
La noche me alcanzó cuando faltaban unos ocho kilómetros para llegar a mi destino. Aquella brecha, mal llamada camino, era un verdadero infierno de hoyancos y piedras por los que las ruedas de la camioneta apenas podían pasar. Era un tramo de selva por lo que las ramas de los lados rozaban constantemente la carrocería, con el escalofriante rechinido de unas garras que trataban de atraparme. Las luces del vehículo subían, bajaban y se mecían de lado a lado siguiendo el ritmo del volante que trabajaba incansable para evitar los obstáculos. La pendiente descendente fue disminuyendo su inclinación y la selva pareció entrar en retirada cuando llegué a la parte llana, pero las zanjas y los bordos seguían ahí. - ¡Qué bueno que no es temporada de lluvias! - Me dije tratando de ver el lado bueno de la situación. - Esto, mojado sería imposible. - Seguí avanzando con la transmisión en primera, lentamente, siguiendo el rastro de mis luces. Después, todo sucedió en menos de cinco segundos: del cielo bajaron dos luces que se aproximaron rápidamente y en línea recta de frente a la camioneta. Apenas tuve tiempo de frenar. Las luces llegaron velozmente intensificando su brillo. Un golpe seco y un sonido espeluznante me hicieron saltar espantado en el asiento; algo había cubierto el parabrisas y resbalaba lentamente. Quedé paralizado por la impresión durante unos instantes. Luego, sobreponiéndome, saqué la linterna de la guantera y la encendí. El parabrisas estaba roto y una masa informe lo cubría. Muy despacio, bajé de la cabina y temblando revisé por fuera.
Ya me había dicho mi papá que las lechuzas se encandilan con las luces de los faros.