Recuerdo que me hizo un niño feliz durante tres años. Era todo de metal, con asiento, tijera y salpicadera rojos; ruedas de rayos pintados de blanco, llantas de hule macizo y con un escudo en el eje del manubrio que decía MERCURY. No era un triciclo grande pero tampoco era muy pequeño. Tenía la ventaja de ser más ligero y maniobrable que el impresionante velocípedo de Nacho, mi vecino: llantas anchas, enorme manubrio, asiento forrado y grandes pedales. Competíamos con frecuencia en el patio de mosaico convertido en el óvalo de Indianápolis. Cuando en la recta me iba alcanzando, en la curva lo dejaba atrás. Me encantaba tomar esa curva en dos ruedas, para ponerle emoción al asunto. Una vez Nacho lo intentó y pagó con raspones su osadía. No recuerdo que me haya ganado alguna vez.
Llegó la Navidad y con ella la ilusión de nuevos juguetes. Yo pedí un Meccano del número 2, un planeador de liga y un coche de carreras de cuerda. La emoción de abrir los regalos me hizo madrugar ese día. Al pie del árbol adornado, junto al Nacimiento, se veían varias cajas esperando ansiosas ser abiertas. Separé las que tenían mi nombre. Eran tres. Mientras el sol trataba de ingresar por la ventana, abrí la primera. No era un Meccano del número 2. Era algo parecido pero mucho más grande. Todas las piezas eran de aluminio anodizado en varios colores. Era francés y se llamaba Mignón. Algo fabuloso. Contaba con un motor de cuerda muy potente y juegos de engranes de varios tipos que me permitieron darle vuelo por varios años a mi espíritu inventivo. Luego abrí la caja de un planeador padrísimo, con alas de doble diedro, de un metro de envergadura. ¡Guau! No veía la hora de volarlo. Después, en una cajita de cartón, encontré el coche de carreras. Era un Mercedes plateado bellísimo. Le di cuerda y comprobé la velocidad de sus ruedas. ¡Impresionante! Entonces fue cuando lo vi. Creo que en realidad ya lo había visto desde el principio pero la penumbra no me había permitido mirarlo con claridad. Sin embargo, algo no estaba bien. Tenía algo raro. Me le acerqué despacio, casi con temor. Un ligero tufo a solvente me llegó a la nariz. Un instante después mis temores se confirmaron. ¡Mi triciclo había sido pintado! ¡Sí! Todo lo que antes era rojo y lleno de vida, era ahora de un azul apagado y desabrido. ¡Habían cambiado su esencia! ¡Su personalidad! ¡Le habían partido la cara a mi triciclo!
De nada sirvieron los argumentos de mis padres. Yo estaba furioso. Los demás regalos no alcanzaban a cubrir con su alegría la triste pérdida del triciclo más veloz del mundo. Era imposible que un triciclo azul corriera más rápido que uno rojo y nadie me iba a quitar esa idea de la cabeza. Jamás volví a subirme a él y el recuerdo de cuando era rojo me alcanza todavía porque se llevó con él una Navidad y un pedazo de mi infancia.
