miércoles, 20 de febrero de 2013

TIRAZO

Ese jueves llegué temprano al campo de arquería en la CU. Estaba emocionado porque iba a estrenar un arco recurvo de cuarenta libras que me había fabricado exprofeso el inolvidable Toño Larre. El tiro que practicaba requería de una referencia montada en el arco, que en ese entonces se reducía a una tira de tela adhesiva donde se marcaban las distancias y se insertaba un alfiler que constituía la "mira". Como ven, la cosa estaba lejos de ser de alta tecnología, pero estábamos en 1959 y eso era más que suficiente. Todo consistía en pegar la cinta en el arco, ir al campo y efectuar una serie de disparos en cada una de las distancias hasta conseguir la mejor agrupación de flechas en el centro de la diana y así se marcaba en la cinta, con un bolígrafo, cada distancia. Lo lógico era empezar de la más cercana, nueve metros, hacer el ajuste y pasar a la marca de dieciocho, luego a la de veintisiete y así hasta los noventa.
    Como llegué muy temprano, aún no se colocaban las dianas sobre las pacas. Busqué por ahí algo que me sirviera de blanco y encontré en la basura una cajetilla de cigarros. La coloqué en el centro de la paca y me dispuse a ajustar la mira. En eso llegó un estudiante y se sentó en una banca al costado del campo. Confieso que no pude resistir la tentación y como si tal cosa me alejé caminando hasta la línea de noventa metros. Estimé la colocación del alfiler en relación con la distancia; pausadamente coloqué una flecha, tensé el arco, apunté unos tres o cuatro segundos y solté. La flecha de aluminio salió disparada con su clásico ¡tiinnn! y la perdí de vista antes de que llegara a la paca. El chavo espectador se levantó de un salto y me hizo la seña uniendo el pulgar con el índice. Tranquilamente regresé a la paca. Las plumas amarillas se veían en el centro. Había sido un buen tiro, pero no fue hasta llegar cuando vi la flecha clavada exactamente en las barbas de Sir Walter. El chavo, entusiasmado repetía "¡Qué tirazo! ¡Qué tirazo!" y yo, con una modestia que estaba lejos de sentir le dije "sí, estuvo bastante bueno". Acto seguido, guardé la flecha en el carcaj y desarmé el arco. De ningún modo iba a arriesgar fallar en alguna otra distancia. Me fui a casa. Había sido suficiente por ese día. Un súper tiro con testigo y todo. Han pasado cincuenta y tantos años y no he vuelto a intentar ese disparo.