Nos encontrábamos, como todos los sábados, jugando una partida de ajedrez en el café de mi hotel en Dharkadhi y hablábamos sobre antiguos textos hindúes. Mahabala se puso serio cuando me oyó mencionar a Pushpaka, el extraordinario vehículo aéreo de Rama. Su semblante se ensombreció de tal manera que pensé por un momento que podría haber ofendido algún protocolo hindú desconocido. Fingí no darle importancia y moví mi caballo frente a su alfil. Mahabala movió de inmediato el caballo de su dama y ahorquilló la mía y mi alfil del rey. Decidí perder mi alfil, por supuesto. Había perdido también la concentración y la estrategia. Antes de mi siguiente movimiento decidí preguntarle con fingido desinterés.
-¡Fantástico lo de Pushpaka! ¿No crees?
-No es fantástico. Es real. -Me contestó muy serio y en voz baja. -Te toca mover Cecil.
Moví mi torre de rey en un desesperado esfuerzo por bloquear su ataque. Sin cambiar la expresión de sus cejas bajo el turbante, sus ojos parecieron reír. Movió su dama.
-¡Jaque mate! -exclamó-. Tus tres últimos movimientos fueron verdaderamente suicidas. Creo que el hablar del Ramayana no te sienta bien.
-Debo decirte -le contesté sin mucha convicción- que yo sigo jugando bien. Lo que pasa es que tú cada vez juegas mejor.
-Oh ¡Vamos! -dijo suavizando su semblante- reconoce que te tomé distraído.
-Algo hay de eso. Pero para ser sincero, me sorprendió la expresión de tu cara cuando mencioné a Pushpaka.
-Mmh. Es cierto. Me altera el que se considere una fantasía de Valmiki la historia del Ramayana. En realidad es una crónica. Oye -dijo en tono de confidencialidad- ¿Cuántos años hace que nos conocemos?
-El mes próximo serán... doce años -le dije-. Hace doce años que llegué aquí a Dharkadhi, un año antes de que se creara el parque nacional de Govind Pashu.
-Y te quedaste.
-Sí. Los ingleses somos muy adaptables. ¿No lo crees?
-Mh. Me reservo mi opinión.
-Tienes todo el derecho. Tú eres de aquí, yo soy un advenedizo...
-¡Ah! ¡Esa faceta no te la conocía, Cecil! ¡Cuánta sensibilidad! ¿Estás seguro de no tener sangre hindú?
-Pues sí. Estoy seguro de que no. Pero doce años son doce años.
-Así es -repuso con seriedad y continuó, midiendo cada palabra- ¿Qué me dirías si te dijera que yo tengo un Vimana?
-¿Qué? ¿Eres acaso modelista y tienes uno de plástico? -le dije en tono festivo.
-No Cecil. Es en serio. Escúchame. Esto no lo sabe nadie y es un secreto que me pesa tanto, que siento una enorme necesidad de compartirlo. Hizo una pausa, asumió una actitud solemne y prosiguió recalcando cada palabra. -Tengo un Vimana. No es Pushpaka, pero es un auténtico Vimana.
Incrédulo, guardé silencio y lo observé fijamente. No mentía. No sabía mentir.
-Continúa, por favor -le supliqué.
-Como sabes, mis antepasados han sido hombres santos. Mi abuelo, al que poco conocí y mi padre, que pasó toda su vida en el ashram de Dharali, a unas millas al norte de aquí, dedicado al culto de Vishnú. Él fundó un santuario más en el camino de Bhaironghati, dentro de lo que ahora es la reserva ecológica de Nanda Devi, hacia el Este. Es un ashram poco frecuentado, es decir, un sitio de oración que no tiene actualmente ningún discípulo. Mi padre perdió la fe en todos sus seguidores cuando vio que de ellos no iba a salir un sucesor. Según él, ninguno lo merecía. Desconozco qué hizo que su mente cambiara en su lecho de muerte y decidiera finalmente dejarme el cargo de maestro espiritual, para el que nunca me sintió calificado.
-¿Por qué dices eso?
-Difícilmente he leído algo de los Vedas, los Upanishads, etcétera. Ahora ya sabes a dónde voy cada vez que me ausento de aquí. Alguien tiene que ocuparse del mantenimiento del lugar. La selva recupera lo que el hombre abandona. Bien, según mi padre, en el centro mismo del santuario hay una bóveda enterrada bajo el piso del lugar donde se sentaban los discípulos a meditar. Durante años, los seguidores de mi padre oraron, sin saberlo, sobre losas que ocultan un tesoro inestimable.
