
XOCHITLA
El estrecho sendero permitía avanzar cómodamente aunque la humedad del atardecer lo hacía un poco resbaloso. La bruma empezaba a asentarse y los rayos tangentes del sol se dibujaban fantasmales al filtrarse entre el follaje del bosque. Según mis cálculos no me faltaba mucho para llegar a Xochitla, un pueblecito situado entre la sierra y tan escondido que solamente a pie se puede llegar. Una calma absoluta era dueña del entorno y se escuchaba el zumbar de los insectos y el canto de las aves como música de fondo. No hacía frío ni calor. Yo avanzaba despacio y con paso regular, encorvado un poco por el peso de la mochila, cuando al doblar por alguno de los tantos vericuetos del camino alcancé a verlo. Iba desplazándose con pasos breves y se apoyaba en un rústico bastón, la cabeza cubierta con sombrero de palma y el morral terciado hombro. Todo de blanco, era un punto refulgente entre aquel verde sobre verde. Por un momento dudé si debía alcanzarlo y rebasarlo y me detuve indeciso antes de proseguir. Poco a poco, la distancia que nos separaba se iba acortando y decidí caminar haciendo algo de ruido para anunciarle mi presencia. Conforme me fui acercando pude apreciar que se trataba de un anciano que aunque usaba el bastón, caminaba muy erguido. Finalmente llegué junto a él y siguiendo las costumbres campesinas le dí las buenas tardes. Me contestó el saludo con el ademán de quitarse el sombrero, aunque sólo tocó el ala y no me respondió, de modo que continué mi camino y poco a poco lo dejé atrás, resistiendo la tentación de voltear a verlo.
El sol se escondió tras de los montes casi de golpe sumiendo en la penumbra todo el bosque. No obstante, tomé la decisión de avanzar lo más posible antes de acampar pues tenía la esperanza de que de un momento a otro vería por entre los árboles las casitas de Xochitla, así que emprendí la trepada de una loma cuyos contornos se recortaban perfectos sobre el azul oscuro del cielo poniente. Tardé veinte minutos en llegar a la cima jadeante y agotado. Conforme recuperaba el aliento fui girando lentamente en busca de luces que me indicaran algún lugar habitado pero no pude localizar la más leve luz, de modo que cansado, me quité la mochila, saqué mi linterna y me dispuse a acampar. Al poco rato ardía ya una buena fogata y unos deliciosos huevos con tocino pasaron a compensar mis fatigas acompañados de una taza de café. Ya satisfecho desenrollé mi bolsa de dormir, arrojé un poco más de leña a la fogata y me metí en el talego para quedarme dormido de inmediato, arrullado por los suaves murmullos de la noche.
No tengo idea de cuanto tiempo haya transcurrido, pero el caso es que mi sueño fue interrumpido por un ruido cercano proveniente de colina abajo, por lo que me incorporé lentamente tratando de ver en la oscuridad de la noche sin luna. La fogata había consumido toda su leña y sólo quedaba un rojizo resplandor que humeaba tenuemente. Tomé la linterna y busqué la causa del ruido hasta que el haz de luz iluminó de pronto una silueta blanca que avanzaba hacia mí. Era el anciano que había rebasado aquella tarde; caminaba con la misma cadencia de entonces y parecía poder seguir haciéndolo eternamente. Llegó hasta donde yo estaba y se detuvo en silencio por lo que tuve que tomar la iniciativa dándole las buenas noches.
- Buenas noches - contestó con voz tranquila como si la subida a la colina no le hubiera requerido de ningún esfuerzo y acompañó sus palabras con el ademán de alzarse el sombrero.
- ¿Gusta... arrimarse al fuego? - añadí titubeante.
Acercóse en respuesta y se encuclilló junto a las brasas al tiempo que arrojaba allí un puñado de hojarasca y algunas ramas que en un momento revivieron la lumbre. Las llamas hicieron desaparecer el entorno reduciendo el mundo al área circular que iluminaban. Apagué la linterna. El viejo tenía la tez morena, las facciones indígenas muy acentuadas y su perfil no dejaba de tener cierta nobleza.
- ¿Quiere comer algo? - le pregunté con el deseo de iniciar la conversación.
- No, gracias - dijo y volvió a encerrarse en su mutismo. Tomó un palo y removió el rescoldo de la pequeña hoguera desprendiendo un enjambre de chispas que arremolinándose subieron rápido como si tuvieran prisa en apagarse.
- Yo me dirijo a Xochitla - le dije perseverando en mi intención.
