martes, 31 de julio de 2012

EL ANILLO

Formando parte del Equipo Internacional de Exploración Multidisciplinaria en Asia Central, al Suroeste del desierto de Taklamakán, nos dirigíamos al Oriente por el ramal meridional de lo que se llamó la "Ruta de la Seda". Avanzamos hasta llegar, al borde del desierto, al sitio arqueológico de Kashgar, asentamiento humano de la cultura de los Tocarios que se remonta hasta mil años antes de Cristo. Sin embargo, se han encontrado momias cuyo registro se va hasta cuatro mil años atrás y, sorprendentemente, con rasgos europeos. Esto puede sonar extraño en un lugar que ha sido dominado en forma alternada por chinos, mongoles y tibetanos. Ahora el país se conoce como Kazajstán y se ha independizado de la antigua Unión Soviética. Debo confesar que no soy un académico de los que forman el equipo, pero estoy a cargo de la logística del proyecto, una labor muy demandante. Como tal, debo ser ubicuo y mi presencia no es extraña para nadie dentro de los límites del campo.

    Una noche regresaba de comprobar las existencias de agua potable y a la luz de la luna tropecé con una piedra del tamaño de una pelota de ping-pong. No es nada extraño tropezar con piedras en ese desierto, pero ésta rodó algo lejos por ser prácticamente esférica, lo que llamó mi atención. La recogí y anduve jugando con ella en las manos de camino a mi tienda y después la guardé en el bolsillo.
    Al día siguiente, en el mercado de la población y bajo un sol que asaba vivo a cualquiera, saqué el pañuelo para enjugarme el sudor. La piedra salió del bolsillo y rodó hasta los pies de un monje tibetano que se acercaba. La observó haciendo que sus ojos se vieran grandes. Se agachó, la levantó con la diestra y oprimiéndola entre sus dedos se me quedó mirando fijamente. Me hizo sentir incómodo por varios segundos. Con la otra mano me hizo seña de que le siguiera y yo lo seguí. Caminamos por callejuelas estrechas sorteando los puestos de vendedores de toda clase de artículos que sería muy largo describir. Entramos a una edificación cuya puerta estaba disimulada por lienzos colgados frente a ella. Subimos por una estrecha escalera y llegamos al otro nivel. La luz del sol iluminaba una tosca mesa de madera que tenía encima una placa de pizarra y algunas herramientas rústicas. En una cajita de madera alcancé a ver algunas joyas. Me indicó que me sentara y quedamos frente a frente. Observó detenidamente la piedra mientras la giraba despacio entre sus dedos. La colocó con cuidado sobre la pizarra. Tomó un martillo ligero y un cincel y con un golpe suave y preciso la piedra se partió. Dentro apareció la amarilla figura de un anillo. El monje finalmente habló y me explicó que la "piedra" no era otra cosa que un molde de orfebre hecho de arcilla de un grano muy fino y que esa técnica se había utilizado en esa zona desde hacía por lo menos mil años. Ese molde era muy antiguo. Había sido procesado envolviendo con arcilla húmeda un molde de cera del anillo, se había dejado secar y luego puesto al fuego para evaporar la cera que además del hueco del anillo, dejaba un orificio para vaciar el oro fundido al interior. -Cera perdida -comenté poniendo cara de conocedor. Sin contestarme, el monje lavó y cepillo el anillo con gran cuidado. Lo introdujo en una caja con aserrín, removió un poco y lo sacó perfectamente seco. Sus ojos volvieron a abrirse al contemplar el símbolo en el sello del anillo. -Eres muy afortunado, es un anillo de la Eternidad. -me dijo con expresión de admiración- Seguramente fue fundido para un gran sacerdote del templo de Kashgar. Observa los dos triángulos isósceles entrelazados y el círculo en el centro. Todo dentro de un círculo mayor del que sobresalen los vértices agudos de los triángulos. ¿Lo has visto bien? -me cuestionó con vehemencia- El anillo es tuyo, pero debo acabarlo, detallarlo y pulirlo. Nos veremos en tres días en el mercado en el mismo lugar. Ahí te lo entregaré. -¿Cuánto me costará? -le pregunté no sin aprensión- ¡Nada! -contestó sin dudar- Debo considerarme afortunado si me permites conservar el tallo de la colada y el molde partido. Para mí, eso es prueba suficiente de que alguna vez tuve en mis manos un Anillo de la Eternidad. Debo pedirte sin embargo, que antes de entregártelo me expliques el significado de los símbolos que has visto. Estoy seguro de que si tú eres merecedor de ese anillo, lo sabrás para entonces. -Se puso de pie y me acompañó escaleras abajo hasta la salida.
   
