miércoles, 26 de diciembre de 2012

HAZAÑA

Era el más fuerte de la familia. Esa noche, la vida lo puso a prueba y se vio obligado a demostrar sus capacidades. A mano limpia, debía eliminar el obstáculo que evitaba que sus allegados disfrutaran las cosas buenas de la vida. Durante un buen rato se contorsionó como un desesperado. Sus poderosas manos ejercían la fuerza necesaria para lograr esa misión. Sin embargo, el destino parecía oponerse a sus esfuerzos. Por su mente pasaban los más preclaros ejemplos de la pujanza humana: los doce trabajos de Hércules; las proezas de Sansón; la fortaleza de Atlas. Él no podía ser menos. Siguió luchando por un buen rato para remover el escollo. Su rostro había enrojecido y ya sudaba. Las manos le ardían pero persistió en su empeño, tenaz, decidido, heroico. En un último esfuerzo echó su resto, y profiriendo una exclamación de triunfo sólo equiparable con un grito de karate, botó el tapón de la botella de sidra.

martes, 18 de diciembre de 2012

MISIÓN

Se ofreció como voluntario para ese delicado trabajo. Debía presentarse antes de la hora pico en un conocido centro comercial donde la seguridad era primordial. Se esperaba una gran afluencia de público con un factor de riesgo más elevado que de costumbre: la presencia de una gran cantidad de niños debido a las ventas navideñas. No le resultó difícil comprometerse con esa misión pues estaba convencido de que nadie cumpliría ese cometido mejor que él. Sólo esperaba que nada le fuera a fallar.
     Era un tipo corpulento, de aspecto imponente. Sus compañeros del departamento de policía no hacían buenas migas con él debido a esa imagen. Esa tarde, sin embargo, era especial y requeriría de sus mejores recursos y habilidades. Tendría que trabajar solo. No podía esperar apoyo alguno y además, debía hacerlo encubierto.
     Oculto en el vestidor de una tienda, revisó su equipo y antes de salir se miró en el espejo. Todo bien. Llenó sus pulmones, exhaló, y como si fuera lo que hacía todos los días, se dirigió por los pasillos hasta el centro de la plaza. Sentía las miradas de todos puestas en él. Encontró el sitio donde debía ubicar su posición. Como lo esperaba, el lugar estaba repleto de niños. Llegó, tomó asiento, carraspeó un poco para limpiar su garganta y exclamó:
     -¡Ho, ho, ho! ¡Merry Christmas!

martes, 11 de diciembre de 2012

EL MEJOR OLVIDO DEL HOMBRE

Desconozco qué tan arraigada esté la costumbre de poner el famoso "Nacimiento"  en la temporada navideña, por la feroz competencia del Árbol de Navidad. No sé si lo del portal siga teniendo arrastre popular o esté perdiendo ese nicho de mercado; tal vez estén compartiéndolo o qué sé yo. Sin embargo, en los tiempos actuales, hay algo que hubiera sido fantástico como promocional para los cristianos y sus tradiciones. Me explico: si observamos el cuadro después del 25 de diciembre y antes de la epifanía, podremos ver un lugar más o menos acogedor, tanto como puede ser un establo y un pesebre. Veremos también a José y a María en actitud contemplativa de una criaturita yacente a la que le pondrían por nombre Jesús. Alrededor de ellos, un grupo de pastores se aglomera para contemplar aquel prodigio. A sus espaldas, los ángeles hacen guardia. Luego, ¡atención! Dos representantes de otros órdenes de mamíferos ubicados en primera fila, con los jarretes doblados en actitud de sumisión, roban cámara (o deberían) debido a su volumen: una mula y un buey. Me asaltan las dudas y mi mente analítica se estruja tratando de entender por qué escogieron a un animal híbrido y a un castrado para esa escenografía. La única respuesta que me llega es que lo hicieron para que dicha escena jamás se repitiera, ni por herencia.
     Hasta aquí todo bien. Se entiende que en la edad de bronce, el que no era pastor era desempleado o se dedicaba a la política que, como es costumbre, siempre ha sido río revuelto. Claro que había pescadores. Tenía que haberlos con el Tiberíades a la vuelta del camino y desde luego que también había sacerdotes, una casta privilegiada con la que los romanos enjuagaban las dificultades de los inquietos hijos de Israel. Pero me estoy saliendo del tema. Los pastores veían con familiaridad la presencia de la mula y del buey. Los extraños en ese lugar eran los humanos. Y aquí viene mi genial aportación para un cambio, muy ligero, en dicha escenografía. Retomando a los pastores, no me parece recordar pasaje alguno en la Biblia donde se cite a un animal que ha acompañado al hombre y sus rebaños desde que esa actividad se estableció como una de las más socorridas. Mis agudos lectores ya saben a quién me estoy refiriendo. Imaginen ahora que en todos los nacimientos pudiéramos contemplar parado, sentado, echado, olfateando, ladrando o dormido a los pies del pesebre, a un ejemplar del fiel y trabajador perro pastor. No importaría la raza. La sociedad canófila no existía en esa era. Creo que nuestros hábiles artesanos harían verdaderas obras de arte en ese asunto. Subirían los bonos de los nacimientos y, lo mejor de todo, estaríamos creando una tradición que como todas, sólo es cuestión de echarla a andar. Desde hoy, a todos los nacimientos les hace falta un perro. Sería bonito ¿no?

miércoles, 5 de diciembre de 2012

EL TRICICLO ROJO

Recuerdo que me hizo un niño feliz durante tres años. Era todo de metal, con asiento, tijera y salpicadera rojos; ruedas de rayos pintados de blanco, llantas de hule macizo y con un escudo en el eje del manubrio que decía MERCURY. No era un triciclo grande pero tampoco era muy pequeño. Tenía la ventaja de ser más ligero y maniobrable que el impresionante velocípedo de Nacho, mi vecino: llantas anchas, enorme manubrio, asiento forrado y grandes pedales. Competíamos con frecuencia en el patio de mosaico convertido en el óvalo de Indianápolis. Cuando en la recta me iba alcanzando, en la curva lo dejaba atrás. Me encantaba tomar esa curva en dos ruedas, para ponerle emoción al asunto. Una vez Nacho lo intentó y pagó con raspones su osadía. No recuerdo que me haya ganado alguna vez.
     Llegó la Navidad y con ella la ilusión de nuevos juguetes. Yo pedí un Meccano del número 2, un planeador de liga y un coche de carreras de cuerda. La emoción de abrir los regalos me hizo madrugar ese día. Al pie del árbol adornado, junto al Nacimiento, se veían varias cajas esperando ansiosas ser abiertas. Separé las que tenían mi nombre.  Eran tres. Mientras el sol trataba de ingresar por la ventana, abrí la primera. No era un Meccano del número 2. Era algo parecido pero mucho más grande. Todas las piezas eran de aluminio anodizado en varios colores. Era francés y se llamaba Mignón. Algo fabuloso. Contaba con un motor de cuerda muy potente y juegos de engranes de varios tipos que me permitieron darle vuelo por varios años a mi espíritu inventivo. Luego abrí la caja de un planeador padrísimo, con alas de doble diedro, de un metro de envergadura. ¡Guau! No veía la hora de volarlo. Después, en una cajita de cartón, encontré el coche de carreras. Era un Mercedes plateado bellísimo. Le di cuerda y comprobé la velocidad de sus ruedas. ¡Impresionante! Entonces fue cuando lo vi. Creo que en realidad ya lo había visto desde el principio pero la penumbra no me había permitido mirarlo con claridad. Sin embargo, algo no estaba bien. Tenía algo raro. Me le acerqué despacio, casi con temor. Un ligero tufo a solvente me llegó a la nariz. Un instante después mis temores se confirmaron. ¡Mi triciclo había sido pintado! ¡Sí! Todo lo que antes era rojo y lleno de vida, era ahora de un azul apagado y desabrido. ¡Habían cambiado su esencia! ¡Su personalidad! ¡Le habían partido la cara a mi triciclo!
     De nada sirvieron los argumentos de mis padres. Yo estaba furioso. Los demás regalos no alcanzaban a cubrir con su alegría la triste pérdida del triciclo más veloz del mundo. Era imposible que un triciclo azul corriera más rápido que uno rojo y nadie me iba a quitar esa idea de la cabeza. Jamás volví a subirme a él y el recuerdo de cuando era rojo me alcanza todavía porque se llevó con él una Navidad y un pedazo de mi infancia.

lunes, 26 de noviembre de 2012

SITUACIÓN DEL REINO

Una reina belicosa, agresiva  y con gran poder, pero que ignora todo sobre política; un rey que, además de ser un holgazán, confía en que sus súbditos lo protegerán; los asuntos de gobierno son administrados por el clero que siempre toma acciones sesgadas. Un ejército cuya infantería suicida nunca se echa para atrás y una caballería que no sabe atacar de frente. Todo eso con fortificaciones arcaicas sólidas pero de nula agilidad.
     Se espera el jaque mate en dos movimientos.