- ¡A Xochitla! ... Je, je, je. - contestó dejando su risita rebotando en mis oídos mientras movía la cabeza como diciendo "Ah que muchacho éste", con lo que logró inquietarme.
- ¡No me diga que voy por mal camino! ¿Eh?
El silencio y un movimiento de vaivén de su cabeza fueron la respuesta; un movimiento que bien podría significar "más o menos" o "por ahí así" o "puede que sí, puede que no". Mi desconcierto era total; aquel anciano me tenía ahora a su merced pues daba la impresión de saber algo que yo parecía ignorar. Una oleada de temor me estremeció por un momento, pero pensando con claridad, si acaso estaba extraviado, ya encontraría el rumbo al día siguiente. Recuperando mi aplomo decidí preguntarle directamente.
- ¿Estoy muy lejos de Xochitla?
El viejo movió la cabeza negativamente.
- Entonces seguramente mañana la veré ¿No?
El viejo negó con la cabeza nuevamente.
- ¡No puede ser! - troné saliéndome del talego y acercándome a él. - No es posible que no esté lejos y que mañana no la pueda ver; según mis cálculos ya debería estar ahí ahora. ¡Estoy seguro! - afirmé reforzando mis palabras apretando los puños.
La elocuente cabeza del anciano se movió afirmativamente y sonrió mostrando sus dientes largos y amarillos; (CONTINÚA) luego, palmeando el suelo junto a él, pareció invitarme a que me sentara ahí. Conteniendo mi ánimo alterado así lo hice, con la esperanza de recibir alguna explicación y resistiendo la tentación de hacerle otra pregunta.
El anciano se tomó su tiempo como para poner a prueba mi paciencia; después, con el brazo derecho extendido hacia el frente y el índice apuntando hacia abajo, elevó e hizo descender su extremidad hasta tocar el suelo. Cuando retiró el dedo había dejado un hoyuelo. Yo me acerqué para observarlo completamente intrigado y terriblemente despistado; el viejo movió por enésima vez su cabeza y en su cara apareció una sublime expresión de resignación. Finalmente exclamó:
- ¡Aquí es Xochitla!
Yo, para no ser menos en materia de expresiones faciales, puse la más estúpida que pude, con la boca abierta y asintiendo enfáticamente con la cabeza como si de pronto se hubiera hecho la luz en mi cerebro.
- A... Aquí... - balbucee sosteniendo mi expresión de beatífica estulticia.
- Sí, aquí. - ratificó el viejo.
- Y... ¿Cómo es que no la veo? ¿Es que nadie enciende aunque sea un cabo de vela por la noche? - Repliqué.
- No - repuso el anciano.
- ¿No?
- No.
- ¿Por qué no? - insistí.
- Porque no hay nadie. - contestó.
- ¡No es posible! - volví a tronar - ¡No me diga que Xochitla es un pueblo abandonado!
- No, no lo es.
- ¿Entonces?
- Entonces ¿Qué? - exclamó el viejo.
- Pues que ¿Dónde está la gente?
- Nunca ha habido gente. - respondió.
- ¡Ah! Nunca ha habido gente. - repetí pausadamente. - Mire, la verdad es que lo que me dijo no tiene ni pies ni cabeza y como me doy cuenta de que mis preguntas no me llevan a ninguna parte, voy a callarme la boca mientras usted me hace el favor de explicarme todo este embrollo. ¿De acuerdo?
- Está bien. - contestó el hombre con un suspiro de resignación - Yo hablaré. - Hizo una pausa para tomar aliento y prosiguió. - Creo que tú - el viejo me tuteó para ubicarme desde ya en inferioridad - has viajado bastante y te gusta conocer lugares escondidos buscando quizá lo auténtico, lo natural. Seguramente conoces muchos pueblitos perdidos en laderas, valles y cañadas y seguramente también has observado sus características peculiares. - El anciano me sorprendió con su repentina elocuencia y realmente capturó mi atención de inmediato. - Me refiero - continuó diciendo - a aquellos pueblecitos que conservan su sabor original y que aún no han sido electrificados; con sus calles empedradas y ondulantes, sombreadas a los lados por los aleros de las casas; los que cuando empieza a llover huelen a barro y escurren a raudales las tormentas por todos los tejados. Los que despiertan y duermen con el sol; los que saben a maíz, frijol y verdolaga; los de adobe y madera; los de leña y comal, los de trabajo y fatiga. A ésos me refiero. - el viejo guardó silencio unos instantes como para darme tiempo de asimilar lo dicho y continuó - Dime. ¿Encuentras algo en común entre esos pueblecitos? - la pregunta me tomó abstraído en la evocación de todos los detalles que el viejo había mencionado. Sin embargo contesté. - Sí, es posible... pues aunque todos se parecen mucho, son en realidad distintos. Es decir... quizá... sí, quizá el todo sea diferente, quiero decir que cada pueblo tal vez sea único como tal pero... las casas... las casas se repiten, se repiten en muchos de los pueblos. ¡Eso es! Las casas son muy parecidas; los muros de adobe; las pequeñas ventanas; los patios y los corredores... Todo parece responder a una especie de uniformidad, de pertenencia, de estilo...
