Las olas llegaban hasta la playa arrastrando su fatiga. Más adentro, algunos bañistas jugaban con ellas disfrutando sus embates, unos saltándolas, otros buceándolas. Yo me había quedado en la parte menos profunda. Finalmente me adentré un poco más. Había personas a las que el agua les daba al pecho. Las alcancé y me sentí confiado. No soy un gran nadador pero sí lo suficiente como para estar tranquilo. Así estuve por un buen rato mientras la resaca me arrastraba poco a poco. Empecé a sentir sed y decidí volver. Esperé una buena ola y me lancé hacia la playa. Había recorrido unos veinte metros cuando al tomar aire un golpe de agua entró en mi boca. La garganta se me cerró, la sal me hizo toser y me detuve para recuperar el aliento. Mis pies no tocaron el fondo y me hundí. Traté de salir a flote y respirar. Al hacerlo una ola me envolvió sumergiéndome de nuevo. Angustiado por la falta de aire volví a emerger y a un par de metros vi a un niño porteño que flotaba sin esfuerzo. Tosiendo y abriendo los ojos desmesuradamente le hice señas para que se acercara. El niño me miró con recelo pero se acercó y me permitió apoyarme en él mientras recobraba el aliento. Poco después nadé vigorosamente y no paré hasta rozar la arena con el cuerpo. Extenuado, intenté incorporarme pero no pude. Me senté y busqué al niño que me había ayudado. No logré verlo. El mar insensible continuaba en lo suyo. Las olas seguían llegando.