-¿Un tesoro? -interrumpí.
-Así es. Protegido por la bóveda subterránea, a la que se tiene acceso por la parte posterior del santuario y oculta por una tapia de piedra que simula los cimientos del ashram, se encuentra un Vimana. Una "Nave de los Dioses".
Guardó silencio dejándome con la boca abierta. Pasados unos segundos sólo atiné a decir:
-¿De veras?
-Como lo oyes. -Me dijo asintiendo enfáticamente con la cabeza.
-¿Y?... -Su ademán de resignación me indicó, o bien que no sabía qué hacer, o bien que no sabía cómo hacerlo, o bien que no podía hacerlo solo-. ¿Quieres recuperarlo?
Tres días después, muy temprano, marchábamos por el camino a Bhaironghati a bordo de una camioneta destartalada que pasaba inadvertida. Con las indicaciones de Mahabala, abandonamos el camino y tomamos por una brecha, o lo que quedaba de ella; la hierba y los matorrales habían crecido y disimulaban perfectamente su existencia. Desde que abandonamos el camino, no habíamos visto un solo ser humano. En algún momento, no pudimos avanzar más con el vehículo.
-¿Ahora qué? -le pregunté inquieto.
-Ahora hemos llegado, Cecil. -me contestó muy ceremonioso, al tiempo que saltaba del carro.
Eché pié a tierra y me dirigí a la parte trasera de la camioneta. De ahí tomamos un par de barras de hierro y caminamos por entre los matorrales con Mahabala por delante. De golpe, al abrir los matorrales apareció ante nuestros ojos el santuario, semidevorado por la selva. Las raíces de los grandes árboles aprisionaban los contornos del edificio como si quisieran evitar que escapara. Y lo habían logrado. El lugar, de por sí austero, se veía realmente abandonado pero también se notaba que se había aplicado a la naturaleza cierto control. Daba la impresión de que alguien había dejado algo para ver, pero también había dejado que algo se ocultara. Ese alguien se llamaba Mahabala.
Dimos un rodeo y nos colocamos en la parte posterior del templo, donde un piso de piedra y un muro parecían sostener el edificio. Las piedras del piso, mohosas y algo separadas entre sí, nos permitieron insertar las barretas y aflojarlas con facilidad. Dos horas después habíamos despejado un área de unos cuatro metros de ancho por seis de largo. Llegó el turno de las palas para sacar la tierra y poco a poco descubrimos una especie de rampa también de piedra que descendía hacia el muro adentrándose en el suelo. Al llegar a él, encontramos un largo dintel basáltico horizontal. Cavamos hasta descubrirlo todo y encontramos que el muro de piedra continuaba bajo él.
-¡Bien! -dijo Mahabala- Esta es la entrada. Habrá que desprender las piedras. Tras ellas se encuentra lo que buscamos. Tú dirás si continuamos ahora, o comemos algo. El sol ya está alto y el calor es sofocante.
-Comamos y bebamos algo. -le contesté- Seguiremos después de descansar un poco.
El refrigerio nos sentó tan bien que nos quedamos dormidos. Cuando despertamos ya eran las cuatro de la tarde. Los árboles daban una buena sombra. Retomamos las barretas y empezamos a demoler el muro bajo el dintel. Piedra por piedra avanzamos hasta abrir un hueco por el que al asomarnos vimos un oscuro interior. Encendí mi lámpara y traté de ver algo, sin éxito. Todo se veía negro. Estuve a punto de preguntarle a Mahabala si estaba seguro de que ahí había algo pero me contuve. No hubiera sido una demostración de confianza. Seguimos quitando piedras hasta que pudimos entrar. El interior olía a humedad y estaba fresco. Sentimos cómo nuestro sudor se enfriaba en las camisas. A la luz de las linternas apreciamos un gran bulto negro que ocupaba casi la totalidad del recinto. Nos acercamos y comprobamos que era una cubierta de tela oscura. Tiramos de ella y se hizo jirones en nuestras manos. Prácticamente se desintegró, descubriendo lo que parecía ser una gran fuente de metal brillante a la luz de las lámparas. La parte superior parecía la tapa de una cacerola con un hueco circular en el centro. La superficie estaba totalmente limpia y tan pulida que parecía que la acababan de guardar. Tanto Mahabala como yo, habíamos enmudecido de asombro. Finalmente, rompí el silencio y le dije:
-¿Qué tendrá dentro?
