
Muy intoxicado, apenas lograba sostenerse en pie. Los efluvios de la droga y el alcohol habían embotado casi por completo su cerebro. Todo parecía irreal e intangible. Los colores, olores y sonidos eran tan intensos que apenas los podía asimilar. Había superado más de la mitad de la escalinata y se esforzaba para seguir subiendo. De no ser por los que le ayudaban sosteniéndolo por los brazos, hacía rato se hubiera desplomado. Por fin, llegó a la parte superior de la escalera y los ayudantes lo acostaron mas no sintió ningún descanso. Poco después percibió una sombra que se aproximaba. Un contorno emplumado le tapaba el sol. El rítmico batir de cien tambores retumbaba en sus oídos mezclado con los gritos de una multitud. Un intenso olor a sangre penetraba su nariz. La sombra le cubrió.
No hubo dolor cuando la obsidiana cumplió su cometido. Alcanzó a ver su corazón latiendo por encima de su pecho y un instante después percibió con terrible claridad, la figura espectral de Mictlantecuhtli quien sonriente, le dio la bienvenida.