AMIGO(A) LECTOR(A):
Desde aquello de "mexicanos y mexicanas" (máxima aportación al léxico político-social por algún personaje de la farándula del poder) es obligatorio añadir la (A) como aquí arriba se asienta para no ofender al bello sexo con tan evidente omisión. Se trata de lo siguiente: ¡Se me están acabando los cuentos! ¡Sí! Aquel mamotreto amarillento de reliquias escritas a vuelapluma está por agotarse. (¡Chín! Exclama el lector transido por una mezcla de tristeza y alivio). Sólo me quedan siete (El lector se tranquiliza o se decepciona pero tiene derecho a escoger.), nada más que son algo largos, de modo que los seguiré subiendo por partes. Dicho esto, procedo con el siguiente donde encontrarán peligro, acción, romance no, porque no es mi fuerte, y desde luego algunos muertos que se cuelan por aquí y por allá. Ojalá lo disfruten.

EL MEDALLÓN
Todo el pueblo estaba convencido de los poderes del medallón y aseguraba que su poseedor, al traerlo colgado al cuello, era invulnerable. Kronar lo usaba desde que aquel misterioso mago apareció en medio de la ceremonia del día de su iniciación y le dijo al oído extrañas palabras al tiempo que se lo colgaba al cuello. Después de aquello, durante varias noches en inquietantes sueños se veía luchando contra los opresores de su pueblo, saliendo siempre ileso de todos los combates. Luego, los sueños cesaron.
Mankor, el líder de los hombres libres, había organizado grupos para hostilizar constantemente al enemigo que, acantonado en lo que había sido su ciudad, explotaba sin misericordia a la población esclavizada. Turkan, el tirano invasor, había tomado la ciudad por sorpresa y vencido, no sin dificultad, a una heroica pero desorganizada guarnición que había quedado en Kyrana mientras los mejores guerreros se encontraban explorando las tierras más al Sur. Cuando volvieron, se encontraron con muerte, destrucción y esclavitud.
La primera muestra de los poderes del medallón fue meramente accidental. El tirano había mandado poner trampas en los bosques que rodean la ciudad a fin de protegerse de las incursiones de Mankor. Aquella ocasión, Kronar encabezaba un grupo de cinco jóvenes guerreros y avanzaba cauteloso delante de sus compañeros, escudriñando la espesura; de pronto, al pasar junto al tronco de un árbol, tropezó y cayó de bruces sobre un armadijo que se destrabó y en ese instante un venablo, salido de algún lugar, se clavó en el árbol a la altura donde él hubiera estado de haber pisado el dispositivo. Todos en silencio, cruzaron miradas entre sí y continuaron su avance con mayores precauciones hasta llegar a un lugar muy cercano a los muros de la ciudad, donde idearon un plan para causar varias bajas al enemigo. Echaron suertes y le tocó a Kronar hacerla de señuelo. Así pues, caminó hasta los últimos árboles y se separó a la izquierda del grupo que buscó posiciones ocultándose en el lado opuesto.
El centinela apostado en lo alto del muro miró sorprendido a un hombre solitario caminar hacia él con el arco destensado en la mano como quien anda de paseo. Su primera intención fue dar la voz de alarma pero pensó en lo ridículo que sería hacerlo a causa de un solo hombre y sin pensarlo más armó su arco y disparó rápidamente contra Kronar. La flecha se clavó en la tierra a dos pasos escasos por delante de él. El vigía disparó una segunda flecha errando por muy poco a un costado de Kronar que seguía avanzando. Una tercera flecha del ahora desesperado centinela falló también su blanco de manera increíble. Entonces Kronar se detuvo; tensó su arco, montó una flecha y todavía permitió que el azorado vigía le disparara un cuarto proyectil que se perdió muy lejos sin encontrar tampoco su objetivo. Las voces de alarma de aquel hombre terminaron con un sordo quejido cuando la flecha de Kronar se clavó en su pecho. Unos instantes después aparecieron los primeros hombres sobre el muro y se quedaron atónitos al ver a un guerrero solitario. El que estaba al mando reaccionó de inmediato dando la orden de disparar y fue lo último que dijo cuando una flecha de Kronar le atravesó la garganta. Corriendo velozmente en zigzag, Kronar regresó hacia el bosque mientras cinco saetas salidas desde ahí hallaban su blanco en los hombres del muro.
Esa noche alrededor de la fogata empezó la leyenda de Kronar "El invulnerable"; recordaron la aparición del mago y el asunto del medallón. Sin embargo, el pensamiento de Kronar era distinto. Cuando estuvo a solas tomó una flecha de su aljaba y probó al tacto la agudeza de su punta y luego, con ambas manos, la aproximó a su pecho; empujó suavemente y la sangre brotó de inmediato de la pequeña herida. Aquella noche los sueños volvieron y el amanecer lo encontró aún más confundido.
