
Sorprendido por las luces rojiazules de las patrullas policíacas que se veían en el lugar donde había dejado el coche, cerca de la carretera, apresuré el paso para ver qué estaba sucediendo y ... bueno, veamos desde el principio.
Como lo hago con frecuencia en diferentes lugares, ese día decidí caminar por un bosque en el que existe una barranca formada por aguas de montaña y estaba seca en esa temporada. Como siempre, llevaba conmigo mi cámara fotográfica en busca de buenas imágenes de la naturaleza. Las barrancas tienen la ventaja de formar siempre un fondo cerrado y rico en colorido en cualquier dirección en la que mires, sin el temor de retratar un coche o una casa en el último plano. Avancé por el fondo de la barranca despacio, tranquilo y disfrutando del lugar al tiempo que tomaba algunas fotografías. Al poco rato observé, a media altura sobre las paredes del tajo, un matorral con una bella combinación de hojas y decidí hacerle algunas tomas. Con cierta dificultad fui trepando hasta ese punto. Busqué un buen ángulo y disparé varias veces. Luego, para variar, traté de colocarme detrás del matorral y fue entonces que lo descubrí. Estaba muy bien disimulado tras las hojas. Tendría cosa de un metro sesenta de alto por unos noventa centímetros de ancho. Era rectangular y obviamente artificial. El túnel, o al menos la entrada, se encontraba al final de una gran curva en la pared interior de la barranca. Podía verse hacia adentro poco más de tres metros y más allá, oscuridad.
Es obvio que un túnel así debe llevar a alguna parte, o al menos eso pensé. Intrigado, saqué mi lamparita de bolsillo y agachado, empecé a caminar internándome poco a poco en la oquedad. Lo primero que noté fue que no había huella alguna en el polvo del piso, sólo las mías y bien marcadas. Nadie había entrado por ahí en mucho tiempo. Luego, sólo por probar, apagué la lámpara. La oscuridad era absoluta. No se veía ya la entrada por lo que deduje que el túnel describía una suave curva. No había arañas ni murciélagos; de hecho no había nada. Así avancé por unos veinte minutos y ya pensaba en regresar cuando casi de pronto llegué a la salida. No la vi llegar porque no había luz. ¡Era de noche! Consulté mi reloj. Las once. ¡Yo había llegado a las nueve! Una terrible confusión mental me invadió de inmediato. A la luz de la luna, comencé a bajar hasta el fondo de la barranca y orientándome, enfilé rumbo a donde dejé el coche.
Fue cuando alcancé a ver a lo lejos las luces de la policía y me apresuré a llegar pensando que algo había pasado. Al llegar, las personas que estaban ahí voltearon a verme. De inmediato distinguí a varios amigos y compañeros de trabajo que me miraban como si estuvieran contemplando un muerto. Uno de ellos se acercó a mí y con los ojos muy abiertos me preguntó si estaba bien. Le contesté que sí, pero muy confundido y a mi vez le pregunté qué pasaba. ¡Que qué pasa! Me contestó en un grito. ¡Que te desapareciste durante cinco días! ¡Te dábamos por muerto o secuestrado! Hace un par de horas la policía encontró tu coche y se hizo cargo. Pues ¿Dónde estabas?
Las sesiones con la psicóloga se me están haciendo interminables y no me han servido de nada. Ahora está planeando hacerme una regresión hipnótica para ver en donde estuve. Según dicen, en esa barranca no existe ningún túnel. Lo único cierto es que ese túnel, exista o no, me ha robado cinco días de mi vida en menos de media hora.