-No lo sé, pero me lo imagino.
-¿Quieres asomarte? -le pregunté ansioso.
-Sí Cecil, desde luego, pero todavía no. Creo recordar algo y no quiero arriesgarme. Ven, salgamos y terminemos de abrir la entrada.
-Está bien. -repuse y salimos a terminar de derribar el muro.
Serían las ocho de la noche cuando acabamos de despejar la rampa. Parecía la entrada de una cochera en el sótano. El sol se había puesto hacía rato. Hacia el oriente, las estrellas empezaban a brillar.
-¿Estás listo? -me preguntó mientras me miraba inquisitivamente.
-¡Vamos! -dije. -No puedo esperar más.
-¡No! Que si estás listo para lo que nos espera. ¿Tú quieres conducirlo?
-¿Conducirlo? ¿Estás loco?
-Puede ser, pero al menos en teoría, sé que este Vimana se maneja con el pensamiento y que obedece en forma directamente proporcional a tu comando mental. Si piensas o imaginas alguna maniobra, él la realizará exactamente como tú la hayas pensado. ¿Comprendes el riesgo? Yo no tengo práctica... y tú tampoco.
-Espera, espera. ¿Tú crees que esto funcione? ¡Quién sabe cuántos siglos ha estado aquí enterrado! ¿Qué combustible usa?
-Lamento no tener esas respuestas, Cecil. Sólo podemos probar. -me contestó muy serio- Voy a subir a bordo.
-Ten cuidado. -le advertí- El espacio entre la bóveda y este... Vimana, es de menos de una yarda. Quien lo guardó aquí no pensó en usarlo otra vez o la bóveda se construyó con él adentro.
-Es verdad. Tendré cuidado al subir. No es el mejor momento para romperme la cabeza.
Tomó impulso y saltó agarrándose del borde y se deslizó dentro. Luego pareció sentarse y a la luz de su linterna revisó el interior.
-Aquí sólo hay un par de agarraderas, como un manubrio. Creo que cabrían otras tres personas sentadas en forma radial, todas mirando al exterior. ¡Vamos, sube!
Salté de la misma forma que él lo había hecho y en un momento estaba sentado a su lado. El centro de aquél hueco era en realidad un asiento circular con una especie de poste central. Como respaldo no resultaba muy cómodo.
-Bien, -le dije sin mucha convicción- cuando gustes.
Hizo tres profundas inhalaciones y exhalaciones y se quedó quieto. Así estuvo por más o menos un minuto que se me hizo eterno.
-Estoy listo. Vamos. -Dijo con toda tranquilidad empuñando las manijas delante de él. No pasó nada. Yo guardé silencio para no ponerlo nervioso. Recordé la primera vez que saqué el embrague del coche de mi padre y el tirón que dió cuando lo saqué de golpe. Seguía sin suceder nada. Lentamente, la luz de las linternas empezó a palidecer cuando el casco inferior del Vimana comenzó a brillar con un tono rojo anaranjado y con un leve murmullo despegó lentamente del suelo. Luego se movió despacio rumbo a la salida. Poco a poco pasó debajo del dintel de piedra. Estábamos sobre la rampa. ¡Habíamos salido! No hubo más que un leve y melodioso zumbido durante toda la maniobra.
-¡No lo puedo creer! ¡Funciona! -le dije en voz alta.
-Vamos a ascender. -dijo por toda respuesta.
El color rojizo que iluminaba el suelo bajo el Vimana cobró brillantez al tiempo que se elevaba en forma completamente vertical sobre las copas de los árboles y ahí quedó suspendido recobrando el resplandor rojizo. No se movía.
-Ahora vamos adelante -dijo Mahabala y el vehículo avanzó instantáneamente. Esperaba sentir la aceleración pero no se percibía en lo absoluto. Descubrí que, a pesar de ir en una cabina a cielo abierto, no se sentía el viento. Parecíamos estar encapsulados. Era una sensación maravillosa.
-¿Probamos la velocidad? -Propuso Mahabala muy animado.- Digamos ¿unos mil kilómetros por hora?
