martes, 28 de diciembre de 2010

DESPERTARES


Por veleidades del destino, aquel hermoso gallo había pasado una semana en el pueblo. A su regreso, las gallinas de la granja le cuestionaron sobre su estancia en aquél. Con una mezcla de orgullo y modestia, el gallo les contó que sólo había sido un viaje de negocios y que nada más había cumplido con su trabajo. A la mañana siguiente el gallo no cantó. Las gallinas, argüenderas como siempre, dedujeron que si ya no cantaba, algo más importante podría fallar y eso no lo iban a permitir. Nombraron de inmediato un comité para interrogar al gallo sobre su omisión. Le encontraron acurrucado en su palo fingiendo dormir. Ante la presión del interrogatorio confesó que, mientras estuvo en el pueblo, dormía en el cuarto del patrón. Fiel a su instinto y tradición, cantó los dos primeros días a las cinco de la mañana, sólo para recibir un zapatazo en ambas ocasiones y que una hora después, una especie de gallo mecánico despertaba al patrón con su canto estridente. Obviamente, los días siguientes guardó silencio para evitar el zapatazo y adquirió rápidamente el hábito de no cantar.

Las gallinas quedaron satisfechas con la explicación. El gallo pidió disculpas y prometió reasumir sus labores acostumbradas a partir del día siguiente.

martes, 21 de diciembre de 2010

EL TÚNEL


Sorprendido por las luces rojiazules de las patrullas policíacas que se veían en el lugar donde había dejado el coche, cerca de la carretera, apresuré el paso para ver qué estaba sucediendo y ... bueno, veamos desde el principio.

Como lo hago con frecuencia en diferentes lugares, ese día decidí caminar por un bosque en el que existe una barranca formada por aguas de montaña y estaba seca en esa temporada. Como siempre, llevaba conmigo mi cámara fotográfica en busca de buenas imágenes de la naturaleza. Las barrancas tienen la ventaja de formar siempre un fondo cerrado y rico en colorido en cualquier dirección en la que mires, sin el temor de retratar un coche o una casa en el último plano. Avancé por el fondo de la barranca despacio, tranquilo y disfrutando del lugar al tiempo que tomaba algunas fotografías. Al poco rato observé, a media altura sobre las paredes del tajo, un matorral con una bella combinación de hojas y decidí hacerle algunas tomas. Con cierta dificultad fui trepando hasta ese punto. Busqué un buen ángulo y disparé varias veces. Luego, para variar, traté de colocarme detrás del matorral y fue entonces que lo descubrí. Estaba muy bien disimulado tras las hojas. Tendría cosa de un metro sesenta de alto por unos noventa centímetros de ancho. Era rectangular y obviamente artificial. El túnel, o al menos la entrada, se encontraba al final de una gran curva en la pared interior de la barranca. Podía verse hacia adentro poco más de tres metros y más allá, oscuridad.

Es obvio que un túnel así debe llevar a alguna parte, o al menos eso pensé. Intrigado, saqué mi lamparita de bolsillo y agachado, empecé a caminar internándome poco a poco en la oquedad. Lo primero que noté fue que no había huella alguna en el polvo del piso, sólo las mías y bien marcadas. Nadie había entrado por ahí en mucho tiempo. Luego, sólo por probar, apagué la lámpara. La oscuridad era absoluta. No se veía ya la entrada por lo que deduje que el túnel describía una suave curva. No había arañas ni murciélagos; de hecho no había nada. Así avancé por unos veinte minutos y ya pensaba en regresar cuando casi de pronto llegué a la salida. No la vi llegar porque no había luz. ¡Era de noche! Consulté mi reloj. Las once. ¡Yo había llegado a las nueve! Una terrible confusión mental me invadió de inmediato. A la luz de la luna, comencé a bajar hasta el fondo de la barranca y orientándome, enfilé rumbo a donde dejé el coche.

Fue cuando alcancé a ver a lo lejos las luces de la policía y me apresuré a llegar pensando que algo había pasado. Al llegar, las personas que estaban ahí voltearon a verme. De inmediato distinguí a varios amigos y compañeros de trabajo que me miraban como si estuvieran contemplando un muerto. Uno de ellos se acercó a mí y con los ojos muy abiertos me preguntó si estaba bien. Le contesté que sí, pero muy confundido y a mi vez le pregunté qué pasaba. ¡Que qué pasa! Me contestó en un grito. ¡Que te desapareciste durante cinco días! ¡Te dábamos por muerto o secuestrado! Hace un par de horas la policía encontró tu coche y se hizo cargo. Pues ¿Dónde estabas?

Las sesiones con la psicóloga se me están haciendo interminables y no me han servido de nada. Ahora está planeando hacerme una regresión hipnótica para ver en donde estuve. Según dicen, en esa barranca no existe ningún túnel. Lo único cierto es que ese túnel, exista o no, me ha robado cinco días de mi vida en menos de media hora.