jueves, 22 de noviembre de 2012

DE SALUD, DOLOR Y LIBERTAD

                                                                                                                                                                    Al Dr. Edgar Cárdenas R.
                                                                                                                                                                    Con afecto.
Mientras estás sano, todo parece marchar de maravilla, pero ¿qué pasa cuando esa salud se deteriora y requiere de atención? Pues que se presentan una serie de pérdidas temporales más importantes que el costo económico. La forma más eficaz para percibir esto, se da cuando te debes internar en un sanatorio para una intervención quirúrgica. ¿Qué es lo primero que se pierde? ¡La libertad! De entrada te colocan el equivalente a un "blackberry" en la forma de una bolsa de suero. Estás frito. Ya no podrás deambular por ahí a menos que vayas arrastrando contigo la percha del suero como si fueras en una procesión. Cuando te llevan en camilla a los quirófanos, todo mundo parece saber tu destino, menos tú. Te conviertes en un objeto. En un mueble más del hospital. Llegando ahí, el mundo exterior desaparece y te encuentras sumergido en un planeta lleno de aparatos extraños y lo único que se te ocurre es que todos son para hacerte algo. Enderezas la cabeza, si puedes, y logras tener un atisbo de lo que te espera. Cuerpos humanos en posturas de exposición total, inermes y resignados. Es impactante la visión de esa especie de línea de montaje. Ya dentro, un rostro embozado se presenta muy educado como tu anestesista, seguro de que después no podrás reconocerlo. Es lo último que recordarás.
     Después de varias horas, has sido intervenido. Recuperas la conciencia y te das cuenta de que, al menos por el momento, ya la libraste. Te llevan de regreso a tu cuarto y te pasan, con una hábil maniobra de estiba, a tu cama. Ahí te das cuenta de que llevas colgando una tripa que antes no tenías. No te sientes mal, pero tampoco te sientes bien. No te engañes, no es que no te duela, es que todavía no se te pasa la anestesia. Es aquí donde empieza la segunda parte, donde se añade a la pérdida de la libertad, el proceso de recuperación con la presencia del dolor que va y que viene dependiendo de los analgésicos.
     Cuando estás acostumbrado a que nadie decide por ti y eres el soberano dueño de tu voluntad y de tus movimientos, esta etapa es durísima. Cediste los derechos de decidir qué es lo mejor para ti y ahora aceptas sumiso que te indiquen lo que debes hacer, por tu bien.
     La Libertad y el Dolor, así con mayúsculas, son el precio que se debe pagar por recuperar ese extraordinario tesoro que es la Salud. Me encuentro en medio de esa etapa. Llevo doce días de operado y, aunque parece haber sido un mal sueño, ciertas pequeñas molestias, la reclusión en casa y las limitantes a mi actividad, me recuerdan que la salud es gratuita mientras no la pierdas y que recuperarla es muy, muy costoso, porque la pagas con tu libertad y tu dolor.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

A DON JOSÉ

Los rayos de la luna se cuelan entre los árboles y llegan hasta las baldosas de la estrecha callejuela. Es el barrio de Santa Cruz, en Sevilla. El débil resplandor de algún farol permite vislumbrar las sombras que avanzan despacio por la plaza. Se acercan a la esquina y, en la Hostería del Laurel, la puerta se abre. Como un cortejo fúnebre, aquellas siluetas desfilan hacia el interior, una por una. Dentro, ocupan en silencio sus lugares alrededor de una mesa como si fueran clientes habituales. Al centro, un candelero se esfuerza por iluminar la escena y proyecta las sombras temblorosas sobre los muros. Las capuchas cubren los rostros. Nadie se mueve y sólo quedan dos sillas vacías. El ambiente es tenso como un muelle a punto de romperse. Al otro lado de la plaza, el reloj de la iglesia empieza a dar las doce. La puerta se abre y, junto con una racha de viento, una nueva sombra ingresa al refectorio. Se acerca hasta la mesa y toma asiento. Con parsimonia, saca de entre sus ropas un viejo pergamino y dice: "Lo he traído." Un coro apagado de voces se dejó escuchar: "Hoy debe venir. Hoy debe firmar". La última campanada. No bien se disipó el sonido, un nuevo soplo de viento abrió la puerta. La vela se apagó y el lugar se hundió en la oscuridad.

     A la mañana siguiente, el posadero abrió el establecimiento y encontró sobre la mesa un pergamino:

Los que en el calce firmamos,
hartos ya de repetirnos,
a Don José le rogamos
nos permita redimirnos.

Queremos paz en la fosa.
Así es señor Zorrilla.
Cada año la misma cosa
es algo de pesadilla.

Denos una nueva obra
llena de feliz jolgorio.
Talento es lo que le sobra
y dejemos ya el Tenorio.

martes, 6 de noviembre de 2012

CONVALECIENTE

     -¡Hola Pepe! ¿Cómo te sientes?
     -Muchísimo mejor. Ya voy de salida.
     -¿Y las fracturas?
     -Dice el doctor que van soldando bien.
     -¿Y qué pasó con el estallamiento de vísceras?
     -Ehh... Mejorando también.
     -Te veo muy colorado. ¿Tienes fiebre? ¡Puedes tener infección!
     -Nn... No sé. El doctor dice...
     -Déjame tomarte el pulso. Mh... Oye ¡Casi no tienes pulso! ¿Te han checado la presión?
     -No... recuerdo...creo que...
     -¡Ya ni la amuelan! ¿Cómo te pueden descuidar así? Con la mitad de lo que te pasó, mi primo Güicho se peló el año pasado.
     -¿Tu prim...
     -¡Sí! ¡A propósito! Tu moto quedó bastante jodida pero creo que la puedo reparar. ¡Qué madrazo! Oye, estás sudando y hace frío. A ver ¡respira hondo! ¡No! ¡Así no! Llena de aire aquí, en el abdomen güey.
     -¡¡Ajjgghh!!
     -¡Pinche Pepe! Ya te pusiste morado. Si no pones nada de tu parte, de nada sirve que los cuates se preocupen por ti... ¡Pepe, no seas ojete! ¡Respira güey!... ¡¡Un doctor!!

miércoles, 31 de octubre de 2012

AÑOS DESPUÉS

La luz de los candiles se filtraba por los vitrales de la hostería e iluminaba tímidamente las baldosas de la calle. La puerta abierta en su jamba de cantera no había cambiado nada y le invitaba a entrar. Lo hizo, y muy lentamente, midiendo sus pasos, caminó por entre mesas y gente que, como noche de domingo, llenaba bien el lugar. Buscando vio con agrado que su sitio favorito estaba desocupado. Se aproximó y tomó asiento. Empezaron sus recuerdos a danzar en derredor, escenas de sus apuestas, de sus muchos juramentos, de sus retos y osadías; los rostros acusadores de aquellos que habían probado la fiereza de su acero y las imágenes tristes de todas las que había amado, engañado y olvidado. Los ojos se le anegaron y lamentó tanto daño. Se puso en pie de repente y olvidando toda clase de recato, todos a una le vieron por el grito que lanzó. Se hizo un silencio total y en medio del estupor, desnudó la toledana, la tomó por los extremos y con un segundo grito, en dos partes la rompió. Una ráfaga de viento se abrió paso por la puerta. Los candiles se apagaron y cuando los encendieron, la figura de aquel hombre había desaparecido. Sobre la mesa quedaron los pedazos de la espada. La familia Buttarelli los conservó por un tiempo. La hostería aún existe, se llama la del Laurel.
     Contamos los que lo vimos que en la hoja de la espada, cerca de la cazoleta, estaba grabado un nombre. Se leía: Don Juan Tenorio.

miércoles, 24 de octubre de 2012

ESPECTÁCULO

Según el gran Efemérides (filósofo de la Escuela Observacionista), la vida humana es una pieza teatral en tres actos. En el primero, el protagonista es lanzado al escenario sin libreto y sin ensayo y tiene que salir adelante improvisando ante los parlamentos de los demás. En el segundo, ya con algo de colmillo, logra interactuar poniendo a veces sus propias condiciones y finalmente en el tercero, se encuentra conque ahora que ya siente cierta seguridad y ha logrado "tomar la escena", le bajan el telón. El buen Efemérides no nos dice quién es el autor pero creo que puedo aventurar hipótesis y el lector también. Tampoco nos dice quién dirige la puesta en escena porque resultaría muy complicado y desde luego nunca nos dirá cuál es el desenlace, pero nos deja entrever que, en uso de nuestra propia imaginación, sazonada con buenos deseos y anhelos de bienestar, podríamos arreglar un final feliz.
     Efemérides murió el mismo día que Platón, de modo que eclipsado su deceso por la fama de éste, nadie lo cita en los anales del pensamiento griego, ni vivo ni muerto. Sin embargo, un tal Exequias menciona un personaje con sus características y los exegetas opinan que probablemente se trata de Efemérides debido a que sugiere, de una manera algo tímida, que "cada quién es autor, director y actor de su propia comedia".

