martes, 18 de mayo de 2010

ODISEA



A la luz del alba comenzaba a darse cuenta de su situación. Le dolía todo el cuerpo y un hilo de sangre que le había escurrido del cráneo le había pegado un párpado. Cuando volvió en sí, creyó que había perdido el ojo. Con trabajos encontró su botella de agua, se enjuagó la cara y con alivio comprobó que el ojo estaba bien. Bebió el resto del agua y arrastrándose se incorporó y miró a su alrededor. La vía más corta para salir de ahí era trepar por las paredes del talud aprovechando los matorrales. Sin pensarlo más comenzó a trepar, pero de inmediato un dolor punzante en un costado le impidió respirar normalmente. Aquello fue una tortura pues avanzaba dos metros y resbalaba uno. Aseguraba cada centímetro que subía para no caer y poco a poco fue ganando terreno. Tenía que detenerse para descansar, cada vez con más frecuencia. Sus manos estaban desolladas, tenía rasguños por todas partes y el talud parecía ser más alto de lo que creía. La vegetación, si bien le proporcionaba algo de lo cual asirse, también le impedía avanzar más rápido. Le tomó cuatro horas llegar hasta un rellano donde casi inconsciente y con la vista nublada, decidió descansar su cuerpo agotado y ahí, perdió el sentido.
La luz de una lamparita que escudriñaba sus pupilas y el sonido de la sirena de la ambulancia lo volvieron a la realidad. Alguien le dijo que había tenido suerte ya que caminar por ahí, en ese camino tan estrecho y sinuoso era garantía de ser atropellado. Entonces él, a media voz explicó:
- ...N-no, no iba caminando. Mi coche está... en el... fondo del barranco.

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