Salió disparado por la bocacalle. Sin detenerse, cruzó por el camellón y recorrió una cuadra por la acera hasta la esquina. Ahí dio la vuelta a la izquierda y avanzó veloz por dos cuadras más para llegar hasta una amplia avenida. Tomó por ésta y corrió por ella durante seis calles sin detenerse ni bajar la velocidad. Cruzó en diagonal por los andadores de un jardín y se coló entre los grandes macetones de una calle peatonal, ahorrándose un rodeo de dos manzanas. Llegó a una unidad habitacional, subió a la banqueta y corrió raudo por las veredas zigzagueantes haciendo alarde de equilibrio y habilidad. Llegó al edificio 43-A, bajó de la moto y subió de dos en dos los escalones al primer piso, luego al segundo y ya iba por el tercero cuando resbaló, tropezó y rodó aparatosamente escaleras abajo. Cuando se detuvo daba lástima. Su ropa estaba enrojecida de catsup y las rodajas de salami decoraban su camisa sobre un embadurne de mostaza. Hebras de queso derretido unían su cara con sus manos. Mirando el batidillo, solo atinó a comentar: ... ¡Y mi madre dice que la moto es peligrosa!
