La luz de los candiles se filtraba por los vitrales de la hostería e iluminaba tímidamente las baldosas de la calle. La puerta abierta en su jamba de cantera no había cambiado nada y le invitaba a entrar. Lo hizo, y muy lentamente, midiendo sus pasos, caminó por entre mesas y gente que, como noche de domingo, llenaba bien el lugar. Buscando vio con agrado que su sitio favorito estaba desocupado. Se aproximó y tomó asiento. Empezaron sus recuerdos a danzar en derredor, escenas de sus apuestas, de sus muchos juramentos, de sus retos y osadías; los rostros acusadores de aquellos que habían probado la fiereza de su acero y las imágenes tristes de todas las que había amado, engañado y olvidado. Los ojos se le anegaron y lamentó tanto daño. Se puso en pie de repente y olvidando toda clase de recato, todos a una le vieron por el grito que lanzó. Se hizo un silencio total y en medio del estupor, desnudó la toledana, la tomó por los extremos y con un segundo grito, en dos partes la rompió. Una ráfaga de viento se abrió paso por la puerta. Los candiles se apagaron y cuando los encendieron, la figura de aquel hombre había desaparecido. Sobre la mesa quedaron los pedazos de la espada. La familia Buttarelli los conservó por un tiempo. La hostería aún existe, se llama la del Laurel.
Contamos los que lo vimos que en la hoja de la espada, cerca de la cazoleta, estaba grabado un nombre. Se leía: Don Juan Tenorio.
