La guerra, el sometimiento, la injusticia, la opresión, la muerte. Lugares comunes que, arrastrados por el primero, han sido desde siempre uno de los acontecimientos más temidos por los pueblos. La voz de las armas se deja escuchar y no entiende razones ni ve diferencias. Los valores se trastocan y se impone la barbarie. Ella lo sabía. Lo había sabido siempre. Al principio la asaltó el temor de ser arrastrada por los acontecimientos como una piedra en el torrente pero, después de varias semanas de sufrir el asedio de su ciudad, se vio a sí misma convertida en el torrente. No sería una piedra más. Formaría parte del caudal que todo lo arrasaba. Se había convertido en parte de la causa.
Esa noche se introdujo hábilmente en los cuarteles enemigos sin intentar ocultarse. Su belleza y presencia le franquearon todos los accesos. Llegó hasta los aposentos del comandante enemigo donde en esos momentos se servía la cena. El general, al verla, le ofreció un asiento junto a él. Circularon las viandas y el vino corrió generosamente. Los músicos acompañaban el evento haciendo olvidar por momentos que la guerra estaba ahí afuera como un tigre agazapado. Varias horas después, los oficiales se retiraron uno a uno. El general pidió más vino y ordenó a los músicos que los dejaran solos. Estaba ya muy ebrio y ella hábilmente lo acomodó en sus brazos y lo arrulló de tal manera que quedó dormido profundamente. No sé si así fue en la realidad. Como haya sucedido carece de importancia. Lo que cuenta es el hecho de que al día siguiente el ejército asirio descubrió que su escala de mando había quedado acéfala.
Holofernes jamás pensó que su propia cimitarra sería utilizada para romper el sitio de Betulia y menos que sería empuñada para cortarle la cabeza de dos tajos por la agente especial del ejército israelita cuya clave se desconoce pero pasó a los relatos bíblicos con el nombre de Judith.
Para más detalles ver Judith 13, 6-8.