Las incursiones de acoso seguían y Mankor demostraba su habilidad para planearlas de la manera más inesperada por el enemigo, causándole considerables bajas. Sin embargo Turkan empezó a utilizar recursos malvados como el de escudar a sus hombres con mujeres y niños cuando querían salir de la ciudad y amenazó con matar a dos prisioneros por cada hombre suyo que cayera. Mankor se sintió imposibilitado para actuar en esas circunstancias y suspendió sus ataques para planear una estrategia diferente, pues mientras hubiera un prisionero en la ciudad, no podría hacer nada. (CONTINUA)
Pasaron los días y las reuniones de planeación fueron integrando un proyecto que requeriría del esfuerzo y decisión de todos. Lo primero que se tenía que lograr era establecer contacto con los prisioneros y dentro de la ciudad sería prácticamente imposible. Sin embargo, había una posibilidad cuando los esclavizados salieran durante el día a trabajar en los campos de cultivo, fuertemente custodiados y al descubierto. En esas condiciones el contacto en secreto también resultaría imposible pues a plena luz del día nadie podría acercarse sin ser visto. Pero en la noche...
Como de costumbre se echaron las suertes y tres guerreros fueron los elegidos por la fortuna para llevar a cabo la misión de comunicarse e informar del plan a los prisioneros. Éstos a su vez comunicarían la estrategia a las mujeres cuando les llevaran los alimentos.
La luz del día siguiente encontró al grupo de trabajadores esclavos camino al campo de labor, con sus aperos al hombro, cabizbajos y fuertemente custodiados. Encadenados por parejas, trabajarían hasta la puesta del sol en aquellas fértiles tierras, mientras que sus custodios permanecerían alrededor de ellos vigilándolos y echando, de vez en cuando, una recelosa mirada a los linderos del bosque distante unos treinta pasos.
Los esclavos fueron alineados al borde del campo y a una voz del capataz seguida del restallido de un látigo, dieron principio a sus labores. Silenciosos avanzaban lentamente por los surcos y ya cerca del medio día, se encontraban a la mitad del sembradío cuando casi al mismo tiempo, varias parejas de esclavos tuvieron que hacer acopio de aplomo y sangre fría cuando escucharon voces salidas de la tierra misma; voces que les decían que siguieran trabajando como si nada sucediera y escucharan con atención el plan que se les iba a comunicar. Algunos minutos después, los peones empezaron a cantar al ritmo de sus azadones como lo habían hecho cuando eran hombres libres, ante la sorprendida mirada de sus capataces. El contacto había tenido éxito y aquella noche, en la soledad del sembradío, tres guerreros emergieron de la tierra y a través del bosque, llegaron a su campamento donde los esperaba un asado de jabalí y una jarra de vino.
La parte del bosque más cercana al muro de la ciudad era aquella en la que había tenido lugar la incursión dirigida por Kronar y fue precisamente ese sitio el elegido para llevar a cabo la siguiente parte del plan cuya realización tomaría exactamente una semana y supondría la etapa más pesada de todo el proyecto que estaría a cargo de los guerreros libres.
Durante el séptimo día, la fragua del herrero de la ciudad trabajó intensamente alternando la fundición con la forja sobre el yunque. El acompasado percutir del martillo del herrero atrajo la curiosidad de los guardias quienes lo encontraron ocupado en la manufactura de nuevos azadones. Satisfecha su curiosidad se retiraron y unos minutos después, el yunque con su base de tronco y todo, fue tragado por la tierra tras los últimos golpes del martillo. Esa misma noche, uno por uno al amparo de la oscuridad, los ancianos, mujeres y niños evacuaron la ciudad por la casa del herrero, donde terminaba el túnel excavado desde el bosque. Del mismo modo, un selecto grupo de guerreros se introdujo a la ciudad con una buena dotación de armas y tomó estratégicas posiciones.
