
Dormía en mi banca favorita de la plazuela sombreada por los árboles. Habían montado un tablado y me despertó un cantante otoñal vestido de charro, que entretenía a la escasa concurrencia con algunas interpretaciones. Su talento era acompañado con pistas de mariachi que se dejaban oír por dos altoparlantes. Escuché una canción ranchera con la que aquel hombre pretendía "sacar juventud de su pasado" y aplaudí con beneplácito. Pero después ¡ay mamá! Tuvo el placer de presentar a "su hijita", rolliza mujer de unos treinta años que seguramente regresaba de comprar el pan, ataviada con una especie de guayablusa verde limón y pantalones sintéticos de color azul. En cuanto tomó el micrófono se disculpó por su atuendo tan inadecuado para la ocasión, pero que eso no importaba pues el espíritu patriótico no requiere de caracterizaciones superfluas y que lo que realmente valía era el deseo de agradar al respetable y ¡qué caray! ser mexicano. Le pusieron una pista musical y tras los primeros acordes, arrancó a destiempo y de su desafinado pecho que no era ronco, ¡faltaba más! salió algo parecido a un famélico lamento que pretendió alcanzar una nota que escapó muerta de la risa. No sólo no dio el tono sino que el aire se le acabó cuando le faltaban seis corcheas. La música grabada no perdona. El mariachi electrónico nunca la esperó y terminó por dejarla rezagada. Como dijo un personaje: "¡Fue horrible, fue horrible!". Pero lo peor vino después. Terminó la canción "a capella" con gran desparpajo y, fiel a sus conceptos gritó ¡viva México!, hizo una profunda caravana y el público sobreviviente tuvo el desenfado de aplaudirle, apreciando tal vez el esfuerzo y el valor.
Yo no pude hacerlo. No puedo ser hipócrita. Me despertaron con un espectáculo de dudosa calidad y ahora me costaría trabajo volver a conciliar el sueño. No cabe duda. Las fiestas patrias provocan la relajación de los valores artísticos y mi banca favorita deja de ser, en esos días de Septiembre, el mejor lugar para dormir. Pero bueno, siempre me queda un recurso... ¡Salucita!