martes, 16 de octubre de 2012

PASEO

La suave claridad de la aurora me permitía percibir el verde oscuro del océano en contraste con la blanca espuma de las olas que pretendían trepar por las arenas de la playa. Incesantes, rítmicas, tenaces, parecían haber aprendido la lección de cómo romper sin repetir jamás la misma forma. Hasta donde la vista me alcanzaba, allá donde la bruma mezclaba en su paleta la tierra, el cielo y el mar, no se veía el final de aquella playa. Era un fenómeno como el del arco iris. Por más que caminaba, la bruma parecía avanzar conmigo, inalcanzable. Ese día recorrí varios kilómetros mientras el sol asomaba a mis espaldas y las aguas del Caribe se aclaraban empezando a tomar su color turquesa. Llegué a un promontorio de peñascos pulidos por el mar y trepé a él. Durante un buen rato contemplé el romper de las olas y el escurrir de la resaca entre las piedras. Luego emprendí el regreso caminando al lado de mis huellas anteriores. Entonces me di cuenta de mi profanación. Había hollado la lisura de la arena. Había dejado heridas en la playa. Ya no era más aquel paisaje primigenio.
     Caminaba cabizbajo de regreso a mi cabaña, triste y sintiéndome culpable de haber mancillado algo valioso. Una ola llegó hasta mis pies sacándome de esa especie de marasmo y yo descubrí algo. Mis huellas habían desaparecido. No había nada ni antes ni después de donde me encontraba. La playa estaba tersa. ¿Cómo llegué aquí? ¡No he dejado huellas! Debo haber volado. ¡Eso es! Y con esa convicción me quedé por un buen rato clavado en la arena. Pronto mi juicio se restableció y caí en la cuenta de lo soberbio que había sido. ¡Mira que pensar que con mis pasos había alterado esa belleza!
    Regresé al día siguiente y disfruté intensamente del paseo, tranquilo al pensar que ningún humano podría cambiar en un instante lo que la Naturaleza había labrado desde siempre. Consciente de lo efímero y superficial de mi paso por aquí y contento de saber que formo parte de esa playa, de ese mar, de esa gota de Universo.

jueves, 4 de octubre de 2012

OTROS MUNDOS

Recuerdo que contemplaba embelesado los mundos de ese universo iluminado con una luz color turquesa. Miraba los reflejos, los claroscuros y las sombras. Destellos y resplandores. Esferas de todos tamaños que giraban lentamente en interacciones circulares. Órbitas micrométricas. ¿Qué se sentirá vivir en uno de esos planetas diminutos? ¿Estarán habitados? Son fantásticos y los puedo mover a voluntad para lograr los mejores efectos de luz. Tengo galaxias azules como ésta. Verdes, cafés y una muy rara de color rojo. Son de una transparencia cristalina, perfectamente esféricas y tienen en su interior pequeñas burbujas de aire. Las conservo desde niño en esta bolsita. Hermosas canicas de vidrio.

viernes, 28 de septiembre de 2012

ANÍMATE

Comenzar no es algo difícil y lo has hecho muy bien. Ya sabes, el chiste es dar el primer paso y después, por pura inercia, la acción continúa y puedes ir más rápido si así lo deseas. Todo es cuestión de agarrar el paso y, una vez con buen ritmo, empiezan el disfrute y la satisfacción. Además, si la actividad ha capturado tu atención, el tiempo cambia su flujo, se vuelve lento, pausado, sin prisa. Tu pulso se relaja y te tornas más sensible, más perceptivo y más perspicaz. Los detalles van siendo captados con claridad y rapidez; lo complejo se simplifica y se despliega ante tus ojos sin disfraz. La verdad resplandece prístina en tu mente y se manifiesta sin dudas. Ahora avanzas imparable y con seguridad. Decidido, has demostrado que puedes aplicar tu voluntad sin esfuerzo alguno, como algo que te es natural. Las palabras desfilan al compás de los puntos y las comas y finalmente, con la facilidad del que sabe lo que hace, llegas para ejecutar el último acorde, la última nota y te enfrentas sin miedo, como un triunfador, con este punto final.

lunes, 3 de septiembre de 2012

BRISCA

En España se llevan rudo. El rey tiene diversos intereses personales. Es famosa su afición por el buen vino, los dineros de los impuestos y el placer de hacer la guerra. Su justicia es el garrote y es evidente que su ejemplo ha cundido en todos los niveles. En esas condiciones, cuando se da un enfrentamiento, lo mejor que se puede pedir es que nos llegue una buena mano.

miércoles, 22 de agosto de 2012

SOBRE EL OLVIDO

No hay día en que no olvide algo. Es tan frecuente que se me hace normal. Entonces, me atacan las preguntas: ¿Qué tan importante puede ser algo que se olvida? ¿Cuál es la trascendencia de un olvido? Me dirán que depende de qué sea aquello que se olvida y tienen razón.
    El funcionamiento natural de nuestra Memoria es una maravilla. No puedo evitar compararla con el disco duro de una computadora, sólo que mucho más selectiva. Me explico. Un disco duro tiene una capacidad limitada de memoria y una vez alcanzado ese límite, empiezan los problemas. No cabe más. Por otra parte, la Memoria humana tiene una capacidad enorme que conforme se va llenando, empieza a discriminar, con un criterio establecido por los hábitos, aquellas cosas que son realmente importantes, de las que no lo son. Olvida de inmediato, o mejor dicho, ni siquiera guarda una conversación banal, una observación insustancial, una vivencia insulsa. Así que ¿A dónde van a parar todas esas cosas cotidianas indignas de ser memorizadas? Bueno, algo hay que hacer con ellas. Conservarlas en la Memoria no sería lo correcto porque ocuparían espacio. Tirarlas a la basura sería poco respetuoso, hay que guardar las formas. ¿Entonces? ¡Ah! Yo encontré la solución: La Celda de los Olvidos. Este lugar existe en el centro de nuestro cráneo (todavía no lo encuentran los anatomistas pero ahí está). Un recurso de la sabia Naturaleza, increíblemente eficiente para desechar aquellas cosas sin valor que nos suceden cada día o las que queremos olvidar. ¿Cómo funciona? ¡Fácil!
    La Celda es un desintegrador absoluto. Un órgano extraordinario que funciona aprovechando la energía de lo que se olvida o se quiere olvidar y es depositado con respeto en su interior. La energía de los olvidos es increíble y muy variada. Hay olvidos que ingresan ahí en automático porque dadas sus pobres características no ofrecen la menor resistencia. Individualmente no producen gran energía, pero como son muchos... Los hay de mayor importancia que deben ser procesados a conciencia y a veces se defienden. También están los que luchan por no caer ahí y aducen innumerables argumentos para no ser introducidos en La Celda. Esos son los más energéticos, pero ¡Cuidado! Hacer esto es definitivo. Una vez depositado un olvido no hay posibilidad de arrepentimiento. También es importante saber que si no se deposita algo en cierto periodo, La Celda, al carecer de energía, se autodestruye y desaparece, dejando su trabajo a la Memoria que al no saber qué hacer con tanto olvido sufre un colapso; revuelve todo y se convierte en algo que se ha dado en llamar pomposamente, Alzheimer.

viernes, 17 de agosto de 2012

MANERA

No creo que alguien haya vivido a su manera. No al cien por ciento. Más bien pienso que esas palabras indican que quien las dijo ha sabido adaptarse con éxito a distintas circunstancias. Las cosas le han salido bien y esa sensación de triunfo le ha hecho creer que todo ha funcionado a su manera. Que ha tenido todo bajo control. Que él ha impuesto las reglas del juego. En la mayoría de los casos es que esa persona ha reunido una serie de características o cualidades que lo han hecho idóneo para superar una serie de situaciones en las que otros hubieran fracasado. Eso no es tener las cosas bajo control ni estar imponiendo las propias condiciones. Significa que se está capacitado para cumplir los requerimientos que otros han establecido. Así que vamos poniendo las cosas en claro. No hemos vivido a nuestra manera. Todo se reduce a haber cumplido con lo requerido por nuestro medio a lo largo de la vida. Al menos yo, no puedo decir que he vivido "a mi manera". En el mejor de los casos, he vivido de alguna manera. Pero aún así, me gusta cómo canta Sinatra "A mi manera". Bueno... a la suya.

martes, 31 de julio de 2012

EL ANILLO

Formando parte del Equipo Internacional de Exploración Multidisciplinaria en Asia Central, al Suroeste del desierto de Taklamakán, nos dirigíamos al Oriente por el ramal meridional de lo que se llamó la "Ruta de la Seda". Avanzamos hasta llegar, al borde del desierto, al sitio arqueológico de Kashgar, asentamiento humano de la cultura de los Tocarios que se remonta hasta mil años antes de Cristo. Sin embargo, se han encontrado momias cuyo registro se va hasta cuatro mil años atrás y, sorprendentemente, con rasgos europeos. Esto puede sonar extraño en un lugar que ha sido dominado en forma alternada por chinos, mongoles y tibetanos. Ahora el país se conoce como Kazajstán y se ha independizado de la antigua Unión Soviética. Debo confesar que no soy un académico de los que forman el equipo, pero estoy a cargo de la logística del proyecto, una labor muy demandante. Como tal, debo ser ubicuo y mi presencia no es extraña para nadie dentro de los límites del campo.

