martes, 1 de junio de 2010

EN LA TORRE



Nadie, que yo sepa, se había atrevido hasta ahora a comentar tan extraordinario acontecimiento, por las razones que el lector podrá inferir conforme consuma estos renglones. Todo sucedió por el año de 1732, al final de las obras de la Catedral de Puebla.
Jacinto de Jesús, peón alarife ducho en el oficio de la construcción, había trabajado duro durante toda la semana armando andamios y colocando poleas y esa noche de sábado descansaba. Sus miembros, fuertes y resistentes como vigas, pedían a gritos descanso y relajación; su mente, ocupada de ordinario en no sé qué menesteres, disfrutaba ahora de un periodo en blanco por el efecto plácido y sedante de dos catrinas de tlachique que se había colocado entre pecho y espalda. Finalmente su cuerpo cedió y se quedó dormido encuclillado bajo su sombrero, recargado en un muro de la obra.
Serían las dos de la madrugada cuando un zumbido suave, parecido al de un enjambre de abejas, junto con una picazón extraña en todo el cuerpo, le despertó sobresaltado. Extrañado de que las abejas volaran de noche, alzó la cabeza y ahí, flotando en el aire con un ligero movimiento de vaivén, pudo ver un "gran farol redondo" cuya luz se proyectaba hasta el suelo formando un círculo que se desplazaba lentamente. Luego se detuvo sobre el andamiaje de la obra. La luz se intensificó y el zumbido también por unos instantes. Después, así como apareció, la luz se apagó. Para Jacinto aquello fue suficiente y haciendo gala de equilibrio pegó la carrera y no paró de santiguarse hasta llegar a su casa, unas calles al Oriente, prometiendo en el camino jamás tomar de nuevo ese maldito neutle.
La ciudad despertó el domingo temprano estrenando el tañido de una gran campana, llamada María, que se manifestaba sonora en la torre Norte de la Catedral.
Si no le vamos a creer al buen Jacinto de Jesús, es natural. Tampoco el obispo le creyó, pero su secretario lo asentó en autos. Yo encontré ese documento hace unos días en un rincón discreto de la Biblioteca Palafoxiana, perdido entre otros legajos del siglo XVIII. No les digo que vayan y lo busquen, porque ayer que fui, pues ya no estaba.