tiempo. La memoria se encarga de mantener a los recuerdos convenientemente acomodados en archivos súper comprimidos. En general, los tiene almacenados en stand by, siempre listos para presentarse al frente cuando son llamados. Pero pasa algo curioso e interesante. Las más de las veces, ese recuerdo alerta de pasada a colegas suyos que tienen algo en común con él, ya sea por el tiempo, las circunstancias o cualquier otro tipo de similitud. De ese modo, un recuerdo arrastra consigo a otros de sus semejantes, que se amontonan en el vestíbulo de la memoria para presentarse en la primera oportunidad.
    Si el recordante está solo, se forman ordenadamente según una categoría que ellos mismos establecen, ya sea por importancia o por trascendencia y van compareciendo ante la conciencia de uno en uno, aunque a veces se atropellan entre sí por ganar el privilegio de hacerse presentes. Parecen sentir que esa es su función más importante. Su razón de ser. De seguro saben que un recuerdo olvidado deja de existir, muere y desaparece como si nunca hubiera sido.
    Si el recordante se encuentra en un grupo, se establece una competencia bárbara, terrible, para encontrar el recuerdo más calificado y competir o colaborar con los recuerdos traídos a colación por los demás. En cada uno de los ahí reunidos, hay un recuerdo en la catapulta de la lengua, listo para salir en cuanto un silencio momentáneo lo permita. Esta tremenda competición de los recuerdos tiene lugar en las reuniones de individuos con edades que fluctúan entre los cincuenta y los setenta y tantos años, edades que hacen suponer un acervo de experiencias y conocimientos dignos de haber sido conservados en la memoria. Pueden contar además, con un vínculo común al que deben su tendencia al gregarismo periódico y es generalmente de origen académico o laboral. Esos encuentros resultan fenomenales y tal parece que las edades respectivas en vez de sumarse se restan porque la jovialidad y el buen ánimo campean por sus fueros. Es tonificante convivir y recordar. El espíritu vital regresa y revalora los tiempos idos como si fueran de apenas ayer o estuvieran presentes todavía. Cuando regreso de esas reuniones solo, conduciendo por la autopista, esos recuerdos me acompañan y permanecen conmigo hasta la casa. Ahí se retiran nuevamente a la memoria donde permanecen pacientes, discretos y llenos de vida hasta la próxima reunión.

miércoles, 10 de abril de 2013

CENOTAFIO

Voy camino del final desde el día que nací, pero ahora veo más próximo el extremo de la vía y eso me da mucho qué pensar. Por ejemplo: ¿Qué harán con mi fiambre cuando muera? Como no hay mucho de dónde escoger, tengo que establecer prioridades.
 
1.- Donar mi cuerpo a la Ciencia (eufemismo complejo para decir "a ver qué sirve todavía"), o regalarlo a alguien que aprecie los modelos clásicos. En las colisiones con la vida quedan piezas que no son precisamente chatarra.
 
2.- Lo que quede, deberá ser incinerado en un aparato ecológico para ser congruente con mis preferencias ambientales y
 
3.- Que rieguen mis cenizas desde un Airbus fletado exprofeso, en medio del Pacífico... Bueno, desde una canoa en el centro de Valsequillo.
 