Sin esperar mi respuesta el Vimana aceleró, recorrió una distancia increíble en menos de cinco segundos y se detuvo en seco de la misma forma sin que nosotros percibiéramos los efectos de la inercia. Parecía tener su propia gravedad. Durante el desplazamiento, su brillo se transformó en un amarillo pálido intenso que iluminaba los árboles a su paso. Arriba, el cielo se había llenado de estrellas.
-¡Subamos más! -gritó Mahabala emocionado-. ¡Dos mil metros!
El Vimana salió disparado hacia arriba como un proyectil. La tierra se alejó rápidamente y luego se detuvo. El espectáculo era increíble. A lo lejos podíamos ver las luces de Nueva Delhi. De pronto, dos potentes luces nos iluminaron. Eran los faros de aterrizaje de un avión. Mahabala maniobró hábilmente para colocarse a un lado y seguir en paralelo el vuelo de un jet de Air India que iniciaba su proceso de aproximación. Podíamos ver las caras de los pasajeros apretujados en las ventanillas. Los niños saludaban con las manos aunque no creo que nos pudieran ver por el mismo resplandor del Vimana. Los pilotos apagaron las luces de cabina.
-Está bien, -le dije a Mahabala- ya los divertiste bastante. Regresemos.
- De acuerdo. Es fantástico pero creo que ha sido suficiente.
Como un rayo, el Vimana regresó y se detuvo unos diez metros por encima del santuario. Descendió lentamente, bajó la rampa, entró en la bóveda y se posó en el mismo lugar que había ocupado por siglos.
Esa noche la pasamos en la camioneta y no dormimos. Teníamos mucho de qué hablar; decisiones difíciles de tomar; puntos de vista que comparar.
Por la mañana, aún alterados por la experiencia, pusimos manos a la obra para tapiar de nuevo aquel lugar. Fue un trabajo pesado pero lo logramos. La naturaleza terminaría la labor de disimulo acelerada por el próximo monzón. Tal vez todo termine cuando Mahabala y yo muramos. Él sigue viviendo en Dharkadhi. Yo regresé a la finca paterna en Coventry. Tal vez tengamos hijos. Tal vez...
Tengo en mis manos un ejemplar del The Times of India del 28 de Mayo de 1999 donde se reporta una serie de avistamientos de OVNIS. Entrevistados, los pilotos del vuelo 245 de Air India, negaron haber visto algo al aproximarse al aeropuerto de Nueva Delhi. Algunos pasajeros sufrieron crisis nerviosas mientras vieron un objeto brillante volar junto al jet por cerca de un minuto. Los operadores de radar aseguraron no haber captado nada.
-¡Fantástico lo de Pushpaka! ¿No crees?
-No es fantástico. Es real. -Me contestó muy serio y en voz baja. -Te toca mover Cecil.
Moví mi torre de rey en un desesperado esfuerzo por bloquear su ataque. Sin cambiar la expresión de sus cejas bajo el turbante, sus ojos parecieron reír. Movió su dama.
-¡Jaque mate! -exclamó-. Tus tres últimos movimientos fueron verdaderamente suicidas. Creo que el hablar del Ramayana no te sienta bien.
-Debo decirte -le contesté sin mucha convicción- que yo sigo jugando bien. Lo que pasa es que tú cada vez juegas mejor.
-Oh ¡Vamos! -dijo suavizando su semblante- reconoce que te tomé distraído.
-Algo hay de eso. Pero para ser sincero, me sorprendió la expresión de tu cara cuando mencioné a Pushpaka.
-Mmh. Es cierto. Me altera el que se considere una fantasía de Valmiki la historia del Ramayana. En realidad es una crónica. Oye -dijo en tono de confidencialidad- ¿Cuántos años hace que nos conocemos?
-El mes próximo serán... doce años -le dije-. Hace doce años que llegué aquí a Dharkadhi, un año antes de que se creara el parque nacional de Govind Pashu.
-Y te quedaste.
-Sí. Los ingleses somos muy adaptables. ¿No lo crees?
-Mh. Me reservo mi opinión.
-Tienes todo el derecho. Tú eres de aquí, yo soy un advenedizo...
-¡Ah! ¡Esa faceta no te la conocía, Cecil! ¡Cuánta sensibilidad! ¿Estás seguro de no tener sangre hindú?
-Pues sí. Estoy seguro de que no. Pero doce años son doce años.
