
La familia siempre utilizaba el automóvil para los viajes cotidianos entre la casa y la escuela, las idas al súper y desde luego los fines de semana a la casa de campo. Ahí es donde me sentía más libre a lo largo y ancho de los prados. Un viernes por la tarde partimos hacia allá. El auto era muy amplio, lo que me permitía moverme con toda libertad. Recuerdo que en algún momento la ciudad se ocultaba tras los muros de un viaducto subterráneo; la sensación de irnos desplazando se acentuaba por el paso intermitente de las lámparas del túnel. Salimos a la superficie. Media hora después, la ciudad quedó atrás y tomamos la carretera. Ya había oscurecido. Las luces del auto trataban infructuosamente de adivinar el camino entre la niebla que indecisa, se presentaba de golpe o se atenuaba por momentos. La pequeña Nina, como frecuentemente lo hacía, pidió con insistencia una "escala técnica". Su padre detuvo el vehículo a la orilla del camino y ambos salieron entre la niebla tibia, ella a lo suyo y él a estirar las piernas. Poco después, el vehículo partió dejando en el pavimento una mancha oscura y aceitosa. Retomó el camino con rapidez y aceleró en la recta. De pronto, un espeso banco de niebla ocultó el camino. Pasaron dos segundos entre la aplicación de los frenos y su inutilidad. La recta terminó y en la curva, fuera del camino, un robusto árbol interrumpió violentamente la trayectoria del vehículo. El impacto fue terrible. Algunas ramas cayeron sobre el auto. Yo salí rebotando por una puerta que se había abierto y quedé inmóvil sobre la hierba. Pasaron muchos minutos de silencio. Cuando los paramédicos llegaron y la policía se hizo cargo del lugar, los agentes se preguntaban qué habría pasado. Me levantaron y me llevaron con ellos. Nadie me preguntó nada. Hasta ahora, la policía jamás ha interrogado a una pelota.