    Una noche regresaba de comprobar las existencias de agua potable y a la luz de la luna tropecé con una piedra del tamaño de una pelota de ping-pong. No es nada extraño tropezar con piedras en ese desierto, pero ésta rodó algo lejos por ser prácticamente esférica, lo que llamó mi atención. La recogí y anduve jugando con ella en las manos de camino a mi tienda y después la guardé en el bolsillo.
    Al día siguiente, en el mercado de la población y bajo un sol que asaba vivo a cualquiera, saqué el pañuelo para enjugarme el sudor. La piedra salió del bolsillo y rodó hasta los pies de un monje tibetano que se acercaba. La observó haciendo que sus ojos se vieran grandes. Se agachó, la levantó con la diestra y oprimiéndola entre sus dedos se me quedó mirando fijamente. Me hizo sentir incómodo por varios segundos. Con la otra mano me hizo seña de que le siguiera y yo lo seguí. Caminamos por callejuelas estrechas sorteando los puestos de vendedores de toda clase de artículos que sería muy largo describir. Entramos a una edificación cuya puerta estaba disimulada por lienzos colgados frente a ella. Subimos por una estrecha escalera y llegamos al otro nivel. La luz del sol iluminaba una tosca mesa de madera que tenía encima una placa de pizarra y algunas herramientas rústicas. En una cajita de madera alcancé a ver algunas joyas. Me indicó que me sentara y quedamos frente a frente. Observó detenidamente la piedra mientras la giraba despacio entre sus dedos. La colocó con cuidado sobre la pizarra. Tomó un martillo ligero y un cincel y con un golpe suave y preciso la piedra se partió. Dentro apareció la amarilla figura de un anillo. El monje finalmente habló y me explicó que la "piedra" no era otra cosa que un molde de orfebre hecho de arcilla de un grano muy fino y que esa técnica se había utilizado en esa zona desde hacía por lo menos mil años. Ese molde era muy antiguo. Había sido procesado envolviendo con arcilla húmeda un molde de cera del anillo, se había dejado secar y luego puesto al fuego para evaporar la cera que además del hueco del anillo, dejaba un orificio para vaciar el oro fundido al interior. -Cera perdida -comenté poniendo cara de conocedor. Sin contestarme, el monje lavó y cepillo el anillo con gran cuidado. Lo introdujo en una caja con aserrín, removió un poco y lo sacó perfectamente seco. Sus ojos volvieron a abrirse al contemplar el símbolo en el sello del anillo. -Eres muy afortunado, es un anillo de la Eternidad. -me dijo con expresión de admiración- Seguramente fue fundido para un gran sacerdote del templo de Kashgar. Observa los dos triángulos isósceles entrelazados y el círculo en el centro. Todo dentro de un círculo mayor del que sobresalen los vértices agudos de los triángulos. ¿Lo has visto bien? -me cuestionó con vehemencia- El anillo es tuyo, pero debo acabarlo, detallarlo y pulirlo. Nos veremos en tres días en el mercado en el mismo lugar. Ahí te lo entregaré. -¿Cuánto me costará? -le pregunté no sin aprensión- ¡Nada! -contestó sin dudar- Debo considerarme afortunado si me permites conservar el tallo de la colada y el molde partido. Para mí, eso es prueba suficiente de que alguna vez tuve en mis manos un Anillo de la Eternidad. Debo pedirte sin embargo, que antes de entregártelo me expliques el significado de los símbolos que has visto. Estoy seguro de que si tú eres merecedor de ese anillo, lo sabrás para entonces. -Se puso de pie y me acompañó escaleras abajo hasta la salida.
   
    Al tercer día me encontraba nuevamente en el mercado a la hora aproximada del día que conocí al monje pero pasó el tiempo y éste no llegaba. Bueno, creo que me pasé de crédulo -pensé para mí- cuando una mano firme se apoyó en mi hombro y al voltear me encontré cara a cara con el  monje. Nos saludamos con una reverencia y acto seguido me preguntó -¿Cuál es el significado?- No le dije que no había dormido ni dos horas las noches anteriores pensando en ello y aparentando una seguridad que no sentía, le dije. -El círculo que encierra todo es el tiempo de la vida. Los vértices de los triángulos isósceles que sobresalen son el futuro y el pasado y el círculo pequeño del centro es el presente. El conjunto representa La Eternidad.
    El monje sonrió, sacó una minúscula bolsa de seda amarilla y me la entregó. -¡Ábrela! -me dijo. Así lo hice y en la palma de mi mano cayó un anillo finamente terminado. Quedé embelesado con el esplendor de la joya y lentamente me lo coloqué en el anular izquierdo. Me quedó perfecto. Alcé la vista para agradecerle al monje su trabajo. Mi vista se perdió sin hallarlo entre la gente del mercado. No le busqué.

   El trabajo aquí está por terminar. Es posible que el mes próximo me encuentre laborando en las selvas de Guatemala o Yucatán. No sé qué hacer con el anillo, aparte de traerlo puesto. Lo froté y no pasó nada. Le hablé y tampoco. Tal vez con el tiempo le encuentre alguna gracia maravillosa, pero no quiero esperar una eternidad.

miércoles, 25 de julio de 2012

LLANTO

Los muros de la vecindad parecían derretirse bajo la llovizna. Húmedos y fríos lo vieron salir hasta la calle. Las baldosas de la banqueta reflejaron su silueta haciéndola parecer más larga. El ala de su sombrero empezó a gotear. La lluvia oscureció sus hombros. En su mano izquierda llevaba un banquito con asiento de mecate y una bolsa de plástico donde guardaba algo. En la derecha, un bastón de invidente tanteaba el suelo por delante suyo. En la bocacalle dobló a la izquierda y continuó su marcha hasta la siguiente esquina. Ahí estaba el templo de San Juan. No bien llegó, se guareció bajo el arco de la entrada, se sentó en el banquito y se quitó el sombrero que dejó ver su cabello cano. Lo puso en el suelo boca arriba. Los feligreses empezaban a llegar. De la bolsa sacó un estuche. Con movimientos rituales lo abrió y tomó un violín, tensó el arco y comprobó la afinación. En el campanario, el sacristán hizo tañer el primer repique para la misa de seis. Al disolverse el último golpe del badajo, el violín emitió los primeros compases de "Dios nunca muere". Como una concha acústica, el pórtico amplificaba las notas y derramaba la melodía por todo el frente de la iglesia. Había algo diferente en esa música. Yo, de pie ante el templo, bajo mi paraguas, quedé impresionado al escuchar la calidad de la ejecución. Observándolo más de cerca pude comprobar su perfección técnica. A pesar de la humedad, el instrumento vibraba con potencia o languidecía suavemente siguiendo la intención de la obra. Disfruté un verdadero concierto. Entré a la iglesia y al terminar la misa fui a la sacristía a saludar al párroco y le pregunté si conocía al violinista. Me dijo que el hombre había sido integrante de la Orquesta Sinfónica de Oaxaca, pero que por alguna razón desconocida quedó ciego desde los cincuenta y tantos años. Eventualmente lo contrataban para musicalizar las misas solemnes y otros ritos en el templo. Los domingos tocaba a las puertas de la iglesia antes y después de las misas. Se llama Cipriano Alcalá.
    Cuando salí, el sombrero del músico recibió mi insuficiente dádiva. Al alejarme, volví a escuchar las notas del violín de Cipriano que se fueron apagando lentamente, llenas de melancolía. El cielo seguía llorando.

martes, 17 de julio de 2012

EL MONJE



Lo había encontrado algunas veces por los caminos y varias otras en ciertas tabernas. Esa noche vestía una especie de hábito por demás indefinido. Sobre la mesa, junto a su damajuana de vino, tenía papel, tintero,  pluma y esta vez la compañía de alguna moza del mesón. Decidí, a riesgo de ser impertinente, abordarlo en busca de una buena conversación.
    -¡Muy buenas noches, señor! Soy Jean Baptiste du Capelle -me presenté cortésmente.
    -¡Buenas le sean caballero! contestó con gesto afable y con sonora nalgada despidió a la moza.
    -No sé si vos recordéis mi persona -le dije- pues mi camino y el vuestro se han cruzado varias veces y hemos comido y bebido quizá en la misma taberna.
    -¡Ah! Sí, sí, sí. Ya os recuerdo, aunque un poco vagamente. Mas creo recordar mejor vuestra cabalgadura. ¡Buena estampa la del zaino!
    -Es alazán -corregí.
    -Como siempre fue de noche... Pero sentaos amigo, que alazanes o zainos, al cuerpo cansan parejo.
    -Bien estará que nos sirvan otra damajuana llena -dije mientras me sentaba.
    -Y quizá algo de comida, que el vino es para pasarla -añadió sonriendo. Pedimos.
    -Perdonad mi atrevimiento, la curiosidad me vence. ¿Puedo saber qué escribís? -pregunté directamente.
    -¡Mh! ¿A qué viene ese interés? -preguntó el monje a su vez.
    -En un país de iletrados, el que escribe sabe de algo. O ¿para qué está el papel y la pluma y el tintero?
    -Para que vos preguntéis -contestó rápidamente.
    -Cuenta me doy que os funciona -le respondí de inmediato.

