martes, 3 de mayo de 2011

INGRATO

- ¡Buenas tardes! ¿El señor Jules?
- El mismo. ¿Quién le busca?
- ¿No me reconoces Jules? - contestó el interpelado.
- Ciertamente no, señor.
- Bien. Eso comprueba lo que siempre he dicho. Una vez agotada la veta, se abandona la mina.
- ¿Perdón? No le comprendo.
- Por favor Jules. Deja ya de fingir que no me conoces. ¡Vamos!
- ¡Señor! ¡Se aproxima mucho a la impertinencia! No creo conocerle y mucho menos haberlo tratado como para que usted me tutee.
- ¡Ah! Ahora resulta que soy un desconocido. Por favor Jules, haz un esfuerzo y mírame. ¿De veras no recuerdas quién soy?
- ¡Basta señor! ¡No sé cómo llegó hasta aquí pero sí sé que se irá inmediatamente por donde vino!
- ¡Jules! Por favor...
- ¡Fuera he dicho!
- Está bien - dijo el extraño y se retiró de ahí con pasos breves y apesadumbrados. La cabeza baja, los hombros caídos y el semblante entristecido. Más allá, le esperaba otro hombre de quizá su misma edad.
- ¿Qué pasó? ¿Le ha reconocido?
- Para nada.
- ¿Le habéis dado vuestro nombre?
- Desde luego que no. Eso hubiera destruido la validez de la prueba.
- Sí, por supuesto pero...
- No hay pero que valga amigo Maston. Hemos comprobado que pasamos al olvido más rápido de lo esperado.
- Desgraciadamente así es señor Barbicane. ¡Más rápido que una bala de cañón! - dijo Maston y ambos empezaron a reír.
- ¡Vamos amigo! Tome nota de este domicilio - dijo Barbicane - porque seguramente con el tiempo a esta calle le cambiarán el nombre.
J.T. Maston tomó nota: Blvd. Longueville 44 Amiens, France. Hecho esto, ambos hombres caminaron y se desvanecieron lentamente en la penumbra del anochecer.