- ¡No! - interrumpió el anciano alzando la mano. - Ibas muy bien pero eso de "estilo" no es más que un lugar común. Existe otra razón para ese parecido; la verdadera razón; la única razón y se encuentra aquí en este lugar. Ahora te pregunto: si siembras maíz ¿Qué cosecharás?
- Pues maíz también - contesté.
- Luego, no importa donde siembres el maíz, las plantas resultantes siempre se parecerán entre sí sin importar el tamaño de la milpa ¿No crees?
- ¡Por supuesto! - respondí - Pero ¿Qué tiene que ver el maíz con los pueblecitos y este lugar?
- ¡Ah! Tiene mucho que ver - aseguró el viejo - pero como siempre, lo que es obvio resulta invisible al ojo que ve pero no mira. ¿Has visto maíz crecer en el mar?
- Pues no.
- ¿Has visto corales crecer en el monte?
- Tampoco.
- Si los vieras - continuó el anciano - ¿Qué dirías?
- Pues que eso no es posible; no puede ser - respondí - ya que ni el coral pertenece al monte ni el maíz al mar.
- ¡Exacto! - remarcó el anciano con un nuevo brillo en su mirada y añadió - Si vieras en un pueblito de esos una casa de cemento armado, cristales y aluminio ¿Qué dirías?
- ¡Claro! - exclamé - ¡Diría que no pertenece ahí, que no es su lugar!
- Así de sencillo es, muchacho. - pareció concluir el viejo.
- Sí, así de sencillo - repuse - pero sigo sin entender el papel que juega este lugar en todo esto. No encuentro qué relación puede haber entre un pueblo sin gente al que no puedo ver y todo lo demás que usted me ha explicado.
El anciano se quitó el morral y me lo pasó.
- Ten, vamos a ver qué encuentras ahí dentro.
- Tomé el morral y metí la mano, sintiendo en el fondo un escaso puñado de bolitas o algo parecido. Fuera de eso, el morral estaba vacío.
- No las saques, - advirtió el anciano - puede caerse alguna y quedar en mala tierra donde no podría germinar. Esas semillas son la causa de mi presencia en este lugar y la razón de mi existencia. Cuando se terminen, mi vida habrá llegado a su fin. Ahora toma sólo una con mucho cuidado en la palma de tu mano y obsérvala a la luz de la fogata.
Así lo hice. La semilla parecía una bolita de barro común y corriente.
- Pero, ésto es sólo barro - le dije.
- No, no es barro aunque lo parece. Es una de las semillas más complejas que puedan existir; representa siglos de tradición y permanencia y contiene además la esencia de la tierra. Tal vez a eso se deba su apariencia - explicó el viejo.
- Está bien, pero...
- ¡Calma! - interrumpió el anciano - Ahora vas a conocer una verdad reservada para los que miran con los ojos del espíritu, aunque en tu caso bien puede ser un inmerecido privilegio.
El viejo respiró profundamente y prolongó la pausa haciendo mayor mi expectación.
(CONTINÚA) - La invisibilidad de Xochitla se explica porque simplemente en esta época del año no está, no existe. En este momento, lo que pueda ser Xochitla se encuentra aquí, en el interior de ese morral. Este lugar fué escogido por los dioses porque reúne una serie de características que sólo se encuentran en armonía en este lugar de la Tierra. Esas características le confieren cualidades ideales para servir de almácigo. Luego, los dioses me otorgaron el honor de ser el único y exclusivo sembrador y prolongarán mi existencia hasta que la última semilla de ese morral sea sembrada. Como has podido ver, quedan muy pocas; quizá esta sea la última siembra de mi vida.
- Entonces, las semillas son...