    Ambos reímos del juego y seguimos conversando. Nos trajeron de cenar y lució gran apetito, desde luego con el cargo a mi cuenta de viajero. Escurrió la damajuana y mirándome burlón, me dijo. 
    -Es tan solo un poema. Un poema a la vida, al juego y a los amores.
    -¿A los amores?
    -¡Sí pues! 
    -¿No sois vos acaso un monje?
    -Lo soy, mas no de clausura. La gente de por aquí dice que soy un goliardo -dijo y puso entre mis manos una hoja de papel. Leí las primeras líneas y esto me quedó grabado.
    "Meum est propositum in taberna mori".
    Me pareció congruente con la estampa y el carisma de mi interlocutor y el resto de aquel escrito no dejaba de ser bello. Ojalá alguien un día, encuentre y valore el texto y con una melodía lo vuelva hermosa canción.
  


martes, 10 de julio de 2012

EL PROFESOR

El profesor, título que yo le puse, llegó un día manejando un 4x4 y se hospedó aquí en La Vista, el único hotel del pueblo que, ubicado en un extremo perdido de la sierra, resultaba poco atractivo para el turismo común. Mi terruño, casi vacío por la emigración, dormitaba su vida entre el recuerdo y el olvido. El profesor era un hombre de unos cuarenta y tantos años, afable y educado, bastante callado. Yo estaba de vacaciones escolares y me entretenía haciendo las veces del botones que el establecimiento estaba lejos de merecer. Gracias a eso pude deducir que era un científico aunque él nunca me lo dijo. No me pregunten de qué rama de la ciencia porque no sabría decirlo pero uno sabe cuando está hablando con un científico. Ciertas palabras que de cuando en cuando soltaba me recordaban a alguno de mis profesores de la escuela. Rápidamente me gané su confianza y me contrató como su guía personal aunque era él quien decidía por dónde ir. Era uno de los tres pasajeros en el hotel y se le veía desayunar solo en el comedor del hotelito, antes de nuestras andanzas por los alrededores del pueblo y por el pueblo mismo. Le gustaba caminar tocando suavemente, casi acariciando, los muros de los viejos edificios. Mientras más viejos, mejor. El tercer día, poco a poco nos fuimos acercando a la iglesia, una construcción del siglo XVII bastante bien conservada, austera como sus fundadores franciscanos que, desde mi punto de vista, distaba mucho de ser una atracción turística. Quiso ver el interior. Entramos. Los muros desnudos estaban adornados, valga la expresión, por los infaltables iconos del vía crucis, sumamente discretos y descoloridos. Dos óleos que el tiempo había oscurecido colgaban a los lados de la nave principal. Llegamos al centro de la cruz formada por el edificio y ahí se detuvo. Lentamente alzó la vista. Tan lentamente como si tuviera miedo de mirar más arriba. Finalmente, sus ojos se fijaron con persistencia en el baldaquín sobre el altar mayor que se encontraba vacío.
    Aproveché la oportunidad para lucir mis conocimientos y le relaté la historia del gran robo. Ahí debería estar, obviamente, la imagen de San Francisco. Su desaparición, acaecida hacía más de treinta y cinco años, llegó hasta los diarios de la capital. Vino la policía y también varios conocedores de arte sacro para registrar el acontecimiento pero de ahí a que la encontraran hubo un verdadero abismo. Resultaba por demás interesante que el párroco y la imagen desaparecieran el mismo día y jamás se supo nada de ninguno. Desde entonces la pequeña iglesia se conservó como monumento pero fue sustituida por la nueva parroquia para efectos del culto. Le dije también que curiosamente ese día se cumplía un año más de aquel acontecimiento. La información pareció afectarle y lo vi palidecer. Me dio un billete de cien pesos y me dijo que me fuera, que él regresaría solo al hotel. Me retiraba dejándolo en la iglesia vacía, pero mi curiosidad pudo más y me oculté tras un confesionario. El profesor permaneció por un rato como clavado en donde estaba. Luego avanzó lentamente y desapareció en las escaleras tras el altar para aparecer de nuevo entrando al baldaquín. Se irguió y permaneció inmóvil por algunos segundos convertido en una imagen singular. Consultó su reloj. Un instante después, simplemente se esfumó dejando en el lugar un tenue vapor que rápidamente se disipó.

    No quise llegar al hotel hasta el día siguiente. ¿Cómo explicar lo sucedido? Nadie me iba a creer. El 4x4 estaba ahí, estacionado donde siempre. Traté de guardar compostura y entré preguntando por el profesor. No le habían visto. No había bajado a desayunar y ya eran las nueve de la mañana. El encargado, poniendo cara de extrañeza me dijo que tampoco había llegado a dormir. La llave estaba colgada en su lugar. Decidimos subir a su habitación. Abrimos la puerta con cierto recelo. El cuarto estaba vacío y nadie había dormido en el lecho.Sus efectos personales se encontraban en orden. Finalmente, a eso de las ocho de la noche, al ver que el profesor no regresaba, el encargado decidió llamar a la policía. Al poco rato, una patrulla con sirena y luces se detuvo frente al hotel haciendo gala de protagonismo. Dos uniformados bajaron y empezaron las pesquisas. En el registro encontraron las señas del profesor. Se apellidaba Alavés y firmó como turista. En la habitación estaba su pasaporte lleno de sellos de muchas partes del mundo. Pronto, el alboroto policíaco había reunido un buen número de curiosos a la entrada del hotel. Un anciano se abrió paso entre la gente. Era de aquellos hombres que nunca emigraron y cuyas raíces en el pueblo eran de todos conocidas. Los policías le dejaron hacer. Llegó hasta el mostrador, contempló los papeles, tomó entre sus manos temblorosas el pasaporte, abrió los ojos desmesuradamente y exclamó:
    -¡El padre Manuel!
    -¿Usted lo conoce? -preguntó uno de los agentes.
    -¡Sí, claro! ¡El padre Manuel Alavés me dio la primera comunión aquí, en San Francisco... hace... setenta y tres años!- dijo y tuvo que ser sostenido por los demás para no desplomarse cuando las piernas se le doblaron.
    La policía incautó el 4x4. Guardaron los papeles en un archivo y no se habló más del asunto.
   

martes, 3 de julio de 2012

INFILTRADA

La guerra, el sometimiento, la injusticia, la opresión, la muerte. Lugares comunes que, arrastrados por el primero, han sido desde siempre uno de los acontecimientos más temidos por los pueblos. La voz de las armas se deja escuchar y no entiende razones ni ve diferencias. Los valores se trastocan y se impone la barbarie. Ella lo sabía. Lo había sabido siempre. Al principio la asaltó el temor de ser arrastrada por los acontecimientos como una piedra en el torrente pero, después de varias semanas de sufrir el asedio de su ciudad, se vio a sí misma convertida en el torrente. No sería una piedra más. Formaría parte del caudal que todo lo arrasaba. Se había convertido en parte de la causa.
    Esa noche se introdujo hábilmente en los cuarteles enemigos sin intentar ocultarse. Su belleza y presencia le franquearon todos los accesos. Llegó hasta los aposentos del comandante enemigo donde en esos momentos se servía la cena. El general, al verla, le ofreció un asiento junto a él. Circularon las viandas y el vino corrió generosamente. Los músicos acompañaban el evento haciendo olvidar por momentos que la guerra estaba ahí afuera como un tigre agazapado. Varias horas después, los oficiales se retiraron uno a uno. El general pidió más vino y ordenó a los músicos que los dejaran solos. Estaba ya muy ebrio y ella hábilmente lo acomodó en sus brazos y lo arrulló de tal manera que quedó dormido profundamente. No sé si así fue en la realidad. Como haya sucedido carece de importancia. Lo que cuenta es el hecho de que al día siguiente el ejército asirio descubrió que su escala de mando había quedado acéfala.
    Holofernes jamás pensó que su propia cimitarra sería utilizada para romper el sitio de Betulia y menos que sería empuñada para cortarle la cabeza de dos tajos por la agente especial del ejército israelita cuya clave se desconoce pero pasó a los relatos bíblicos con el nombre de Judith.

