
Las pequeñas olas ondulaban el reflejo del celaje. Tantas veces las había visto que ya sólo le faltaba identificarlas por su nombre, si acaso lo tenían y si no, se los podría haber puesto. Las miraba fijamente, como hipnotizado, y estaba seguro de que la novena de cada serie era siempre mayor que las demás y por lo tanto hacía más espuma. Entretenimiento inocuo el del coronel, logrado a base de pretender ignorar la llegada de la lancha del correo hasta el preciso momento de su arribo. Era un ejercicio de catarsis o de evasión con el que le restaba importancia a su ansiedad de saber si ahora le contestaban sus misivas. Admirable persistencia, afán desconsiderado contra sí mismo; tortura cíclica y profundas decepciones perfectamente sincronizadas con la llegada del correo. Cada desencanto no hacía sino reforzar la esperanza de que la próxima sería la buena. La embarcación llegaba y partía como siempre, dejándole lleno de nada.
Dicen que un hombre bien nacido sólo espera cosas buenas de la vida. El coronel era un hombre bien nacido por lo que en cada ocasión regresaba a su casa con el espíritu contradictoriamente lleno de tristeza y de renovadas esperanzas. La opción terrible de comerse el gallo quedaba descartada. Tampoco lo vendería y desde luego que jamás lo arriesgaría en una pelea. ¡Faltaba más! El pragmatismo de su esposa lo sacaba de sus casillas. Era una cuestión de valores que ella, o estaba lejos de entender o le importaba un rábano. Él se inclinaba por la primera opción. Era un caballero. La lancha del correo partió de nuevo dándole fin a un capítulo más e iniciando uno nuevo, con el mismo argumento, las mismas locaciones y los mismos personajes pero con una fe aún más profunda. Seguiría esperando y si llegara al extremo de perecer de hambre, ¡Qué caray! Él y su esposa ¡Comerían mierda!