    Al tercer día me encontraba nuevamente en el mercado a la hora aproximada del día que conocí al monje pero pasó el tiempo y éste no llegaba. Bueno, creo que me pasé de crédulo -pensé para mí- cuando una mano firme se apoyó en mi hombro y al voltear me encontré cara a cara con el  monje. Nos saludamos con una reverencia y acto seguido me preguntó -¿Cuál es el significado?- No le dije que no había dormido ni dos horas las noches anteriores pensando en ello y aparentando una seguridad que no sentía, le dije. -El círculo que encierra todo es el tiempo de la vida. Los vértices de los triángulos isósceles que sobresalen son el futuro y el pasado y el círculo pequeño del centro es el presente. El conjunto representa La Eternidad.
    El monje sonrió, sacó una minúscula bolsa de seda amarilla y me la entregó. -¡Ábrela! -me dijo. Así lo hice y en la palma de mi mano cayó un anillo finamente terminado. Quedé embelesado con el esplendor de la joya y lentamente me lo coloqué en el anular izquierdo. Me quedó perfecto. Alcé la vista para agradecerle al monje su trabajo. Mi vista se perdió sin hallarlo entre la gente del mercado. No le busqué.

   El trabajo aquí está por terminar. Es posible que el mes próximo me encuentre laborando en las selvas de Guatemala o Yucatán. No sé qué hacer con el anillo, aparte de traerlo puesto. Lo froté y no pasó nada. Le hablé y tampoco. Tal vez con el tiempo le encuentre alguna gracia maravillosa, pero no quiero esperar una eternidad.

miércoles, 25 de julio de 2012

LLANTO

Los muros de la vecindad parecían derretirse bajo la llovizna. Húmedos y fríos lo vieron salir hasta la calle. Las baldosas de la banqueta reflejaron su silueta haciéndola parecer más larga. El ala de su sombrero empezó a gotear. La lluvia oscureció sus hombros. En su mano izquierda llevaba un banquito con asiento de mecate y una bolsa de plástico donde guardaba algo. En la derecha, un bastón de invidente tanteaba el suelo por delante suyo. En la bocacalle dobló a la izquierda y continuó su marcha hasta la siguiente esquina. Ahí estaba el templo de San Juan. No bien llegó, se guareció bajo el arco de la entrada, se sentó en el banquito y se quitó el sombrero que dejó ver su cabello cano. Lo puso en el suelo boca arriba. Los feligreses empezaban a llegar. De la bolsa sacó un estuche. Con movimientos rituales lo abrió y tomó un violín, tensó el arco y comprobó la afinación. En el campanario, el sacristán hizo tañer el primer repique para la misa de seis. Al disolverse el último golpe del badajo, el violín emitió los primeros compases de "Dios nunca muere". Como una concha acústica, el pórtico amplificaba las notas y derramaba la melodía por todo el frente de la iglesia. Había algo diferente en esa música. Yo, de pie ante el templo, bajo mi paraguas, quedé impresionado al escuchar la calidad de la ejecución. Observándolo más de cerca pude comprobar su perfección técnica. A pesar de la humedad, el instrumento vibraba con potencia o languidecía suavemente siguiendo la intención de la obra. Disfruté un verdadero concierto. Entré a la iglesia y al terminar la misa fui a la sacristía a saludar al párroco y le pregunté si conocía al violinista. Me dijo que el hombre había sido integrante de la Orquesta Sinfónica de Oaxaca, pero que por alguna razón desconocida quedó ciego desde los cincuenta y tantos años. Eventualmente lo contrataban para musicalizar las misas solemnes y otros ritos en el templo. Los domingos tocaba a las puertas de la iglesia antes y después de las misas. Se llama Cipriano Alcalá.
    Cuando salí, el sombrero del músico recibió mi insuficiente dádiva. Al alejarme, volví a escuchar las notas del violín de Cipriano que se fueron apagando lentamente, llenas de melancolía. El cielo seguía llorando.