    Hecho esto, sólo quedará mi recuerdo en la memoria de las generaciones futuras, que nunca jamás... Eh, mil disculpas. Me dejé llevar por el optimismo. Lo que quería decir es que por ningún motivo me sepulten. Mi claustrofobia sería terrible y además correría el riesgo, dado mi gran amor por la vida, de que en esas condiciones de humedad y silencio, vaya yo a germinar como frijol y renazca en condiciones nada favorables para un pleno desarrollo. En los panteones, las matas de frijol no son bien vistas pues atestiguan el humilde origen de los sepultados. (Me pregunto: ¿cómo verá un frijol el mundo? ¿será consciente de su segura conversión en volátil fluido? ¿estará dispuesto a aceptar que en su presencia, todos nieguen su paternidad?) Eh... Perdón otra vez por la digresión, pero no lo pude evitar. Es mi omnipresente vena filosófica. Pero retomando el tema, nunca me gustaron los panteones. Son una especie de club al que nadie quiere pertenecer, pero a lo que más temo es a las lápidas. Bueno, no exactamente a las lápidas sino a los epitafios. Según éstos, el noventa y nueve por ciento de los difuntos fueron una maravilla. Sé de buena fuente que algunos de ellos, cuando vivían, redactaron sus propios epitafios, pero son los menos. Yo no podría hacerlo. Mi modestia no me lo permitiría. Además, los extraños que lo leyeran pensarían que mis deudos me faltaron al respeto, porque yo no desperdiciaría la oportunidad de dejar grabada en piedra, la última broma sobre mí mismo.

martes, 2 de abril de 2013

"AS TIME GOES BY"


Las notas salían del saxofón y se deslizaban por mis oídos como el vino por mi garganta. Combinación maravillosa que arrobaba mi espíritu conforme los compases de "A través de los años", trazaban claroscuros en mis ojos cerrados. Suaves roces de luz tierna y sensual bajaban por mi espina estremeciéndome el cuerpo. Un impulso me hizo abrazarla y  bailar con ella ahí, sentado en aquel bar neoyorquino. Su cuerpo en blanco y negro se fue esfumando con la agonizante melodía y mis brazos quedaron llenos de su ausencia.

martes, 26 de marzo de 2013

LA CASONA

    -Te digo que lo vi, Juan. ¡Si no estoy loco!
    -Si no dudo de tu cordura. Dudo de su existencia.
    -No puedo probar que existe -añadió Luis desanimado- no tengo evidencia.
    -Es obvio.
    -Es que para ti es muy fácil decir que no existe porque no lo has visto.
    -Mira. -condescendió Juan- Te propongo algo. ¿Qué te parece si mañana por la noche vamos los dos a la casona?
    -¿No te da miedo? -en la cara de Luis se dibujó una sonrisa maliciosa.
    -¡Por supuesto que no! No puedo temer a algo que es irreal, que sólo está en tu imaginación.
    -Bueno, sí tengo mucha imaginación pero...
    -¡Sin peros! Nos veremos aquí en mi casa. ¿Te parece bien a las once?
    -¡Hecho!
    -Bien. De aquí nos iremos en mi coche.

    En un antiguo barrio de la ciudad, la vieja mansión de los años treinta, abandonada y ruinosa, mostraba todavía residuos de sus años mozos. Contra lo que podría suponerse, no había sido convertida en refugio de vagabundos o malvivientes. Sus puertas sin cerrojos daban paso franco al que quisiera entrar.

    Al llegar, estacionaron el auto frente a  la casa. Abrieron la reja y entraron. Juan llevaba en la mano una pequeña linterna. En el interior, la oscuridad era casi total.
    -Camina con cuidado Luis -advirtió Juan- no vayas a tropezar con algo.
    -Está bien. Tendré cuidado. ¿Dónde dices que se ve eso?
    -Es en el sótano. Hay que bajar unas escaleras que están por allá. -dijo mientras iluminaba un hueco en un rincón.
    Los amigos bajaron. El olor a humedad se mezcló poco después con un ligero tufo eléctrico, como de cable quemado. Penetraron en las tinieblas del sótano. En un costado del mismo, se veía el marco de una puerta desaparecida.
    -¡Es ahí, mira! ¡Es ahí! -exclamó Luis- Apaga la linterna.
    Poco a poco, sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad y pasado un momento empezaron a ver cómo el marco de aquella puerta emitía un suave fulgor.
    -¿Lo ves? ¿Lo ves?
    -Sí, lo veo. Es... extraño. Entremos.

    Tres días después, la policía encontró el auto de Juan frente a la casona y los buscaron por todas partes. De los dos amigos, nadie volvió a saber nada.