martes, 14 de diciembre de 2010

CARABELA




La habitación era muy oscura. A través de los vitrales de la ventana se filtraba un poco de luz; era luna llena y parecía ser de madrugada. Despertaba de un sueño inquieto. Me incorporé en la cama tratando de ajustar mis ojos a la penumbra del cuarto del que apenas percibía los muros. Se apreciaba un gran ropero con lunas, una cómoda y una mesa adosada a la pared donde reposaba un aguamanil blanquecino. Me di cuenta de que me encontraba en algún hostal medieval, más que nada por la forma de la ventana y los colores del vitral, pero ¿Qué estaba haciendo ahí? Lo último que recordaba era... ¿Qué era? No recordaba nada. Decidí esperar a que amaneciera.
Las horas pasaron y la aurora se colaba poco a poco en la habitación. Pude ver una gran mesa. Me levanté y me lavé la cara en el aguamanil. Busqué mis ropas y no las encontré. Tampoco mi teléfono celular ni mi reloj. En el ropero hallé ropa limpia más o menos de mi talla. Al terminar de vestirme me miré al espejo y no pude evitar reírme. Parecía personaje de opereta.
En ese momento tocaron a la puerta. La abrí para encontrarme no con el botones que yo esperaba me explicara dónde estaba y tal vez la razón de mi presencia allí, sino con tres caballeros con atuendos parecidos al mío. Descubriéndose se presentaron hablando en perfecto portugués, lengua que en mi vida pensé dominar pero que ahora entendía perfectamente. Los hice pasar y tomamos asiento alrededor de la mesa. El que dijo llamarse Gil Eanes desplegó unos portulanos y me explicó una teoría para navegar hacia las Indias rodeando el continente africano, que se suponía abierto por el Sur. Hasta la fecha no se había intentado navegar más allá de las islas Canarias. Pero él y otros osados navegantes, sin perder de vista las costas africanas, habían superado el Cabo del Miedo (Cabo Bojador) y sacado provecho de la Corriente de las Canarias que fluye bordeando la costa hacia el Sur, para llegar a lo que en ese entonces se llamaba Guinea pero, y aquí venía el pero, para regresar por el mismo rumbo se encontraban con la corriente en sentido opuesto, haciendo de la empresa algo muy difícil y por el tiempo requerido, incosteable. Deseaban apelar a mis conocimientos para trazar una nueva ruta de regreso hasta Lisboa. Don Gil Eanes había ideado una forma de evitar la Corriente de las Canarias. Consistía en zarpar del Golfo de Guinea hacia el Oeste siguiendo la línea ecuatorial y después arrumbar al Norte describiendo un gran arco; pasar por el Oeste de las Canarias para evitar la corriente y regresar a Portugal.
Todo estaba muy bien en teoría, sólo que la mayor parte del viaje pasaría sin ver tierra en el Atlántico abierto. El terrible Mar Tenebroso donde monstruos marinos y toda clase de tormentas se encargaban de hacer naufragar a los que osaban invadir sus aguas. Sin embargo, para ser marino, Don Gil era más pragmático que supersticioso y apoyándose en imprecisos relojes de arena (ampolletas); primitivas crucetas hechas de madera y la imprescindible brújula, creía poder establecer una nueva ruta comercial entre Portugal y las costas de África para empezar, y de ahí darle la vuelta al continente para llegar a las Indias. Sólo había un pequeño problema y ahí era donde entraba yo. No sé cómo pero averiguaron que yo era un experto en el diseño de embarcaciones y me rogaron que les desarrollara un navío de regular tamaño, de gran capacidad de carga y con un casco que le permitiera navegar a buena velocidad y capear al mismo tiempo las violentas olas del Atlántico. El proyecto requería un diseño nuevo de los aparejos, velas, jarcias, mástiles y timón, pues la nave debía ser muy maniobrable con vientos de través. En otras palabras, tenía que ser una embarcación muy marinera. Discutimos un buen rato sobre la conveniencia de combinar velas cuadradas con latinas y la necesidad de una arboladura con tres mástiles y bauprés para aprovechar los vientos al máximo. ¡Estábamos inventando la carabela!... El rugido estruendoso de un tractocamión me despertó sobresaltado en ese momento pues me quedé dormido en el auto a un lado de la carretera, cansado, extraviado y con el GPS en la mano, tratando de encontrar el camino de regreso a casa.

lunes, 6 de diciembre de 2010

VIEJO SABIO


Muchas veces he ido a verlo. Muchas veces he hablado con él. Muchas veces le he expuesto mis razones y muchas veces también, estoy seguro, me ha escuchado. Si bien siempre ha seguido haciendo lo suyo como si yo no estuviera ahí, como si yo no existiera, he percibido que lo hace para que yo no me dé demasiada importancia. Así fue hasta que hace poco me di cuenta de que él escuchaba mis interminables monólogos pero nunca me contestaba ni me decía nada, por la sencilla razón de que yo nunca le dejaba hablar, ni le cuestionaba ni le pedía su opinión. Me permitía desahogarme y para mí eso había sido suficiente, hasta ese día.
Llegué y como siempre, él estaba ahí. Tomé asiento y contra mi costumbre guardé silencio. Sólo me quedé mirándolo pues esta vez no iba preparado. Quizá ahora no tenía nada importante qué decir o no había organizado mis pensamientos. No lo sé, pero entonces sucedió algo extraordinario. De pronto me habló, mesurado y suave, alargando las últimas sílabas. Luego hizo una pausa que me pareció eterna y volvió a expresarse de la misma manera. Fue así que al poco rato de escucharle descubrí la clave de su lenguaje. ¡Era música! Durante algunos minutos percibí larguísimos compases donde sin necesidad de polifonía alguna empecé a escuchar el Universo. Los prolongados y rítmicos silencios resaltaban la única nota que algunas veces sonaba pianíssimo y otras tronaba con un forte maestoso. Embelesado, lo dejé ejecutar su sinfonía. Cerré los ojos y disfruté profundamente.
Hace tiempo que mis monólogos callaron. Hace tiempo que lo visito nada más para escucharlo. No necesito contarle nada. Es tan viejo que lo sabe todo y si bien tiene un carácter bastante disparejo, me tranquilizan y fascinan sus brisas placenteras y me sorprenden y estremecen sus vientos y huracanes. Sí. Hube de dejar en casa sonidos y palabras y llenar mi mente de silencio para escuchar el eterno lenguaje del Océano.