
Cierta tarde se encontraron un perro y un gato en la esquina del café del barrio donde yo saboreaba mi expresso. Contra lo que yo esperaba se pusieron, después de una breve ceremonia olfativa, a platicar haciendo caso omiso de mi presencia tras el barandal del quiosco.
Hablaron de las necedades humanas como la de clasificar a los animales por su raza. El perro hizo hincapié en que todos los perros son perros independientemente de sus características como tamaño, forma, etc., concepto con el que el gato estuvo totalmente de acuerdo desde el punto de vista felino. Comentaron sobre lo bien que funcionaría el mundo si los seres humanos dejaran de clasificar todo en su afán de organizar el conocimiento con la idea, falsa a todas luces, de que aquello que está clasificado se da por conocido. Llegaron a la conclusión de lo difícil que puede resultar para los hombres romper con tradiciones seculares como la de que el gavilán se come a los pollitos; la lechuza caza a los conejos; el coyote se come a las gallinas; el gato se come a los ratones y los perros persiguen a los gatos. Un movimiento involuntario de mi silla delató mi presencia a los dos animales que de inmediato me miraron. Luego se miraron, y perro y gato salieron disparados el uno tras el otro con gran alboroto entre las piernas de los transeúntes.