Poco antes de salir el sol, los guardias abrieron las rejas para sacar a los esclavos que se fueron alineando a lo largo del interior del muro de donde iban tomando sus instrumentos de labranza. Después, entre varios hombres, levantaron la enorme viga de madera que atrancaba el portón de la muralla y a una voz de los centinelas que les anunciaba que todo estaba en calma, abrieron de par en par las puertas por las que empezó a desfilar la columna de esclavos flanqueada por algunos jinetes y seguida por hombres fuertemente armados. No había cruzado las puertas ni la mitad de la columna cuando a un lado del camino apareció de pronto un guerrero como salido de la nada y sin más disparó una flecha haciendo blanco en el jinete que encabezaba la columna, derribándolo. Fue el principio del caos. Todos a una, los esclavos esgrimieron sus implementos y la emprendieron contra sus custodios. La voz de alarma resonó en las murallas y un grupo de hombres intentaba cerrar las puertas partiendo en dos la columna que salía, sin poderlo lograr debido a la tenaz resistencia de los esclavos que encadenados por parejas luchaban con denuedo. Afuera, el solitario guerrero seguía repartiendo muerte con sus certeros disparos, cuando los primeros proyectiles procedentes del muro, empezaron a erizar el suelo a su alrededor sin lograr herirlo. Entonces, del mismo modo que había aparecido el primero, medio centenar de guerreros surgió de la tierra y lanzó una andanada de flechas que hizo estragos entre los defensores de la muralla; sin embargo, sus puestos eran cubiertos de inmediato por nuevos elementos que al disparar a su vez también hicieron sentir la eficacia de sus proyectiles. El combate se había generalizado y se luchaba ferozmente.(CONTINUA) De pronto, los defensores del muro empezaron a caer asaeteados por flechas que parecían venir de todas partes sin poder explicarse lo que pasaba. Un grupo de esclavos se hizo con las armas de los caídos y se abrió paso a golpes de acero hasta la puerta para mantenerla abierta. La lucha cuerpo a cuerpo empezó cuando los primeros guerreros, con Kronar a la cabeza, se introdujeron por los entreabiertos portones. Varias saetas disparadas por los defensores abatieron a los de avanzada sin tocar a Kronar que se batía salvajemente paso a paso. Una nueva andanada de saetas intentó detener el embate de los guerreros que veían ya cerca el momento de recuperar lo que era suyo. Las pesadas puertas fueron finalmente controladas y en los muros ya no había defensores. La única resistencia provenía de la casa donde se encontraba acuartelado Turkan, desde donde los arqueros de su guardia personal disparaban al abrigo de la construcción. Fue entonces cuando Manker, al frente de los hombres infiltrados durante la noche y cuya acción desde dentro contra los defensores del muro fue determinante para lograr penetrar, flanquearon desde los tejados a los guardias de Turkan y empezaron a diezmarlos lentamente con precisos disparos.
Kronar, junto con algunos guerreros, se había parapetado tras unas pilas de leña para evitar ser alcanzado por las saetas de la guardia, compuesta por hombres que tiraban tan bien como el que más. Estando allí se percató de la desaparición del medallón; debía haberlo perdido en la refriega. Su primera intención fue regresar al área del portón e inconcientemente se incorporó un momento olvidando dónde se encontraba y buscando con ojos de ansiedad el medallón. Un zumbante dardo se incrustó en un leño a una cabeza de distancia de la suya volviéndolo a la realidad. Agazapado, con un sudor frío y una sensación de vacío en el estómago, quedó ahí paralizado. Acababa de conocer el miedo. En eso vino a su mente el vívido recuerdo del mago y las extrañas palabras que le susurró al oído y de las que nunca había sabido el significado. De pronto con gran estrépito y derribando una puerta a su paso, un jinete salió de la casa con la espada en alto y se dirigió hacia el abierto portón. Turkan usaba su último recurso: la huída.
Como despertado de súbito, Kronar se levantó rápidamente y corrió hacia la entrada empuñando su espada y sin más, se plantó en el centro del paso. El jinete lo vio, dudó un instante y espoleó su cabalgadura cargando contra Kronar quien a pie firme lo esperaba con la espada en mandoble lista para dar el tajo. Turkan se irguió sobre el caballo para darle mayor ímpetu a su golpe y maniobró a la bestia para ganar posición; alzó la espada y lanzó un terrible grito. La espada cayó de su mano y su cuerpo se dobló sobre el caballo que pasó por las puertas como una exhalación junto a un Kronar que se había quedado inmóvil sin comprender lo que estaba sucediendo. El silbido de las flechas que todavía se intercambiaban entre los de la guardia y los guerreros atacantes indicaba que aquellos iban a luchar hasta el fin. Kronar echó a correr hacia Turkan cuya cabalgadura se había detenido a medio camino entre los muros y el bosque con su abatido jinete sobre los lomos. El asta de una flecha se veía en su espalda; una flecha de su propia guardia que le alcanzó matándole casi instantáneamente; una flecha dirigida contra Kronar e interceptada por él mismo en la última maniobra de su ataque.
Cuando Kronar regresó, el combate prácticamente había cesado y no se habían tomado prisioneros. Jalaba por las riendas del caballo de Turkan y caminaba con la vista baja cuando al pasar por el arco del portón, entre los cuerpos de los combatientes muertos, descubrió el medallón.
Por la noche, tras el regreso a la ciudad de todos los que la habían evacuado, se celebró la victoria con música, danzas y vino a discreción, alrededor de numerosas fogatas. Kronar, sentado sobre un tocón, observaba las llamas de una hoguera y nuevamente evocó la imagen del mago, las misteriosas palabras* y el medallón. Quizá algún día llegaría a desentrañar aquel enigma, pero mientras tanto, de una cosa sí estaba seguro. Abrió el puño de la diestra; contempló el medallón por unos segundos y lo arrojó a la hoguera. FIN.
*Para aquellos que prefieren que los enigmas se aclaren, he aquí la traducción de las palabras del mago. Kronar no las entendió porque no hablaba celta:
"Esto no sirve para nada, todo depende de ti".