
ESCENARIO
Avanzaba sigilosamente por entre los matorrales. Sus ojos buscaban afanosos tratando de penetrar el tupido follaje y sus oídos estaban atentos a cualquier ruido que delatara la presencia de su presa. La abundante transpiración le empapaba el cuerpo y se evaporaba rápidamente manteniéndolo fresco en aquel zumbante infierno vegetal. El olor a descomposición orgánica y el incesante acoso de millares de mosquitos parecían no molestarlo en absoluto. Se diría que formaba parte del medio y se integraba en él de tal manera que sus movimientos pasaban inadvertidos. La piel morena obscura tensada sobre unas carnes magras y correosas; el cabello y la barba hirsutos y crecidos y su andar agazapado, completaban la imagen del primitivo cazador.
Él y un grupo de seis más habían salido por la madrugada y ahora se encontraban en plena cacería. El sol cenital se esforzaba por hacer llegar sus rayos hasta el suelo a través de las frondas y donde lo lograba, pequeñas e irregulares manchas de luz vestían de camouflage la inmovilidad del follaje. Ahora, por tercera vez en el día volvía a llover. Una lluvia silenciosa y fina cuyas gotas parecían no tener prisa en caer. Una lluvia tibia, balsámica, relajante. Durante unos minutos, las aves y los insectos callaron para dejar a las nubes ejecutar su canto líquido acompañado tenuemente por las percusiones de las hojas. Al terminar, la ovación de las aves y los insectos se dejó escuchar prolongadamente. Pronto llovería de nuevo y los finos aplausos de la lluvia corresponderían con entusiasmo en ese eterno juego de papeles. Sólo el viento, expectante, guardaba silencio.
La presencia del hombre parecía no perturbar la vida en esa selva. Sin embargo, mirando con atención, todos sus movimientos eran observados por cientos de ojos cuyos propietarios guardaban precavido silencio y permanecían inmóviles en su proximidad. Así, cuando el hombre se quedaba quieto, al poco rato se reanudaba el movimiento y la actividad en su alrededor como si él no existiera; como si se hubiera convertido en árbol. El cazador sabía muy bien esto y sólo movía los ojos y aguzaba el oído durante esos periodos de acechante inmovilidad. El hecho de no hacer viento ampliaba a un gran círculo el campo de sus expectativas. La presa podía venir de cualquier dirección. Un tenue rumor a sus espaldas lo hizo iniciar un lento giro. Primero la cabeza, despacio, con los ojos muy abiertos y el aliento contenido; las manos nervudas crispadas sobre el arma. En un pequeño claro a escasos cinco pasos de donde se encontraba, apareció de pronto una familia de pequeños mamíferos que en fila india cruzó el claro tan rápidamente que no le dió tiempo de hacer nada. Respiró profundamente con una mezcla de alivio y frustración.
Relajó los múculos y reanudó la marcha agachado y cauteloso, con los sentidos alerta y mirando muy bien dónde daba cada paso. Hacía rato que estaba consciente de su soledad pues en algún momento se había separado del grupo. La cara sudorosa, los ojos inyectados en sangre y los labios resecos acentuaban el salvajismo de su fisonomía. Al poco andar, el rumor de una corriente de agua lo llevó hasta un arroyo donde sin soltar el arma hundió la cara en el refrescante flujo y empezó a beber. En eso, sobre el barro húmedo de la orilla opuesta, descubrió las huellas. Huellas frescas de ciervo, un macho adulto seguramente a juzgar por el tamaño y la profundidad. Levantó la cabeza, escudriñó los alrededores y se puso en marcha ahora sobre el rastro de una buena posibilidad. Reanimado por el agua, avanzaba con seguridad sobre las huellas. Subió colinas, cruzó barrancos y se rasgó la piel con los arbustos espinosos siempre con la vista en el rastro del venado. El viento de la tarde empezó a soplar, afortunadamente hacia él, al tiempo que en un recodo las huellas se metían a una hondonada que elevaba sus paredes a medida que se penetraba en ella. De improviso se detuvo quedándose paralizado. Las huellas ya no iban solas. Un escalofrío agudo y prolongado le recorrió la espalda al identificar el rastro de un enorme gato y sintió que las piernas se le doblaban al retomar consciencia de su soledad.
Ahora debía tomar una decisión. O seguía adelante arriesgándolo todo o regresaba a casa con las manos vacías después de tanto tiempo sobre el rastro. El sol empezaba a declinar en el horizonte y ahí, en la hondonada, parecía haberse ocultado ya. Estaba a punto de dar media vuelta y regresar sobre sus pasos cuando llegó a sus oídos el inconfundible rugido del gran gato. No debía estar muy lejos pues el viento traía de vez en cuando, a través de la hondonada, el penetrante olor del felino, ahora combinado con el almizcle del venado. Decidió avanzar y jugársela en el poco tiempo de luz que le quedaba. No tenía duda de que el felino había atacado ya al venado y aunque pudiera estar entretenido con la presa podría ser más peligroso al defenderla. Caminó decidido casi olvidando ocultarse sabiendo que su enemigo estaría al frente. Poco después pudo percibir, tras los arbustos, breves gruñidos de la fiera y algunos movimientos irregulares en la hojarasca. Extremando ahora sí sus precauciones se deslizó sin hacer el menor ruido apoyando el peso de su cuerpo poco a poco sobre cada pie, al avanzar paso a paso hasta el borde de los arbustos. Sus facciones simiescas se petrificaron y cada músculo de su cuerpo se tensó como una muelle de acero al incorporarse lentamente blandiendo el arma con mano decidida. Ahí estaba el de las grandes zarpas con las fauces aún cerradas sobre el hocico de su víctima derribada. En esa posición, con los cuartos traseros levantados y la cola agitándose en el aire con ondulantes movimientos, el felino no parecía estar matando sino jugando con su presa. El viento impredecible, al remolinear al final de la hondonada, llevó de pronto el olor del hombre a los sentidos del gato que se irguió veloz soltando a su víctima ya muerta y detectando en un instante la ubicación del hombre solitario, acometió como un relámpago. Un terrible alarido sacudió la selva acompañado de un rugido que llevaba todo el salvajismo de todas las fieras. La lanza halló su blanco en el cuerpo del felino y los colmillos del gran gato encontraron también, en su fulminante ataque, la garganta del cazador. Momentos después el sol se ocultaba y tres cuerpos inertes yacían en aquel obscuro escenario de la selva.
Todavía no se disipaban los ecos de la lucha cuando la lluvia, los pájaros y los insectos desataron su ovación, esta vez acompañada del fogonazo del rayo y el estampido de un trueno que se fue alejando por los montes repitiendo la historia.