- ¡Efectivamente! Son casitas. Casitas de pueblo. Al salir el sol de mañana estaré colocando por aquí la última siembra de casitas y al terminar, ya no tendré quehacer en este mundo.
- ¡Maravilloso! - exclamé. - Eso explica esa sensación de pertenencia de las casitas de adobe al suelo que las sustenta. Parecen haber crecido de la misma tierra, como las plantas. Son de ahí.
- Xochitla - añadió el anciano - como puedes ahora comprender, no es un pueblo permanente. Cada año lo siembro.
- ¿Y quién lo cosecha? - pregunté impaciente.
- Te lo voy a explicar, pero no olvides que debes escuchar con los oídos del espíritu. ¿Recuerdas que te dije que Xochitla es un almácigo? - Asentí con la cabeza. - Pues un almácigo no se cosecha; simplemente se trasplanta su contenido a otro lugar que será el definitivo. Entonces, cuando las casitas se han desarrollado hasta un centésimo de su tamaño normal, están listas para ser trasplantadas.
- Pero ¿Quién lo hace? ¿Cómo lo hace? - Volví a preguntar.
- No necesita hacerlo nadie. - prosiguió el anciano - Lo que sucede es que cuando alguien en alguna parte empieza a construir una casita de pueblo, yo me entero de inmediato y le asigno una del almácigo; una casita de Xochitla. El constructor no lo sabe, pero cada bloque de adobe que coloca en su lugar, cada viga, cada teja, corresponden como dos gotas de agua a las de la casita que yo le asigné. Cuando la termina, la coincidencia es total hasta el menor detalle. En el preciso instante en que el constructor da por terminada la obra, la casita de Xochitla desaparece y va a integrarse a la casa recién nacida como el espíritu al cuerpo. ¿Tienes alguna pregunta?
- No... Este... Pues no... Todo está muy claro, no sé por qué no lo pensé antes... Almácigo... Trasplante... ¡Fácil! - contesté automáticamente. - Es decir, sí, tengo una pregunta. ¿Qué pasará ahora que se terminen las semillas?
- Pues seguramente moriré - contestó el viejo.
- No, no. Me refiero a las casitas. ¿Ya no habrá más?
- No, ya no. Los dioses conocen todo y saben que ya no se van a necesitar.
- ¡Pero no pueden dejar que todo termine así nada más! - protesté alterado.
- Sin embargo, esa es la voluntad de los dioses - aseveró solemnemente el anciano.
- ¿Por qué? - insistí.
- Por algo que sí puedes ver con los ojos del cuerpo. Es notorio que ya no se fundan pueblitos y los que ya existen no crecen con casitas de las que yo siembro. Además, sólo unos cuantos se quedan a vivir en el pueblo de sus padres y de esos, pocos construyen su casa con adobe. Por lo general, prefieren las casas de "material", como las llaman, aunque sean más frías y no se asimilen a la fisonomía del pueblo. Prefieren también el asfalto al empedrado y las azoteas a los tejados. Te repito, los dioses saben que ya no me van a necesitar.
El viejo atizó una vez más la fogata y levantó otra nube de chispas.
- Será mejor que durmamos lo que queda de la noche. Mañana tengo que sembrar. - Se recostó cubriéndose la cara con el sombrero y se quedó dormido. Yo me quedé pensando un rato más y finalmente también fui vencido por el sueño.
El sol despuntaba tras el monte; eran las seis de la mañana. me incorporé estirando brazos y piernas y sobándome la huella de alguna piedra marcada en la espalda. A la luz del día, el paraje se veía distinto y a sólo unos pasos la tierra labrada despedía un aroma fresco y estimulante. Busqué al viejo y no lo vi en las cercanías. Eché a andar entre los surcos y al poco rato lo encontré escogiendo muy bien los lugares donde plantar sus semillas. Llegué hasta él y lo saludé.
- ¡Buenos días!
- Buenos días - contestó con aquel ademán de quitarse el sombrero.
- No se imagina las ganas que tengo de ver Xochitla. - dije como quien está continuando una conversación.
- Pues desde aquí nunca la vas a ver. - Respondió el viejo sin voltear a verme. - Ayer que pasaste junto a mí equivocaste el camino poco más adelante y te viniste para acá.
- ¿De veras? - Exclamé incrédulo.
- Sí, Xochitla está en la ladera opuesta de aquel cerro gemelo y desde aquí no se ve. No sé por qué hay gente que camina de noche por donde no conoce. - Dijo el viejo e ignorándome, continuó sembrando su maíz. FIN