martes, 17 de julio de 2012

EL MONJE



Lo había encontrado algunas veces por los caminos y varias otras en ciertas tabernas. Esa noche vestía una especie de hábito por demás indefinido. Sobre la mesa, junto a su damajuana de vino, tenía papel, tintero,  pluma y esta vez la compañía de alguna moza del mesón. Decidí, a riesgo de ser impertinente, abordarlo en busca de una buena conversación.
    -¡Muy buenas noches, señor! Soy Jean Baptiste du Capelle -me presenté cortésmente.
    -¡Buenas le sean caballero! contestó con gesto afable y con sonora nalgada despidió a la moza.
    -No sé si vos recordéis mi persona -le dije- pues mi camino y el vuestro se han cruzado varias veces y hemos comido y bebido quizá en la misma taberna.
    -¡Ah! Sí, sí, sí. Ya os recuerdo, aunque un poco vagamente. Mas creo recordar mejor vuestra cabalgadura. ¡Buena estampa la del zaino!
    -Es alazán -corregí.
    -Como siempre fue de noche... Pero sentaos amigo, que alazanes o zainos, al cuerpo cansan parejo.
    -Bien estará que nos sirvan otra damajuana llena -dije mientras me sentaba.
    -Y quizá algo de comida, que el vino es para pasarla -añadió sonriendo. Pedimos.
    -Perdonad mi atrevimiento, la curiosidad me vence. ¿Puedo saber qué escribís? -pregunté directamente.
    -¡Mh! ¿A qué viene ese interés? -preguntó el monje a su vez.
    -En un país de iletrados, el que escribe sabe de algo. O ¿para qué está el papel y la pluma y el tintero?
    -Para que vos preguntéis -contestó rápidamente.
    -Cuenta me doy que os funciona -le respondí de inmediato.

    Ambos reímos del juego y seguimos conversando. Nos trajeron de cenar y lució gran apetito, desde luego con el cargo a mi cuenta de viajero. Escurrió la damajuana y mirándome burlón, me dijo. 
    -Es tan solo un poema. Un poema a la vida, al juego y a los amores.
    -¿A los amores?
    -¡Sí pues! 
    -¿No sois vos acaso un monje?
    -Lo soy, mas no de clausura. La gente de por aquí dice que soy un goliardo -dijo y puso entre mis manos una hoja de papel. Leí las primeras líneas y esto me quedó grabado.
    "Meum est propositum in taberna mori".
    Me pareció congruente con la estampa y el carisma de mi interlocutor y el resto de aquel escrito no dejaba de ser bello. Ojalá alguien un día, encuentre y valore el texto y con una melodía lo vuelva hermosa canción.
  


martes, 10 de julio de 2012

EL PROFESOR

El profesor, título que yo le puse, llegó un día manejando un 4x4 y se hospedó aquí en La Vista, el único hotel del pueblo que, ubicado en un extremo perdido de la sierra, resultaba poco atractivo para el turismo común. Mi terruño, casi vacío por la emigración, dormitaba su vida entre el recuerdo y el olvido. El profesor era un hombre de unos cuarenta y tantos años, afable y educado, bastante callado. Yo estaba de vacaciones escolares y me entretenía haciendo las veces del botones que el establecimiento estaba lejos de merecer. Gracias a eso pude deducir que era un científico aunque él nunca me lo dijo. No me pregunten de qué rama de la ciencia porque no sabría decirlo pero uno sabe cuando está hablando con un científico. Ciertas palabras que de cuando en cuando soltaba me recordaban a alguno de mis profesores de la escuela. Rápidamente me gané su confianza y me contrató como su guía personal aunque era él quien decidía por dónde ir. Era uno de los tres pasajeros en el hotel y se le veía desayunar solo en el comedor del hotelito, antes de nuestras andanzas por los alrededores del pueblo y por el pueblo mismo. Le gustaba caminar tocando suavemente, casi acariciando, los muros de los viejos edificios. Mientras más viejos, mejor. El tercer día, poco a poco nos fuimos acercando a la iglesia, una construcción del siglo XVII bastante bien conservada, austera como sus fundadores franciscanos que, desde mi punto de vista, distaba mucho de ser una atracción turística. Quiso ver el interior. Entramos. Los muros desnudos estaban adornados, valga la expresión, por los infaltables iconos del vía crucis, sumamente discretos y descoloridos. Dos óleos que el tiempo había oscurecido colgaban a los lados de la nave principal. Llegamos al centro de la cruz formada por el edificio y ahí se detuvo. Lentamente alzó la vista. Tan lentamente como si tuviera miedo de mirar más arriba. Finalmente, sus ojos se fijaron con persistencia en el baldaquín sobre el altar mayor que se encontraba vacío.
    Aproveché la oportunidad para lucir mis conocimientos y le relaté la historia del gran robo. Ahí debería estar, obviamente, la imagen de San Francisco. Su desaparición, acaecida hacía más de treinta y cinco años, llegó hasta los diarios de la capital. Vino la policía y también varios conocedores de arte sacro para registrar el acontecimiento pero de ahí a que la encontraran hubo un verdadero abismo. Resultaba por demás interesante que el párroco y la imagen desaparecieran el mismo día y jamás se supo nada de ninguno. Desde entonces la pequeña iglesia se conservó como monumento pero fue sustituida por la nueva parroquia para efectos del culto. Le dije también que curiosamente ese día se cumplía un año más de aquel acontecimiento. La información pareció afectarle y lo vi palidecer. Me dio un billete de cien pesos y me dijo que me fuera, que él regresaría solo al hotel. Me retiraba dejándolo en la iglesia vacía, pero mi curiosidad pudo más y me oculté tras un confesionario. El profesor permaneció por un rato como clavado en donde estaba. Luego avanzó lentamente y desapareció en las escaleras tras el altar para aparecer de nuevo entrando al baldaquín. Se irguió y permaneció inmóvil por algunos segundos convertido en una imagen singular. Consultó su reloj. Un instante después, simplemente se esfumó dejando en el lugar un tenue vapor que rápidamente se disipó.

