martes, 22 de enero de 2013

DE NUEVO CON SAMUEL

     -¡Hola Samuel! ¡Qué gusto me da verte otra vez! ¿Qué te trae por aquí?
     -Pues para que veas que no te olvido, aquí me tienes.
     -¡Por supuesto! Yo sí olvidé que el tiempo no existe para ti. Ha pasado más de un año acá y no habías dado señales de vida... Es un decir. ¿Cómo está todo por allá arriba?
      -Todo está tranquilo. Como dicen en México, "no pasa nada". No requerimos de elementos de seguridad ni necesitamos vigilancia en las entradas. Antes teníamos una sola, pero con el incremento de flujo ahora hay cuatro. Una por cada punto cardinal. No tenemos problemas de migración ni de indocumentados o de narcotráfico. Sin embargo, eventualmente nos reunimos con El Innombrable para definir estrategias, pero desde que se establecieron las cosas como son, él a lo suyo y nosotros a lo nuestro.
     -¿Por qué no le llamas Luzbel?
   -¡Shh! ¡No lo vuelvas a decir! Mira. Mantenemos una relación cordial por órdenes superiores. No deseamos nuevos conflictos. De por sí no los tenemos. No es nuestro enemigo. Es enemigo de ustedes los humanos. La tierra es su campo de batalla, pero desde el gran combate en que nos quedamos nosotros con el Norte y él con el Sur, valga la expresión, no hemos vuelto a llamarle por su nombre.
     ¿Crees que jamás volverá a haber problemas entre ustedes allá arriba por aquello del poder y de quién es quién?
     -No. Imposible. Todos somos fieles al Jefe Máximo.
     -¿A ti no te gustaría ser reconocido como el más llegón de todos?
     -No. Para mí, eso carece de sentido.
     -Vamos, no me hagas decir nombres. Tú sabes a quién me refiero.
     -No te puedo mentir. Es Miguel y eso tú lo sabes.
     -Desde luego, pero creo que se debe a que desde el principio se le hizo una enorme campaña de publicidad que sería la envidia de cualquier candidato. Héroe de la gran batalla, líder máximo de las huestes del mero mero...
     -No sigas por ahí. Es inútil. Para mí, la tentación no existe.
     -Pero entonces ¿no tienes sentido de la justicia?
     -¡Por supuesto! Pero de la justicia divina.
     -Qué ¿hay otra?
     -¡Claro! La justicia de los hombres.
     -¡Oh, vamos! Estoy hablando en serio.
     -¡Yo también!
     -Entonces explícame porque no entiendo esa dualidad.
     -Es fácil, mira. La justicia humana clama para que todos tengan lo mismo. Que todos sean iguales. En cambio, la justicia divina a unos les da mucho, a otros les da poco y a otros más no les da nada. Si no lo crees sólo mira a tu alrededor. Entender eso es la clave del bienestar mental. Los que no lo entienden se la pasan haciendo peticiones, sacrificios y hasta guerras para que todo sea parejo. Eso es imposible porque la diferencia está en la esencia de los seres humanos. Quien diga lo contrario, miente. Es más, creo que la igualdad ante la ley es la máxima aproximación teórica a que han llegado y en la práctica ¡no la logran! Y acá entre nos, estoy seguro de que el problema está en que pocos tienen demasiado y muchísimos no tienen nada. Lo único en que se parecen es que la mayoría, no importa lo que tenga, siempre quiere más. Ese es un mal hasta ahora incurable. Creo que si lograran reducir esa enorme diferencia marcharían mejor.
     -Creo que ya te entiendo, pero ¿cómo se las han arreglado allá arriba para evitar eso? ¿nadie quiere ser más de lo que es?
     -¡Desde luego que no!
     -¿No pueden, o no quieren?
     -No podemos no querer. Esa opción no existe para nosotros. Es una imposibilidad absoluta.
     -¿De veras?
    -Así es. Es la ventaja de simplemente obedecer. Nuestras órdenes son indiscutibles y no requieren de análisis. No hay posibilidad de objetar. Se ejecutan y ya. Creo que has olvidado que a raíz del triunfo sobre la única rebelión que hemos tenido, los disidentes fueron arrojados al abismo y los que permanecimos fieles, fuimos confirmados en gracia. ¿Cómo la ves?
   -Está padrísimo para ustedes -le contesté sin ninguna convicción, aún a riesgo de que leyera mi pensamiento- pero dime ¿qué tengo qué hacer para nunca ser "ascendido" a esa categoría?
     -¿Cómo dices?
    -Es broma, es broma mi querido Samuel. Tú sabes cómo te aprecio y también sabes que soy sincero contigo. Conoces mi conciencia y estás enterado de cómo pienso. Sé también que comprendes que yo no desearé jamás ser como tú, un espíritu puro. Prefiero mi humilde humanidad con todo lo que conlleva. Es un precio que vale la pena pagar por decidir lo que quiero hacer con el tiempo y el espacio de mi vida. 
     -Sigues siendo el mismo, ¿verdad? Bueno, me tengo que retirar.
    -¡No te alejes tanto! Es un placer platicar contigo. Nos veremos pronto.