
Era domingo en Cholula. Cuando llegamos a la plaza, su voz se escuchaba tenuemente a lo largo de los portales. Caminamos hasta el final de la arquería sin decidirnos a salir al sol que quemaba como si estuviera enojado. Para hacer tiempo, decidimos sentarnos a una mesa del último restaurante bajo los arcos y pedimos sendas cervezas, bien heladas.Charlamos cerca de quince minutos y fue cuando llegó junto a nosotros. Con el pelo cortado casi a rape, su cara redonda tenía la seriedad que otorga la experiencia y sus movimientos el actuar pausado que da la madurez. En su espalda, una vieja mochila le servía de contrapeso. Mi esposa lo detuvo y le pidió que nos cantara una canción. Se quitó la mochila y al abrirla comentó que el cierre estaba descompuesto. Dentro alcancé a ver lo que parecía ser una torta mal envuelta en una servilleta de papel. Sacó de ahí un toca CD's. Le preguntamos que cuántas canciones se sabía y haciendo cuentas dijo que diez pero que ahora sólo traía pistas para tres. Encendió su aparato. La música empezó a sonar y bien medido, inició su canto con excelente entonación y ritmo. Su voz era agradable y moderada y en ningún momento perdió la compostura. Lo hacía muy bien. Cuando terminó, le dimos unas monedas y mi esposa le hizo varias preguntas. Afortunadamente iba a la escuela y había pasado a sexto año. Se llama Luis Eduardo y ese domingo debería estar jugando con otros niños de su edad. El último trago de mi cerveza tenía un ligero sabor a sal.