-Así es -repuso con seriedad y continuó, midiendo cada palabra- ¿Qué me dirías si te dijera que yo tengo un Vimana?
-¿Qué? ¿Eres acaso modelista y tienes uno de plástico? -le dije en tono festivo.
-No Cecil. Es en serio. Escúchame. Esto no lo sabe nadie y es un secreto que me pesa tanto, que siento una enorme necesidad de compartirlo. Hizo una pausa, asumió una actitud solemne y prosiguió recalcando cada palabra. -Tengo un Vimana. No es Pushpaka, pero es un auténtico Vimana.
Incrédulo, guardé silencio y lo observé fijamente. No mentía. No sabía mentir.
-Continúa, por favor -le supliqué.
-Como sabes, mis antepasados han sido hombres santos. Mi abuelo, al que poco conocí y mi padre, que pasó toda su vida en el ashram de Dharali, a unas millas al norte de aquí, dedicado al culto de Vishnú. Él fundó un santuario más en el camino de Bhaironghati, dentro de lo que ahora es la reserva ecológica de Nanda Devi, hacia el Este. Es un ashram poco frecuentado, es decir, un sitio de oración que no tiene actualmente ningún discípulo. Mi padre perdió la fe en todos sus seguidores cuando vio que de ellos no iba a salir un sucesor. Según él, ninguno lo merecía. Desconozco qué hizo que su mente cambiara en su lecho de muerte y decidiera finalmente dejarme el cargo de maestro espiritual, para el que nunca me sintió calificado.
-¿Por qué dices eso?
-Difícilmente he leído algo de los Vedas, los Upanishads, etcétera. Ahora ya sabes a dónde voy cada vez que me ausento de aquí. Alguien tiene que ocuparse del mantenimiento del lugar. La selva recupera lo que el hombre abandona. Bien, según mi padre, en el centro mismo del santuario hay una bóveda enterrada bajo el piso del lugar donde se sentaban los discípulos a meditar. Durante años, los seguidores de mi padre oraron, sin saberlo, sobre losas que ocultan un tesoro inestimable.
-¿Un tesoro? -interrumpí.
-Así es. Protegido por la bóveda subterránea, a la que se tiene acceso por la parte posterior del santuario y oculta por una tapia de piedra que simula los cimientos del ashram, se encuentra un Vimana. Una "Nave de los Dioses".
Guardó silencio dejándome con la boca abierta. Pasados unos segundos sólo atiné a decir:
-¿De veras?
-Como lo oyes. -Me dijo asintiendo enfáticamente con la cabeza.
-¿Y?... -Su ademán de resignación me indicó, o bien que no sabía qué hacer, o bien que no sabía cómo hacerlo, o bien que no podía hacerlo solo-. ¿Quieres recuperarlo?
Tres días después, muy temprano, marchábamos por el camino a Bhaironghati a bordo de una camioneta destartalada que pasaba inadvertida. Con las indicaciones de Mahabala, abandonamos el camino y tomamos por una brecha, o lo que quedaba de ella; la hierba y los matorrales habían crecido y disimulaban perfectamente su existencia. Desde que abandonamos el camino, no habíamos visto un solo ser humano. En algún momento, no pudimos avanzar más con el vehículo.
-¿Ahora qué? -le pregunté inquieto.
-Ahora hemos llegado, Cecil. -me contestó muy ceremonioso, al tiempo que saltaba del carro.
Eché pié a tierra y me dirigí a la parte trasera de la camioneta. De ahí tomamos un par de barras de hierro y caminamos por entre los matorrales con Mahabala por delante. De golpe, al abrir los matorrales apareció ante nuestros ojos el santuario, semidevorado por la selva. Las raíces de los grandes árboles aprisionaban los contornos del edificio como si quisieran evitar que escapara. Y lo habían logrado. El lugar, de por sí austero, se veía realmente abandonado pero también se notaba que se había aplicado a la naturaleza cierto control. Daba la impresión de que alguien había dejado algo para ver, pero también había dejado que algo se ocultara. Ese alguien se llamaba Mahabala.
Dimos un rodeo y nos colocamos en la parte posterior del templo, donde un piso de piedra y un muro parecían sostener el edificio. Las piedras del piso, mohosas y algo separadas entre sí, nos permitieron insertar las barretas y aflojarlas con facilidad. Dos horas después habíamos despejado un área de unos cuatro metros de ancho por seis de largo. Llegó el turno de las palas para sacar la tierra y poco a poco descubrimos una especie de rampa también de piedra que descendía hacia el muro adentrándose en el suelo. Al llegar a él, encontramos un largo dintel basáltico horizontal. Cavamos hasta descubrirlo todo y encontramos que el muro de piedra continuaba bajo él.
