Todo el pueblo conoce a Juan el sordomudo. Es un hombre de unos cincuenta años, pequeño y de apariencia frágil. Vive en una choza en las afueras y todos los días, a las cinco y media de la mañana, sale de ahí y recorre el trayecto hasta la plaza mayor, jardincillo sombreado por vetustos árboles. Camina exactamente por el centro y llega directamente al arco en la entrada del atrio. Cruza ese espacio con rapidez. Ante la gran puerta de madera, echa mano a su bolsillo, saca una llave de hierro forjado y la introduce en el cerrojo. El portón se abre en medio de un coro de rechinidos amplificados por la acústica del templo. La iglesia está abierta. Los pasos de Juan resuenan en el ámbito vacío y llegan hasta la sacristía donde se repite el rito con otra llave. Las luces de la aurora se filtran ya por los humildes vitrales e iluminan las bancas vacías. Juan regresa con sus pasos resonantes y desaparece por una puertecilla. Faltando cinco minutos para las seis, el sol ilumina la torre de la iglesia y a Juan que, con una sonrisa de oreja a oreja, hace sonar la campana para el primer repique. Está feliz. Sabe que el pueblo entero lo está escuchando.