Para más detalles ver Judith 13, 6-8.

martes, 26 de junio de 2012

LAS TRES LLAVES

Esta experiencia no deja de ser espeluznante, pero trataré de relatarla con la máxima fidelidad posible. Todo empezó con una visita a ciertas ruinas de un monasterio del siglo XVI ubicado, por no decir oculto, en la ladera de una montaña en medio de un bosque de coníferas. El lugar es húmedo y algo frío. Quizá haya sido un requisito pedido por el espíritu de sacrificio de los monjes que alguna vez lo habitaron. Las paredes otrora enjalbegadas lucían un acabado chorreado de verde oliva y donde daba algo de sol, musgo verde brillante y líquenes grisáceos. El abandono era evidente. Sin embargo, no había perdido ese sabor a misterio y misticismo. Es más, los años acumulados le daban ahora un aire de sobrecogedora decrepitud. En mis días de adolescente había visitado esas ruinas varias veces y recuerdo que el reto era recorrer toda la galería subterránea sin ayuda de luz artificial. El acceso a esos sótanos se hallaba cubierto por matorrales en los patios traseros del claustro, disimulado por una especie de garita cilíndrica en cuyo costado se ocultaba una estrecha escalera de caracol. Ésta descendía rápidamente y por sus piedras escurrían hilillos de agua. Al llegar al fondo, la escasa luz del día nublado desaparecía por completo y uno se encontraba en la más completa oscuridad. El recorrido implicaba dar la vuelta a todo el perímetro de un cuadrado de unos cincuenta metros por lado, que formaba la planta de la construcción. Los muros, de casi dos metros de espesor, daban confianza y seguridad pero también amenazaban con atrapar a cualquiera para siempre. De todos modos, decidí repetir la aventura.
    
    Llegué al monasterio un mediodía nublado. Localicé la entrada, bajé por la escalera, tomé hacia la derecha y empecé a caminar. Varias condiciones eran importantes. Debía avanzar agachado pues la altura no llegaba a un metro sesenta. Cada varios pasos había arcos aún más bajos que podrían golpearme la cabeza si daba contra ellos. Para evitar eso, tenía que caminar con una mano al frente y otra rozando la bóveda mientras con los pies tanteaba el terreno, no fuera a haber un hoyo. En la oscuridad más absoluta perdí rápidamente el sentido de orientación. La única referencia de que avanzaba en línea recta era la altura máxima de la bóveda de cañón. Luego de un buen rato, me esperaba una sorpresa. La mano que llevaba por delante se iba en el vacío pero mis pies tropezaban con un muro. Me quedé de una pieza, tratando de imaginar el lugar donde me encontraba. Palpando el techo topaba con lo que parecía ser un arco más. Seguí su contorno y descubrí que era un nicho. Era el final del túnel en esa dirección. Tenía que encontrar hacia qué lado continuaba. A la derecha o a la izquierda, todo al tacto. Si hallaba el lado correcto, el siguiente recodo sería en la misma dirección puesto que el patrón era un cuadrado. Era cuestión de llegar al nicho de cada esquina, girar en el mismo sentido hasta alcanzar la salida. Se encontraba a la izquierda. Avancé con un poco más de confianza pero recuerdo que, a pesar del frío, iba sudando. Pronto llegué al siguiente nicho... y ahí sucedió. No bien intenté alejarme de él, un viento helado sopló como si estuviera a la intemperie. Di un paso atrás y el viento cesó. Lo intenté de nuevo y el viento sopló con más fuerza, esta vez acompañado por un olor a leños quemados. Regresé al nicho y el viento se fue. Empecinado, lo intenté de nuevo y el viento volvió junto con el olor a leña y un golpe de calor con la sensación de estar frente a la boca de un horno. Estuve a punto de gritar en medio de la oscuridad. Regresé junto al nicho y el fenómeno terminó. Intrigado, palpé el interior de aquél y bajo la capa de lama sentí algo extraño. Con las uñas rasqué un poco y percibí una especie de argolla. Tiré suavemente de ella y salió. A tientas parecía ser de hierro y tenía engarzadas tres llaves del mismo material. Mi primer pensamiento fue ¿quién pudo olvidar estos objetos en este lugar? Guardé las llaves, grandes y pesadas, en un bolsillo de la chamarra y me alejé del nicho con mucho temor. Para mi tranquilidad, el viento aquél no volvió a soplar y en menos de media hora me encontré saliendo a una tarde lluviosa y tan fría como el viento que me había sorprendido en el interior.

    Hice algunas indagaciones y encontré la orden religiosa que construyó el monasterio. Fui a ver al Superior de aquélla, un anciano venerable, y le relaté la historia. Ahí mismo le hice entrega de las llaves. Su sorpresa fue mayúscula cuando las vio y exclamó: ¡Las llaves del obispo! Me explicó que durante la Revolución, en el monasterio de la historia había pernoctado un obispo que viajaba a la Ciudad de México con su séquito. Que cuando iba de salida, el monasterio fue asaltado por unos bandoleros y el obispo escapó en su carruaje apenas a tiempo. Años después, en su lecho de muerte, dijo que había un arcón de tres cerrojos que contenía ornamentos sacerdotales, un copón, un cáliz y una custodia de oro. Asimismo mencionó que debería abrirse con sus respectivas llaves so pena de un castigo divino. No alcanzó a decir en dónde se encontraba ni el arcón ni las llaves. El hombre murió llevándose el secreto con él. Ahora, gracias a mi espíritu aventurero, se tenían las llaves que confirmaban la veracidad del relato. Sólo faltaba encontrar el arcón. ¿Estará en otro monasterio?

martes, 19 de junio de 2012

ODISEA

Ese día salió de prisa del instituto. Su semblante se veía iluminado por la decisión. Miró su reloj. Estaba a tiempo. Ella salía siempre a la misma hora y había calculado cuánto tardaría en llegar, con su cadencioso andar, hasta el jardín público en la calzada. Debía llegar después que ella y simular un encuentro fortuito. No sabía si apresurar o relajar el paso. Tampoco sabía lo que le iba a decir cuando la encontrara. Ya se le ocurriría algo. Decidió aflojar su caminar y notó que tenía la boca seca. El día estaba soleado pero no era para tanto. Llegó a la bocacalle y cruzó para entrar en las veredas del jardín desde donde se veía la parte posterior del kiosco y se detuvo. Se sintió ansioso y preocupado porque desde ahí no podía ver si ella había llegado. Bueno, aún es tiempo, se dijo y trató de tranquilizarse. Inquieto, se revisó la ropa y se alisó el cabello. Notó cómo las manos le temblaban y sintió que las piernas apenas le sostenían. Una oleada de nervios lo invadió cuando la vío llegar por la otra calle y adentrarse por los andadores del parque marcando cada uno de sus pasos con un suave y enloquecedor golpe de caderas. Estaba petrificado. Limpió su garganta para ver si le salía la voz. Ella llegó al kiosco y quedó oculta tras él. Era ahora o nunca. Avanzó decidido aparentando una tranquilidad que no sentía. Dio la vuelta al kiosco y la vio. Ahí estaba la causa de sus inquietudes. Siguió caminando y estaba tan sólo a tres pasos de ella cuando se dio cuenta de que no estaba sola. El tipo medía un palmo de estatura más que él. Era demasiado tarde para volver atrás y no tuvo más remedio que continuar. Llegó y la saludó como cualquier persona educada. Entonces el tipo aquél le puso una mano en el pecho empujándolo mientras le decía que qué quería, que ella era su novia. Tuvo la sensación de estar en otra parte, en otro mundo, en otro universo, viviendo una vida que no era la suya. Lo peor vino cuando ella se hizo la desentendida y puso en sus labios una sonrisa burlona como disfrutando del evento. Haciendo acopio de un aplomo digno de mejores circunstancias dijo que ni modo, que no siempre se podía llegar primero. Dio media vuelta y se retiró caminando con el paso más seguro que pudo conseguir. No sentía el suelo que pisaba. El portafolios le estorbaba más que nunca y los tenis le pesaban una tonelada. Sentía en la nuca la mirada de todos los que estaban en el parque. Empezó a sudar. El sweater del uniforme lo asfixiaba y los anteojos se le empañaban. No supo cómo cruzó la calzada. Cuando llegó a su casa se había tranquilizado pero jamás volvió a pasar por el kiosco camino de la secundaria.

