martes, 11 de octubre de 2011

¡FUNCIONA!

El individuo me abordó discretamente junto a los sanitarios en el aeropuerto de Kabul. Como es natural, yo me comporté desconfiado. En el lugar pululaban operarios gringos de cuanta corporación puedan ustedes imaginar y elementos del ejército armados como si fueran a combatir fuera de nuestro planeta. El misterioso sujeto pretendía pasar inadvertido pero su fisonomía y sus ropas lo hacían parecer como un auténtico mujaidín. Es más, creo que era un mujaidín. Sus expresivos ojos denotaban angustia y temor. Se acercó a mí y me dijo por lo bajo.
    -Necesito ayuda. Esto es para usted. - dijo mientras intentaba darme un pequeño objeto que traía en la mano, a lo que yo me rehusé.
    -No, gracias, no me interesa. - le respondí al tiempo que me mostraba en su palma un anillo dorado bastante... barroco.
    -Créame que se está perdiendo de algo verdaderamente maravilloso.
    -No, no me interesa. De veras.
    -Perdóneme que insista. Acéptelo. ¡Es un regalo! Usted es la única persona en este lugar, que merece este verdadero tesoro. Le aseguro que esto no es para cualquiera. ¡Usted es un elegido!
    -¿Si? ¿Quién me eligió?
    -Pues... ¿Me creería que han sido las Energías Universales?
    -¡¿Las qué?!
    -¡Las energías que crean, transforman y destruyen el Universo! - me respondió vehemente.
    -¿En ese anillo? - exclamé incrédulo.
    -Bueno, debo decirle que el anillo es una especie de condensador de esa energía. Algo así como la clave para abrir una caja de caudales.
     Esa última metáfora logró captar mi atención, por aquello de los caudales.
    -Está bien. ¿Cuánto quiere por él?
    -Señor, - me contestó un poco resentido - esto es más serio de lo que usted cree. ¡Le dije que es un regalo! Sólo tiene que seguir mis instrucciones. Mi vida está en peligro. Los agentes americanos darían la vida por atraparme. No por mí. Por este anillo. Mi buena fe es absoluta y para demostrárselo, tenga. Póngaselo usted.
    No bien me lo puse, un tropel de agentes penetró corriendo por el extremo del corredor a mis espaldas. El rostro moreno del hombre palideció a un color gris exangüe.
    -¡Míreme a los ojos! - me dijo - ¡No deje de mirarme y gire la cara del anillo hasta que haga click! - Así lo hice y de pronto me encontré mirando a la pared. El hombre sencillamente ¡había desaparecido! Los agentes pasaron junto a mí, entraron al baño, salieron y se dispersaron por los pasillos del aeropuerto.

    Tengo el anillo y algunas ideas de lo que puedo hacer con él pero me queda una duda. Aquel hombre ¿a dónde se fue?