martes, 16 de octubre de 2012

PASEO

La suave claridad de la aurora me permitía percibir el verde oscuro del océano en contraste con la blanca espuma de las olas que pretendían trepar por las arenas de la playa. Incesantes, rítmicas, tenaces, parecían haber aprendido la lección de cómo romper sin repetir jamás la misma forma. Hasta donde la vista me alcanzaba, allá donde la bruma mezclaba en su paleta la tierra, el cielo y el mar, no se veía el final de aquella playa. Era un fenómeno como el del arco iris. Por más que caminaba, la bruma parecía avanzar conmigo, inalcanzable. Ese día recorrí varios kilómetros mientras el sol asomaba a mis espaldas y las aguas del Caribe se aclaraban empezando a tomar su color turquesa. Llegué a un promontorio de peñascos pulidos por el mar y trepé a él. Durante un buen rato contemplé el romper de las olas y el escurrir de la resaca entre las piedras. Luego emprendí el regreso caminando al lado de mis huellas anteriores. Entonces me di cuenta de mi profanación. Había hollado la lisura de la arena. Había dejado heridas en la playa. Ya no era más aquel paisaje primigenio.
     Caminaba cabizbajo de regreso a mi cabaña, triste y sintiéndome culpable de haber mancillado algo valioso. Una ola llegó hasta mis pies sacándome de esa especie de marasmo y yo descubrí algo. Mis huellas habían desaparecido. No había nada ni antes ni después de donde me encontraba. La playa estaba tersa. ¿Cómo llegué aquí? ¡No he dejado huellas! Debo haber volado. ¡Eso es! Y con esa convicción me quedé por un buen rato clavado en la arena. Pronto mi juicio se restableció y caí en la cuenta de lo soberbio que había sido. ¡Mira que pensar que con mis pasos había alterado esa belleza!
    Regresé al día siguiente y disfruté intensamente del paseo, tranquilo al pensar que ningún humano podría cambiar en un instante lo que la Naturaleza había labrado desde siempre. Consciente de lo efímero y superficial de mi paso por aquí y contento de saber que formo parte de esa playa, de ese mar, de esa gota de Universo.