martes, 12 de junio de 2012

DOBLETE

Gina y yo habíamos visto el anuncio del departamento en renta y decidimos conocerlo. El edificio de cantera se veía ligero por su estilo clásico. Una construcción hermosa, sólida, en un barrio agradable. Sería nuestra guarida; nuestro punto de encuentro. En la entrada buscábamos el botón del conserje. Fue cuando Luisa llegó. Al verla, sentí un vacío en el estómago. Nunca me imaginé volver a verla. En un instante recordé su perfume, sus brazos, su cuerpo. Logré sobreponerme. Gina no percibió nuestras miradas. Nos saludamos, le comentamos a lo que veníamos y Luisa abrió la puerta. Subimos las escaleras. Luisa nos dijo que vivía desde hacía un mes en el departamento contiguo al que queríamos conocer. Mi mente armó el doble juego que podría organizar pero lo deseché de inmediato. El conserje apareció con las llaves del departamento dispuesto a mostrárnoslo. Mientras Gina lo escuchaba volví a pensar en el doble juego y la emoción del peligro me estremeció. Adelanté imágenes donde me veía salir de un departamento para entrar al otro. Escuché el sonar de los tacones de Luisa y el ruido de la regadera. La vi desnuda y mal cubierta de espuma. Volví a sentir las caricias de su cabello como sólo ella sabía hacerlo. La boca entreabierta. Los ojos entornados. Sus gemidos largos y temblorosos. Luisa había sido una hermosa aventura que no se prolongó debido a mis constantes viajes. Ahora, la vida me ponía en la mesa aquel platillo delicioso que...
    -¡Cariño! -dijo Gina- El lugar está muy bien pero el baño es muy pequeño y la cocina no me agrada en lo más mínimo. Es anticuada y poco funcional.
    -No creo que sea un problema -repuse sin mucha convicción- tú nunca vas a utilizar la cocina.
    -Tal vez, pero no me gusta.
    -Si quieres, podemos instalar una cocina integral -añadí temeroso.
    -No. -dijo tajante- No quiero que gastes. Además, el baño es muy pequeño e incómodo -añadió suavemente mientras me abrazaba y apretaba su cuerpo contra mí.- Tú me entiendes. ¿Qué te parece si vamos a conocer el departamento que está al otro lado de la ciudad?

martes, 5 de junio de 2012

DIOSES

Sansón, joven e inquieto, salió de su pueblo para conocer un poco del mundo. Del mundo filisteo en este caso. Como correspondía a todo buen nazareno, su larga cabellera flotaba en el viento de ese día en que se dirigía a la ciudad de Timnat, más filistea que cualquier otra. El encanto de esas ciudades, relatado por muchos viajeros, había capturado su imaginación y deseaba ver con sus propios ojos los atractivos de esa civilización tan diversa, por no decir opuesta, a la de sus padres. Algo debía de tener para estar dominando a su pueblo desde hacía años. A mucho andar, llegó a las murallas de la ciudad. Contempló con interés los edificios, entre ellos uno que sobresalía en la plaza mayor: el templo de Dagón, uno de los principales dioses del panteón filisteo. Pasado un tiempo desde su llegada, logró relacionarse con algunos miembros de esa sociedad y decidió, oponiéndose a los deseos de sus padres y las órdenes de Yahvéh, casarse con una mujer filistea. Ese fue el principio del  fin. En lo sucesivo, a Sansón le fue como en feria. Tomando decisiones con los bíceps, se enemistó con muchos y mató a un montón de filisteos que demostraron ser las víctimas ideales de su tremenda fuerza. Pierde a su mujer y a cambio le dan otra. En pleno berrinche, Sansón les pega fuego a los campos y cosechas filisteas. Éstos, más enojados todavía, queman a su mujer y le prenden fuego a la casa de su suegro. Aquí vemos que se llevaban pesado. En una nueva represalia, siempre después de consultar con la testosterona y sus bíceps, Sansón va y le pone una felpa fenomenal a un grupo de infortunados filisteos que lo habían mirado feo y escapa.
    El ligero enfado de Yahvéh se sigue manifestando. A salto de mata, Sansón se oculta en un promontorio rocoso llamado Etán, de donde su propio pueblo lo saca, a petición de los filisteos, y lo entregan atado a sus enemigos. Sansón, muerto de la risa, rompe sus ligaduras y con una quijada de burro que encontró a la mano, les machacó el cráneo, uno por uno, a mil filisteos, prácticamente sin despeinarse. Su pueblo, ante esa demostración de súper poderes, prefirió nombrarlo juez para tenerlo contento, cargo que ejerció por veinte años.
    Poco después, por razones que imagino, tiene que huír y se dirige a Gaza donde una prostituta muy enterada de sus capacidades, le ayuda y protege. En eso, Yahvéh recuerda que Sansón todavía se la debe y manda a un grupo de sus enemigos a matarlo. Sansón escapa y se refugia en Hebrón, donde conoce y se enamora, ya se había tardado, de Dalila, mujer de muy buen ver, originaria y vecina del lugar, adoradora de Dagón y por lo tanto, cien por ciento filistea. Yahvéh ora sí que se enoja y deja que los paisanos de Dalila la sobornen para obtener el secreto de la extraordinaria fuerza de Sansón. Dalila lo logra después de ser engatusada varias veces por aquél. Dormido, seguramente agotado, le corta el pelo y lo entrega indefenso como un niño a los habilidosos filisteos. Éstos, más pronto que ya, le sacan los ojos en nombre de Dagón y lo ponen a mover la piedra de un molino de grano. Yahvéh se siente satisfecho y deja a Sansón chambeando ahí por una temporada.

    La naturaleza es sabia y el cabello de Sansón volvió a crecer y ¡Oh maravilla! La tremenda fuerza regresó con él. Sansón se hizo el disimulado por un tiempo mientras el ejercicio de empujar la piedra del molino le ponía los músculos como aquélla.
    Un día en una celebración de agradecimiento a Dagón por haberles entregado a Sansón, (desde entonces ya se agradecía a las deidades) a alguien se le ocurrió que lo trajeran para hacer mofa de su triste situación (eran bien machos) y lo pusieron entre dos columnas del templo. Noblezote como era el fortachón de Sansón, le pidió al tal Yahvéh que le diera chance de romperles todo lo que se llama templo a los filisteos y, como el que calla otorga, empujó con tal violencia las columnas que el edificio se vino abajo con Sansón y tres mil filisteos adentro según consta en las crónicas de la época.
    Allá en lo alto, disfrutando del espectáculo, Yahvéh y Dagón alzaban sus copas a la salud de los hombres.

martes, 29 de mayo de 2012

LAS LUNAS DE BREÓN

Los terribles Gromleks le perseguían a corta distancia. Casi podía ver el brillo demoníaco de sus ojos a la luz de las  lunas de Breón. Siguió trepando el risco y calculó que aún le faltaba un buen trecho para llegar a la meseta. Si lograba ancanzarla le sería posible poner distancia de por medio entre él y sus perseguidores. Sus piernas largas le darían una ventaja considerable en terreno llano, donde con un buen tranco podría dejarlos con tres palmos de narices. El peso en el morral le indicaba que conservaba con él su valiosa conquista pero era un lastre que le consumía gran parte de sus energías. Llegó donde las rocas eran menos verticales y finalmente se extendía la llanura. Fue ahi donde una flecha lo alcanzó. Herido, avanzó largo rato tratando de conservar el paso hasta que agotado, cayó al suelo. Se incorporó con gran dificultad y trató de ver si lo seguían. No vio a nadie. Los reflejos de sus corazas hubieran delatado su presencia. Descansaría un poco. Quizá hasta dormiría.
    Un ruido lo sobresaltó cuando dormitaba. Despertó sin saber de momento dónde se encontraba. Vio el morral y recordó todo. Trató de incorporarse mas no pudo. El dolor de la herida se agudizó y se le nubló la vista. Alcanzó a distinguir unas siluetas que se aproximaban y un instante después falleció.

    Tres debos atrás, la aldea Harussi había sufrido el ataque de los Gromleks y no pudieron hacer nada para defenderse de sus armas de metal. En aquellas primeras incursiones, las flechas de los aldeanos, con puntas de sílex, se rompían en sus corazas sin hacerles daño. Desde entonces, llegaban sin aviso y no hacían carnicería por la conveniencia de tener vasallos que cultivaran la tierra. Robaban sus cosechas dejándoles apenas para subsistir. Más valía no herir a alguno de los Gromleks porque éstos tomaban rehenes, se los llevaban y no se les volvía a ver. Desde entonces, los Harussi ya no se defendían y pagaban mansamente el tributo demandado, tanto en granos como en esclavos.
    Los Gromleks vivían en el fondo de un enorme cráter cuyos empinados bordes servían como muralla natural. Arriesgadas incursiones de los Harussi habían logrado ver en el interior del cráter los fuegos de los Gromleks, encendidos día y noche.  Fue una de esas noches, cuando el esclavo malherido que acababa de escapar, fue hallado por los expedicionarios de Harussi. Herido de muerte, le encontraron un envoltorio de piel que los exploradores llevaron a la aldea. Ahí, reunidos en consejo, desataron el paquete. Contenía una daga y una piedra, ambos de color gris. En la piel del envoltorio estaba grabado con figuras un proceso de fabricación. Saltaba a la vista que tanto la daga como la piedra eran del mismo material. El consejo de la aldea decidió que diariamente saliera un grupo de exploradores al anochecer, fuera hasta los bordes del cráter y a la luz de las lunas recogiera una buena cantidad de esas extrañas piedras y las llevara hasta la aldea. Alrededor del cráter habia ingentes cantidades de ellas. En la aldea, los artesanos se devanaban los sesos tratando de interpretar los grabados en la piel y hacían pruebas y pruebas hasta que un buen día lograron fundir aquellas piedras y moldearon puntas de lanza, espadas cortas y puntas de flecha.
    Llegó la temporada de cosecha y los rebosantes graneros de Harussi premiaban sus esfuerzos. Alguien dio la voz de alarma. Las mujeres y los niños corrieron a ocultarse dentro de sus casas y un puñado de ancianos salió a la explanada central de la aldea. Un contingente de unos veinte Gromleks se aproximaba fuertemente armado. Venían a cobrar el tributo. Al llegar a la explanada el mayor de los ancianos les marcó el alto. Se detuvieron expectantes y desconcertados. El anciano alzó la voz y les dijo que lo único que encontrarían en Harussi sería la muerte si no se retiraban. Al escuchar esto, los Gromleks arremetieron contra el grupo de ancianos. No habían dado ni dos pasos cuando una andanada de flechas cayó sobre ellos. Las corazas fueron perforadas y muchos cayeron muertos o heridos. Una cantidad de lanzas dió en tierra con otros más. Finalmente los restantes fueron masacrados con la espada. No quedó uno solo vivo. Harussi, allá en Breón el de las dos lunas, había entrado en la Edad del Hierro.