-¡Bien! -dijo Mahabala- Esta es la entrada. Habrá que desprender las piedras. Tras ellas se encuentra lo que buscamos. Tú dirás si continuamos ahora, o comemos algo. El sol ya está alto y el calor es sofocante.
-Comamos y bebamos algo. -le contesté- Seguiremos después de descansar un poco.
El refrigerio nos sentó tan bien que nos quedamos dormidos. Cuando despertamos ya eran las cuatro de la tarde. Los árboles daban una buena sombra. Retomamos las barretas y empezamos a demoler el muro bajo el dintel. Piedra por piedra avanzamos hasta abrir un hueco por el que al asomarnos vimos un oscuro interior. Encendí mi lámpara y traté de ver algo, sin éxito. Todo se veía negro. Estuve a punto de preguntarle a Mahabala si estaba seguro de que ahí había algo pero me contuve. No hubiera sido una demostración de confianza. Seguimos quitando piedras hasta que pudimos entrar. El interior olía a humedad y estaba fresco. Sentimos cómo nuestro sudor se enfriaba en las camisas. A la luz de las linternas apreciamos un gran bulto negro que ocupaba casi la totalidad del recinto. Nos acercamos y comprobamos que era una cubierta de tela oscura. Tiramos de ella y se hizo jirones en nuestras manos. Prácticamente se desintegró, descubriendo lo que parecía ser una gran fuente de metal brillante a la luz de las lámparas. La parte superior parecía la tapa de una cacerola con un hueco circular en el centro. La superficie estaba totalmente limpia y tan pulida que parecía que la acababan de guardar. Tanto Mahabala como yo, habíamos enmudecido de asombro. Finalmente, rompí el silencio y le dije:
-¿Qué tendrá dentro?
-No lo sé, pero me lo imagino.
-¿Quieres asomarte? -le pregunté ansioso.
-Sí Cecil, desde luego, pero todavía no. Creo recordar algo y no quiero arriesgarme. Ven, salgamos y terminemos de abrir la entrada.
-Está bien. -repuse y salimos a terminar de derribar el muro.
Serían las ocho de la noche cuando acabamos de despejar la rampa. Parecía la entrada de una cochera en el sótano. El sol se había puesto hacía rato. Hacia el oriente, las estrellas empezaban a brillar.
-¿Estás listo? -me preguntó mientras me miraba inquisitivamente.
-¡Vamos! -dije. -No puedo esperar más.
-¡No! Que si estás listo para lo que nos espera. ¿Tú quieres conducirlo?
-¿Conducirlo? ¿Estás loco?
-Puede ser, pero al menos en teoría, sé que este Vimana se maneja con el pensamiento y que obedece en forma directamente proporcional a tu comando mental. Si piensas o imaginas alguna maniobra, él la realizará exactamente como tú la hayas pensado. ¿Comprendes el riesgo? Yo no tengo práctica... y tú tampoco.
-Espera, espera. ¿Tú crees que esto funcione? ¡Quién sabe cuántos siglos ha estado aquí enterrado! ¿Qué combustible usa?
-Lamento no tener esas respuestas, Cecil. Sólo podemos probar. -me contestó muy serio- Voy a subir a bordo.
-Ten cuidado. -le advertí- El espacio entre la bóveda y este... Vimana, es de menos de una yarda. Quien lo guardó aquí no pensó en usarlo otra vez o la bóveda se construyó con él adentro.
-Es verdad. Tendré cuidado al subir. No es el mejor momento para romperme la cabeza.
Tomó impulso y saltó agarrándose del borde y se deslizó dentro. Luego pareció sentarse y a la luz de su linterna revisó el interior.
-Aquí sólo hay un par de agarraderas, como un manubrio. Creo que cabrían otras tres personas sentadas en forma radial, todas mirando al exterior. ¡Vamos, sube!
Salté de la misma forma que él lo había hecho y en un momento estaba sentado a su lado. El centro de aquél hueco era en realidad un asiento circular con una especie de poste central. Como respaldo no resultaba muy cómodo.
-Bien, -le dije sin mucha convicción- cuando gustes.
