La vida no lo había tratado tan bien como él creía merecer. Es más, lo había tratado mal. Siendo un hombre de decisiones firmes, no quería arriesgarse a intentos fallidos que llamaran la atención de los demás hacia su personal situación y a encontrarse con las infaltables buenas personas que intentaran disuadirlo de sus propósitos. Así las cosas planeó todo hasta el menor detalle: el lugar, el momento, las circunstancias, los testigos; todo debería funcionar a la perfección.El día previsto, un domingo, llegó al lugar y sin dudarlo esperó el momento oportuno para cumplir con sus propósitos. Había mucha gente. Pronto escuchó aproximarse al convoy y las piernas empezaron a temblarle; entonces lo vio venir. No iba a flaquear ahora. La locomotora avanzaba tercamente, ignorando sus intenciones. Cada vez más cerca. Finalmente el momento llegó y en un instante de valor se arrojó frente a la máquina.
Los paramédicos estaban sorprendidos por lo que vieron al llegar al sitio del suceso. La gente se arremolinaba alrededor del lugar con el morbo de siempre. Le hallaron algunas magulladuras en un brazo y en el tórax pero nada realmente serio. El maquinista logró detener el convoy justo a tiempo y juraba que no había tenido la culpa. Él por su parte se sentía satisfecho. Todo había salido a la perfección y podía considerar como un éxito aquel ensayo. Lo único que le apenaba era haber visto cómo algunos de los niños que iban a bordo del trenecito se habían asustado con la intempestiva frenada y varias mamás que se pusieron histéricas poniendo de cabeza la plaza comercial.