martes, 22 de mayo de 2012

DAN

Trato de averiguar por qué los humanos recordamos o festejamos fechas que, a nuestro juicio, resultan dignas de ser celebradas. Lo hago como un mero ejercicio de investigación informal, con objetivos no bien definidos o con procedimientos o métodos no muy idóneos, pero en fin, ese por qué es el único asidero que poseo. Una Historia sin fechas sería inconcebible. Siendo una sucesión de hechos, requiere que éstos tengan una ubicación temporal que les dé continuidad, relación causal, etc.. Esa estructura le da una solidez que no tendría si los eventos que menciona sólo vinieran los unos tras los otros, como resumen de contenidos, sin cualidades como duración, principio y fin de cada uno. Como cúmulo de conocimientos Sería más que suficiente pero resultaría imposible elaborar un cronograma a nivel universal. Los acontecimientos no se dan secuenciados. No se forman en la cola de la realidad esperando su turno. Se presentan en forma simultánea con otros más. Pero dejemos la Historia Universal. Es muy compleja, al menos para mí. Trataré de encontrar la relación entre las fechas y las celebraciones en algo más sencillo y demostrar lo inútiles que son aquéllas. Para eso se me ocurrió la siguiente narración.

     En un pueblo perdido en un pais lejano, un niño nació en un día cualquiera. Sus padres hicieron una gran fiesta para celebrar que estaba fuerte y sano. Pasado un tiempo, decidieron ponerle por nombre Dan y estuvieron de acuerdo en celebrar con alegría  el acontecimiento. Primera pregunta: ¿Cuánto tiempo había vivido Danito? Nadie tenía la respuesta. El tiempo transcurrió y Danito pronunció sus primeras palabras. Sus papás, sus tíos y los vecinos decidieron que eso había que celebrarlo e hicieron una gran fiesta. Segunda pregunta: ¿Cuánto tiempo había vivido Danito? Nadie tuvo la respuesta. Pasó bastante más tiempo y Danito mostró un oscurecimiento sobre el labio superior y una incipiente vellosidad púbica. Sus papás, sus tíos y los vecinos, que fueron llamados para atestiguar, decidieron que había que celebrar el acontecimiento y organizaron un fiestón con músicos y todo. Tercera pregunta: ¿Cuánto tiempo había vivido Danito? Nadie supo la respuesta. Danito creció más, embarneció y cayó en la cuenta de que las chicas eran diferentes e interesantes y empezó a investigarlas con dedicación. Los vecinos, que tenían hijas y un amplio criterio, hablaron con sus papás y sus tíos y juzgaron oportuno celebrar en grande esa inquietud casando a su hija mayor embarazada, con quién creen. Pues con Danito, al que excepto su madre, ya todos llamaban Dan. Cuarta pregunta: ¿Cuánto tiempo había vivido Dan? No se obtuvo respuesta. El tiempo pasó y un buen día Dan se convirtió en papá de un hombrecito. Los abuelos del crío, los tíos de Dan, los suegros de Dan, que seguían siendo vecinos, y el mismo Dan, decidieron que eso había que celebrarlo y tiraron la casa por la ventana en un fiestón que hubiera pasado a los anales del pueblo si los hubiera habido. Quinta pregunta: ¿Cuánto tiempo había vivido Dan? No hubo contestación. Poco después, las presiones familiares y sociales obligaron a Dan a ponerle nombre a su vástago. Tras largas cavilaciones, discusiones familiares y opiniones varias, Dan decidió llamarlo Dan. Después de todo, su padre, su abuelo y su bisabuelo se habían llamado así. Todos a una opinaron que tan juiciosa decisión tenía que ser celebrada y la fiesta se recuerda por lo rumbosa que fue. Sexta pregunta: ¿Cuánto tiempo había vivido Dan? Cero respuestas.
     Para ser breve, Dan tuvo otros tres hijos a lo largo de su vida y desde luego que se multiplicaron las celebraciones. Las preguntas sobre cuánto tiempo había vivido Dan llegaron a ser tantas que se perdió la cuenta. Dan llegó a la ancianidad sano y fuerte, con nietos y biznietos, todos con las consabidas celebraciones en ciertos momentos de su vida. Cuando Dan murió, se celebró un funeral multitudinario para festejar la culminación de su exitosa vida. La pregunta de siempre quedó en el aire: ¿Cuánto tiempo había vivido Dan? ¿Ochenta? ¿Noventa? ¿Cien años? Nadie lo sabía. Nadie recordaba que Dan hubiera celebrado algún cumpleaños ni de él ni de alguno de sus descendientes. Es más, la noción de aniversario les era desconocida. Todos los jolgorios habían sido únicos, por razones únicas que nunca habían faltado. Siempre había razones nuevas en un presente perpetuo. ¿Cumpleaños? ¿Aniversarios? ¡A quién chingaos le importan!

martes, 15 de mayo de 2012

SOPHIE

     -Escucha Bernard. Hoy viene Sophie a visitarnos. Sabes muy bien que ella es muy callada y que cuando viene a vernos aprovecha para desahogarse y contarnos sus problemas. Tal vez para ti no sean de gran importancia, pero para ella sí lo son. Déjala hablar y procura no interrumpirla porque no sé cómo lo tomaría. ¡Es tan sensible! Demuestra tus buenos modales y no opines nada. Después de que ella se haya ido, tú y yo hablaremos al respecto y veremos qué podemos hacer para ayudarla. Sigue siendo nuestra hija menor. ¿Estás de acuerdo?
     -Mhjm.
     -Muy bien. Espero que ahora nos traiga buenas noticias. Ojalá haya conseguido el trabajo que tanto deseaba y me muero de ganas por saber qué pasó con Gérard. Ese muchacho... Ese hombre parece reunir los requisitos que ella ha deseado siempre para un buen esposo. ¡Ella es tan exigente! ¿No lo crees?
     -Oui.
     -Sophie ya no es una jovencita, tiene cuarenta años y si bien ha tenido muchos pretendientes, ninguno ha llenado sus pupilas. ¿Recuerdas a Thierry? No sé por qué no quiso embarazarse de Thierry. ¡Oh la la! ¡Qué muchacho! Era un muñeco. Lástima que ya era casado. O a monsieur Morlay, el viudo rico que la persiguió hasta el cansancio. Y a... espera. La veo venir. Como siempre, nos trae un ramo de flores. Aquí llega. No olvides lo que te dije ¿Eh?
     -Mhjm.
     -¡Hola mamá! ¡Hola papá! Aquí estoy como de costumbre y les tengo dos buenas noticias. La primera es: ¡Conseguí el trabajo! Es una buena empresa donde podré tener un desarrollo. La segunda es que ¡Me voy a casar con Gérard! Ayer me lo pidió y no lo pensé dos veces. Creo que ya es tiempo. ¡Nos casaremos el mes próximo! ¿Qué les parece? He venido a agradecerles su apoyo, comprensión y aliento. Ustedes son lo único que he tenido estos últimos años. Vivir sola es difícil pero lo he superado y me siento más fuerte y capaz que antes. Más madura, aunque me cuesta decirlo. Seguiré viniendo a verlos como de costumbre. Quiero que conozcan a Gérard. Estoy segura de que les va a gustar. También quiero que sepan que me da mucho gusto venir a visitarlos y que siempre los tengo presentes. Bueno, me retiro porque tengo mucho qué hacer. Nos veremos pronto. ¡Au revoir!

     Sophie salió. Al llegar a la calle volteó para mirar la fachada. Una ves más leyó en el frontispicio: "Heures qui mort dans le Seigneur.*

*"Bienaventurados los que mueren en el Señor".