Hubo una rata en mi patio. Era muy taimada. Tan taimada que se burlaba de mí. Se dejaba ver, y en cuanto me miraba con el rifle en las manos, desaparecía. Le disparé varias veces sin acertarle. De manera increíble, estuvimos a punto de ser amigos y de que se ganara mi respeto, al grado que ya nos dábamos el saludo, siempre y cuando yo no estuviera armado. ¿Cómo hice para eliminarla? Compré una pistola de diábolos, arma que ella no conocía. Salí al patio con ella en la mano, cargada y lista para disparar. Fingí utilizarla como herramienta de jardinería y en un momento que nunca olvidaré, la condenada rata salió de atrás de una maceta; se sentó y se me quedó mirando. ¡Era una señora rata! Me pareció ver una especie de sonrisa sarcástica en su cara. ¡Hola Raúl! le dije. Por fortuna no me contestó, pero agarró confianza y se acercó a unos cuatro metros de distancia, por mi izquierda. Era evidente que sin el rifle, no me tenía miedo. Yo, en cuclillas, seguí moviendo las plantas. Con la zurda sacudía las hojas mientras lentamente cruzaba el arma sobre el brazo. Metí las miras en su cuerpo. Oprimí el gatillo y disparé. Cayó pataleando y en unos segundos quedó inerte. ¡Sí! Exclamé triunfante. La agarré por la cola y, con la dignidad que un enemigo merece, la enterré en un rincón. Era una rata muy lista, pero mi diábolo fue más rápido.