Hizo tres profundas inhalaciones y exhalaciones y se quedó quieto. Así estuvo por más o menos un minuto que se me hizo eterno.
-Estoy listo. Vamos. -Dijo con toda tranquilidad empuñando las manijas delante de él. No pasó nada. Yo guardé silencio para no ponerlo nervioso. Recordé la primera vez que saqué el embrague del coche de mi padre y el tirón que dió cuando lo saqué de golpe. Seguía sin suceder nada. Lentamente, la luz de las linternas empezó a palidecer cuando el casco inferior del Vimana comenzó a brillar con un tono rojo anaranjado y con un leve murmullo despegó lentamente del suelo. Luego se movió despacio rumbo a la salida. Poco a poco pasó debajo del dintel de piedra. Estábamos sobre la rampa. ¡Habíamos salido! No hubo más que un leve y melodioso zumbido durante toda la maniobra.
-¡No lo puedo creer! ¡Funciona! -le dije en voz alta.
-Vamos a ascender. -dijo por toda respuesta.
El color rojizo que iluminaba el suelo bajo el Vimana cobró brillantez al tiempo que se elevaba en forma completamente vertical sobre las copas de los árboles y ahí quedó suspendido recobrando el resplandor rojizo. No se movía.
-Ahora vamos adelante -dijo Mahabala y el vehículo avanzó instantáneamente. Esperaba sentir la aceleración pero no se percibía en lo absoluto. Descubrí que, a pesar de ir en una cabina a cielo abierto, no se sentía el viento. Parecíamos estar encapsulados. Era una sensación maravillosa.
-¿Probamos la velocidad? -Propuso Mahabala muy animado.- Digamos ¿unos mil kilómetros por hora?
Sin esperar mi respuesta el Vimana aceleró, recorrió una distancia increíble en menos de cinco segundos y se detuvo en seco de la misma forma sin que nosotros percibiéramos los efectos de la inercia. Parecía tener su propia gravedad. Durante el desplazamiento, su brillo se transformó en un amarillo pálido intenso que iluminaba los árboles a su paso. Arriba, el cielo se había llenado de estrellas.
-¡Subamos más! -gritó Mahabala emocionado-. ¡Dos mil metros!
El Vimana salió disparado hacia arriba como un proyectil. La tierra se alejó rápidamente y luego se detuvo. El espectáculo era increíble. A lo lejos podíamos ver las luces de Nueva Delhi. De pronto, dos potentes luces nos iluminaron. Eran los faros de aterrizaje de un avión. Mahabala maniobró hábilmente para colocarse a un lado y seguir en paralelo el vuelo de un jet de Air India que iniciaba su proceso de aproximación. Podíamos ver las caras de los pasajeros apretujados en las ventanillas. Los niños saludaban con las manos aunque no creo que nos pudieran ver por el mismo resplandor del Vimana. Los pilotos apagaron las luces de cabina.
-Está bien, -le dije a Mahabala- ya los divertiste bastante. Regresemos.
- De acuerdo. Es fantástico pero creo que ha sido suficiente.
Como un rayo, el Vimana regresó y se detuvo unos diez metros por encima del santuario. Descendió lentamente, bajó la rampa, entró en la bóveda y se posó en el mismo lugar que había ocupado por siglos.
Esa noche la pasamos en la camioneta y no dormimos. Teníamos mucho de qué hablar; decisiones difíciles de tomar; puntos de vista que comparar.
Por la mañana, aún alterados por la experiencia, pusimos manos a la obra para tapiar de nuevo aquel lugar. Fue un trabajo pesado pero lo logramos. La naturaleza terminaría la labor de disimulo acelerada por el próximo monzón. Tal vez todo termine cuando Mahabala y yo muramos. Él sigue viviendo en Dharkadhi. Yo regresé a la finca paterna en Coventry. Tal vez tengamos hijos. Tal vez...
Tengo en mis manos un ejemplar del The Times of India del 28 de Mayo de 1999 donde se reporta una serie de avistamientos de OVNIS. Entrevistados, los pilotos del vuelo 245 de Air India, negaron haber visto algo al aproximarse al aeropuerto de Nueva Delhi. Algunos pasajeros sufrieron crisis nerviosas mientras vieron un objeto brillante volar junto al jet por cerca de un minuto. Los operadores de radar aseguraron no haber captado nada.
