martes, 7 de febrero de 2012

EL ÚLTIMO

Recuerdo que fue a fines de julio de un año que ya olvidé. Llegué como siempre a mediodía y me acosté boca abajo sobre la grava. Sentí el sol tibio en la espalda. Percibí el olor a creosota, fuerte, intenso. El viento se arrastraba subiendo el terraplén, cargado con el aroma a ocote del bosque cercano. Cerré los ojos y despacio, concentrándome, apliqué el oído. Los minutos pasaron y no pude escuchar algo que no fuera el lejano silbido de la brisa en los campos de cebada. Abrí los ojos. Los volví a cerrar. Creo que me quedé dormido unos instantes. Nada. Sólo un silencio que me recordaba, como en el índice de un libro, las vivencias que había tenido en ese mágico lugar. Aquel estruendo que como humeante cuchillo tajaba el pasmo del paisaje y se aproximaba poco a poco. Ya no lo escucharía jamás. Se había ido. Me lo habían dicho y yo no lo creí. Después de media hora tuve que aceptarlo. Lentamente despegué mi oreja del riel, me puse de pie y me despedí para siempre de aquella vía y aquellos durmientes que acababan de morir. El tren no volvería. El último había pasado ayer.