    No quise llegar al hotel hasta el día siguiente. ¿Cómo explicar lo sucedido? Nadie me iba a creer. El 4x4 estaba ahí, estacionado donde siempre. Traté de guardar compostura y entré preguntando por el profesor. No le habían visto. No había bajado a desayunar y ya eran las nueve de la mañana. El encargado, poniendo cara de extrañeza me dijo que tampoco había llegado a dormir. La llave estaba colgada en su lugar. Decidimos subir a su habitación. Abrimos la puerta con cierto recelo. El cuarto estaba vacío y nadie había dormido en el lecho.Sus efectos personales se encontraban en orden. Finalmente, a eso de las ocho de la noche, al ver que el profesor no regresaba, el encargado decidió llamar a la policía. Al poco rato, una patrulla con sirena y luces se detuvo frente al hotel haciendo gala de protagonismo. Dos uniformados bajaron y empezaron las pesquisas. En el registro encontraron las señas del profesor. Se apellidaba Alavés y firmó como turista. En la habitación estaba su pasaporte lleno de sellos de muchas partes del mundo. Pronto, el alboroto policíaco había reunido un buen número de curiosos a la entrada del hotel. Un anciano se abrió paso entre la gente. Era de aquellos hombres que nunca emigraron y cuyas raíces en el pueblo eran de todos conocidas. Los policías le dejaron hacer. Llegó hasta el mostrador, contempló los papeles, tomó entre sus manos temblorosas el pasaporte, abrió los ojos desmesuradamente y exclamó:
    -¡El padre Manuel!
    -¿Usted lo conoce? -preguntó uno de los agentes.
    -¡Sí, claro! ¡El padre Manuel Alavés me dio la primera comunión aquí, en San Francisco... hace... setenta y tres años!- dijo y tuvo que ser sostenido por los demás para no desplomarse cuando las piernas se le doblaron.
    La policía incautó el 4x4. Guardaron los papeles en un archivo y no se habló más del asunto.
   

martes, 3 de julio de 2012

INFILTRADA

La guerra, el sometimiento, la injusticia, la opresión, la muerte. Lugares comunes que, arrastrados por el primero, han sido desde siempre uno de los acontecimientos más temidos por los pueblos. La voz de las armas se deja escuchar y no entiende razones ni ve diferencias. Los valores se trastocan y se impone la barbarie. Ella lo sabía. Lo había sabido siempre. Al principio la asaltó el temor de ser arrastrada por los acontecimientos como una piedra en el torrente pero, después de varias semanas de sufrir el asedio de su ciudad, se vio a sí misma convertida en el torrente. No sería una piedra más. Formaría parte del caudal que todo lo arrasaba. Se había convertido en parte de la causa.
    Esa noche se introdujo hábilmente en los cuarteles enemigos sin intentar ocultarse. Su belleza y presencia le franquearon todos los accesos. Llegó hasta los aposentos del comandante enemigo donde en esos momentos se servía la cena. El general, al verla, le ofreció un asiento junto a él. Circularon las viandas y el vino corrió generosamente. Los músicos acompañaban el evento haciendo olvidar por momentos que la guerra estaba ahí afuera como un tigre agazapado. Varias horas después, los oficiales se retiraron uno a uno. El general pidió más vino y ordenó a los músicos que los dejaran solos. Estaba ya muy ebrio y ella hábilmente lo acomodó en sus brazos y lo arrulló de tal manera que quedó dormido profundamente. No sé si así fue en la realidad. Como haya sucedido carece de importancia. Lo que cuenta es el hecho de que al día siguiente el ejército asirio descubrió que su escala de mando había quedado acéfala.
    Holofernes jamás pensó que su propia cimitarra sería utilizada para romper el sitio de Betulia y menos que sería empuñada para cortarle la cabeza de dos tajos por la agente especial del ejército israelita cuya clave se desconoce pero pasó a los relatos bíblicos con el nombre de Judith.

Para más detalles ver Judith 13, 6-8.